sábado, 30 de octubre de 2021

LA COMÚN UNIDAD. Domingo XXXI Ordinario.

 31/10/2021

La común unidad.

Domingo XXXI T. O.

Dt 6, 2-6

Sal 17, 2-4. 47. 51ab

Heb 7, 23-28

Mc 12, 28b-34

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Le preguntan a Jesús por el resumen de la Ley, por su núcleo irrenunciable y su respuesta afirma diáfanamente la imposibilidad de separar a Dios del ser humano. En su mutua dependencia está el valor de ambas frases. Por un lado, el amor a Dios era exigido por la Ley como centro fundamental sobre el que debía gravitar la vida de todo el pueblo. Todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas de cada uno de los hebreos debían ponerse en ese Dios que era único. El politeísmo anterior presentaba un mundo dividido en miles de dioses, fuerzas que actuaban de forma caprichosa y muchas veces unas contra otras. El Dios de Israel era tan sólo uno. No cabe la división ni es posible contradicción alguna. Contra todas las ideas grandilocuentes y, a menudo, estrambóticas, de las gentes Dios es un ser sencillo. Es unidad que se muestra en su obrar a favor del ser humano, representado en ese pueblo elegido para ser muestra de su amor, no un privilegiado a costa de los demás. Y su anhelo principal es que todo su pueblo transparente la misma unidad interior de modo que  la humanidad entera ansíe también esa vivencia. Por otro lado, es el amor a los demás lo que hace realidad esa transparencia hasta tornarla transfiguración.

Jesús clarifica ese deseo divino: que el prójimo no te importe más que tú mismo. Ámale como tú mismo esperas ser amado. El amor es lo que nos une a todos los demás, pero el amor no es un sentimiento altruista, ni una receta de desposesión, ni una guía para buscadores de la perfección. El amor es Dios mismo. Es el reconocimiento de Dios en los demás sin que ninguna otra percepción pese más que esa y sea capaz de apartarnos de ellos. Toda la Ley cabe aquí y cuando este reconocimiento no se da no hay ley alguna que pueda compensarlo. En eso consiste el reino de Dios; en reconocerlo real, vivo y presente en toda la creación y en cada prójimo. Si el otro alberga en sí el mismo principio vital que yo no tiene sentido desearle ningún mal; no es posible más que mirarlo con los mismos ojos amorosos, por igual exigentes e indulgentes, con que nos miramos a nosotros mismos; no cabe sino confiar en ellos y ponernos en sus manos pues son tan divinas como las nuestras. En el amor que es Dios alcanzamos la verdadera comunión que trasciende cualquier frontera o dimensión.

Mientras tanto, necesitamos aún mediadores que nos recuerden este carácter unitario que nos pasa desapercibido con tanta facilidad. Y la novedad de Jesús consiste en su carácter de mediador definitivo, conseguido gracias a que se ofreció a sí mismo alejándose de la realidad adversa a Dios que llamamos pecado. El pecado es el olvido de los otros en beneficio propio; pensar que es posible acercarse a Dios a través de holocaustos, sacrificios y rituales sin que importe nada más. Cuando el olvidado es uno mismo y el beneficio buscado es el de los otros, Dios se hace verdaderamente presente y se instaura una indisoluble unidad a tres bandas: Dios, yo y el prójimo. Es una nueva alianza que a todos nos convoca y compromete en la misma medida. De un modo similar a como la alianza, el juramento de Jesús con el Padre, posterior a la Ley fue capaz de producir la perfección definitiva del Hijo donde esa Ley sólo pudo crear sacerdotes imperfectos, este nuevo juramento nos perfecciona en la misma medida en que hacemos real esa común unidad querida por Dios desde siempre.


La común unidad


sábado, 23 de octubre de 2021

LO OCULTO Y VERDADERO. Domingo XXX Ordinario.

 24/10/2021

Lo oculto y verdadero

Domingo XXX T.O.

Jer 31, 7-9

Sal 125, 1-6

Heb 5, 1-6

Mc 10, 46-52

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Está claro que no podemos interpretar la Escritura al pie de la letra. Es más que evidente el valor simbólico de muchos pasajes pero parecemos olvidar que todo ese despliegue de didáctica y catequética tiene un cimiento real. Jeremías nos lo resume en unas pocas líneas en las que, por descontado, podemos encontrar imágenes estilizadas por la esperanza pero en las que destaca una base cierta: el Señor nos ha reunido y no ha dejado fuera a nadie e incluso los ciegos y cojos, las preñadas y las paridas han llegado con todos los demás; con esta nueva multitud que sabe adaptarse al ritmo de los más lentos. Y es que no le gustan a Dios las prisas sino la unidad y el mutuo desvelarse de todos por todos. El Señor ha salvado a su pueblo y, aunque la realidad histórica del momento fuera mucho más humilde que lo que el relato expresa, fue una experiencia fundamental el hecho de que el pueblo de Israel se vio liberado del exilio y reagrupado en la tierra de sus padres. Hasta el punto de que todos los otros pueblos pudieron afirmar que el Señor había estado grande con ellos.

