sábado, 28 de septiembre de 2024

LO FUNDAMENTAL. Domingo XXVI Ordinario

29/09/2024

Lo fundamental.

Domingo XXVI T.O.

Nm 11, 25-29

Sal 18, 8. 10. 12-14

Snt 5, 1-6

Mc 9, 38-43. 45. 47-48

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Por propia experiencia, Moisés se da cuenta de que el espíritu que Dios le ha dado no es una exclusiva en beneficio propio. Dios mismo lo toma de él y lo reparte también entre los 70 ancianos que el propio Moisés había escogido y convocado a la tienda del Encuentro. Pero, por alguna razón, dos de ellos no acudieron a la cita, sino que se quedaron entre el pueblo, vaya usted a saber por qué. El caso es que, como ya sabemos, cualquier espíritu verdadero es incontenible y, pese a todo, Eldad y Medad profetizaron igual que los demás allí donde se encontraban. Provocaron así la indignación de Josué, pero no la de Moisés: “Ojalá todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu”. Es curioso este nuevo orden que da Moisés, primero profetizar y luego donación del espíritu, distinto del más evidente: primero donación y luego profecía. Posiblemente esta profecía no se refiera tanto a la palabra inspirada, cuanto a la acción. El hablar de Dios es sinónimo de obrar. Si todos obrasen según la voluntad de Dios encontrarían la inspiración que diese sentido a su vida, que descansase su alma. En el fondo, es lo que viene a decir el salmista. Cumplir la ley de Dios garantiza no errar, porque en ella se encuentra el secreto de las buenas acciones; es la justicia que construye y mantiene un orden nuevo. Es la nueva realidad que se vive en el campamento, en el mundo, no en el santuario; tiene que ver más con la convivencia que con el apartamiento a lugares recónditos. No es un sumiso acatamiento de preceptos, sino una dedicación a los demás.

Así lo entiende Jesús cuando dice que nadie que obre el bien podrá estar en contra suya. Los milagros son la manifestación evidente de ese bien que se orienta a los demás y no a sí mismo. Quien cuida y sana no puede ser ajeno a Jesús ni al Espíritu que le anima y que él mismo dona al mundo. Lo realmente malo es hacer pecar a los pequeños, a los sencillos; escandalizar, dice el texto griego, tal como otras versiones conservan. Escandalizar no es provocar u ofender sino apartar a alguien de su camino, hacerle errar en el blanco. Eso es el pecado: el abandono de la vocación a la que estamos llamados y que, por ser personas, nos es inherente para seguir otros rumbos diversos. Quien así se desvía, yerra, peca, y a quien induce a otros a hacerlo mejor le iría, según Jesús, si le ahogasen con piedras de molino. No es este un Jesús dulce, precisamente. Se pone del lado de quienes sufren las consecuencias de ese escándalo, exigiendo que cese el daño que sufren los pequeños.

En esa misma línea continua Santiago su carta. Deja claro a los ricos que sus gozos van sembrando desesperanzas en los demás. Su riqueza está construida sobre el dolor de los demás, hasta el punto de empujarles al pecado: al desánimo. Su única salida es amputar la sed de placer que les lleva a maltratar a los demás. Las palabras de Jesús no son para los estafados, sino para los estafadores. Y a sus acciones contrapone la de quienes velan por el pueblo y sanan su mal aunque no sean oficialmente de su grupo. Hay mucha gente buena, solemos decir, pero la bondad aquí no se mide por la  gentileza, sino por la oposición a la barbarie. Bueno es quien destruye el mal. Y no es de recibo alimentar suspicacias como las de Josué o las de los apóstoles. Recordemos que Dios no es imparcial. Lo fundamental siempre ha sido la vida de los últimos; lo decisivo es defenderla del abuso que les conduce a la resignación.

 

Lo fundamental

 

 


 

sábado, 21 de septiembre de 2024

DE ÚLTIMOS Y PRIMEROS. Domingo XXV Ordinario

22/09/2024

De últimos y primeros.

Domingo XXV T.O.

