22/02/2026 – Domingo I Cuaresma
Libertades
Gn 2, 7-9; 3, 1-7
Sal 50, 3-6a. 12-13. 17
Rm 5, 12-19
Mt 4, 1-11
Si quieres ver las lecturas pincha aquí
El ser humano está hecho del polvo de la tierra, pero vive gracias al aliento divino. No está cerrado en sí mismo sino que, desde su origen, vive abierto a lo distinto de sí. Esta apertura la vive en un lugar concreto, un mundo que no le es enteramente accesible de forma inmediata, y de un modo concreto: eligiendo en cada ocasión cómo estar en ese mundo. Estas elecciones van creando la historia en cuanto devenir. Resulta ser así un ser fronterizo que aspira siempre a más pues la esencia divina que le habita le impulsa a trascenderse. Los autores del Génesis identificaron este ansia de promoción con el acicate de la serpiente que tienta a Eva con aquello que puede motivarla: ser como Dios; ser tal como ella entiende que es Dios: libre de tener que vivir en una permanente elección que puede, en caso de errar, comprometer su propia seguridad. Ella supone que Dios está libre de la duda y de la angustia de tener que elegir. Si tuviese su misma ciencia tampoco ella sería presa de la ansiedad y, como ella, pensó Adán lo mismo. Pero el caso fue que con la ciencia divina tan solo consiguieron aumentar su aflicción al descubrir la real profundidad de su diferencia con Dios. También nosotros, si supiéramos todo lo que Dios sabe, viviríamos con la insoportable carga de conocer todo lo negativo que nuestras acciones, aun de forma involuntaria, generan en un mundo organizado tan solo según el deseo de poder y seguridad. La cuestión no es vivir en el mundo según la sabiduría de Dios, sino según su ser amoroso. El salmista, conocedor ya de la trampa de la seguridad, pasa de la súplica de misericordia al reconocer su fallo a la petición de un corazón puro con el que pueda proclamar alegremente la alabanza de Dios.
Durante toda su vida Jesús se mantuvo constante en renunciar al engaño que promete inmunidad a cambio de asegurar tres aspectos fundamentales. Colocó por encima de todo el rumbo que le marcaba su especial relación con el Padre y así renunció, en primer lugar, a cualquier chantaje que la necesidad física pudiera imponerle; superó el afán de provocar a Dios para encontrar seguridades que le confirmaran que no se equivocaba y, finalmente, rechazó a la invitación al éxito fácil a cambio de someterse a cualquier ídolo. Con ello, consiguió la libertad que Eva y Adán pretendieron pero malinterpretaron. Ellos querían no tener que elegir; Jesús elige no ponerse a tiro del “calumniador” (dia-bollo) y confiar en la promesa del Padre. Ellos querían ser como dioses; Jesús prefiere ser un ser humano que crece e identifica el alcance de sus necesidades para que no puedan dominarle, que elige relacionarse con el Padre como un ser humano normal, dejando espacio tanto al misterio como al respeto a la libertad humana y que, en definitiva, no claudica ante el guiño de la riqueza que oculta la servidumbre a los fetiches.
Pablo entiende que la gracia de Jesús ha merecido el derramamiento del don de Dios sobre el mundo. La capacidad de Jesús de escuchar y apostar por lo escuchado, renunciando a cualquier distracción y confiando en el amor recibido por encima de cualquier otra cosa, es merecedora de que Dios repare en la capacidad humana de remediar el daño causado. El mal real, el pecado, tuvo su repercusión sobre los demás, no sobre Dios que es invulnerable a la muerte; al desamor. Lo que un ser humano estropeó en su inmadurez lo arregló otro que había alcanzado la plenitud en la medida en que auténticamente actualizó el amor recibido.
![]() |
| Ivan Kramskoi, Jesús en el desierto (1872) |
.jpeg)


.jpg)




.jpg)