viernes, 28 de mayo de 2021

DE DENTRO A FUERA. Trinidad

 30/05/2021

De dentro a fuera. Trinidad.

Dt 4, 32-34. 39-40

Sal 32, 4-6. 9. 18-20. 22

Rm 8, 14-17

Mt 28, 16-20

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Dios es el mismo arriba en el cielo que abajo en la tierra. Israel tenía la convicción de que Dios era un ser celeste que moraba entre ellos. La rectitud moral que sus mandamientos aseguraban creaba un clima adecuado para que se instalase en medio de su pueblo: el Santo entre los santos. Y esta presencia era evidente en el recuento de las gestas épicas y legendarias de los ejércitos israelitas, se manifestaba en la magnificencia del Templo, se hacía palpable en la dinastía Davídica y resonaba en el corazón de los deportados que comprendieron la profundidad de su error e hicieron propósito de enmienda en las orillas del Éufrates o bajo el yugo del invasor romano. El futuro quedaba siempre abierto a la esperanza en la restauración de esa presencia y con ella, la del reino mesiánico y su prosperidad. Esto fue sí hasta que un grupo de judíos galileos, tenidos por herejes, comprendieron que Dios se había personado ya pero había sido tajantemente rechazado. A partir de ese momento el futuro se había transformado en presente porque en Dios, dicho sea de paso, es presente. 

Al Dios en la tierra, estos herejes le habían conocido como Jesús, que se relacionaba con el Dios de los padres como un hijo con su propio padre. El Padre celeste seguía siendo inaccesible, pero el Hijo que en Jesús andaba sobre la tierra era Dios mismo en acción. Así, la inaccesibilidad de este Dios se había transformado hasta tornarse un abrazo materno que acogía a todos. ¿Sería que la experiencia humana del Hijo había transformado el corazón del Padre? De lo que no cabía duda es que entre ambos se daba una intensa relación personal; estaban siempre en conexión. Y esa confluencia entre ambos se trasvasaba intencionalmente más allá de ellos mismos hasta alcanzar todo lo real. Esa continua corriente entre ambos es el Espíritu.

Nuestro espíritu, nuestra esencia humana puede sintonizarse con el Espíritu. Lo único necesario es que nos descubramos como seres libres: no sujetos ya a promesas gastadas, sino liberados para buscar nuevos cauces en los que bautizar a todos los demás; convocados para volver a Galilea, a la sencillez primera que no se dejaba engatusar por pompas ni prosperidades labradas sobre el sufrimiento ajeno; urgidos a no olvidar ni transigir con sufrimiento alguno. Liberados, convocados y urgidos. Intentar atribuir cada una de estas acciones a una persona trinitaria sería una racionalización innecesaria. Dios es trinitario porque es amor y el amor tiende siempre hacia el otro, se personaliza pero no se transforma en tres amores distintos. Es un único amor que lo unifica todo. La clave está en la relación. Dios no sería Dios si no pudiese relacionarse con nadie, porque el amor es relación y Dios es amor en sí mismo, pero es una única realidad que es con la sencillez de quien no se reserva nada y se conoce sin engañarse porque su conocimiento es también conocimiento desde fuera de sí, desde otro que no es distinto de sí y cuya respuesta es para él crítica y reconstrucción amorosa. Dios se crea y se recrea en constante diálogo interior que se proyecta al exterior porque su primera auto-crítica es la necesidad de otro distinto que albergue en sí la semilla divina capaz de reaccionar a su invitación. Eso somos nosotros. Somos el otro llamado a realizar la semilla en la promesa de que no estaremos nunca solos y en la exhortación a ser también trinidad que se recree constantemente sin dejar nada ni nadie fuera.


De dentro a fuera. Trinidad misericordiosa, Hna. Caritas Müller, OP (1988).


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