viernes, 17 de junio de 2022

PARTIRSE Y REPARTIRSE. Corpus

 19/06/2022

Partirse y repartirse. Corpus

Gn 14, 18-20

Sal 109, 1-4

1 Cor 11, 23-26

Lc 9, 11b-17

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Nos amenaza desde siempre la tentación de pensar y afirmar que el gesto de Jesús de sustituir los sacrificios rituales por la entrega de la propia vida constituye una gran novedad en la historia de las tradiciones religiosas. Lo cierto es que si observamos esa historia prescindiendo de apasionamientos podremos ver que ese gesto supremo de dar la vida a favor de los demás, premiado posteriormente por la resurrección a instancias del Dios supremo era ya conocido en las culturas mediterráneas. También los elementos materiales que sacramentalizan esa entrega, el pan y el vino, estaban ya dados desde los tiempos patriarcales, desde el origen.  Decir que Jesús, en realidad, inventa pocas cosas, o casi nada, puede parecer contradictorio y podría ser que alguno lo considerase una barbaridad pero, en el fondo, es una garantía de autenticidad. Dios se hace hombre auténtico y lo hace de forma auténtica. No impone remedios ni soluciones divinas sino que acepta las referencias que encuentra en las coordenadas culturales que le son accesibles. En ellas Jesús encuentra todo lo que va descubriendo y según ellas lo traduce todo.

Así, resulta que el hecho de que el alimento circule entre todos es una buena imagen para expresar la realidad que Dios espera ver surgir entre nosotros. Y no es sólo una imagen, es misma realidad puesta en acto; hecha real; encarnada en un acto y coordenadas concretos. Antes de darles de comer, nos dice Lucas, Jesús había curado a los que lo necesitaban. En esta nueva realidad cada uno recibe lo que necesita; no conformándose con menos pero sin pretender hacer acopio de nada.  Al mismo tiempo, todos se sienten concernidos para aportar aquello que tienen y ponerlo a disposición de los demás; renuncian al acaparamiento de cualquier cosa.

Jesús llegó a entregar no sólo lo superfluo necesario para otros; entregó la vida entera, tal como sólo los dioses podían hacerlo, pero él se partió y repartió siendo humano. El pan y el vino son imagen del cuerpo y la sangre, de la totalidad que se entrega y de la nada que se retiene. Lo único que Jesús atesoraba era el vacío que en su interior creaba permanentemente para poder acogerlo Todo y a todos. Jesús es el cuenco siempre vacío que puede acoger la máxima cantidad de Espíritu, de amor divino entregado, que después vierte completamente sobre el mundo. Y ese cuenco tiene la forma del ser humano que fue Jesús; es su cuerpo, la realidad despreciada por otras de esas antiguas tradiciones y que él revaloriza hasta convertirla en vehículo del amor de Dios; en signo de comunión; en ideal de unidad que traspasa cualquier frontera sin someterse a limitación alguna. ¿Qué es la eternidad? Una permanente acción de gracias mutua por todo aquello entregado ya en vida que nos permitió seguir viviendo con dignidad y una permanente comunicación entre quienes nos amamos aunque algunos estemos separados por esa grieta que desde aquí parece insalvable. La verdadera eucaristía reúne  lo desgarrado en una sola realidad. Reconocer a quién tenemos que agradecer todo lo recibido y qué tenemos que seguir entregando a cada uno es tarea para cada una de nuestras eucaristías actuales si queremos que realmente sean memorial, recuerdo que se hace vida, y no mero recuerdo, posiblemente enjoyado y muy bien custodiado, pero estéril.


Partirse y repartirse. Corpus


4 comentarios:

  1. Muchísimas gracias Javier. Que Dios te pague la inmensa ayuda que nos das.un fraternal abrazo

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  2. Como siempre, Javier, vas al núcleo, a lo importante, y lo sabes transmitir. Gracias, siempre.

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