miércoles, 29 de abril de 2026

URBANIZANDO. Domingo V Pascua

03/05/2026 – Domingo V Pascua

Urbanizando

Hch 6, 1-7

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19

1 Pe 2, 4-9

Jn 14, 1-12

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Que la vida es complicada no lo niega nadie; y menos que nadie los creyentes que se la toman en serio y quieren construir según sus convicciones. En los inicios de la comunidad de Jerusalén las urgencias cotidianas y las dificultades de la convivencia revelaron problemas que pusieron a prueba su unidad. En aquella iglesia insurgente coexistían dos grupos principales: el compuesto por los fieles oriundos de la fe judía tradicional y el que se nutría de ciudadanos griegos, procedentes de otras regiones del imperio, algunos de ellos también judíos, pero procedentes de la diáspora y otros llegados desde sus propias tradiciones. La comunión idealizada hace pocos capítulos no soportó el descuido de las viudas de este segundo grupo. 

Esta es la realidad: algo, en la vida diaria se nos escapa y se hace necesario organizar las cosas para que ningún error o descuido pueda perpetuarse. Frente a este apuro surge la delegación, la división de tareas que hace patente diferentes vocaciones: todos seguirán orando, pero unos se dedicarán a la Palabra y otros a las mesas. Aunque, en honor a la verdad, estos diáconos aparecerán en adelante, envueltos en tareas directamente relacionadas con la predicación. Sin embargo, se hace evidente que estos no surgieron como sustitutos de aquellos. Quede dicho para quienes actualmente conciben el diaconado como un remiendo que salve la situación.

Esta figura, la del diácono, se inserta más bien en la concepción de la comunidad como pueblo sacerdotal que aparece en la carta achacada a la pluma de Pedro. Todos somos puentes entre Dios y las mujeres y hombres de nuestro tiempo y este pueblo nuevo se asienta sobre la piedra que había sido desechada por los pudientes. Es piedra viva que da la vida a todos los demás. Somos sillares rebosantes de amor de Dios y podemos, entre todos, acomodándonos unos a otros, construir la nueva y definitiva edificación que pueda amparar a todas las viudas; a todos los necesitados de un techo sobre sus cabezas. Pero es también piedra de tropiezo; de escándalo. La cosa no va a ser sencilla. El salmista, por su parte, siempre fiel, nos recuerda la confía en la misericordia de Dios.  

No hablamos solo de un techo material. Son muchos los que buscan cobijo y a todos ellos los ve Jesús como necesitados del amor divino y, por lo tanto, inquilinos de la morada celestial cuyo valor vamos actualizando aquí con nuestro vivir. No es una única morada; son muchas, como él mismo dice. Tantas como personas. Todos tenemos nuestro sitio, abierto a todos y compartido con todos. En Dios todos somos nosotros mismos siendo pueblo a la vez. 

Somos mucho más parecidos a Dios de lo que pensamos. Sin dejar de ser él mismo, Él se da a todos y es en todos. En la medida en que nos damos a los demás somos cada vez más semejantes a Él y somos más profundamente nosotros mismos. Dios se hizo humano por amor; para amarnos desde la distancia más corta posible. Estaba ya en nosotros desde la creación, pero con su encarnación nos ama en, desde, otro ser humano y eso nos es mucho más palpable. 

Así, para ver a Dios, al Padre, como piden Tomás y Felipe, basta con ver a Jesús porque en él Dios nos ama desde nuestro mismo nivel. Jesús se nos hace camino, verdad y vida; está en el Padre y el Padre en él, porque en la unión con Dios no existe aniquilación sino potenciación. Y esa potenciación es la que Jesús espera de sus amigos; de ellos, de nosotros, dice que podremos hacer sus mismas obras y aún mayores. 

Podemos construir una casa aquí mismo según los planos y medidas de la morada celestial en la que ancestralmente el pueblo esperaba habitar con Él. Hoy podemos ser nosotros mismos morada en la que todos puedan habitar con Él. No es buscar nuestra parcela; es edificar algo nuevo a imagen de lo que en comunidad vamos descubriendo. Es vivir con todos en Dios. Es implantar aquí mismito el cielo y su plan urbanístico.  


Urbanizando 





Para Charo y Óscar, por esos 25 añazos... 


sábado, 25 de abril de 2026

CONVERSIÓN. Domingo IV Pascua

26/04/2026 - Domingo IV Pascua

Conversión

Hch 2, 14a. 36-41

Sal 22, 1-5

1 Pe 2, 20-25

Jn 10, 1-10

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Podemos decir que la conversión es el tema de hoy. Viene anunciada en el episodio de Hechos y en el texto de la primera carta atribuida a Pedro. En el primero está ligada al bautismo y se presenta como medio necesario para obtener dos grandes dones: el perdón y el Espíritu Santo. Esta relación está fundamentada en la valencia universal de la promesa. En el segundo se muestra la capacidad de aguantar y afrontar la adversidad como una gracia divina que, finalmente, resulta no ser ajena a la conversión. 