Sb 2, 12. 17-20

Sal 53, 3-6. 8

Snt 3, 16 – 4, 3

Mc 9, 30-37

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¿Será que nos duele que alguien sea tenido por justo porque con ello se nos hace de menos a los demás? Porque, desde luego, queda claro que si esa proclamación es de uno mismo estamos ante una desfachatez; una radical falta de humildad. El libro de la Sabiduría nos muestra hoy cómo frente a la pretensión del justo o la de quienes así lo proclaman las gentes de bien se abstienen de incurrir en errores dejando que sea Dios, juez inapelable, quien pronuncie el veredicto definitivo. Si de veras este es su siervo, él lo librará con el milagro que sea necesario. Por eso hay que ponérselo difícil; para que no haya duda. Para eso es omnipotente. Así quedará perfectamente claro si sí o si no. Por eso, lo mejor es no llamar mucho la atención; no destacar entre el rebaño y hacer lo que es costumbre sin preocuparse mucho más. No sea que nuestra innovación vaya a suscitar el recelo de quienes no sintiéndose capaces de condenar ni de juzgar dejan que Dios lo haga por ellos, pero con el procedimiento que ellos dictaminen. Existe, sin embargo quien, como el salmista, se pone en manos de Dios y sigue su fuero interno contra viento y marea. Su vida se mueve en otras coordenadas; sigue a otro metrónomo.

Es un compás muy similar al que presenta Santiago que hoy nos pone de manifiesto que muchas veces estamos orientando las cosas del modo equivocado porque lo que a la postre nos guía son nuestras pasiones. Según lo que ellas dicen declaramos guerras o firmamos alianzas; amamos u odiamos. También son ellas las que nos mueven a pedirle a Dios que satisfaga deseos que poco tienen que ver con su corazón. Por eso nunca nos llega lo que esperamos; porque esperamos lo que es contrario al amor de Dios. La malentendida omnipotencia divina no está para concedernos nuestro capricho sino para armonizar de forma justa una convivencia en la que todos cuidemos de todos. Dios es omnipotente en el amar.

El amor no es la felicidad que vives cuando te sientes querido. Esto es muy importante, por supuesto, pero el amor es más bien la capacidad de buscar la dicha del otro. La alegría de sentirse amado no es superior a la satisfacción de procurar el bien del ser amado. Este cambio de perspectiva le da otro sabor a las cosas y Jesús afirma que aquí está la clave de todo. Hay que dejar de lado las ínfulas con las que tantas veces nos autocoronamos. Del mismo modo que el quid del amor no es ser amado sino amar, lo crucial para alcanzar la excelencia no se cifra en medrar sino en servir. Servir a todos según Dios mismo sirve: haciéndose uno con los últimos. Eso eran los niños en tiempos de Jesús. Nada hay de candoroso en su afirmación. Acoger a los últimos es recibir a Jesús que fue uno con ellos y albergar a Jesús es guarecer al propio Dios que se desvive por sembrar la paz y anhela cosechar justicia. Lo que habitualmente se cosecha, sin embargo, son juicios encargados por la gente piadosa y celosa de las buenas costumbres, pero ajena a la verdadera sabiduría. En estos juicios, pese a lo que pueda parecer, Dios no calla, sino que se sitúa al lado del reo, porque ese ha sido el lugar que ha elegido siempre y no actúa para impresionar ni convencer a los fiscales sino para sostener a quien,  confiadamente, todo lo puso en sus manos porque su conciencia no le permitió poner nada en esas otras manos que prefieren amenazar y golpear a acariciar. 

 

De últimos y primeros (Niños en Gaza, 2021)

 

 


 

sábado, 14 de septiembre de 2024

CRUZ Y CAMINO. Domingo XXIV Ordinario

15/09/2024

Cruz y camino

Domingo XXIV T.O.

Is 50, 5-9a

Sal 114, 1-9

Sant 2, 14-18

Mc 8, 27-35

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Comenzaremos hoy por lo obvio: Jesús pregunta a los suyos qué tal se van entendiendo las cosas. Lleva ya un tiempo moviéndose en tierra de gentiles y quiere contrastar con sus discípulos cómo son acogidas sus palabras y acciones ¿Creéis que la gente me entiende? Y ellos le cuentan que cada uno lo ve a su manera. La esperanza adquiere formas diversas. Pedro las resume todas recurriendo a la imagen central del mesías. Jesús acepta implícitamente esta afirmación, pero matiza la cuestión reorientando esa raíz común desde el triunfalismo hacia la perspectiva profética. Isaías había hablado de un personaje sin identidad reconocida al que hoy vemos afrontando la adversidad con una absoluta confianza en Dios. Es alguien a quien Dios mismo abrió el oído, tal como vimos hacer a Jesús la semana pasada. Escuchar a Dios no es solo tomar nota de sus palabras, sino ponerse en camino siguiendo su llamada y sintiendo su presencia en nuestras vidas. El siervo anónimo de Isaías sabe que no quedará defraudado, por eso endurece el rostro y no deja que el infortunio haga mella en él. No duda en afrontar la hostilidad porque sabe de quien se ha fiado. El salmista expresa esa misma actitud. En ella se unen el siervo y el Jesús que acepta las consecuencias que su fidelidad al Padre le procura.