También tuvieron que ocurrir grandes cosas en las intervenciones de Jesús en la vida de mucha gente para que fuera presentado como un potente taumaturgo capaz de obrar los grandes prodigios que de él se cuentan. En este caso se nos da como detalle concreto el nombre de la familia del ciego (hijo de Timeo). Quienes le mandan callar le conocen bien. Es un personaje concreto, real. Y podemos sacar muchas conclusiones de su acto de levantarse y desprenderse del manto que simbolizaría su vida anterior y de su retorno a la luz que le permitió ir detrás quien le había sanado… y cualquiera de estas observaciones serán provechosas para nuestro proceso vital. En cualquier caso, lo cierto es que Jesús, ante el clamor de Bartimeo que, al reconocerle como Hijo de David, le coloca en una dimensión real: en un estado de conocimiento de la realidad con posibilidad de influir sobre ella, ajeno por completo a una confesión política de mesianidad, sólo pregunta “¿Qué puedo hacer por ti?”.

Y esta es la pregunta de Jesús para todos y la que todos nosotros deberíamos plantear a quienes encontramos. Antes de hacer nada a favor de nadie Jesús los escucha a todos y los ve a todos en su verdadero ser y necesidad, mientras que nosotros, muchas veces, sólo pretendemos aplicar recetas a unas personas que resultan ser seres únicos e irrepetibles, inmunes a los métodos de manual. Este conocimiento le viene a Jesús de su ser humano; de su comprender profundamente a quienes son como él ¿Por qué Jesús es el mediador definitivo? Porque era uno como nosotros; uno de los nuestros. Su ser sacerdote es don de Dios, que le llamó como nos llama a todos para construir una realidad nueva, para sanar necesidades reales, para ser puentes efectivos ya en este mundo y liberar y reunir a los desterrados sin dejar a nadie atrás, no para hacer promesas evasivas que remiten a realidades que decimos conocer pero de las que lo ignoramos todo excepto el amor que Dios pone en nosotros y que nos pide que convirtamos en expresión suya según el rito de Melquisedec. Por último, esa misma pregunta de Jesús podríamos hacérsela también a Dios y asumir así, para ambas orillas, la verdadera postura sacerdotal: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Porque sólo así nos será posible ver en plenitud.   


Lo oculto y verdadero (Puente de los peregrinos - Canfranc). 


sábado, 16 de octubre de 2021

A DERECHA E IZQUIERDA. Domingo XXIX Ordinario.

 17/10/2021

A derecha e izquierda.

Domingo XXIX T.O.

Is 53, 10-11

Sal 32, 4-5.18-20. 22

Heb 4, 14-16

Mc 10, 35-45

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Lo primero que nos salta hoy al alma, como un aldabonazo, es la frase “el Señor quiso…” Ya hemos dicho alguna vez que para los judíos piadosos del siglo I todo ocurría por voluntad de Dios. Según el Antiguo Testamento, muy anterior, incluso la oposición del faraón a Moisés fue voluntad de Dios para que así el triunfo final de su enviado resplandeciera meridianamente. Para nosotros, creyentes del siglo XXI, esta afirmación no puede significar lo mismo. Dios no quiso el sufrimiento de Jesús ni quiere ningún otro mal para nadie. En la Biblia todo padecimiento tiene finalidad terapéutica o pedagógica. Jesús se mantuvo fiel y sufrió por la oposición que encontró la imagen de Dios que presentó a sus contemporáneos. El mismo Isaías afirma que, tras sufrir, el justo verá su descendencia y prolongará sus años; verá la luz y se saciará de conocimiento. El sufrimiento no es lo definitivo.

