sábado, 25 de junio de 2022

PELÍCANOS CRUZANDO EL MAR. Domingo XIII Ordinario.

 26/06/2022

Pelícanos cruzando el mar.

Domingo XIII T.O.

1 R 19, 16b. 19-21

Sal 15, 1-2a. 5-11

Gál 5, 1. 13-18

Lc 9, 51-62

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Una leyenda medieval atribuye al pelícano la costumbre de auto lesionarse para hacer brotar sangre de su pecho con la que alimenta a sus polluelos en tiempos de escasez. El pelícano es también, como todas las aves marinas, capaz de adentrarse en el mar. El mar, para el pueblo judío, era una amenaza; un símbolo de muerte. El pelícano atraviesa la muerte y alimenta a los demás con su misma vida. Por eso, en muchos sagrarios aparece la imagen de un pelícano. Jesús aparece hoy como quien cuida de todos: de los samaritanos a los que sus discípulos quieren arrasar y a los ciudadanos de Jerusalén a los que manda mensajeros. Jesús actúa así a imagen del Padre que cuida de todas las criaturas sin que ellas se aperciban. Y nos invita a todos a hacer lo mismo; a ingresar en la vida. Quienes entramos en la vida, aunque nademos aún en sus orillas, descubrimos que el mar no es imagen de muerte. La vida que Jesús propone se descubre tras un cambio absoluto de perspectiva.

El mar nos parece muerte cuando lo miramos desde aquí, pero al sobrevolarlo se aprende que todo surge de él y que nos conecta con otra realidad, con otra orilla que desde aquí no percibimos. La vida es ser porque todo se conjuga en infinitivo y ese ser no termina al entrar en el mar. Cada uno es allí como fue aquí, pero con una conciencia diferente de las cosas y de sí mismo. Allí conoce de un modo nuevo y allí se une con los que llegaron antes, sin por ello dejar de estar unido a los de aquí. Cuando se llega a la Vida plena que llamamos Dios uno se encuentra con todos los seres queridos que partieron antes; con los suyos y con los nuestros. El amor que nos une a todos no tiene fronteras y no depende de que nos conozcamos o no. El amor que ponemos en la vida de cada uno permanece siempre y una vez llegados allí se reconocen, gracias a él, como seres amados por nosotros. Vosotros, que habéis llegado ya hasta esa otra orilla, no estáis en Dios; sois ya Dios, porque formáis parte de la corriente de amor que mueve el universo. A partir de este momento pensar en Dios es pensar en vosotros y pensar en vosotros es tenerle presente a él. Quienes vais hacia él no vais, sino que venís porque Dios habita en el corazón de cada ser humano. Reunirse con él es habitar en todos nosotros que seguiremos siendo, así, depositarios del amor que comenzasteis a darnos aquí.

Ya sólo los muertos entierran a los muertos. Los vivos, aunque todavía lo estemos poco, ni os entregamos ni os dejamos partir sino que os recibimos de un modo nuevo. Por eso, puede que nos sintamos huérfanos, pero somos felices porque sabemos que todo está bien; no es que todo vaya a ir bien, algún día; es que todo está ya bien. Y esta seguridad nos da fuerza para no dejarnos esclavizar por nada más, pero, sin embargo, nos esclavizamos los unos a los otros, tal como a vosotros, Carmen y Josema, os vimos hacer. Con la confianza puesta en el Señor que no deja conocer la corrupción a sus amigos vivimos esperanzados mientras vamos transitando el sendero sin importar cuantas yuntas tengamos que sacrificar. La llamada de Jesús es personal para cada uno y desde el momento que se formula es llamada para la eternidad y la vocación de amar al prójimo no se disuelve al cruzar el mar; al contrario, se profundiza.


Pelícanos cruzando el mar.

Para Flor, Marta, Marcel, Jordi, Javi y demás familia.

Para todos nosotros, huérfanos felices...

sábado, 18 de junio de 2022

PARTIRSE Y REPARTIRSE. Corpus

 19/06/2022

Partirse y repartirse. Corpus

Gn 14, 18-20

Sal 109, 1-4

1 Cor 11, 23-26

Lc 9, 11b-17

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Nos amenaza desde siempre la tentación de pensar y afirmar que el gesto de Jesús de sustituir los sacrificios rituales por la entrega de la propia vida constituye una gran novedad en la historia de las tradiciones religiosas. Lo cierto es que si observamos esa historia prescindiendo de apasionamientos podremos ver que ese gesto supremo de dar la vida a favor de los demás, premiado posteriormente por la resurrección a instancias del Dios supremo era ya conocido en las culturas mediterráneas. También los elementos materiales que sacramentalizan esa entrega, el pan y el vino, estaban ya dados desde los tiempos patriarcales, desde el origen.  Decir que Jesús, en realidad, inventa pocas cosas, o casi nada, puede parecer contradictorio y podría ser que alguno lo considerase una barbaridad pero, en el fondo, es una garantía de autenticidad. Dios se hace hombre auténtico y lo hace de forma auténtica. No impone remedios ni soluciones divinas sino que acepta las referencias que encuentra en las coordenadas culturales que le son accesibles. En ellas Jesús encuentra todo lo que va descubriendo y según ellas lo traduce todo.

Así, resulta que el hecho de que el alimento circule entre todos es una buena imagen para expresar la realidad que Dios espera ver surgir entre nosotros. Y no es sólo una imagen, es misma realidad puesta en acto; hecha real; encarnada en un acto y coordenadas concretos. Antes de darles de comer, nos dice Lucas, Jesús había curado a los que lo necesitaban. En esta nueva realidad cada uno recibe lo que necesita; no conformándose con menos pero sin pretender hacer acopio de nada.  Al mismo tiempo, todos se sienten concernidos para aportar aquello que tienen y ponerlo a disposición de los demás; renuncian al acaparamiento de cualquier cosa.

