viernes, 17 de julio de 2020

COBIJAR Y ALIMENTAR. Domingo XVI Ordinario


19/07/2020
Cobijar y alimentar.
Domingo XVI T.O.                                         Si quieres ver las lecturas pincha aquí
Sb 12, 13. 16-19
Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a
Rm 8, 26-27
Mt 13, 24-43
No hay nadie que pueda pedir cuentas a Dios. Él está por encima de todo y ese estar por encima se traduce para él en amor sin límite alguno. A veces nos gustaría que fuese un Dios terrible, igual que esos dioses creados por la recta conciencia de los cumplidores de la Ley que imaginan que sólo ellos merecen el premio. Sin embargo, resulta que este Dios es propenso, sobre todo, al perdón. Porque nadie que ame verdaderamente puede vivir pendiente del castigo que va a imponer a quienes no cumplan la norma. Esos dioses no existen y el que existe verdaderamente, el que es por encima de todo, resulta ser amor. Amor del bueno, del que no se cansa de buscar ni se contenta con aplicar la vara imparcialmente; es amor que se desvive por todas las criaturas. A todos nos gusta ser objeto de un amor así pero a veces parece que nos molesta que se aplique con quienes consideramos malos.
La cizaña crece junto a las espigas. Y es que no hay nadie que sea del todo bueno. Tampoco nosotros que lo admitimos con la boca pequeña mientras en nuestro interior encontramos justificación para todo, podemos presumir de serlo. Somos bastante grises. Y aunque nos cuesta mucho reconocerlo encontramos bastante alivio en esa benignidad que tanto nos beneficia. Mientras, vivimos sin darnos cuenta que el tiempo de la siega ha llegado ya porque es el mismo tiempo de la implantación del Reino. Nos gusta la idea de tener muchas oportunidades en un futuro casi infinito pero todo está ya en marcha. La diminuta mostaza se ha hecho ya un árbol inmenso que acoge a las aves del cielo y la harina no ha puesto obstáculo alguno en que la levadura haga de ella una inmensa hogaza capaz de sustentar a una multitud. Están aquí ya los tiempos definitivos en los que cada uno debemos dar fruto. Cobijar y alimentar. Cuanto de nosotros ponemos al servicio del Reino es el trigo. Cuanto nos excuse de esa donación personal es cizaña. Pero no resulta ser del todo mala. Nos indica qué y cuánto debemos todavía poner al alcance de esa levadura, qué ramas tenemos todavía por despejar  para que puedan ofrecer abrigo y ser reposo eficaz.
Los justos no son los que cumplen la justicia exterior sino aquellos que se ciñen a la justicia según Dios mismo es. Dios es amor. Y es amor para todos, dispuesto siempre a suscitar lo mejor en cada uno. No hay justicia en Dios que no esté ejercida amorosamente, busque lo mejor para cada uno y se alegre con cada pequeña conversión. Para transformar nuestras cizañas en espigas sólo hemos de dejarnos trabajar, como la harina, para ser hogaza nutritiva o permitir que nuestras ramas se pueblen de vida, para eso han crecido, no para exhibir una fortaleza estéril. Ésta es nuestra verdadera necesidad. Es ésta por cuya satisfacción deberíamos pedir. Nos gusta rezar por todo aquello que nos haga sentirnos bien, útiles, buenas personas, por todo aquello para lo que pensamos que conocemos la mejor solución. Y resulta que nuestra primera responsabilidad (capacidad de responder) es quitar los obstáculos que nos impidan ser y actuar como los hijos amados de Dios que somos. Por eso acude el Espíritu, Dios en acción, para recordarnos, con gemidos inefables, nuestra naturaleza y nuestra vocación: cobijar y alimentar.

Cobijar y alimentar

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