Así, pues, Jesús afirma que su mesianismo es éste. La esperanza común necesitaba aún esta última profundización. El ungido del mundo no va a recibir la gloria del mundo porque su actitud no tiene nada que ver con las que este mundo glorifica. Muy al contrario, la fidelidad a la unción recibida, a la escucha de la Palabra, trae consigo la cruz: la incomprensión, la reprobación y la condena, precisamente, de quienes se dicen guardianes de la esperanza. Este rechazo será llevado hasta el extremo porque el buen oidor cuestiona todo aquello que se acepta como bueno y, sin embargo, sostiene un entramado injusto. Si este soporte se desbarata, todo se hunde. No es posible tolerar este mesianismo. Este anuncio, sin embargo,  es una prueba dura para muchos. Es el caso de Pedro a quien el amor por su maestro no le permite aceptarlo y Jesús le llama Satanás, nada menos, porque con esa actitud se está colocando en el lado opuesto a Dios. Entonces ¿será voluntad de Dios ir colocando cruces a sus ungidos? No. La cruz es el reconocimiento que el mundo, entendido como potencia contraria a Dios, da a quienes se empeñan en ir contra él. Pero es también la plasmación de un camino.

Santiago nos trae a la vida cotidiana. En ella podemos vivir según la fe, es decir, apoyándonos en la confianza que ponemos en Dios, tal como Jesús y el siervo hicieron o podemos colaborar en sustentar estructuras que amigablemente desean bienes para todos pero no los procuran de ningún modo. No sirve de nada una fe buenista sin concreción real en el cuerpo de los hermanos. Una fe sin obras está muerta porque la confianza se deposita en Dios para que nos acompañe en la expansión de su Reino. Caminar procurando este ensanchamiento acogiendo a todos y sus necesidades es ya una denuncia explícita de la situación que mantiene a unos por encima de otros y la lucha, la difamación,  la persecución, el repudio, el dolor… son nombres que recibe la cruz. Son la realidad que nos acerca a los demás; que nos hace uno con ellos y que nos permite comprender y vivir el amor preferencial de Dios.

 

Camino y cruz (Mojón en el Camino Lebaniego)

 

 


 

sábado, 7 de septiembre de 2024

ÁBRETE. Domingo XXIII Ordinario

08/09/2024

Ábrete

Domingo XXIII T.O.

Is 35, 4-7a

Sal 145, 7-10

Snt 2, 1-5

Mc 7, 31-37

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Viene el Señor a darle la vuelta al mundo. No hay razón para el temor; sí la hay para ser fuertes y no rendirse. Todo va a cambiar porque no hay realidad que pueda resistirse a la acción decidida de Dios en favor de los suyos. Así lo anuncia Isaías y lo confirma el salmista que va detallando todas esas intervenciones. No existe mal que quede fuera de su alcance. A la nueva situación que se deriva de esta irrupción salvadora de Dios, Jesús le llamaba reino de Dios. También él se colocó voluntariamente en ese dinamismo. No se limitó a contemplar el mundo consintiendo pasivamente la negatividad y las limitaciones que restan plenitud a la vida de las personas. Todo lo contrario. Remedió muchas situaciones que colocaban a personas concretas en circunstancias realmente difíciles. También hoy actúa así.  Vayamos paso a paso. Al sordo y casi mudo le aparta de la multitud; se centra en él desoyendo la petición de pía imposición de manos y, en cambio, hace lo necesario: toca sus oídos y moja su lengua con saliva; mira al cielo, pues no actúa por su cuenta; suspira, entregando al buen hombre el mismo aliento creador que Dios concedió a la humanidad primera; enuncia “Ábrete” tal como Dios dijo “sea” para que todo fuese y, finalmente, pide silencio.