Jesús llegó a entregar no sólo lo superfluo necesario para otros; entregó la vida entera, tal como sólo los dioses podían hacerlo, pero él se partió y repartió siendo humano. El pan y el vino son imagen del cuerpo y la sangre, de la totalidad que se entrega y de la nada que se retiene. Lo único que Jesús atesoraba era el vacío que en su interior creaba permanentemente para poder acogerlo Todo y a todos. Jesús es el cuenco siempre vacío que puede acoger la máxima cantidad de Espíritu, de amor divino entregado, que después vierte completamente sobre el mundo. Y ese cuenco tiene la forma del ser humano que fue Jesús; es su cuerpo, la realidad despreciada por otras de esas antiguas tradiciones y que él revaloriza hasta convertirla en vehículo del amor de Dios; en signo de comunión; en ideal de unidad que traspasa cualquier frontera sin someterse a limitación alguna. ¿Qué es la eternidad? Una permanente acción de gracias mutua por todo aquello entregado ya en vida que nos permitió seguir viviendo con dignidad y una permanente comunicación entre quienes nos amamos aunque algunos estemos separados por esa grieta que desde aquí parece insalvable. La verdadera eucaristía reúne  lo desgarrado en una sola realidad. Reconocer a quién tenemos que agradecer todo lo recibido y qué tenemos que seguir entregando a cada uno es tarea para cada una de nuestras eucaristías actuales si queremos que realmente sean memorial, recuerdo que se hace vida, y no mero recuerdo, posiblemente enjoyado y muy bien custodiado, pero estéril.


Partirse y repartirse. Corpus


sábado, 11 de junio de 2022

PARA JUGAR CON TODOS. Trinidad

 12/06/2022

Trinidad

Pr 8, 22-31

Sal 8, 4-9

Rm 5, 1-5

Jn 16, 12-15

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Nos empeñamos en conocerlo todo, en medirlo y pesarlo, en desentrañar hasta el último detalle de cualquier cosa con la que nos crucemos. Tenemos que encontrarle respuesta a todo. Pero no todo tiene respuesta, básicamente, porque esperamos comprenderlo con nuestros planteamientos actuales, con nuestros sistemas lógicos. Y tanta lógica nos aparta de la Verdad. No es que ésta no sea razonable; es que lo es en otro sistema, según otros parámetros que nos resultan extraños. Precisamente, si algo tiene la herejía es que es razonable, que se amolda bien a nuestra comprensión y a nuestras expectativas; todos los ídolos demuestran de forma veraz su utilidad. Si algo hay seguro es que el Dios que comprendemos, el Tao que conocemos o el Buda que encontramos no son verdaderos. Si Dios nos fuese, de inmediato, accesible, sería tan sólo otro elemento más del mundo.

En el día de hoy celebramos la Trinidad y la explicamos como mejor podemos. El Padre ama y de ese amor surge el Hijo. Para amar tiene que haber dos, sino todo sería un continuo amarse a sí mismo. Dios deja espacio a lo que no es él. El Hijo es lo no-Padre que ama al Padre, que dialoga con él. Entre ambos se crea un circuito amoroso que es el Espíritu, la corriente de vitalidad que lo anima todo. Dios es el amor que se da y el amor que se recibe aceptando la diferencia. Lo que surge así es un continuo diálogo y un continuo cambio y transformación. El Padre, según su naturaleza, ama dándose por entero y negándose a sí mismo; el Hijo, lo no-Padre, al compartir divinidad con él, hace lo mismo: ama según su naturaleza pero esa naturaleza es tan extensa como todo lo real; todo lo pronunciado por el Padre. En toda la realidad el Hijo contesta al mor del Padre y éste acoge todo eso real y lo incorpora a su ser amándolo y haciéndolo fructificar. El Espíritu hace propio del Padre aquello que siendo del Hijo éste va recapitulando frente a él y el Padre, tomándolo del Hijo, lo comunica a todo lo demás.

Entre ese todo lo demás estamos nosotros. Para nosotros la Trinidad no es un misterio impenetrable; es una vocación. Estamos llamados a reconocer la intervención amorosa de Dios en nuestras vidas y hacernos uno con él entablando un diálogo en el mismo idioma que él habla: el amor y la negación de nuestras prioridades en favor suyo. Pero como Dios no es un ser abstracto sino que es nuestro mismo fondo y origen, tan sólo lo podemos encontrar en nosotros mismos y en los demás. La Trinidad es vocación a la unidad. Todas y todos habremos sentido más de una vez el éxtasis del salmista. Somos, tan solo, un poco inferiores a ángeles, si es que existen. Nos distinguimos del resto de la realidad, de esta sí que sabemos que existe, porque, de alguna manera, nos sentimos enlazados a otra realidad distinta. Jesús nos lo dejó claro, conectándonos a todos con la paz de Dios; justificándonos, dice Pablo; haciéndonos caer en la cuenta de que podemos ser, vivir, fraternalmente como respuesta a nuestra propia naturaleza. Somos realidad creada que aspira a unificarse con su fuente. Y esa reunión sólo es posible en la medida en que aceptamos jugar con la bola de la tierra; no negociar con ella, no sacarle jugo ni provecho; jugar, perdiendo el tiempo en gozarnos con todos los hijos e hijas de la especie humana, de esa misma naturaleza humana en la que el propio Dios tuvo a bien venir a jugar y embarrarse con todos y con todo. Así, vivimos nuestra naturaleza profunda en la medida en que somos saliendo de nosotros para hacernos otro.


Para jugar con todos. Trinidad


sábado, 4 de junio de 2022

BUENO, BUENO, BUENO. Pentecostés.

 05/06/2022

Bueno, bueno, bueno. Pentecostés

Hch 2, 1-11

Sal 103, 1ab. 24ac. 29bc-31. 34

1Cor 12, 3b-7. 12-13

Secuencia

Jn 20, 19-23

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Cuando los judíos querían decir que algo era, por ejemplo, buenísimo lo decían tres veces. Nosotros seguimos diciendo que Dios es santo, santo, santo. Los problemas de aquella buena gente con el superlativo nos han venido bien para expresar nuestra fe. Jesús da hoy la paz por dos veces a sus amigos y a la tercera les da el Espíritu. Será, tal vez, que el Espíritu es la plenitud de la paz. La paz, decía la antigua consigna, es más que la ausencia de conflictos. Es un estado en el que se busca el bien de todos. Es Dios mismo habitando entre los seres humanos y fundamentando sus relaciones. El Espíritu es el amor que circula permanentemente entre el Padre y el Hijo. El Hijo encarnado en Jesús no deja de amar al Padre, ni de recibir el amor que éste le da. El Espíritu está presente en Jesús y él nos lo da, nos revela el amor de Dios, su cuidado por todos: la paz. Y con ese amor nos da también la capacidad de perdonarnos unos a otros, de disculpar las faltas. Nos faculta para colocar el pecado allí donde no pueda dañarnos. Nos habilita para construir ese estado nuevo que llamamos Reino, que se caracteriza por ser bueno, bueno, bueno para todos.