La etimología de la palabra nos habla de la acción que es fruto de un giro completo; es una transformación absoluta. La motivación de este giro es la experiencia de Jesús. No la suya, propiamente hablando, sino la de quienes le conocieron y vivieron su sufrimiento como un acontecimiento inexplicable que solo cobraba sentido a la luz de las antiguas profecías del siervo sufriente, que fue identificado con Jesús, el inocente que sufrió por todos los demás. Esta es la única explicación que pudo hallarse a su atroz muerte y la resurrección aparece entonces como la respuesta de Dios al salvajismo del ser humano. 

En términos absolutos podemos decir que Dios no deja caer en el olvido ningún sufrimiento; del mismo modo que intervino en el “caso Jesús” interviene e intervendrá siempre en todos los sufrimientos. Nunca nos deja solos. Esta certeza es la que alumbra la reflexión y la alabanza del salmista.

La conversión es así el adelanto de la Pascua definitiva. Es el paso de una realidad a otra que se realiza conscientemente al aceptar la invitación personal de Jesús para compartir su vida. Porque la existencia cristiana es adhesión, pero es, sobre todo, respuesta. 

La muerte, que es el momento en el que ese tránsito se realiza de forma decisiva e inapelable, se ve anticipada en lo que tiene de renuncia a la permanencia y la auto-conservación. Es la apertura a una realidad nueva que se inicia a vivir ya en esta cuando somos capaces de renunciar a nuestras ideas preconcebidas, a nuestras comodidades y a nuestras seguridades. 

La carta de Pedro parece fundamentar la idea que surgiría con el tiempo que promovía la aceptación del sufrimiento como modo de corresponder al amor con el que Jesús dio su vida por nosotros. Si él hizo lo que hizo ¿cómo no vamos nosotros a retribuírselo agradecidamente? A fin de cuentas, lo que cuenta es la vida futura; la que encontraremos tras cruzar el umbral. Una mala comprensión de Dios llevó a imaginarlo impaciente por cobrarse una antigua deuda. Jesús, que vino para liquidar la cuenta, habría, según la misma malinterpretación, inaugurado la espera de que cada uno escote su parte para que nadie se vaya de rositas: “Lo que en la vida te toque, súfrelo como yo sufrí por ti”

 Jesús, sin embargo, no planteó ninguna exigencia sino que se ofreció a sí mismo en coherencia con lo que toda su vida había vivido y compartido sin que ningún miedo lo detuviese. La cuestión no será pues sufrir para resarcir; no hay que sufrir porque él sufrió ni como él sufrió, sino aceptar el sufrimiento que nos pueda llegar por vivir como él. 

Jesús entra en nuestra vida cuando el guardián le franquea la entrada; cuando nuestra conciencia le reconoce como amigo que se acerca para sanar, no como acreedor que espera recobrar lo invertido. 

Él mismo se hizo portal para todos. Es la puerta por la que podemos pasar para pastar más allá de este mundo conocido. Ese alimento nos mantendrá firmes en este, pero no según las normas de esta generación perversa, sino afianzados en la esperanza que solo Jesús puede darnos si aceptamos sumergirnos en él; en su nombre. A partir de ese bautismo ya no hablamos solo de conversión, sino también de sus frutos: junto al perdón, el recibido y el otorgado, el Espíritu será la “materialización” del pastor Jesús que vino no para recaudar compensaciones sino para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia; para que estrenemos aquí la vida de allí y la disfrutemos con los más posibles, sin temor alguno.


Conversión






sábado, 18 de abril de 2026

DE CAMINO. Domingo III Pascua

19/04/2026 – Domingo III Pascua

De camino

Hch 2, 14. 22-33

Sal 15, 1-2. 5. 7-11

1 Pe 1, 17-21

Lc 24, 13-35

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La resurrección se experimenta en primera persona. No hay otra forma. Es posible que nos cuenten y nos digan, pero nada puede hacernos ver lo que no vemos. Ver no como siempre, sino desde otro punto de vista distinto del habitual. 