Pero, como todos los sanados, también este proclamó a los cuatro vientos la novedad. Esto es comprensible no solo porque tanto el bien como la alegría son especialmente contagiosos sino porque, además, a cada uno le había concedido aquello que necesitaba y su vida ya no podía ser igual, ni para ellos ni para los demás. Parece una obviedad, pero lo cierto es que a veces nos empeñamos en mostrarle a la gente aquello que pensamos que es adecuado en vez de lo que realmente demandan. Así, se llega a pedir paciencia y aguante a quien vive situaciones dolorosas o incluso denigrantes; se aconseja continencia a quien revienta de amor de forma no convencional; se insiste en el deber de permanecer en situaciones que han dejado de tener sentido o se llama a la sumisión cuando aparecen conflictos de conciencia. Jesús, por el contrario, solo dice “Ábrete”, que es como decir: no pongas obstáculo a que Dios penetre en ti y te muestre caminos nuevos; cuando tu corazón rebose, toda tu vida será lengua desatada que cante y proclame. 

Dice Santiago que Dios elige a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe.  En la fe, en la confianza, ellos son enriquecidos cuando escuchan y descubren que eso que les va minando no es, en absoluto, querido por Dios. La vida toma otro rumbo que acredita al Señor y a quien de su parte se acerca. Dice también que a ellos les hará herederos del Reino que destinó a quienes le aman. El amor de Dios se percibe en su cercanía. El amor a Dios no puede dejar olvidados a quienes él ama especialmente. El Reino no es un estado que se clausura en la propia felicidad, sino la realidad que entre todos construimos y en la que la dignidad de cada uno es plenamente restablecida. Solo en la medida en que nosotros mismos somos realmente libres podemos desatar a los demás. De Jesús decían “Todo lo ha hecho bien” pues supo poner a todos en contacto con lo que Dios esperaba de ellos y ya no tenía sentido que nadie aguantase lo que le hurtaba humanidad. Supo hacer que todos se sintieran como el invitado especial suscitando también en ellos su propio afán por abrirse a todos.

 

Ábrete

 


 

sábado, 31 de agosto de 2024

ENREDADOS EN LO REAL. Domingo XXII Ordinario

01/09/2024

Enredados en lo real.

Domingo XXII T.O.

Dt 4, 1-2. 6-8

Sal 14, 2-5

Snt 1, 17-18. 21b-22. 27

Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

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Es fácil criticar sin conocer. Cuando te acercas todo parece distinto; se ve de otra manera aquello que, en la lejanía, parecía extraño; se comprende lo que parecía irreal. Esto viene a decirle Moisés al pueblo que espera entrar en la tierra prometida. Cuando la gente se anime a arrimarse verá que sois un pueblo sabio, inteligente ¿Y de dónde surgirá este interés por aproximarse? De que la justicia resplandecerá entre vosotros, pues ese será el fruto de una vida en la que se cumplan los preceptos que, en nombre de Dios, yo os he prescrito. La sabiduría que, por sus frutos, se reconoce aquí es la de edificar un mundo según el corazón de Dios. Así se hará real la presencia de Dios en vuestro seno. Ninguna nación tiene a Dios tan cerca. Vuestra vida puede ser vuestro testimonio. El salmista nos presenta esos preceptos, asegurándonos la inerrancia si nos dejamos guiar por ellos.

Siglos después Jesús tendría un enfrentamiento más que serio en el seno de ese mismo pueblo porque algunos de sus dirigentes que se habían acercado a él le echaban en cara el comportamiento de sus discípulos. Se aproximaron, es cierto, pero parece que venían ya con la decisión tomada. Insistían en acentuar tradiciones posteriores a la instrucción que les había sido entregada por Moisés y el salmista sintetizó; olvidaban así lo central de esos preceptos. Se mostraban, por el contrario, escandalizados por la impureza. Un escándalo es, etimológicamente, un obstáculo que te hace caer. Caer no es malo; quedarse allí abatido, sí. En este caso, quedaban atrapados por lo que no es más que una circunstancia. La impureza no es en sí un pecado, sino, en todo caso, si es que es algo, es una condición que puede subsanarse. Aquellos hombres, en cambio, se quedaban atrapados en la desconfianza de no saber si obraban bien o mal. En el fondo, no se sentían amados por Dios. Vivían en el miedo. La cultura helénica llamaba hipócritas a los actores de teatro que, tras la máscara, pretendían hacer creíble lo ficticio. No es que Jesús quisiera abrogar los preceptos de Moisés, sino que se empeña en desenmascarar esas buenas actuaciones y les recuerda que mucho peor que esa impureza que ellos condenan es el mal que surge cuando se da rienda suelta al propio interés por encima del de los demás y sin que importe la suerte de esos demás.