Si la semana pasada se nos decía que no hay que quedarse mirando al cielo, hoy se nos recuerda que esa Paz por construir es tarea nuestra. No hay excusa para esperar que Dios haga las cosas; lo que no hagamos nosotros se quedará sin hacer, sin perdonar, sin construir. Dios nos quiere autónomos. Es madre que quiere que sus hijos e hijas caminen por sí solos. Pero nos quiere unidos. No puede haber unidad mayor que ser uno solo. El Padre y Jesús eran uno y los amantes forman una sola carne. Ser uno; un solo cuerpo en el que cada uno tiene su función y su carisma y donde todos hemos recibido la manifestación del Espíritu para construir el bien común. Esa es la labor que nos encomienda Jesús. Tal como el Padre envió al Hijo, el Hijo en Jesús y Jesús con él nos envían a nosotros: no para conquistar ni para imponer, sino para amar; para hacer que cualquier vacío rebose con el amor que llevamos dentro.

Todos estamos llamados a hablar una única lengua que sea comprensible para todos. En la que todos se sientan tan cómodos que no la vean como extraña, que sea como la suya propia, como su propio hogar. Estamos hoy recibiendo la invitación para desmontar Babel por nosotros mismos. Ya no tiene sentido construirse torres ni estrados con los que acercarse a Dios porque tenemos en nosotros mismos el amor que es su dinamismo interno. Se nos muestra hoy el valor de la horizontalidad y de la autonomía y no son palabras a las que tengamos que temer porque se basan en aquel que nos une a todos. El don de lenguas es bueno cuando me sirve para entenderme con los demás. Cualquier otro don es bueno cuando nos acerca a los demás. Si no, se queda enquistado en nuestra profundidad y no hace nada. Cualquier regalo tiene que ser abierto. Sólo los niños pequeños se quedan prendados del envoltorio. Algunos pocos consiguen jugar con la caja, esos son los aventajados… los que ya han crecido y madurado se atreven a mirar dentro y no sólo contemplan, sino que sacan el regalo, lo giran, lo desmontan, lo ponen a funcionar. No esperan que por arte de aquello comience a moverse solo. Hay que estrenar los dones del Espíritu, que es don de Dios, y ponerlo al servicio de la construcción de la Paz.


Bueno, bueno, bueno. Pentecostés. 


sábado, 28 de mayo de 2022

ASCENDER ES ZAMBULLIRSE. Ascensión del Señor

 29/05/2022

Ascender es zambullirse. Ascensión del Señor

Hech 1, 11

Sal 46, 2-3. 6-9

Ef 1, 17-23

Lc 24, 46-53

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Es normal que en la antigüedad, el ser humano identificara el cielo con ese lugar o espacio en el  que Dios vivía. Así, se entiende que Dios habita en un lugar distinto y mejor; ajeno al sufrimiento y a la injusticia: extraño a la realidad física que percibimos cotidianamente. Lo que ocurre es que ya esa comprensión de la realidad es imposible de casar con nuestra perspectiva del mundo. Sin embargo, negar la existencia del cielo es negarnos a nosotros mismos como buscadores de sentido. El cielo no es un lugar sino un estado, se dice ahora. Es la forma de vida o de organización en la que se cumple la voluntad de Dios; es el triunfo del amor sobre la muerte. Es la vida que el hombre está llamado a construir como realización de su propia naturaleza y actualización de la raíz divina que lleva en su interior. Es una forma de ser. Un ecosistema en el que Dios es; está presente. Dios es donde hay amor.

Por eso resulta ser tan imposible quedarse plantado mirando al cielo esperando ver volver a Jesús desde las alturas como verle ascender a ese sitio tanto más beatífico cuanto más  ajeno a la tierra sea. Lucas pone en boca de ángeles, mensajeros de Dios, la expresión de este descubrimiento como si de una revelación divina se tratara. Jesús había sido claro en su encargo de que esperasen en la ciudad. La semana pasada se nos anunció la  llegada de la ciudad nueva; el mundo nuevo. Para que éste se haga realidad es imprescindible no desligarse del actual, nos dice Jesús, del lugar donde todo ocurre, del escenario en el que Dios se ha hecho presente como uno más de los muchos desheredaos que habitan las periferias de esta urbe única en la que el mundo se va convirtiendo. Y resulta que éste que va surgiendo no es el mundo prometido porque, pese a todas las cosméticas, sigue siendo tan injusto como el que conocieron quienes concibieron el cielo o quizá más. Pero ahora ya no colocamos a Dios fuera de él sino que, siguiendo la indicación de Jesús, lo buscamos en su mismo centro. Para llegar al cielo no hay que ascender sino que hay que salir de uno mismo, superar las barreras que nos inmovilizan y llegar hasta los otros pasando por nuestro propio centro.

Ascender es zambullirse en la interioridad donde habita la esperanza alimentada por la resurrección de Jesús para desde allí resurgir con él venciendo cualquier resistencia que nos aleje de los demás, de la asamblea única que encabezada por Cristo hace presentes a todos los sin voz. Ascender es sumergirse en la profundidad de un mundo herido que busca restañar cada brecha por la que se le escapa la fraternal riqueza que constituye nuestra herencia. Ascender es bautizarse en el amor que todo lo puede en nosotros y bucear en su conocimiento, saborear su revelación y disponernos a bregar para que el mundo que va surgiendo se parezca cada día más al mundo que esperamos que baje. Porque en realidad todo desciende; Dios se coloca siempre al nivel del que quiere levantar y desde allí ambos ascienden juntos y es entonces cuando el Señor es aclamado al son de trompetas. No seamos tan demandantes; seamos también señores que tras zambullirse ascienden llevando a muchos de la mano. La teología de los primeros siglos y aún hoy la teología de nuestros hermanos ortodoxos, insistía en la divinización del ser humano. Dios se hizo hombre para que el hombre descubriese a Dios en sí. Divinizarse es actuar como Dios: acercarse a los últimos con la simplicidad de ser uno mismo y vivir con ellos en el mismo barro.


