viernes, 24 de julio de 2020

SER REINO. Domingo XVII Ordinario.


26/07/2020
Ser Reino.
Domingo XVII T.O.                                            Si quieres ver las lecturas pincha aquí.
1 R 3, 5. 7-12
Sal 118, 57. 72. 76-77. 127-130
Rm 8, 28-30
Mt 13, 44-52
Es imposible pasar por alto el detalle de que el joven rey pida un corazón dócil y obediente y Dios le conceda un corazón sabio e inteligente. En ocasiones ponemos la atención en cosas que pensamos imprescindibles pero que resultan no serlo. Salomón supo dejar de lado cualquier vanidad juvenil y centrarse en lo que convenía a todo su pueblo, no sólo a él. Pidió saber estar a la escucha; atento a la necesidad de sus conciudadanos por un lado y a la Palabra de Dios por otro. Él era el punto de confluencia y la renuncia a ver cumplirse sus deseos ganó el corazón de Dios que le concedió la sabiduría necesaria para discernir el bien del mal. Renunciar a su yo, le hizo conocer la clave para la construcción de un nosotros con  vocación de apertura hacia los demás. Aquello que fue prohibido a Adán y Eva fue regalado a Salomón por la sinceridad de su intención. Ellos no tenían necesidad de distinguir el mal del bien pues vivían ya con Dios; eran el bien pero introdujeron el mal en la creación al querer ser como él pues para ello se habían visto ya distintos a él. Salomón, en cambio, quería compartir el juicio de Dios, ser como él, guardar sus palabras, amar sus mandatos y cumplir sus preceptos pues se había hecho responsable de un pueblo entero.
Quienes aman a Dios sacan bien de todo cuanto ocurre; lo ven presente con ellos; eligiendo, llamando, justificando, glorificando. Es Dios quien hace el trabajo, quien salva: ellos están libres de la presunción de ganarse nada. Aceptan la vida como un regalo y la bendicen al repartirla. Quieren ser imagen del Hijo para que su mensaje abarque a todos. Se sienten escogidos pero no para encerrarse a gozar de sus privilegios sino para negarse a sí mismos, como Salomón y abrirse a todo, a todos y a Dios.
Todos ellos quieren ser reino de Dios que sorprenda a quien lo encuentra por azar lo mismo que a quien anda buscándolo. El Reino no es un sitio, ni un estado, el Reino somos nosotros que lo hacemos vida y que hacemos que la vida de muchos otros merezca la pena. Hacemos inútil la elección, pues nadie que nos encuentre se planteará si quedarse con nosotros o marchar a otro lado. Somos la oferta de Dios que nadie puede rechazar. Somos los peces que todo el mundo elige para quedarse. O, por lo menos, eso estamos llamados a ser… nos falta descubrir nuestra propia naturaleza, encontrar a Dios en nuestro interior ansioso por reencontrarse a sí mismo en nuestro encuentro con los otros. Eso es lo que Dios se propone encender en nuestro corazón: el hogar acogedor donde ardan las brasas que puedan calentar a todos y cocinar para cada uno.
Somos escribas transformados en padres de familia, que saben guardar aquello de las antiguas tradiciones que aún tiene sentido para hoy y lo conjugan con la nueva alianza que se va descubriendo poco a poco. De lo antiguo se abandonan el miedo y la exclusividad y se conservan el amor inicial y la preferencia por los sencillos. De lo nuevo se toma todo lo que revela a Dios encarnándose en el mundo de hoy, todo lo que defiende a los últimos y todo cuanto descubre al mundo como casa de todos, marco de donación y hogar del Espíritu que nos une a todos a Dios y entre nosotros.

Ser Reino.

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