Santiago subraya que el beneficio verdadero y el don perfecto son los que vienen de arriba. Aceptar la Palabra es ponerla en práctica, de lo contrario nos engañamos a nosotros mismos y cooperamos con el desastre. Escuchar no vale para nada si no se le pone carne a eso que recibes. Nos lo podría decir más alto, pero no más claro: la religión verdadera es estar pendiente de los demás y no hacer las cosas como esos actores que solo aspiran a ser inmaculados. Si te pones manos a la obra y con ellas acaricias en vez de aplastar es posible que se te manchen porque el contacto con el mundo deja huella, pero no está claro que ese rastro sea una mancha que a Dios le moleste; muy al contrario, estamos convencidos que lo aprueba de buen grado porque sabe de dónde sale. Dios cumple su promesa de cercanía sin precedente, pero, recuerda Jesús, eso es posible porque el pueblo sale de sí para enredarse con todos conteniendo el impulso de aprovecharse de ellos y abandonando el intento de hacer pasar por real lo que no lo es. 

 

Enredados en lo real

 


 

sábado, 24 de agosto de 2024

ALIANZA, Domingo XXI Ordinario

25/08/2024

Alianza.

Domingo XXI T.O.

Jos 24, 1-2a. 15-17. 18b

Sal 33, 2-3. 16-23

Ef 5, 21-32

Jn 6, 60-69

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Una vez asentados en el territorio, Josué reúne al pueblo para dejar las cosas claras. Pueden servir a los antiguos dioses de sus padres, o a los de esta nueva tierra o a Yahweh, que les ha acompañado, protegido y entregado las ciudades en las que ahora habitan. El pueblo elige servir a Yahweh. Se “firma” así la alianza en Siquem, que ratifica todas las antiguas alianzas personales que Dios había suscrito con los patriarcas. El pueblo es ahora quien decide. Un vistazo rápido a la historia posterior nos hará ver que esta asamblea no fue siempre fiel a su promesa. Quienes con los años escribieron este pasaje quisieron destacar la buena voluntad de sus antepasados en este momento fundacional; es, posiblemente, un episodio idealizado pero no por ello pierde valor. La elección es ya un acto de arrojo, aunque la vida cotidiana necesita también del valor que a muchos de ellos les faltó. El salmista presenta el cuidado de Dios por su pueblo, por los justos, los atribulados y los abatidos. 

Jesús, que comparte nombre con Josué, tiene que enfrentarse a la murmuración de sus propios discípulos. Es, sin duda, un momento tenso. No entienden nada de lo que les ha dicho acerca de comer su carne; están escandalizados y el propio Jesús les asegura que aún no han visto nada. No basta pertenecer al grupo de Jesús, como no bastó elegir a Yahweh entre todas las posibilidades. Hacer una opción decidida es importante, pero con ella no está ya todo hecho. El camino se pude hacer cuesta arriba para todos. Así les pasó a esos discípulos que marcharon y ya no volvieron. Para conocer al verdadero Jesús no basta la voluntad de hacerlo. El Padre posibilita que el escándalo no te eche para atrás. Hay quien no puede reconocer a Dios en las palabras de Jesús porque su dios es otro; es cananeo o babilonio, pero no es el que Jesús hace presente. Pedro habla por los Doce: “¿A dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Esta perseverancia solo puede explicarse desde la experiencia de sentirse amados por Dios en Jesús y vivificados por la Ruah.

El amor es un misterio; quien lo conoce lo sabe. El autor de la carta a los efesios también debía conocerlo por eso habla de él para explicar la relación entre Cristo y la Iglesia. Tendremos que vencer 2.000 años de diferencia cultural y querer no quedar presos de las palabras. Solo quien ama es capaz de obedecer y de aceptar al otro como Señor. Solo un buen Señor merece ser amado. Lo mismo ocurre con Jesús y sus discípulos: ellos se sienten amados y deciden, cada día, permanecer a su lado y Jesús, al verse aceptado por ellos, atempera la inquietud que las multitudes y los piadosos siembran en su alma; solo puede amarlos más. Lo mismo que a la interacción de Dios y el pueblo, la experiencia real del amor da sentido a la de Jesús y sus contemporáneos. Hay quien le rechaza y quien no quiere separase de él. El misterio humano consiste en que dos lleguen a ser una sola carne dejando todo lo demás. Abandonando padres, dioses y riquezas; renunciando a imponerse y entregándose por entero a la otra persona. Este amor es siempre apasionado porque cada amante se lo juega todo en la alianza: come y se deja comer. Solo en ella pueden encontrarse palabras y hechos que inmortalicen.  Además, hablar aquí de pueblo y de Iglesia nos hace caer en la cuenta de que es la humanidad entera la que está llamada a amarse como dos que quieren ser uno. 