Ascender es zambullirse


sábado, 21 de mayo de 2022

UN MUNDO NUEVO. Domingo VI Pascua.

 22/05/2022

Un mundo nuevo.

Domingo VI Pascua.

Hch 15, 1-2. 22-29

Sal 66, 2-3. 5-6. 8

Ap 21, 10-14. 21-23

Jn 14, 23-29

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Avanzando en este tiempo pascual se nos van aclarando las cosas. Jesús terminará por irse definitivamente. Avisa con antelación de que tiene que volver al seno del Padre, como ya volvieron todos los antiguos patriarcas y tantos otros, pero Jesús no se limitará a dormir allí con los suyos tal como de aquellos se decía que hicieron. Jesús vuelve al Padre para que ambos, el Padre y él, puedan venir y poner su morada en quien guarde su palabra. Para rememorar esa palabra habrá que echar la vista atrás y tener presente lo que Jesús fue haciendo y diciendo durante toda su vida. Como ya vimos la semana pasada, Juan lo resumía todo en un simple pero expresivo “amaos”. Así pues Jesús no se va y nos deja solos en la intemperie. Se va, como todos nos iremos yendo, pero el Padre nos manda el Espíritu para que permanezca siempre con nosotros como Defensor. El Espíritu es el amor que circula permanentemente entre el Padre y el Hijo. Contamos, pues, con la presencia en nosotros del amor circulante entre Padre e Hijo. Es pura vida.

Este Espíritu es el que ayudó a las primeras comunidades a ir poniendo al día todo lo referente a las prácticas que debían ir adoptándose en la iglesia que iba creciendo con las nuevas incorporaciones de gentes llegadas del paganismo. A todas ellas se les recomendaron unas normas imprescindibles porque no querían inquietarlas. Esta normativa esencial nos recuerda a las también breves normas de la alianza de Dios con Noé. En un momento en el que el mundo se renueva por completo no se requiere volver a lo monolítico. La circuncisión representaba una seña de identidad y distinción del pueblo judío entre todos los demás. Ahora ya no se puede justificar ninguna segregación. Igual que tras el diluvio se nos da un mundo nuevo en el que cabrán todos los mundos; una ciudad de doce puertas y doce cimientos que en conjunto hacen su labor pero no se unifican en una sola puerta y un único cimiento. La peculiaridad está abierta a todos. La pertenencia no exige uniformidad y se orienta a superar cualquier distinción que fomente la idolatría, la magia o la superstición. Por eso no hay ya rastro de templos ni santuarios, ni el sol ni los astros desempeñan ya papel astrológico alguno. La gloria del Señor es su única luz. Y esa es la gran alegría que canta el salmista.

Es la paz que nos deja Jesús que vuelve al Padre que es más grande que él. No tiene sentido convertirlo en un ídolo despreciando lo anterior. La ciudad sigue teniendo doce puertas. Todo lo pasado tuvo su sentido en su momento y sigue teniendo su valor; sigue, en cierto sentido, vivo. Toda nuestra historia ha sido suficiente para traernos hasta aquí y fue suficiente también para permitirnos captar la gloria y la gracia del Señor. Reconozcamos y agradezcamos los días pasados, pero no queramos hacer de ellos una realidad esclerotizante. En este mundo nuevo que la Pascua inaugura no queda sitio para la inquietud ni el temor; no hay razón para seguir cargando con reglas y prohibiciones; vayamos a lo nuclear: renunciemos a los ídolos, sabiendo desenmascarar incluso a esos que tenemos por verdades irrenunciables; respetemos la vida y no derramemos la sangre de nadie ni la dejemos coagularse asfixiando a los demás con exigencias desproporcionadas y abstengámonos de cualquier impureza que contradiga el amor de Dios de quien somos morada; que con nosotros es. 


Un mundo nuevo. Ilustración del Apocalipsis de Bamberg (s. XI) Folio 55.






sábado, 14 de mayo de 2022

RESPIRAR A DIOS. Domingo V Pascua

 15/05/2022

Respirar a Dios.

Domingo V Pascua.

Hch 14, 21b-27

Sal 144, 8-13ab

Ap 21, 1-5a

Jn 13, 31-33a. 34-35

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Todos tenemos interés en trascender; en dejar huella de nuestro paso por aquí. Parece ser que también Jesús lo tuvo. Así, cuando intuyó cercano el final dejó este testamento a los suyos. O, al menos, así lo explica Juan. No tenemos razones para no creer que Jesús quisiese que sus amigos recordasen, sobre todo, este encargo de amarse unos a otros. Sólo quien ama se parece a Dios, porque Dios es amor. Son, también, palabras de Juan. Dios es amor, y al decir es queremos decir que es amando; que su respiración es amar. Todo en él es acto; no se reserva nada, decían ya los teólogos escolásticos. Entonces ¿Qué hace Dios? ¿A qué se dedica? A amar. Dios ama. El amor es Dios. Allí donde hay amor está él. Allí, él es. Por eso, cuando Jesús quiere resumir su vida y dejar un mensaje, o cuando Juan quiere condensar finalmente la vida del maestro amado, dice: amaos como yo os he amado, porque os he amado como el Padre ama, como Dios. El Hijo ama como Dios que es y el ser humano que es Jesús le permite seguir amando así desde él mismo, sin imponerse en nada. Esta compleja relación entre Trinidad y encarnación es resultado de un proceso largo: al menos 33 años, si hemos de confiar en la tradición. No es algo automático, es el resultado de toda una vida.

