sábado, 10 de enero de 2026

SIN PROTAGONISMOS - El Bautismo del Señor

11/01/2026 – El Bautismo del Señor

Sin protagonismos

Is 42, 1-4. 6-7

Sal 28, 1b. 2-3a. 3c-4. 9b-10

Hech 10, 34-38

Mt 3, 13-17

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Pese a su orgullo patrio y a su épica interpretación de la historia, la estratégica situación geográfica de su territorio le acarreó al pueblo judío vivir manoseado y trasegado por todas las potencias que le rodeaban y utilizaron su suelo como tierra de paso y escenario para sus comercios y reyertas con otros vecinos. Excepto en contados, breves y magnificados periodos de tiempo, la liberación fue el anhelo constante de Israel. Esta lacerante realidad contrastaba fuertemente con su conciencia de pueblo elegido y surgió la figura del mesías como promesa de liberador que había de venir de parte del mismo Dios para colocarlo todo en su sitio. Así, la esperanza mesiánica propició la aparición de numerosas figuras que pretendieron llevar a cabo esta misión. Pero, igual que de Teruel no es cualquiera, tampoco cualquiera podía asumir este papel. Mesías es el ungido y es Dios el que unge, normalmente a través de un mediador (que no intermediario) y con ese acto derrama el Espíritu sobre la persona que, ya lo dice Isaías, pasa a ser su siervo. Hoy no gusta esa palabra. Indica que para ser mesías hay que renunciar al propio interés para cultivar el de Dios, es decir, empeñarse en  que la justicia se manifieste para todos de tal manera que los ciegos puedan ver y los cautivos ser liberados. El mesías es alianza: es promesa de Dios, es compromiso concreto del pueblo que, desde la evidencia del cambio, da luz a todas las naciones. El salmista insiste en que Dios, solo él, es el rey eterno.

Mateo nos presenta a Jesús yendo personalmente a recibir el bautismo, la unción de Dios, de manos de Juan. La iniciativa de Jesús es personal, pero refleja también el compromiso del pueblo porque lo público solo se edifica a partir de lo personal; la asamblea no es masa. El mensaje de Dios, lo oyese solo Jesús o todos los presentes, es testimonio de la realización de su promesa que reconoce a Jesús como Hijo. El salmista nos dice también que todos los hijos de Dios son llamados a bendecirle. El pueblo, la asamblea unida, que asume como propio el interés divino, se transforma en el conjunto de los hijos de Dios. Lo que queda pendiente es que la transformación que Jesús va a iniciar en su entorno y la que el pueblo está llamado a realizar sean perceptibles por todas las naciones.

Según Pedro, que hoy nos habla por la pluma de Lucas, quedó claro para todos que Jesús “pasó haciendo el bien” y este bien no puede identificarse con otra cosa que no sea la justicia. El mismo Pedro nos dice que Dios no hace acepción de personas y acepta a todo el que le teme y practica la justicia. Ya sabemos que el temor de Dios no es miedo, sino asunción de su perspectiva, de su voluntad, de sus planes. Y la definición de la justicia nos la ha dado ya Isaías: sanar y liberar. El profeta repetirá esta misma idea en varios textos más y cuando Juan envíe a sus discípulos a preguntarle a Jesús si es él el enviado, Jesús utilizará uno de esos textos de Isaías como queriendo decir: “esto es lo que hay; la justicia de Dios se está cumpliendo; no soy yo el protagonista”. Ese es el lenguaje que Juan podía entender. No hay más vuelta de hoja. El bautismo es compromiso por la justicia; por alcanzar una situación óptima para todos sin que tengamos que detenernos a considerar nación, idioma, posición, raza, género o religión. Dios solo nos pide que nos comprometamos en crear un mundo amable con todos y el Espíritu que nos entregue en su unción nos hará hijos; hermanos. 

 

Menologio de Basilio II, pg. 299 (Siglo XI) - Biblioteca Vaticana (Roma)

 

 


 

 

Para Pablo y Mateo, que hace poco se bautizaron. 

  

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