viernes, 9 de octubre de 2020

VIVIR FESTIVAMENTE. Domingo XXVIII Ordinario.

11/12/2020

Vivir festivamente.

Domingo XXVIII T. O.

Is 25, 6-10a

Sal 22, 1-6

Flp 4, 12-14. 19-20

Mt 22, 1-14

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El banquete, especialmente el de bodas, es la imagen preferida de Jesús para hablar del reino de Dios. Un banquete siempre es sinónimo de alegría y nada hay que Dios aprecie más que la alegría porque es signo de fiesta e indicativo de la felicidad de los asistentes. La felicidad del ser humano es el anhelo de Dios. Jesús toma prestada la profecía de Isaías acerca de la gran celebración que Dios prepara para todos en Jerusalén y en la que enjugará toda lágrima sin que haya dolor alguno que no sea superado, aniquilando definitivamente el velo de la muerte que tergiversa la vida de hombres y mujeres. Siguiendo la iniciativa de Jesús el evangelista añade alegóricamente el contexto de la boda y las actitudes de los diversos personajes para construir una imagen del reino de los cielos que pueda ser comprensible para la comunidad reunida en el nombre del Señor Jesús el Cristo, resucitado y recordado como hijo de Dios. En esa comunidad todos se sentían convidados a la fiesta en segundo lugar. Los primeros habían sido aquellos ortodoxos hijos de Israel que rechazaron al Señor. Pero ellos eran ahora los beneficiarios de su rechazo y de la apertura universal que el propio Jesús inició ya en vida.

Y sin embargo, no todos parecen comprender el sentido de la invitación porque hay quienes no han variado en nada sus costumbres ni sus prácticas. Hay quien no ha permitido que la nueva fe le cale hasta el punto de llegar a transformarle. En el siglo I cualquiera entendía que Dios llamaba y elegía o rechazaba según su voluntad. Era una herencia que venía de muy atrás y veía a Dios como artífice de todo cuanto pasaba. Y aún hoy seguimos pensando que es capaz de cualquier cosa. En realidad Dios puede lo que puede pero lo que no puede es forzar a nadie a nada. Todo está en nuestras manos. Pese a lo mucho que pueda gustarnos y por muy conveniente que pueda sernos la imagen de un Dios que, si quiere, nos toma por sorpresa y nos arrebata a las más altas cimas místicas… él siempre llama a la puerta. Con sencillez se presenta y se ofrece y todo lo demás corre de nuestra cuenta.

Tampoco es él quien nos echa fuera por no andar bien vestidos. Somos nosotros quienes, siguiendo la imagen paulina, nos ajustamos más a la hartura que al hambre. En ocasiones nuestra condición cristiana nos exigirá compartir la tribulación de la que nos  habla Pablo porque la vida conlleva sufrimiento y exige toma de posturas decididas, pero al compartir la fe de Jesús incluso esas situaciones se pueden vivir festivamente en la confianza en el amor de Dios. Y no queremos decir con esto que sea fácil. Pero hay quien todo lo vive como una maldición; quien sólo ve tragedias o castigos divinos; quien pretende ajustarlo todo a la norma; quien sólo ve persecuciones; quien sufre si no puede celebrar el culto según él lo entiende y cuando está pautado pensando que es la única forma de agradar a dios. Así, somos nosotros quienes nos vamos alejando del festín y mira que él no hace otra cosa que alargar la mesa… El llanto y el rechinar de dientes es ya una actitud vital para muchos. Para quienes se creen los únicos creyentes dignos de salvación y para quienes no ven en la vida más que pesar. En honor a la verdad, no siempre coinciden, pero tampoco es extraño que así sea. El creyente, por su parte, mora permanentemente en la casa del Señor; en su fiesta.  

 

Vivir festivamente

 

 

1 comentario:

  1. Una mesa y un banquete siempre presente y accesible...
    Ojos para ver y oídos para escuchar
    Tal vez...pedagogía del susurro...

    "Más allá de todo y naciente,
    en vida te acojo,
    anudada libertad...
    ..."

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