sábado, 27 de febrero de 2021

UN ABRAZO SINCERO. Domingo II Cuaresma.

28/02/2021

Un abrazo sincero.

Domingo II Cuaresma.

Gn 22, 1-2. 9-13. 15-18

Sal 115, 10. 15-19

Rm 8, 31b-34

Mc 9, 2-10

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Ya hablamos la semana pasada de este conocido episodio de Abraham. Como Noé o, mejor, como quien adaptó esa antigua historia para transmitirnos un hallazgo personal,  Abraham ha descubierto un Dios nuevo; desconocido. No ha dejado de escuchar sin dar por bueno el primer impulso. Algo había ya en su alma que le predisponía a romper esa costumbre salvaje que suponía el sacrificio de los niños a los dioses y es que cuanto más nos humanizamos más cerca estamos de Dios y más atrás dejamos esas imágenes tan “divinas” pero tan poco realistas. 

Descubrimiento inesperado fue también el de esos apóstoles que de pronto se vieron sorpresivamente inmersos en una teofanía como esas de las que hablaban los textos bíblicos que se leían en las sinagogas. Fueron introducidos en un momento de intimidad divina que desapareció tal como había venido. Dios es así: pasa por la vida de todos sin dejarse atrapar, pero normalmente lo hace sin tanta espectacularidad, dejando un rastro sutil e imborrable. Aunque todo permanece igual, la realidad se ve transformada hasta poder percibirse en ella su naturaleza última. Pero todo es fugaz y volátil. Es imposible intentar adueñarse de él. Sólo cabe el estremecimiento y surge un deseo de permanecer ahí para siempre. Descubrir la presencia de Dios en los amigos, en la familia, en las situaciones complejas y en las amables, en la naturaleza, en la sencillez, en el respirar, en el silencio y en el afán de cada día… las teofanías son innumerables, pero discretas. Para Pedro y sus compañeros el sobresalto se transforma en miedo, porque ante la desproporción del acontecimiento aquellos buenos hombres no pueden dejar de reflejar las circunstancias de su generación, dominada por el miedo a Dios. Lo expresa claramente el evangelio de hoy, pero también ese miedo se transforma pues nadie quiere quedarse allí donde su corazón se compunge por el más mínimo recelo. Es otra transformación evidente. Noé, Abraham y ahora también este grupito de apóstoles.

En su corazón anida el convencimiento de que con Dios de su parte, nadie puede ponerse, efectivamente, en su contra. Pablo expresa este convencimiento reflejando ese paso del terror al amor. Dios está con nosotros, incluso cuando no lo percibimos y quien por nosotros ha hecho tanto no dejará que nadie nos derrote sin más. Asumiendo, claro, que a veces nuestros conceptos de triunfo y derrota no coinciden plenamente, como lo muestra la vida y el final de Jesús y de tantos otros profetas y teniendo claro también que, como dice el salmista,  “mucho le cuesta  la muerte de sus fieles”. Dios no quiere la muerte para nadie, tampoco para sus amigos. Que esta cuaresma nos sirva para desterrar de una vez esa idea de Dios terrible que entrega a los suyos a la muerte, su hijo el primero, para que sirvan de testimonio o de expiación. Nuestras cuitas de humanos empeñados en defender nuestra posición y las barbaridades que seamos capaces de hacer no son expresión de la voluntad de Dios ni instrumento de su providencia. Dios es vida y nos llama a todos para la vida. Ni se alegra con nuestro sufrimiento ni busca que nos atormentemos antes de perdonarnos nada. Dios es un abrazo sincero, un beso enamorado, una brisa que tonifica, la flor que da sentido al desastre.

 

Un abrazo sincero

 

 

sábado, 20 de febrero de 2021

LA PERSPECTIVA DIVINA. Domingo I Cuaresma.

21/02/2021

La perspectiva divina.

Domingo I Cuaresma.

Gn 9, 8-15

Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9

1 Pe 3, 18-22

Mc 1, 12-15

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Noé comparte con Abraham la experiencia de haber conocido a un Dios diferente. El brazo de Abraham fue detenido por el ángel cuando iba a dar muerte a su hijo, convencido de que era la voluntad de Dios. Noé creía en un Dios ofendido dispuesto a arrasar la tierra pero encontró que tras el desastre Dios se comprometía a no provocar ninguna tragedia más. Hallamos aquí, sintetizada en breves narraciones, una evolución en la idea de Dios, que pasa de ser un ser despiadado capaz de exigir las pruebas más crueles a proponerse personalmente como valedor del ser humano. Y además, específicamente en el relato de Noé, ya nunca se le podrá imputar el origen de ninguna calamidad, sino que podrá verse su arco tras cualquiera de ellas, uniendo cielo y tierra. Es su promesa; es el pacto que él firma, sin contraparte, con todos los vivientes.