 

Alianza 

 


 

sábado, 17 de agosto de 2024

CUANDO LA PRUDENCIA SE HACE PAN. Domingo XX Ordinario.

18/08/2024

Cuando la prudencia se hace pan.

Domingo XX T.O.

Pr 9, 1-6

Sal 33, 2-3. 10-15

Ef 5, 15-20

Jn 6, 51-58

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Si la sabiduría es la capacidad de conocer el mundo según los criterios de Dios, la prudencia es la de poner esos criterios en práctica.  Ser prudente no es ser cobarde, ni tiene que ver con un retraimiento cauteloso, ni es fruto del desencanto, ni de la mediocridad. La prudencia es el arte de bien vivir que nace del conocimiento de Dios. Por eso el libro de Proverbios llama hoy a los inexpertos, para que aprendan el modo de llegar a ser bueno, según Dios, por medio del obrar en la escuela que la Sabiduría ha preparado para ellos: el pan y el vino que ella misma les ha mezclado y preparado. Lo que aprendan en el banquete, la experiencia que ganen, les situará en la línea de ese obrar según los criterios del mismo Dios. El salmista agradece la invitación a esta escuela existencial.

También Jesús preparó una mesa en la que los suyos pudiesen aprender valores que poco tenían que ver con los comportamientos acostumbrados por muchos. Él identifica el alimento del banquete con su cuerpo y su sangre. Contemplar la sangre como alimento, ya fuese bebida o comida, resultaba repulsivo para los judíos pues su legislación lo prohibía expresamente. Comer el cuerpo de un ser humano no resultaba más tolerable. Es una expresión simbólica que indica la invitación de Jesús a los comensales para que le devoren; es decir, para que aprendan de él y lleguen a ser para los demás. La palabra que utiliza Juan para hablar de este banquete hace referencia a una comida jubilosa; más exactamente ruidosa en la que el disfrute y el deleite es la nota distintiva. La sonoridad de este modo de comer es una metáfora que el Antiguo Testamento utiliza para hablar de la meditación. Meditar la Palabra es tenerla siempre presente y recitarla en un volumen bajo, pero audible, tal como, por ejemplo, las palomas arrullan. Esta incesante meditación terminará por hacer comprensible la Palabra y alegrará el alma del devoto que va conociendo mejor a Dios y su voluntad. Así, del mismo modo que alimentarse es asimilar aquello que se encuentra de forma que al hacerlo propio se produzca un crecimiento, aprender es incorporar a tu vida aquello nuevo que te sale al encuentro de modo que ya no puedas ver el mundo de la misma manera. La carta a los Efesios insiste en esta acción de recitar salmos y entonar cánticos y pide dejar atrás el vino que embriaga pero no alimenta.

En el fondo, se nos presentan hoy tres dimensiones de la comunión: en primer lugar, la sacramental, que por lances de la historia cada confesión cristiana niega a quienes no coinciden con ella; después, la de la oración y meditación en las palabras de Jesús que todos los cristianos, y muchos otros no cristianos, podemos compartir si existe voluntad de unirse a los demás y buscar juntos y, finalmente, la de las acciones decididas en favor de aquellos que ocupan el corazón de Jesús y del Padre. Esta última puede ser compartida con cualquiera, incluso, con los no creyentes. Tal vez, algún día, estas dos razones puedan suplir lo que le falta a la primera para conseguir una unión completa. O tal vez tenga que seguir siendo así. Pero, mientras tanto, que estas dos sean motivo suficiente para continuar aprendiendo de Jesús y, sin apropiárnoslo, cultivar esa subversiva prudencia que, junto a todas las personas de buena voluntad, nos haga pan para los demás. 

 

Simon Vouet. Alegoría de la Prudencia (1638)