El salmista, por su parte, borra de un plumazo los viejos miedos que en el Antiguo Testamento se imponían a la concepción amorosa de Dios que también está presente en él.    Durante toda nuestra historia evolutiva el miedo ha sido un mecanismo claramente beneficioso y lo hemos trasvasado a nuestra experiencia religiosa sin advertir que así la contaminábamos. Sin embargo, el amor es lo definitivo y Jesús insiste en él no por temer no perdurar o por simple afán de dejar huella, sino por su convencimiento en la centralidad que tiene para nuestra experiencia de Dios que podríamos resumir como sentirle a él como amor que se nos da y ser nosotros, a parir de él, amor que se da a los otros. Es el amor, Dios mismo, quien traspasa las fronteras para abrir todas las puertas de la ciudad nueva. Así que ya no quedan gentiles a los que se les pueda prohibir la entrada. Todos somos, simplemente, humanos. Imágenes de Dios que buscan expresarse y relacionarse amorosamente con todos, habitar con él en una nueva morada y que toda lágrima sea, por fin, enjugada.

Con su ser amor Dios lo hace todo nuevo. Así lo entendieron, lo vivieron  y lo quisieron explicar Juan y Pablo; también Lucas, que contó las peripecias de Pablo y todos los y las demás que abrieron al mundo las puertas. Ahora, nosotros podemos reconocemos como gentiles que han pasado de ser guardianes del legado y caer en que está en nuestra mano seguir abriendo puertas a todos sin que tengan que gastar más vida hacinados en el umbral. Igual que Jesús, siguiendo al Espíritu, dejó actuar al Hijo en él nosotros podemos dejar que Dios anide y actúe en nosotros; podemos ser respiración de Dios. La resurrección fue el nuevo comienzo que confirmó la esperanza puesta en marcha en la creación. La nueva tierra es la llegada. Entre ambas se extienda la utopía, el no-lugar que vamos caminando, ensanchando, humanizando al amar a todos; al permitir a Dios respirar en nosotros; al no poner trabas a que su aliento vivo expire desde nosotros para que al inspirar dé entrada a tantos que están hacinados en el umbral. Acogerlos es construir y ampliar esa misma ciudad según los planos del arquitecto. Es respirar a Dios.


Respirar a Dios





sábado, 7 de mayo de 2022

PASCUA FLORIDA. Domingo IV Pascua

08/05/2022

Pascua Florida

Domingo IV Pascua

Hch 13, 14. 43-52

Sal 99, 2. 3. 5

Ap 7, 9. 14b-17

Jn 10, 27-30

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La palabra apocalipsis significa revelación. Es un mensaje acerca de una realidad que nos permanecería oculta si no se nos comunicase de manera “extraoficial”. No tendríamos por qué conocerla pero hay quien quiere que así sea; que la conozcamos. En el caso de las lecturas de hoy estamos hablando de una llamada a la esperanza: “Dios enjugará toda lágrima”. Muchas veces este mundo se nos hace cuesta arriba y, en ocasiones, muy cuesta arriba. Pero, aunque nos cueste creerlo, no somos los que peor están. Los medios de comunicación (o de incomunicación, según se mire) nos presentan en directo situaciones espeluznantes que, en un primer momento, consiguen arrebatarnos de los brazos del sillón pero poco a poco nos vamos acostumbrando a todo o, simplemente, nos cambian el escenario y, con él, nuestra preocupación. Y aunque no podamos creerlo vemos sólo una parte de todo el mal que se desencadena; aquella que, por intereses diversos, llama la atención de nuestros programadores y dirigentes.

El caso es que la realidad que vamos tejiendo entre todos genera una inmensa muchedumbre a la que no le queda más que lavar sus túnicas en la sangre del Cordero. Son millones las personas que sufren inocentemente, sin culpa alguna, y con las que sólo el Cordero se ha identificado plenamente. El mensaje de Jesús es universal porque él ha sufrido como y con todos los pobres del mundo. Ya no depende de religiones ni de posiciones sociales; no es cuestión de patriotismo ni de razas… Todo eso son excusas que soportan y justifican el atropello de tantísimas mujeres y hombres. El dolor los unifica a todos; el sinsentido une para luchar por la esperanza. Y en esa esperanza que comienza ya aquí todos se aferran a la mano que los consuela siendo la mano misma de Dios, de la que, pese a las apariencias, nadie podrá nunca arrebatarles porque Dios, en la fidelidad que canta el salmista, no se separa de ellos.

 Dios sigue hablando al corazón del ser humano; a su centro primordial: a la sinagoga, a la mezquita, a la iglesia o a la pagoda que es su corazón y cuando allí no encuentra respuesta sale afuera para hablarle desde la realidad y hacerse uno con él. Es un proceso de identificación mutua, de reconocimiento. Dios se nos acerca en Jesús como ser humano sufriente y nosotros reconocemos en esta encarnación al pastor que puede guiarnos hacia quien es uno con él. Jesús ha llegado a esa unidad siguiendo un dinamismo que le ha conducido a revelarse frente al sufrimiento de los demás, aceptando el propio como consecuencia de haber dado en la diana y como hermanamiento con todos los sufrientes de la humanidad, de cualquier pueblo, religión o lengua. Y a todos ellos los ha hecho uno con él y con el Padre. ¿Dónde está ese Dios que no evita el sufrimiento? En el que sufre. Y en quien se acerca al que sufre. No son palabras de consuelo porque tanto dolor es inconsolable y desconsolador. Es esperanzador no porque remita a un futuro apocalíptico (revelado) pero lejano, sino porque muestra que el camino para eliminar tanto dolor es dejarse traspasar por él y hacerse una única realidad solidificada (solidaria) con aquellos que lo sufren y mostrar al mundo el horror que no quiere ver. Sólo así es posible que la resurrección se vaya abriendo camino; que la Pascua florezca.


Pascua florida. 


sábado, 30 de abril de 2022

DECIR SÍ. Domingo III Pascua

 01/05/2022

Decir sí.

Domingo III Pascua.