Nos recuerda el autor de la carta de Pedro que este diluvio se interpretó en la primera comunidad cristiana como un símbolo del bautismo; un resurgir de las aguas con una buena conciencia, con una nueva perspectiva de la vida, con una nueva existencia plenamente renovada a imagen de Jesús que resucitó y sanó todo cuanto anteriormente a él había sucumbido al pecado desde aquellos días de Noé. Jesús, guiado por el Espíritu, liberó el mundo de la tiniebla y aniquiló el poder de la muerte de una vez para siempre. El canto del salmista nos muestra esa oración por una buena conciencia. Estamos metidos de lleno en un proceso continuo. No hay transformación posible si paramos, si nos desentendemos del mundo, si pensamos que podemos encontrar esa óptica divina congelando la realidad. Cristo, se nos recuerda, murió una vez para siempre. Ya no hay motivo para la parálisis. Un nuevo dinamismo se ha puesto en marcha. El Espíritu nos lleva como llevó a Jesús.

Y él no se resistió a nada. Fue el primero en pedir y en aceptar la respuesta divina: se dejó llevar de un lado a otro. Lo mismo al lugar donde esperaban quienes sucumbieron al diluvio, como al desierto en el que encontró la clave del punto de vista del Padre. Fue después de su bautismo, de su propio diluvio, cuando el Espíritu lo llevó al desierto para que terminase allí conociendo la armonía con toda la creación, con las fieras del campo y con los ángeles. Él es el arco de Dios que lo hermana todo. Esa es la perspectiva divina. En la parquedad de Marcos leemos que allí fue también tentado por Satanás, sin más especificaciones. Todo esto ocurrió después de oír a Dios llamarle Hijo amado y antes de comenzar su ministerio independiente. Nadie puede dar aquello que no posee. Jesús había entrado ya en contacto con el criterio divino y desde él pide a todos que cambien, que se conviertan y crean en la Buena Noticia: que ya no es necesario vivir angustiado por el pecado, porque ha sido universalmente derrotado; que podemos conocer el mundo según Dios, más aún, que podemos transformar aquello que no se ajusta a su plan. Cuaresma es un período simbólico en el que se hace evidente la gracia de Dios. No debemos vivir sepultados por el peso de las culpas, sino agradecidos por la contagiosa noticia de que Dios nos ama, de que el bautizo arrasó con toda nuestra negatividad e inauguró un nuevo período que se desvelará definitivamente al final del tiempo pero que ya ha comenzado y se revela imparable. 

 

La perspectiva divina

 

 

 

martes, 16 de febrero de 2021

MIÉRCOLES DE CENIZA.

17/02/2021

Miércoles de ceniza.

Jl 2, 12-18

Sal 50, 3-6a. 12-14. 17

2 Cor 5, 20 – 6, 2

Mt 6, 1-6. 16-18

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“Es el tiempo favorable; es el día de la salvación”. A nosotros nos gusta dividirlo todo en etapas, sistematizar el mundo para poder abarcarlo mejor. Y no sólo eso, sino que insistimos en lograrlo todo por nuestros propios medios. Está bien merecer aquello que se disfruta, pero tal vez sería bueno también valorar la gratuidad que nos sale al paso cada día. Hemos crecido a la sombra de una cultura empeñada en decirnos que hemos de ganárnoslo todo con nuestro propio esfuerzo y ese convencimiento llegó también a la esfera religiosa transformándola en una magia poderosa capaz de conseguir cualquier cosa si tocábamos la tecla oportuna. Después de una fecha llega otra y apenas nos queda tiempo de saborear el momento, para entrever el amor de Dios entre tanto ritual y tanto calendario.

Es verdad que nuestra vida se va desenvolviendo en el tiempo y que no podemos librarnos de él. Pero lo vivimos sin habitarlo. Intentamos dominarlo para exprimirlo lo más posible y olvidamos que sólo en él podemos encontrarnos con Dios. Como nos gusta distinguir, diferenciamos entre el tiempo cronológico, cronos, y kairós, el momento que, marcado por la intervención de Dios, se torna propicio para que podamos hacer algo, para avanzar en la  edificación del Reino. En realidad, todo el tiempo es kairós porque Dios no deja de hacerse presente en él. No hay instante, como no hay espacio, que no estén contenidos en Dios y sustentados por él. Hay un tiempo para cada cosa porque nosotros existimos en el tiempo, pero no hay instante en el que Dios no esté presente, sea alegre o triste, sea para segar o para plantar, para reír o para llorar. Da igual, él está siempre allí. Por supuesto, existen momentos en los que nos surge el pesar y se nos inclina el corazón a la penitencia, a la conversión. Somos humanos y nos reconocemos errando; y queremos enmendar el yerro. Nuestra tradición ha sido especialmente prolífica en cultivar esos momentos de contrición. Hasta el punto de convertir la aflicción y muchas de sus expresiones en un mecanismo que nos asegurase el consuelo, el perdón.