Recordando siempre que poco de indudablemente histórico podremos encontrar en los relatos de las apariciones pascuales, podemos decir que, para empezar, hay que mantenerse en camino. Ignoramos por qué aquellos dos discípulos se dirigían a Emaús; tal vez era su residencia habitual, o sus ocupaciones laborales les exigían el desplazamiento, o puede que fuesen a visitar a algún pariente… la cuestión es que tras la decepción siguieron con su vida, atendiendo a sus asuntos. Nada se detuvo para que ellos pudieran asimilar nada. 

Sabemos que uno de ellos se llamaba Cleofás. Algunos exégetas modernos defienden que el otro podría ser, en realidad, María, su mujer, la que aparece al pie de la cruz, tal vez tía de Jesús y madre de Santiago y José, según los evangelistas. En cualquier caso la discusión entre ellos debía ser animada, lo que implica cercanía y confianza. El camino nunca es sencillo, sobre todo si se viene de un gran desengaño.

Se les une un desconocido versado en la Escritura que les explica todo lo que no pudieron entender. Su corazón sigue en búsqueda porque la muerte no extermina la esperanza, aunque la difumine tanto que no sea perceptible hasta después. Hasta el momento en que el desconocido repite el gesto familiar que tiempo atrás les había unido. Algo especial debería de haber en el modo en que Jesús partía el pan y lo bendecía porque era un momento habitual en las mesas judías, pero sirvió de detonante. Jesús, parece claro, no hacía nada de forma mecánica, sino dándole a todo la dimensión que merecía, convirtiéndolo en símbolo, en sacramento; haciendo del rito, vida. Tras su desaparición, lo único que resta ya es volver a reunirse con los otros y testimoniar lo vivido. 

Así, la Iglesia en salida encuentra a Jesús al reconocerlo en la autenticidad de las vidas con las que se cruza; en la interpelación de los caminantes que la saca de su discusión interna. 

Un amigo muy querido hablaba siempre de este pasaje como la mejor homilía catequética para explicar la celebración eucarística: vida atribulada, Palabra, pan compartido, partida gozosa y ánimo de transformarlo todo. Es también una bella imagen de la construcción de la casa común: consternación inicial ante la experiencia de un mundo que sacrifica al inocente, recuerdo de la presencia constante de Dios en nuestras vidas, acogida del diferente en el propio hogar y escucha atenta de su experiencia, ofrecimiento de la propia vida (pan y vino; cuerpo y sangre) en unión a otros según el ejemplo del propio Jesús y vuelta al origen para desmontar miedos y desarmar seguridades asfixiantes. Es la superación de la frustración para salir al mundo y estrenar una comunión nueva con todo y todos. Invitación a se otros Jesuses, otros Cristos en camino...

El libro de los Hechos nos trae hoy la primera intervención pública de Pedro en Jerusalén donde presenta a Jesús como un ser humano justificado y resucitado por Dios. Argumenta desde la propia vida de Jesús y, como el desconocido del pasaje de Lucas, desde las Escrituras. La forma de Jesús de estar en el mundo, su modo de encontrarse con todos, fue nuevo porque hacía realidad las antiguas profecías y cumplía los anhelos más vitales de los abandonados. Según la carta que se atribuye a Pedro, vivió tal como Dios había previsto ya antes de la creación del mundo: caminando entre los seres humanos, peregrinando junto a ellos mientras los reconstruía en su intimidad y les devolvía la convicción de ser amados aunque todos les dejasen de lado; re-creándolos en el camino; actualizando la esperanza que el salmista expresa y fundando la fe en la resurrección mediante la liberación de herencias que en nada cooperan con la ternura creativa de Dios.

 

Janet Brooks Gerloff, Emmaus (1992)

 

 


 

 

Con un abrazo especial para Natalia, Miguel, Eduardo, Raquel y familia.

 

sábado, 11 de abril de 2026

PONER NOMBRE. Domingo II Pascua - La Divina MIsericordia

12/04/2026 – Domingo II Pascua - La Divina Misericordia

Poner nombre

Hch 2, 42-47

Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24

1 Pe 1, 3-9

Jn 20, 19-31

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¡Es Pascua!¡Toda vida se llenó de primavera! Jesús resucitó y la muerte pasó de enemigo a trámite..., pero la cuestión es que esta pierna mía sigue sin sanar; que los años pasan para todos y nos van llenando de achaques que, cuando menos, incomodan; que la vida sigue teniendo sus complicaciones y cuesta mantener los principios frente al empuje de lo habitual; que por mucho que nos esforcemos la realidad se impone dejando un reguero de pobreza y desdicha que nos congela como el abrazo del cierzo; que se nos arruina la compostura al ver que los conflictos siguen degenerando en guerras y que son siempre los mismos los que pagan; que pasado el entusiasmo primero el desánimo vuelve a coquetear con nosotros… 

