lunes, 4 de enero de 2021

EPIFANÍA.

06/01/2021

Epifanía

Is 60, 1-6

Sal 71, 1-2. 7-8. 10-13

Ef 3, 2-3a. 5-6

Mt 2, 1-12

Si quieres ver las lecturas, pincha aquí. 

Aquellos magos de Oriente eran personas consideradas sabias. Respetadas en todas las culturas que rodeaban a Israel. Se habían consagrado al estudio de las más diversas disciplinas y ejercían labores muy variadas. Fueron consejeros, médicos, maestros, sacerdotes, videntes o intérpretes de sueños. Eran, en cualquier caso, ajenos a la cultura judía. Lo decisivo aquí es el término epifanía que hace alusión a la manifestación de algo que estaba oculto y que se revela por encima de las circunstancias. Es la visibilización de aquello que no puede permanecer en la sombra.

Isaías había anunciado a Jerusalén que sería la luz del mundo; todos llegarían hasta ella atraídos por la gloria del Señor. Sus hijos e hijas regresarían en un clima de incontenible algazara y sus calles se llenarían de gente y cánticos. Por todas partes rebosarían el oro y el incienso. El oro propio de la realeza, del rango que por fin se le reconocía como morada de Dios en la tierra. Precisamente, para Dios era el incienso. Coincide en esto el salmista, que coloca a Dios por encima de cualquier otro poder terreno. Fue en este salmo donde se basó la errónea interpretación que, varios siglos más tarde, haría reyes a los magos. Mateo, por su parte, recurre a las antiguas profecías para orientar a estos sabios extranjeros hacia el rey judío recién nacido. Pero desliza el pequeño detalle de incluir mirra entre las ofrendas. La mirra es una resina aromática rebosante de propiedades medicinales, usada también para confeccionar perfumes y para diluir la tinta. Era un regalo apropiado para quien se manifiesta como un ser humano. A la realeza y la divinidad que constituían la esperanza sostenida por los profetas el evangelista añade la humanidad. Cualquier humanidad, pues todas son, en esencia, iguales. La de los gentiles a los que Pablo promete la gracia y la de aquellos eruditos que, justamente, por versados en humanidad supieron leer los signos en las estrellas, no tiene nada que envidiar a la de aquel pueblo escogido que se creía tan exclusivo. En virtud de esa sintonía con quien se revela, el sujeto que acoge se vuelve universal.

Así, será imposible mantener en la sombra que en la experiencia de esta humanidad global el contacto entre las diversas tradiciones es beneficioso para todos. Cuántas cosas que la costumbre nos esconde pueden ponernos al descubierto quienes se acercan a nosotros. Y viceversa, claro. Cuánto podríamos descubrir viajando hasta territorios ajenos con los ojos limpios y el corazón desprejuiciado. Cuánto bien haría la abolición de las fronteras, no sólo ideológicas o tradicionales, sino también físicas, políticas y económicas. Cuánto podríamos aprender si no asilásemos únicamente al oro, al incienso y a la mirra, sino si acogiésemos también la vulnerabilidad y el dolor de tantos hermanos sufrientes. Qué distinto  sería todo si quisiéramos ser nosotros expertos en humanidad y coronásemos, adorásemos y reconociéramos a Dios en todos ellos.  Es imposible contener la epifanía que acontece en la unión de la humanidad porque Dios no es exclusivo de nadie y se revela siempre donde hay amor: entrega y acogida. Ni las normas ni los muros pueden contenerlo y, por insignificante que parezca el escenario, cuando el corazón decide hacerle un hueco a la novedad siempre sorprendente de quien, siendo el extranjero absoluto, decide hacerse conciudadano de todos, acontece siempre una real epifanía que enmarca y posibilita cualquier otro encuentro. 

 

Epifanía

 

 

1 comentario:

  1. El Amor de Jesús es una revelación definitiva a la vez que expresión universal...

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