Hch 5, 27b-32. 40b-41

Sal 29, 2. 4-6. 11. 12a. 13b

Ap 5, 11-14

Jn 21, 1-19

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Al leer estas líneas se hace inevitable recordar otros relatos de vocación. David fue sacado de detrás del rebaño; también el profeta Amós era un simple pastor al que Dios condujo por otros caminos; Pablo nos insiste en que de niños vivíamos como niños y ahora, de adultos lo, hacemos ya de otro modo bien distinto. También Pedro, de joven, iba donde quería pero, llegado a la madurez, otro le ceñirá y le conducirá donde él no hubiera querido ir. Por otro lado, la triple pregunta de Jesús no es una simple enmienda de las famosas negaciones de aquella noche de pasión. Cualquier cosa que se presente por triplicado nos trae noticia de totalidad, de perfección. Dios es tres veces santo; Jesús fue tentado tres veces, es decir, por completo y en todo lo posible; Pedro negó tres veces, o sea, absolutamente, sin marcha atrás… sin embargo, ahora confiesa otra tres no solo por satisfacer un talión demasiado humano sino para afirmar que ama absolutamente, sin fisura alguna. También esta es, nos dice Juan, la tercera aparición de Jesús a sus amigos. Es la definitiva.

Dios transforma la vida de quien se deja transformar. Pero no hay nada en esa vida que se deje atrás; Dios la acepta en su plenitud. Toda la historia y la experiencia de cada uno son acogidas sin reservas porque son las que le nos han hecho ser lo que somos. Todo lo malo y lo bueno forman una única realidad que nos va construyendo y en la que somos capaces de decir sí o no. Diciendo sí aceptamos cambiar el lado de la barca por el que echar la red, pero ya conocíamos de antes la técnica para echarla. Diciendo sí veremos cómo finalmente cambia nuestro luto en danzas. Dios solicita nuestra colaboración. Si aceptamos su invitación nuestra propia experiencia encontrará el modo de hacer las cosas de una forma nueva y productiva. Pero a veces Dios también actúa de forma inesperada y resucita aquello que nosotros habíamos matado; desechado. Insiste en llevarnos por caminos que nosotros no transitaríamos.

No nos queda entonces más que reconocer la centralidad del cordero degollado. Jesús, el cordero, se ha puesto en el lugar de todos los descartados. En él ya no hemos conocido sólo a un hombre capaz de satisfacer la deuda de la humanidad con Dios sino que hemos presenciado como Dios vive la misma suerte de los últimos y desde ellos nos muestra la vida verdadera. Como a los discípulos de Jesús también a nosotros nos cuesta reconocer a Dios cuando no está revestido de sus galas majestuosas. Habrá que mirar al otro lado de la barca y vestir a los degollados con esas galas para caer en la cuenta de que sin ellos Dios mismo se nos ocultará tras la inmensidad de un mar cada vez más estéril. Habrá que dejarse ceñir  y conducir por otros por esos caminos nuevos o abandonados. “Sígueme” dijo Jesús a Pedro y en él a todos nosotros, que no es la nuestra una familia de favoritismos y privilegios personales, y seguirle es caminar junto a otros, dejándose llevar por el Espíritu que Dios da a quienes le dicen sí. En el nuevo pueblo de la Pascua no seguimos ya los criterios de antes y confiamos en la palabra del Señor, pese a que otros nos manden callar porque no entiendan que prestemos más atención a los corderos degollados que a los grandes triunfadores.


Decir Sí.


sábado, 23 de abril de 2022

APOLOGIA DE TOMÁS. Domingo II Pascua.

 24/04/2022

Apología de Tomás.

Domingo II Pascua.

Hch 5, 12-16

Sal 117, 2-4. 22-27ª

Ap 1, 9-11a. 1-13. 17-19

Jn 20, 19-31

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El buen Tomás ha cargado durante siglos con la fama de ser un incrédulo. Releyendo hoy este pasaje entiendo que era un hombre, por un lado, razonable y, por otro, decepcionado. Decepcionado porque todo el camino iniciado por Jesús había venido a terminar en nada. Y ese camino que a él, como a tantos amigos había cautivado, hablaba, sobre todo, de devolver la dignidad a todos los desposeídos y de un Dios que, rescatado de la rigidez del templo y del rigorismo de la tradición, volvía a ser la realidad amorosa atenta a todos, que había liberado a los esclavos del poder del faraón. Pero ahora Jesús había muerto como un maldito mientras Dios volvía a guardar silencio. ¿Cómo mantener todavía tantos sueños y esperanzas? De hecho, ni siquiera estaba reunido con sus compañeros de aventura. Ni buscaba ya el consuelo de su compañía ni veía razones para ofrecerles el suyo a ellos. Todo seguía igual y los olvidados seguían lejos del corazón de los afortunados y él que en este día tan sólo podía ver un mundo herido y traspasado no podía sostener ya la esperanza de que todo el mal y el sufrimiento fuesen a ser definitivamente superados.

Si repasamos las apariciones de Tomás veremos que fue el único que, tras la resurrección de Lázaro y frente a los miedos de los demás, se ofreció a morir con Jesús en Jerusalén y fue también el único que, en la cena definitiva, admitió, contrariamente al irreflexivo Pedro y al mutismo de los demás, no saber a dónde iba Jesús y cómo poder seguirle. Era práctico, era realista, era sincero… Tomás, que había visto a Jesús vencer a la muerte en numerosos prodigios esperaba que su triunfo restaurase la vida de los pobres y sencillos, aquellos de los que Jesús había estado siempre cerca. Se había perdido con el nuevo rumbo que tomaban las cosas y, finalmente, había desesperado frente a la muerte infame de Jesús, el inocente. Sin embargo, esos antiguos compañeros dicen ahora que Jesús está vivo. Pero vivo ¿Cómo? ¿Cómo un espíritu? ¿Dejando a todo el mundo sumido en el caos tal como fue en el principio? ¿No se había credo nada nuevo, después de todo?