El siervo acepta su papel vicario para justificar a muchos y esto es propio de una mentalidad sacrificial que pretende reparar el honor mancillado de Dios. Jesús matiza la cuestión y acepta entregar la vida, pero no en un único acto meritorio sino en el día a día. Es toda la vida la que Jesús propone vivir como un acto de servicio a los demás. Esta actitud no tiene nada que ver con quienes, en este mundo, aspiran a colocarse por encima de los otros. Son éstos quienes tiranizan a los seres humanos y ajustician a quien acepta ser siervo y se mantiene fiel a su misma naturaleza que descubre íntimamente conectada con Dios. Jesús, una vez más, lo pone todo al revés. Pero (otro pero) esta función le corresponde al Hijo el hombre y aquí los exegetas discuten por el significado de esta expresión porque aunque está puesta en labios de Jesús como auto-identificación y aunque la tradición judía veía en esta figura un personaje especialmente venido para desempeñar una misión concreta, la expresión, de por sí, no dice nada más que “un hombre”, un individuo concreto de la raza humana. Si Jesús no hubiera sido un ser humano normal y corriente no habría podido llevar a cabo esa misión especial. Y realizándola llega a ser un ser humano excepcional. Por eso los Zebedeos podrán beber su mismo cáliz y recibir su bautismo: comenzará a hacerlo el día que decididamente se pongan a vivir  como Jesús vivió y acepten las consecuencias de esa vida.

El autor de la carta a los Hebreos afirma que Jesús es sumo sacerdote precisamente porque ha sido probado en todo igual que nosotros y ha salido triunfante. Es decir, ha llegado a ser plena y perfectamente humano. Por eso, aunque todavía albergásemos el temor de que Dios pueda mandarnos cualquier dolor, podremos acercarnos a este sacerdote con la confianza de que, siendo como nosotros, hará valer ante Dios nuestra activa esperanza en su misericordia. El salmista tuvo que presentarla por su cuenta pero nosotros vamos bien avalados. Un Dios que alberga en sí mismo la humanidad conoce de primera mano la inutilidad del sufrimiento y si ya antes no dejaba a nadie atrás, ahora mucho menos.

Por lo demás ¿Qué decir? Ya sabemos cuál fue el trono de Jesús y quién estuvo a su derecha y a su izquierda. Y tampoco fue ese el final.


A derecha e izquierda


sábado, 9 de octubre de 2021

EL REINO Y LAS RIQUEZAS. Domingo XXVIII Ordinario

 10/10/2021

El Reino y las riquezas

Domingo XXVIII T.O.

Sab 7, 7-11

Sal 89, 12-17

Heb 4, 12-13

Mc 10, 17-30

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El Reino de Dios no es un lugar ideal proyectado para el futuro; tampoco es un espacio ultramundano que nos espera como premio a nuestro comportamiento terreno. Es una construcción; una nueva manera de vivir y orientarse en la vida, en esta vida, siguiendo el criterio mismo de Dios. Es una situación en la que todos podrán disfrutar la vida que Dios ha querido para ellos, sin que necesidad alguna les distraiga de esa naturaleza: creados para ser felices. Lo que todo el mundo repite con gravedad es que este Reino ha comenzado ya pero no ha alcanzado su plenitud. Ésta sí que tendrá un cumplimiento futuro, pero ese carácter inacabado no impide que el Reino sea vivido ya con gran intensidad. El espíritu de sabiduría desciende sobre quien lo pide revelándose más precioso que el oro o cualquier joya. Con esta sabiduría llegan la prosperidad y riquezas incontables.

Sin embargo, Jesús nos señala la dificultad de los ricos de entrar en este Reino precisamente por ser incapaces de desprenderse de sus riquezas. Tengamos en cuenta que la riqueza era considerada un signo de la bendición divina; una recompensa por las buenas acciones. Jesús, sin embargo, le da la vuelta a todo. Ante la pregunta por la vida eterna del piadoso judío que no excusaba el olvido del prójimo tras la adoración a Dios y cumplía ya todos los mandamientos “sociales” de la Ley, incluido el “no estafarás” (literalmente, “no defraudarás”) que Jesús incluye por iniciativa propia, el maestro sólo puede recomendarle que diga adiós a su riqueza; a sus seguridades, a sus tradiciones, a sus vínculos con lo ya aprendido y disponerse para abrirse a lo nuevo e inesperado. Porque existen varias clases diferentes de riqueza y junto a la económica, que Jesús condena en otros lugares por ser fruto del abuso y su preservación exige la pobreza del inocente, aunque no parecía ser este el caso que nos ocupa hoy, existe también la riqueza de quien se cree ya en el camino correcto, cercano a la verdad que define la estructura bajo la que se cobija. Tenemos la habilidad de estructurarlo todo, de absorber cualquier realidad, por santa que sea y convertirla en mecanismo de opresión para los demás o para nosotros mismos que terminamos viéndonos como salvadores de los demás, por encima, por lo tanto, de todos ellos y de cualquier estructura conocida.