Jesús manifiesta que esa vivencia debe ser interior. Que cualquier vivencia debe serlo. El ser humano se mueve en el tiempo y en el espacio. No puede esquivarlos de ningún modo pero puede reconocer en ellos la presencia de Dios y puede reconocerse a sí mismo en Dios pese a esa realidad física ineludible. Y puede, sobre todo, vivirse a sí mismo y vivir su relación con Dios sin dejarse aprisionar por ella; sin que las condiciones sociales le atrapen, sin que la masa lo vapulee, sin que la costumbre lo arrastre. Para eso es imprescindible morar en el interior y habitar el tiempo y el espacio como dimensiones de comunión con Dios. El Padre que habita en tu interior te conoce verdaderamente; mejor que tú mismo. No existe otro modo de conocer al Padre que conocerte a ti y reconocerte en los demás. La penitencia es positiva cuando te acerca a los demás, cuando te aprojima con todos para descubrir con ellos una nueva porción del rostro divino que nos habita a todos. Dios habita en lo escondido porque es el único sitio donde todos podemos encontrarlo y porque partiendo desde allí todos podemos aportar lo auténticamente nuestro; lo auténticamente divino. La ceniza es el signo de esa barrera que quemamos para que no nos impida acercarnos y construir esa horizontalidad inclusiva capaz de acoger la verticalidad. 

 

Miércoles de ceniza.

 

 

sábado, 13 de febrero de 2021

LO HUMANO. Domingo VI Ordinario.

14/02/2021

Lo humano.

Domingo VI T.O.

Lv 13, 1-2. 44-46

Sal 31, 1-2. 5. 11

1 Cor 10, 31–11, 1

Mc 1, 40-45

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Desde siempre había sido preferible que uno solo se sacrificara por el pueblo. Cualquier enfermo de lepra debía permanecer aislado, fuera del campamento o de la población porque su presencia implicaba un peligro para todos los demás. Así se pensaba en los tiempos antiguos, pero no sólo en Israel; en todas las culturas era común el apartamiento de cualquier enfermo contagioso. Lo decisivo era la relación que se establecía entre la evidente degradación física y la corrupción moral que se le asociaba y que podría comprometer también la honra de quien lo acogiese: “Por algo estará éste padeciendo este mal y su presencia aquí atraerá la ira de Dios sobre nosotros”. Por eso la certificación de su sanación era competencia de los sacerdotes. Jesús se salta aquí todas las normas que regulaban el trato con los enfermos. No sólo no lo aparta, sino que lo toca y lo hace conscientemente: “Quiero; queda limpio” con lo que toma el lugar del propio Dios pues sólo él puede curar la lepra. Acto seguido le dice al hombre que cumpla con la ley de Moisés y presente la ofrenda que allí se indica, para que “les sirva de testimonio”, para que no  pueda dudarse que el mismo Dios está hoy obrando prodigios como los que ya hizo antaño. Y ahora es Jesús quien se queda fuera de los pueblos recibiendo a quienes van en su busca porque Dios habita siempre en las afueras, sin identificarse con la sociedad establecida y las conciencias tranquilas. No es su sitio.

Para encontrarle hay que salir; desinstalarse y hacerse todo con todos. Normalmente nos definimos por la diferencia pero así es imposible encontrar lo salvífico. Y esto es aquello que Jesús ha venido a traer y que Pablo parece haber encontrado también. ¿Cómo podríamos definirlo? Aquello que desde la periferia de la propia experiencia se identifica para ella misma como fundamental y susceptible de ser compartido con todas las demás; aquello que sirve de autocrítica y hace abandonar cualquier artificio para centrarse en lo nuclear. Ciertas corrientes de pensamiento dicen que no existe la naturaleza humana pura; que el hombre es naturaleza inculturada, que la historia nos construye. Así es en todo aquello que nos diversifica y que, también, nos enriquece como especie dotándonos de perspectivas y de posibilidades. Pero existe también un núcleo central irreductible que nos define como hijos de Dios, sin etiquetar, que nos hermana a todos y que acogió la encarnación de Dios. Todos nos podemos reconocer como hijos y hermanos sin escandalizarnos de los usos de los demás; capaces de hospedar el amor de Dios que se nos entrega des-etiquetado, libre y sin sometimiento alguno en el que podemos completar nuestra semejanza con él. Y es que ninguno podemos vivir en soledad. Estamos aún en proceso; hechos para amarnos unos a otros, sin dejar a nadie fuera.

Hemos confesado nuestra culpa, hemos descubierto aquello que nos parcializa y acota. El Señor es nuestro refugio en la intemperie, nos rodea de cantos de liberación y nos redescubre que el secreto último está en la misericordia que acoge y dignifica, que sana cualquier herida y devuelve integridad como testimonio de su presencia real entre nosotros, unificándonos, reconciliándonos y desvelándonos razones y motivos de unidad. 

 

Lo humano