Tomás cree porque ve las heridas transfiguradas y comprende que las de Jesús son sólo las primeras y el “modelo”, la promesa, para todas las demás. Tomás ve a Dios actuando en favor de Jesús y, por ende, en el de todos los demás. A nosotros nos toca creer sin poder ver el mundo sanado más allá de pequeñas porciones aquí o allá, siempre que estemos atentos y no nos extraviemos buscando espectacularidades. Dios es sencillo. Jesús es el Viviente; el ser humano que fue ha alcanzado una plenitud en la que es por los cuatro costados. Fue, es y será y esto no significa que vaya a ser siempre lo que fue o lo que ahora es. Tampoco sabemos lo que será, pero mientras llega esa omega vivimos en el destierro de Patmos, aceptando que el mundo no nos deje pasar del pórtico de Salomón, donde se busca a Dios con simplicidad de corazón, donde esperamos y procuramos que se produzca en nosotros la misma transformación que se produjo en Jesús, en Tomás y en el mismo Pedro, cuya sombra sanaba cualquier herida.  Es ahí y así donde se puede ver al Señor a ciencia cierta y reconocerlo como Dios y es ahí y así donde podremos cantar, como el salmista, la bondad y la misericordia que cuenta con nosotros para no dejar atrás ninguna herida y transformar todo mal en vida.


Apología de Tomás. La incredulidad de Sto. Tomás. Caravaggio (1602).


domingo, 17 de abril de 2022

LA PIEDRA ANGULAR. Domingo de Pascua

17/04/2022

La piedra angular.

Domingo de Pascua.

Hch 10, 34a. 37-43

Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23

Col 3, 1-4

Secuencia

Jn 20, 1-9

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Todo lo conocido se ha puesto del revés porque aquello que creíamos inamovible ya no se sostiene. María Magdalena es la primera en percibir que algo no marcha como se esperaba y, finalmente, se aclara todo: el cuerpo de Jesús no está. Sólo puede pensar en que alguien se lo ha llevado. Los apóstoles a los que recurre tampoco lo tienen nada claro. Sin embargo, poco a poco se va asentando la convicción de que verdaderamente el Padre le ha resucitado. Esta nueva lógica se impone porque parte de aquello que vivieron junto a él en vida y que ahora se ve reforzado por la certeza absoluta de que Jesús vive. Decimos vive, en presente, porque sigue y seguirá vivo por siempre. Así lo había dicho en vida, aunque nadie lo entendió. A la luz de lo ocurrido todo adquiere un nuevo sentido.

Los exégetas afirman que la tumba vacía no es, por sí misma prueba de nada, pero pone de manifiesto que todo ha cambiado. El consenso que existía sobre Jesús entre sus amigos es que pasó haciendo el bien. En vida abrió un resquicio para la esperanza que consiguió llenar la vida de muchos. Lo sembrado no se quiebra tras la desaparición del sembrador porque el fruto es real. Esa esperanza no fue una efervescencia, sino una realidad que creció a partir de una experiencia concreta. Quienes, pese a la perplejidad del primer momento, comprendieron que la resurrección era cierta fueron quienes habían resucitado ya en vida. Jesús sanaba, pero no sólo físicamente; Jesús proporcionaba también un sentido a la vida de la gente que dejaba de verse con los ojos de sus jueces y victimarios para verse con los ojos de Dios. Jesús les transmitió que eran hijos amados y aupados hasta los brazos de la madre y padre que es Dios. Semejante perspectiva les revelaba que no podían ya morir. Mucho menos Jesús.

Hay que estar a este lado de la tumba para poder percibirla vacía. Quien permanece aún en ella la ve todavía llena; llena de sí mismo, de quien no consigue desprenderse de aquello que lo sujeta y lo mantiene aún dormido. Buscamos lo nuevo pero la novedad no puede alcanzarse si no se le deja sitio y se le da oportunidad. No existe nada que se improvise. Percibir la resurrección es comprender que no hay posibilidad alguna de morir y ese descubrimiento tan solo es posible a partir de la detección de la intervención cotidiana de Dios en cada uno. La pregunta definitiva podría ser ¿De qué me ha salvado ya Jesús? ¿De esta realidad mía, ya salvada, cuánta pongo a disposición de los demás? Es preciso cambiar la piedra angular que sostiene nuestro propio edificio, no sea que todo él se nos derrumbe en cuanto el sentido se nos agriete y no podamos afianzarlo de nuevo. Se nos pide que aspiremos a los bienes de arriba; que abandonemos una existencia centrada en lo transitorio para asentarnos sobre el cimiento que realmente nos proporcione ese sentido que, primero, nos sostenga en los peores momentos y, segundo, nos afirme en nuestra dedicación al anuncio de la buena nueva y a la lucha por la justicia. La fraternidad cristiana no es una simple unión de bienintencionados, sino que encuentra su verdadero sentido cuando se vive como compromiso en que no haya lienzos, sudarios ni mortajas que puedan separar a unas personas de otras.


La piedra angular




sábado, 16 de abril de 2022

SILENCIO. Sábado Santo.

 16/04/2022

Silencio.

Sábado Santo.

Hb 4, 1-13 - Si quieres leer el texto pincha aquí.

“Descenso del Señor a los infiernos” - Si quieres leer el texto pincha aquí.

En este día el silencio se impone sobre todo lo demás. No existe más celebración que el rezo de las horas y en él el Oficio de Lecturas nos presenta estos dos textos. En el primero, el autor de la Carta a los Hebreos contrapone el rechazo de los antiguos judíos a Jesús a la acogida que le dispensaron quienes después se llamaron cristianos. Muchos de ellos también judíos; otros, extranjeros completamente ajenos al mundo hebreo. Es un conflicto ya muy antiguo: “Vosotros no creísteis en él; nosotros, sí”. Y es, también, un conflicto que se mantiene aún hoy en día. Esa falta de fe justifica que no pudiesen entrar en el descanso de Dios. Prestar atención a la Palabra de Dios es dejarla obrar con su precisión de cirujano que deslinda el alma del espíritu y escruta lo más profundo del corazón; no hay nada invisible para ella.

