viernes, 4 de septiembre de 2020

SER UNO. Domingo XXIII Ordinario

06/09/2020

Ser uno.

Domingo XXIII T.O.

Ez 33, 7-9

Sal 94, 1-2. 6-9

Rm 13, 8-10

Mt 18, 15-20

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Una de las exigencias del amor es ser capaces de tutelarnos unos a otros. Porque el amor no es un estado de embobamiento progresivo en el que todo se admite sin más, sino que es un compromiso con la otra persona: “yo cuidaré de ti siempre”. En las reuniones con adolescentes siempre se alza en este momento una voz para recordar que esa promesa debe ser correspondida por la otra parte. Por supuesto. Pero lo que las lecturas de hoy nos plantean aquí es la responsabilidad de cada uno en el amor. Amar no es aceptar acríticamente y consentir cualquier cosa, sino confrontar al otro con sinceridad. Es en esta actitud personal donde reside el valor de la experiencia comunitaria. La comunidad no es buena y santa por sí misma, sino en la medida en que es capaz de construirse santamente. La corrección al hermano sólo puede surgir sinceramente cuando nos volvemos a él para de decirle: “Yo también he caído muchas veces en eso mismo pero ese no es el camino; acompañémonos”. En el respeto a la libertad de cada uno somos responsables los unos de los otros.

El amor es el motor de la vida comunitaria. Hacerse próximo a todos es profundizar la unidad que nos hermana y conceder a todos los mismos derechos y oportunidades que nos concedemos a nosotros mismos. La Ley nos ha traído hasta aquí pero ha sido superada por la nueva realidad de un amor no posesivo que nos acerca a todos sin imposiciones, reconociéndonos en ellos en el momento mismo de cometer el mismo error y actuar como el apoyo que tal vez no tuvimos, o no quisimos escuchar. En esta acción se resume todo aquello que la Ley consignaba como un tesoro pero había quedado aprisionado por la costumbre o por una comprensión tejida a medida de imágenes de Dios deformadas por el contacto con otros dioses temporales. Esos otros dioses justifican cualquier decisión que tomemos y nos apoyan frente a los demás, susurrándonos al oído: “Es tu derecho”. El Dios de la vida, en cambio, delega en nosotros para que hablemos con el hermano desde la sinceridad que proporciona la identificación con las debilidades y vulnerabilidades ajenas. No dicta sentencia sino que se acerca a todos desde la proximidad de nuestra profundidad, allí donde habita. Sin imposiciones se acerca para susurrarnos a todos: “Sois uno; tenéis que arreglarlo” y el amor es la capacidad que nos dona para soñar, percibir y poner en práctica formas concretas de reparar lo tronchado. Si todos quieren… eso forma parte de la consideración que tiene con todos. Delega en nosotros y respeta que cada uno se posicione donde considere oportuno.

Reunirse en su nombre es aceptar su delegación, es reconocer su presencia entre nosotros. Sería imposible que Dios estuviese sólo en uno porque eso es contrario a su propia naturaleza que es comunión y donación. Los dioses solitarios como los justicieros o los clarividentes auto-marginados son ajenos a este reconocimiento. Dios está allí donde dos o más le aceptan como fundamento común de su propia identidad personal. En esta paradoja de ser plenamente uno para ser en todos habita Dios en nosotros. Esto es la manifestación del amor divino: ser uno para poder ser todos sin obligar a nadie a ser nada que no quiera ser y, como decía el poeta, convertir en milagro el barro.

Ser Uno

 

 

 

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