sábado, 8 de agosto de 2026

VALOR PARA SER DISTINTO. Domingo XIX Ordinario

09/08/2026 – Domingo XIX T.O.

Valor para ser distinto

1 R 19, 9a. 11-13a

Sal 84, 9abc. 10-14

Rm 9, 1-5

Mt 14, 22-33

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Elías ha llegado hasta el monte Horeb para esconderse después de hacer matado nada menos que a 450 profetas de Baal. Tal vez fuese algo comprensible en la época, al menos para los judíos más intransigentes, que eran, en esos momentos, los menos. Desde luego, no lo fue para la reina Jezabel, de origen fenicio, que había introducido el culto a sus dioses en el país y que ahora lo persigue para matarlo a él. Tampoco a nosotros la brutalidad del acto nos lo pone fácil. Lo que parece indiscutible es que Elías estaba fuera de sí cuando llevó a cabo la masacre. El huracán, el terremoto y el fuego son imágenes de la ira del profeta, pero Dios no se encontraba en ella, sino en la brisa suave. Hasta que el corazón no se ha serenado y encauzado el celo no es posible percibir la voz de Dios. De este aquietamiento surge la determinación de escuchar lo que él diga tal como el salmista lo muestra. Así pueden percibirse el anuncio de la paz, el encuentro de la misericordia y la fidelidad y de la justicia y la paz como un diálogo entre Dios y los seres humanos.

Los discípulos también se enfrentan hoy a un viento que aleja la barca de la costa, adentrándola en el mar que, para el mundo judío, siempre fue una referencia malévola a lo misterioso y lo desconocido e imagen del peligro. Como es sabido, desde momentos muy tempranos la Iglesia se identificó con la barca y Mateo viene a decirnos que cuando en ella no está Jesús o cuando ¡atento! no se le escucha, se ven comprometidas, como mínimo, su estabilidad y seguridad y hoy, tras 2000 años, sabemos que es, sobre todo, su propia razón de ser lo que está en juego. Jesús tenía necesidad, de forma similar a Elías, de calmar su corazón: recordemos que ha llegado hasta allí huyendo de Herodes y que, por compasión con la gente, se pone en evidencia sanando enfermos y dando de comer a una multitud. Al contrario que Elías, él siembra vida. Son muchas emociones y necesita, también él, aquietar su celo. Así que manda solos a sus discípulos. A fin de cuentas, la mayoría eran pescadores; sabían navegar. Es verdad que luego la cosa se complica y que será la presencia de Jesús la que calme la situación, pero es que cuando todo va bien no hay problemas. Es en la tribulación cuando nuestra confianza en él se hace necesaria para reconocerle en pie en medio del oleaje y lanzarse a andar hacia él. Pedro anduvo sobre el agua; después se hundió, pero anduvo. Al arrebato de valor tiene que seguirle una confianza que no decrezca con las embestidas del momento.

Pablo habla de esa confianza aplicándola a su propio testimonio. Está convencido de proclamar la verdad porque se siente iluminado por el Espíritu. Por eso podría soportar, incluso, ser un proscrito lejos de Cristo por el bien de los suyos, pues de ellos procede una semilla que no puede extraviarse. Pablo tiene ya a Jesús con él y no hay nada que pueda separarlos. Pedro reconoce a Cristo y al volver con él a la barca le devuelve a ésta su sentido más profundo y Pablo lo ve ya en las antiguas tradiciones, pero también lo hace presente en cualquier lugar al que llega, aunque a algunos les pueda parecer que ha renunciado a él. Quien vive con Jesús le reconoce y le “trae” a cualquier lugar y situación. Hay quien salta de la barca de la Iglesia buscando a Jesús para traerlo de vuelta; hay quien abandona su mundo y se lanza al mar para buscar una vida digna; hay quien descubre a Jesús presente en otras culturas y coordenadas superando miedos y recelos; quienes se abren a la vida pese a la adversidad y a quien le devora el celo por esa semilla antigua. Todos ellos confían sin dejarse vencer por el miedo.

 

Katsushika Hokusai, La gran ola de Kanagawa (1830-32)

 

 


 

Con un recuerdo especial para Celia.

Un abrazo para Joni, Angelines y demás familia. 

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