viernes, 19 de junio de 2020

LA DEBILIDAD QUE CLAUSURA EL MIEDO. Domingo XII Ordinario


21/06/2020
La debilidad que clausura el miedo.
Domingo XII T.O.                                        Si quieres ver las lecturas, pincha aquí
Jer 20, 10-13
Sal 68, 8-10. 14.17. 33-35
Rm 5, 12-15
Mt 10, 26-33
El buen Jeremías confiaba en la venganza de Dios sobre sus enemigos. Él, que era un hombre sencillo, aceptó la misión que se le encomendaba convencido de que aunque le fuese mal, Dios, antes o después, tomaría partido por él y humillaría a esos vecinos malvados. De forma similar, el salmista se acoge al amparo de Dios y le recuerda sus muchos oprobios. Todos ellos fueron sufridos por obedecerle. A pesar de todo no pierde la confianza en él y sabe que los humildes están a salvo en su regazo pues el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Quienes, como Jeremías, confiaron en el Señor no han de sentir miedo alguno. Así le ocurrió también a Jesús que nos trajo el don definitivo de la gracia acabando con la dictadura de la muerte y el pecado. Él solo fue capaz de liberarnos a todos; esa es la gran desproporción: un único justo puede acabar con todo el pecado, desbaratar la efectividad de la muerte. No es que estuviese solo, es que Dios estaba con él, contando cada uno de sus cabellos, asegurándose de que cada gorrión caiga en el momento justo…
Y llegamos aquí al quid de la cuestión. A. Pronzato llama nuestra atención sobre el hecho de que en el texto griego del evangelio de hoy no aparece esta afirmación. Lo que allí nos dice Mateo es que ni uno solo de esos gorriones “cae a tierra sin vuestro Padre”. Es cierto que la traducción que aparece en nuestras Biblias puede inferirse de este texto pero yo no veo la necesidad de subrayar tanto esa voluntad omnipotente. Con lo sencillo y entrañable que resulta insistir en la literalidad y afirmar: si Dios cae con los gorriones ¿Cómo no va a caer con nosotros? Ciertamente, está fundada la llamada a la esperanza y la exhortación a abandonar el miedo pues Dios nos acompañará siempre. No hay sufrimiento en el que Dios no habite, sobre todo si ese sufrimiento viene como resultado de escuchar su palabra y aceptar su encargo. Ese es el contexto en el que Jesús dice estas palabras a sus apóstoles: les envía para proclamar que el Reino de Dios está a las puertas y les arenga para que no sientan temor. Dios estará con ellos siempre, incluso cuando menos perceptible sea, cuando todo su mundo se haya desintegrado y cuando sólo quede la posibilidad de lamentarse, como al pobre Jeremías le ocurrirá con el tiempo.
No está la confianza en Dios en esperar el mal de quien te persigue, sino en saber pararte para descubrirlo presente en esos momentos en los que ya nada más puedes ver; en descubrir que ha caído contigo porque se ha hecho débil para acompañarte en el ascenso hasta la azotea. Pero no sólo vale esta afirmación para los apóstoles con prurito evangelizador, sino para todo aquel que sufre por causa de la opresión económica o social y para quien vive angustiado por el remordimiento, ya sea justificado o impuesto a base de machacona insistencia. Precisamente para estos últimos recuerda Pablo que por mucho que abundase el pecado más sobreabundó la gracia  y va siendo ya hora de ir desdeñando tanta insistencia en el pecado. Mientras que a todas las víctimas les es susurrado al oído en plena noche el mensaje de que el Reino se acerca y con su proximidad llega también el tiempo de exigir juntos el respeto debido a su dignidad, a plena luz y desde las azoteas.   

La debilidad que clausura el miedo

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