01/11/2026 – Todos los Santos
Sin final
Ap 7, 2-4. 9-14
Sal 23, 1-4ab. 5-6
1 Jn 3, 1-3
Mt 5, 1-12
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Para los autores de los textos que hoy contemplamos estaba clara la continuación que existía entre nuestra experiencia vital en este mundo y lo que existe más allá, pero plantean que es aquí, en esta realidad tan manida, donde todo comienza.
Es así como puede comprenderse la imagen que nos presenta el Apocalipsis. Más allá de los detalles concretos del simbolismo de la tradición joánica, el texto nos coloca ante un futuro que, sea como sea, será vivido en unión a Dios y a muchos otros: una multitud inmensa que habrá atravesado la gran tribulación.
Este nombre nos trae imágenes de heroica resistencia ante la adversidad y, en atención a la historia, no es una impresión desencaminada, pero el valor de la acción no reside en su espectacularidad sino en su capacidad de ajustarse a la creencia o convicción puesta prueba. Así, por ejemplo, cualquier seguidor de Jesús renunciará a la violencia y buscará siempre una opción alternativa que concuerde con la postura de Jesús, que aceptó lo que se le venía encima como consecuencia de su vida. Por lo mimo, renunciará a las riquezas o se pondrá del lado de los desheredados. Lavar la túnica en la sangre del cordero es sanear todo lo que se nos va adhiriendo y no nos deja desarrollar nuestra íntima naturaleza de hijos de Dios.
Ningún padre quiere ver a sus hijos sufrir. El sufrimiento es resultado de nuestra condición humana. Esa condición no es solo naturaleza, sino que se extiende en las circunstancias que nuestra sociabilidad y mutua dependencia generan en la convivencia diaria.
Jesús habla de las bienaventuranzas como promesa de futuro, pero, en línea con la visión del Apocalipsis, la felicidad que promete se inicia aquí; en el seno de la adversidad.
Prometer felicidad a quien ahora sufre solo puede tener sentido si podemos darle un vuelco a la situación. Esto no quiere decir necesariamente solucionar el problema de los demás o el propio. Esa es la interpretación que daría el mundo.
La alternativa que propone Jesús tiene más que ver con compartir el sufrimiento ajeno y aceptar el propio cuando es resultado de una vida entregada a los últimos. Las bienaventuranzas no indican que el sufrimiento vaya a desaparecer pronto, sino que quienes ahora sufren no van a estar solos porque hay quien, como Jesús, ha aceptado estar con ellos y hacer suya su suerte.
El sentido que de este modo se descubre no tiene que ver con una promesa de reparación futura, sino con estar iniciando algo nuevo que tendrá una continuidad infinita y en donde se nos revela nuestra verdadera identidad.
Se harán así realidad tanto las palabras del salmista que confirman que Dios hará justicia a las buenas personas de manos inocentes y puro corazón como las de Juan que osa decirnos que siendo ya hijos de Dios nos queda todavía por descubrir lo que seremos. La promesa definitiva no tiene nada que ver con lo conocido, sino con lo que ni siquiera sospechamos.
En esta realidad se basa la comunión de los santos. Estamos vinculados con todos los que estuvieron y ya partieron, con los que están y nos acompañan y con los que aún no están pero ocuparán los tiempos venideros. La centralidad de todo está en la realidad que nos une y a la que llamamos Dios. Podemos intuir lo que nos espera saboreando plenamente esta vida viviéndola tal como Jesús la vivió y como sigue proponiéndonos desde el eterno presente en el que vive, desde el que nos acompaña y donde nos espera. En él podemos convivir con todos y experimentar lo cotidiano como comienzo permanente, como proceso siempre abierto.
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| Sin Final. Agustín de la Torre |
Con un abrazo inmenso para todos.

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