07/06/2026 – Corpus Christi
Lo inesperado
Dt 8, 2-3. 14b-16a
Sal 147, 12-15. 19-20
1 Cor 10, 16-17
Jn 6, 51-58
Si quieres ver las lecturas pincha aquí
El pueblo que vagaba por el desierto lo pasó mal e interpretó sus penurias como una prueba que Dios le enviaba. En Egipto tenían, al menos, comida con la que llenar sus cuerpos. Ahora se enfrentaban al hambre. Sin embargo, Dios tiene sus motivos y tras el hambre proveyó alimento para todos ofreciendo el maná, desconocido hasta entonces.
Moisés tuvo que reconocer que no solo de pan vive el hombre, pero esta frase no indica desprecio por lo material, sino todo lo contrario. Si hay quien piensa que el pan es suficiente es porque podría vivir solo con él, pero la cuestión es que el alimento debe estar asegurado para poder afirmarse que “no solo” de él puede vivirse.
Dios no pide imposibles; aprieta pero no ahoga, se dice. El pueblo podrá apreciar el alimento que él envía y a partir de ahí, acoger sin temor todo lo demás; lo verdaderamente desconocido e inesperado. El salmista se siente ya miembro de una nación privilegiada. Dios la ha protegido y bendecido, la ha saciado con flor de harina y le ha dado a conocer su voluntad más íntima.
Hace siglos que conocemos el sufrimiento que el hambre causa en el mundo. No siglos; milenios, ya. El hambre, cualquier hambre, es un problema de causas múltiples que podemos identificar.
Jesús habla para un auditorio que tiene muchas hambres distintas. Él los abarca a todos al hacer de la necesidad física imagen de la espiritual. Juan pretende ser didáctico con sus metáforas. Tampoco él desprecia lo material, sino que recuerda como Jesús se presenta a sí mismo como la materia que hace vivir eternamente. Es lo absolutamente inusitado.
Para cualquier judío piadoso o, simplemente, cabal, la idea de comer el cuerpo de otro ser humano sería tan repugnante como la de beber su sangre, cuyo consumo está expresamente prohibido por las reglas de Kashrut. No podría haberse elegido peor referencia alimenticia.
Por eso mismo tendremos que entender que no puede tomarse al pie de la letra como, sin embargo, hicieron sus contemporáneos. Es difícil desprenderse de las costumbres y perspectivas cotidianas, pero eso es lo que Jesús nos pide.
Así, nos colocamos en sintonía con él, tal como él mismo lo está con el Padre. Reproducimos en nuestra vida la propia vida trinitaria. Estamos en el Hijo y él en el Padre. Alimentarnos de Jesús es “hacer su voluntad”; es vivir como él; es relacionarse corporalmente con los demás: estar cercano, tocar, abrazar, besar, comer con ellos, compartir noches y días, alegrías y sufrimientos; es partirse en favor de ellos; es derramarse como se derrama él gastándose en favor de todos.
Pablo pone de manifiesto que una comunidad en la que sus miembros viven así, donándose unos en favor de otros, se transforma en un organismo; es un cuerpo en el que cada uno aporta su ser a la construcción del Bien Común.
La unión en lo común no impone la uniformidad sino que imita la actitud vital de Jesús de ofrecerse a sí mismo como alimento para todos y perpetua su definitiva acampada entre nosotros. Pese a ser motivo de controversia, su presencia es real y se habla de su unión con cada uno como de un acto íntimo y personal.
Con todo, la realidad es que este trance entrañable no es para el disfrute solitario, sino que está llamado a transformarse en fuente de vida para los demás tanto como para cada una o uno. Lo contrario sería un secuestro.
Durante milenios ha habido quien lo quería solo para sí. Esa retención es la que causa el hambre. Custodiar a Dios mismo entre joyas devocionales no evita que sus ojos sigan pendientes de aquellos a quienes no alcanza el pan; a quienes él no llega por tenerlo recluido.
Pero no se clausura así su presencia, pues el Espíritu, Amor en acto, suscita comuniones liberadoras que donan vida verdadera a unos y otros.
![]() |
| Lo inesperado |