El segundo texto es una antigua homilía anónima de los primeros siglos del cristianismo que pretende explicar el significado de este día. Fue titulada “Descenso del Señor a los infiernos”, aunque también se la conoce, más poéticamente, como “Despierta tú que duermes”. En ella es Jesús mismo quien va al encuentro de quienes no consiguieron entrar en el descanso de Dios Padre y recorre para ello los infiernos. Infierno es el “lugar” o el estado en el que Dios no está presente, es decir, el lugar en el que se niega el amor. Jesús, Palabra viva del Padre, que ya atravesó el infierno físico en vida acude ahora a recoger a todos aquellos que "no escucharon la voz de Dios". Sale al paso del desencuentro entre los seguidores del camino, como se llamaban a sí mismos los cristianos antes de ser llamados, precisamente, cristianos, y cualquier otro creyente o no creyente que siga cualquier otro camino.

En aquel lejano siglo en el que fue escrito, todo esto se expresaba en términos de pecado y de rescate… tendríamos que ver como lo explicamos hoy. Lo importante es que Jesús, el hombre que acogió a Dios sin reservas, permitiendo que su Palabra lo asumiese sin limitación alguna, vivió su vida para los demás como resultado de su entrega al ministerio al que esa Palabra le llamaba. Mereció la muerte según la valoración de quienes niegan la vida pero Dios no se detuvo ante la muerte sino que la venció en Jesús transformándola en un simple sueño; equiparable al descanso después de la fatiga.  Esta fatiga es la vida de cada uno. Mejor o peor; da igual. Creyente o no creyente; es lo mismo. Dios perdona a Adán por su desobediencia, que es lo mismo que decir que perdona al ser humano. Adán es aquél que está hecho de barro, es la humanidad que yerra, ciertamente, de manera personal, pero por ser humano. Podría no haberse equivocado de haber usado correctamente su libertad, pero junto al don va el riesgo. Y el riesgo era ya conocido por el Creador. En este día de silencio, el conocimiento de nuestra propia naturaleza no debe atarnos al temor que nos anestesia. Estamos llamados a despertar y vivir en un mundo despierto. El silencio de hoy, lo sabemos bien, precede a la explosión definitiva que, sin embargo, se va implantando al mismo ritmo que nuestros corazones se dan cuenta de que ni los otros son tan malos ni nosotros somos tan buenos. Estamos llamados a vivir en lo nuevo que está siempre llegando pero nunca termina de instalarse. Cuantitativamente, diremos; porque cualiitativamente está ya entre nosotros. Eso definitivo que se gesta en el silencio como en un vientre maternal y nutricio, será plenamente verdad en la más mínima porción de mundo en la que sea realidad.


Silencio. Descenso de Cristo a los infiernos. Duccio di Buoninsegna (ca. 1308-1311)


viernes, 15 de abril de 2022

CONOCER A DIOS. Viernes Santo.

 15/04/2022

Conocer a Dios.

Viernes Santo.

Is 52, 13 – 53, 12

Sal 30, 2. 6. 12-13. 15-17. 25

Hb 4, 14-16; 5, 7-9

Jn 18, 1 – 19, 42

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Hay que haber muerto uno mismo antes de poder morir por otros. Insistimos en el morir, que no en la muerte. Precisamente este morir es todo lo contrario a la muerte. Es un proceso consciente que cada uno va viviendo; un camino que se recorre. Jesús es capaz de afrontar lúcidamente la muerte porque toda su vida ha ido muriendo poco a poco mientras, progresivamente, ha ido viviendo para los demás y saciándose de conocimiento. El conocimiento bíblico no es una realidad intelectual, sino experiencial; tiene mucho más que ver con el sabor que con el saber. El siervo sufriente del que nos habla Isaías se sació finalmente de conocimiento. También Jesús murió conociendo al Padre, en cuyas manos puso su espíritu, tanto como la experiencia humana que había vivido se lo mostró. Llegar a ver la luz, como dice Isaías, es el final de ese camino que se emprende al percibir tan sólo un resquicio y que, día a día, va despejando un poco de la neblina en la que vivimos inmersos. Conocer a Dios, nos sigue diciendo el profeta, implica ser tenido por leproso, por el maldito sobre el que se colocan los pecados de todos para no tener por qué reconocerlos y poder expiarlos en cabeza ajena conservando la propia dignidad. Pero ni ese Dios que maldice y tritura es el verdadero ni esa dignidad es la real.

En su morir Jesús fue probado en todo como nosotros y por eso, afirma el autor de la carta a los hebreos, nos conoce. En la vida de Jesús Dios experimentó la experiencia humana y comprendió a su creatura. En Jesús Dios y hombre se conocen y unen ya sin separación posible. En su vida, mientras conocía a Dios, a sí mismo y a los demás Jesús presintió la tragedia y fue escuchado en su sufrimiento. Escuchado, sostenido y alentado como el mismo salmista que no deja de confiar pese a que no quede ya esperanza alguna. Este Jesús que muere desnudo en la cruz es imagen de la humanidad que se acoge a Dios pese a que ya nadie más la acoge a ella. Es la humanidad que en los peores momentos y en los contextos más deshumanizadores ni cierra el corazón ni desespera

Jesús condensa esa experiencia fundamental de confianza y expresa plenamente el sentido redentor que tiene. Somos la Jerusalén que le acogió el domingo pasado y la que lo juzga hoy. En él acogemos y juzgamos a todos los desnudos y desnudas ya procedan de más lejos o de más cerca. Y para este juicio tenemos muchos modelos en el evangelio de hoy. Podemos ser cualquier personaje, conocido o anónimo. Ante el morir de Jesús todos los presentes se sitúan de una forma u otra ante el sufrimiento humano. Ante las situaciones de inhumanidad que siguen existiendo hoy podemos culpar a Dios o maldecir a los malos o buscar los rasgos de humanidad que en todas afloran sin renunciar a la esperanza y ponemos manos a la obra. También en nuestra propia vida podemos afrontar un esperanzado morir cotidiano en favor de los demás, en primer lugar, pero también, en segundo, como camino de crecimiento personal y de progreso en el conocimiento de Dios, de la realidad, de los demás y de nosotros mismos. La vida nos va colocando frente a este camino que nosotros aceptamos o rechazamos. Y en nuestra opción va implícito ir construyendo eso nuevo que esperamos o dejarlo todo como está, consintiendo en que la amenaza de ruina se haga real.   


Conocer a Dios. Cristo crucificado. Diego de Velázquez (ca. 1632)