Pero sólo la palabra de Dios es capaz de penetrar hasta el fondo del ser humano. Dios conoce nuestra más profunda realidad y las razones de nuestro corazón. Todos tenemos riquezas que dejar de lado, fidelidades que nos exigen pleitesía o filiaciones que parecen exigirnos renuncias inexcusables. A la pregunta por la vida eterna Jesús contesta con la declaración de incompatibilidad entre las riquezas y el Reino. Abandonarlo todo parece la solución sencilla y ha sido un sacrificio esgrimido por muchos para exigir beneficios después. Se debe abandonar aquello que nos impide darnos a los demás, aunque sea bueno y loable, pues convertido en refugio priva a otros de la parte de Reino que podríamos acercarles e impide que ésa parte mía entre en contacto con la suya. Estorbo así la edificación de una obra colectiva ya iniciada. Es en el trabajo por erigir esa edificación donde recibimos el ciento por uno mientras la bondad del Señor hace prósperas nuestras obras y nos consuela en la persecución que llevan asociadas.


El Reino y las riquezas


sábado, 2 de octubre de 2021

NO SEPARAR. Domingo XXVII Ordinario

 03/10/2021

No separar

Domingo XXVII T.O.

Gn 2, 18-24

Sal 127, 1-6

Heb 2, 9-11

Mc 10, 2-16

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Que el ser humano es social por naturaleza ya no le es ajeno a nadie. Al volvernos hacia la realidad todos descubrimos que nada puede calmar su soledad más que otro ser como nosotros. Ante esa pareja no cabe dominación alguna sino reconocimiento, equiparación y planificación en común. El mundo nuevo se construye en referencia al otro y esa labor resulta ser constitutiva para ambos. La carencia no es de simple compañía sino de camaradería en la edificación y el cuidado de la casa común. Quien se sitúa solo frente al mundo no tiene más remedio que conquistarlo; quien se vive en comunión con los demás comprende que debe tutelarlo para poder moldearlo, compartirlo y transmitirlo en herencia como el don sagrado que es.

El matrimonio es la formalización del amor entre los seres humanos y es acogido por Dios como signo que revela su propio amor hacia el mundo y hacia ellos. Y es reconocido como un símbolo adecuado para hablar de la relación entre Dios y las personas. Así, cualquier intento de mercadear con el amor es contrario al don de Dios que se ofrece a cada ser humano en la persona de otro hombre o mujer que pueda completar su ser inacabado y propiciar la construcción de una nueva realidad que, transcendiéndolos, los acerque más a él, los divinice. Los fariseos de este episodio intentan obtener rédito de sus privilegios como tantos otros poderosos en la historia; intentan imponer su beneficio abandonando a Dios mismo que se les ofrece incondicionalmente. Moisés transigió por la terquedad de sus corazones pero ni el gran legislador ni ellos supieron, o pudieron, ver que la mujer era en este episodio la imagen de Dios que se hace accesible y se entrega por amor poniéndose en sus manos.

Porque Dios está siempre en el que sufre. Estamos aún convencidos de que es el poderoso que, entre trompetas, vendrá a confirmar nuestro modo de vida y a liberar a los oprimidos por los que, generosamente, optamos, cuando él resulta ser ese oprimido que no espera nada más que ser reconocido por nosotros como compañero y camarada. El tan traído y llevado plan de Dios podría concretarse en que todos pudiéramos comer el fruto de nuestro trabajo, reunirnos en familia alrededor de la mesa, conocer la prosperidad de cualquier asentamiento a imagen de Jerusalén, la ciudad de la paz, y llegáramos a codearnos con los hijos de nuestros hijos. Para aclararnos esto se hizo uno como nosotros, solo un poco inferior a los ángeles, como cada uno de nosotros. Lo central no está en que Jesús consintiera en morir sino en que trató a todos como Dios mismo los hubiese tratado; tal como los niños acogen sin reservas a los demás: sin fingimiento ni imposturas. Esta naturalidad de los niños es otro símbolo que remite a la naturalidad sin artificio alguno por parte de Dios que acoge a cada uno como es, sin ocultarle lo que tenga de bueno o malo, pero ofreciéndole siempre un hogar y una alteridad en la que pueda reconocerse y con la que puedan construir y construirse. Que no somos perfectos ya lo sabe, por eso se nos ofrece él mismo en la naturaleza y en los demás esperando que nosotros los acojamos también y que no nos empeñemos en imponer nuestro provecho por encima de todo; que no nos obcequemos en separar aquello que él ha unido. De ese repudio surge el mal que también él mismo experimentó.


No separar. Foto de Kim Manresa.