viernes, 18 de noviembre de 2022

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.

 20/11/2022

Jesucristo, rey del universo

2 Sm 5, 1-3

Sal 121, 1-2. 4-5

Col 1, 12-20

Lc 23, 35-43

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El antiguo pueblo judío se empeñó en tener un rey, tal como lo tenían todas las naciones y en contradicción expresa a la voluntad de Dios. Sin embargo, Dios consintió. El episodio que recoge hoy la primera lectura es posterior. Saúl, el primer rey ya ha fallecido y los territorios del norte convulsionan en medio de luchas internas por el poder. Por el contrario, los del sur, llevan ya años gobernados por David que se ha revelado como un gobernante capaz. Por eso, desde el norte, vienen al sur para pedirle que reine también sobre ellos. Por primera vez, el pueblo elegido se halla reunido bajo un mismo monarca. Solo así les será posible subsistir como nación, aunque no siempre mantengan la fidelidad al Señor. De hecho, entre el rosario de reyes que el texto bíblico recuerda, muy pocos son reconocidos como buenos. Pese a todos sus errores posteriores, David seguirá siendo la imagen de rey que ha conseguido unidad e identidad política para el pueblo. Durante los siglos posteriores, este pueblo anhelará un nuevo David, un descendiente suyo que les devuelva el esplendor y la gloria pasados, que restaure la patria perdida.

Durante toda su vida, Jesús no habló más que del Reino de Dios. Y ese reino, en la mentalidad judía de la época pasaba por la liberación del dominio extranjero y el regreso del esplendor davídico. La salvación que ellos esperan no casa con la ofrecida por Jesús que  está atento a todo y a todos, no a antiguas glorias nacionales. Él, que vino a buscar a quienes todos olvidan, muere con ellos en el lugar que les corresponde: fuera de la ciudad, extramuros a los tribunales de justicia, más allá de los umbrales que constituían la esperanza de Israel. Este Jesús no concibe el Paraíso sin la presencia del último de todos sus hermanos. No podría reinar en otro sitio que no fuese allí donde están esos últimos. Y con ello inaugura la presencia de lo postrero, pero lo terminal no implica, para nosotros los cristianos, el final, sino la instauración de lo definitivo; de aquello que, precisamente, no tendrá final. Así quiere subrayarlo el autor de la carta a los Colosenses que presenta a Jesús como el primero de esa humanidad definitiva, toda ella coronada. Pese a las apariencias que pueden engañarnos, no existe nada en el universo que pueda superar ese nueva realidad.

La tradición cristiana posterior agigantará esta expresión de grandeza de forma que cuanta mayor sea la adversidad que sufren los hermanos, mayor será la gloria triunfante con la que es representado ese rey que ha de llegar. Volvemos a situarnos así a un paso de la antigua esperanza de aquel pueblo elegido que anhelaba la restauración de un pasado magnificado. El único antídoto posible es no olvidar el títulus que pendía sobre la cabeza del crucificado y recordar que el único trono que el evangelio presenta para Jesús es el de la cruz que él acepta no como imposición divina sino para acompañar a los crucificados del mundo. La salvación que el mundo entiende no tiene nada que ver con la ultimidad que Jesús nos acerca. Aquella tiene que ver con el beneficio propio y ésta con el acercamiento sincero a todos aquellos que han sido apartados por no considerarlos puros o dignos de una esperanza vivida como selección divina. El trono de Jesús expresa claramente que esa selección es predilección por los crucificados de este sistema. Con ellos y con quienes acepten estar, vivir y morir con ellos quiere construir el reino definitivo en el que el monarca nunca es singular.


Jesucristo, rey del universo. 


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