viernes, 16 de abril de 2021

LLAMADOS A LA VIDA. Domingo III Pascua.

18/04/2021

Llamados a la vida.

Domingo III Pascua.

Hch 3, 13-15. 17-19

Sal 4, 2. 7. 9

Jn 2, 1-5

Lc 24, 35-48

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Pocas frases tan breves y poderosas como esta de “estaba escrito”. Con ella todo se reviste de una autoridad que lo pone todo a salvo: “¿Por qué sucedió así? Porque estaba escrito”. Sin embargo, en los Hechos, Pedro recuerda a los habitantes de Jerusalén que, habiendo ellos matado al autor de la vida, Dios lo resucitó de entre los muertos. Porque la cuestión es que Dios respeta nuestra libertad pero no deja que nuestras acciones alimenten un mal permanente. Dios, nos recuerda el salmista, nos concede anchura en cualquier aprieto. No se dedica a dictar destinos insalvables y menos a pedir a nadie que los lleve a cabo en su nombre. Cuida especialmente de salvar aquello que arruinamos pues, incluso teniendo buena voluntad, es sencillo hacer daño ¡Cuánto más por ignorancia! Nos recuerda Juan que frente a tanta calamidad existe un criterio infalible para conocer quién está de parte del Dios de la vida: guardar los mandamientos de Jesús.

Y no debe ser muy difícil porque Jesús dejó muy pocos mandamientos. Lo complicado de verdad está en aguantar el chaparrón que te cae cuando quieres mantenerte fiel a la amistad que él te ofrece. De esto supo mucho el propio Jesús que se vio apresado en el juego de los dirigentes de su tiempo. De esto supo mucho también el buen Isaías que escribió las profecías con las que Jesús se identificó.  Los dos sabían que quien actúa movido por el amor de Dios termina mal, porque ese amor es incomprensible para quienes sólo buscan su propio interés, aunque piensen que con él suyo defienden también el de Dios.

Así es la vida y es cosa seria, porque quien la pierde por ser testigo la pierde de verdad. Dios respeta incluso la libertad de los malos ¿Cómo no va a respetar también la de los equivocados? Por eso él se hace responsable subsidiario de todos esos actos. Él, que creó al hombre libre, enmienda el mal que éste crea porque lo contrario sería una irresponsabilidad; divina, pero irresponsabilidad y eso le convertiría en un cantamañanas. No es este el caso. Por eso la resurrección de Jesús constituye la última palabra de Dios en todo esto. Entendemos por resurrección el traslado de Jesús a la vida definitiva. No se trata de una vuelta a este mundo, sino de una expresión de plenitud. No es tampoco un fantasma que busque arreglar cuentas pendientes. Estas alternativas debían barajarse en los tiempos de Lucas y por eso insiste tanto en que Jesús coma delante de sus amigos. El resucitado es el mismo que fue crucificado. Ahí están sus heridas. Pero ahora vive ya para siempre y nada más natural para los vivos que comer. La plenitud que se expresa así es la que Jesús consiguió viviendo volcado hacia los demás. Lo que estaba escrito no es que el mesías tuviese que padecer, sino que cualquiera que viva poniendo a disposición de los otros cuanto recibe de Dios terminará por sufrir por el temor de los buenos que no sabrán ver en él más que una amenaza y por la rabia de los malos para quienes es un obstáculo. Todos ellos habitan en la ignorancia. A quienes verdaderamente conocían Isaías y Jesús eran a sus contemporáneos, separados por el tiempo pero no por la lógica. Nosotros, hoy, podemos vivir en el resucitado, cumpliendo sus mandamientos: compartiendo y practicando su misma fe. No queda ya espacio para el temor pues todos estamos llamados a la misma vida que él. 

 

Llamados a la vida.

 

 

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