Será Pascua pero el mundo parece no haber cambiado demasiado. Seguimos empeñados en que Jesús es un mago poderoso que ha adquirido el poder de Dios. Y lo peor es que, viendo el desastre de mundo que tenemos, solo le encontramos explicación si nos miramos como los causantes del retraso en la llegada de la alegría universal y definitiva. Vendrá bien, pues, encomendarse a la misericordia. Sin embargo, tampoco con aquella primera Pascua se terminaron los problemas. Pedro nos habla de que esa misericordia que, por medio de la resurrección, nos regeneró para la esperanza definitiva, pero eso no nos evitará pruebas diversas ni el esfuerzo que habremos de hacer para probar nuestra fe y alcanzar la meta definitiva: la salvación del alma.

Ni siquiera en el grupo más cercano a Jesús se pudo vivir la Pascua sin tensiones. Tomás no podía, sin más, dar crédito a lo que le contaban y necesitó ver en persona. Quieras que no, aunque Juan no lo diga, este desacuerdo no pudo vivirse en un remanso de paz. Posiblemente tampoco la habría antes de la primera aparición. Por eso el saludo de Jesús siempre es el deseo de paz; que ninguna tensión fracture la unidad. 

Cada uno necesitamos lo que necesitamos y que nadie se moleste. Creer no es una aceptación monolítica; es una confianza progresiva. No existe certeza que pueda imponerse y ser fundamento real. Tomás necesitó palpar la herida y adentrarse en ella para conocerla resucitada; no ya sangrante o cicatrizada. No es ya lo que vio (o lo que imaginó, porque la tradición afirma que no estuvo presente), ni lo que él podía suponer que tendría que ser. Es una herida resucitada; que no sabemos cómo es hasta que no presenciamos la resurrección de las víctimas de la historia que se ponen en pie de la mano de testigos que no creen en la magia ni en lo que debería ser, pero que sí confían en aquel que les pone en pie.

La misericordia de Dios no es solo la que se abre para nosotros al cumplimentar los rezos adecuados; es, como dice el salmista, la que nos sostiene seguros; es nuestra fuerza y nuestra energía. Es la que Tomás necesita descubrir en  primera persona; en contacto íntimo con la realidad. La Pascua no elimina el mal del mundo; ni dulcifica la existencia propia ni la circundante, pero posibilita conocerla de un modo nuevo y a nosotros mismos nos sitúa de un modo nuevo en ella. Nos encontramos en un mundo herido; nosotros mismos somos también una realidad herida, pero ante cualquier lesión lo primero que estamos llamados a descubrir es que no estamos solos. 

La Pascua nos siembra en comunidad a la par que nos permite descubrir la necesidad de cada uno. Las pruebas que menciona Pedro llegarán desde fuera y desde dentro de la comunidad, pero existe ya un modelo claro de lo que esa comunidad debe vivir. La foto de Lucas puede estar referida a un ideal en construcción pero eso no le quita valor. Es una realidad siempre abierta a la que Dios añade, con nuestra mediación, con nuestro ser misericordia, a los que van descubriendo que el sentido de sus vidas está en una vida con sentido; está en ver claro que pese a cualquier sufrimiento hay siempre alguien dispuesto a compartirlo y sostenernos. Faltan muchos por llegar; por poner nombre a quien les ama, cuida y sostiene; susurrémoselo al tocar sus heridas; hagámosles verse resucitados.

 

Perseveraban en la unidad... le ponían Nombre. 

 

 


 

domingo, 5 de abril de 2026

NOS LO HAN LEVANTADO. Domingo de Pascua

05/04/2026 – Domingo de Pascua

Nos lo han levantado

Hch 10, 34a. 37-43)

Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23

Col 3, 1-4

Secuencia

Jn 20, 1-9

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¿Tú qué has visto esta mañana en el camino? María descubrió la tumba vacía porque caminaba atenta a la vida. Corrió a avisar a los demás llevada por un sentimiento ambiguo que Juan expresa con el verbo “áiro” que significa tanto “quitar” como “levantar”. Así, afirma a la vez la desaparición del cuerpo, abierta a cualquier interpretación, y su elevación o resurrección; se entiende que por Dios. Pero aún no lo tiene claro. 

Los relatos pascuales son construcciones que no solo manifiestan un descubrimiento, sino que revelan también cómo aquellas hermanas y hermanos acogieron y comprendieron esa revelación y la presentaron en su entorno. Ningún gesto o palabra es casual; todos tienen su intención, incluso su polémica, pero más allá de todo eso la cuestión esencial es que el muerto vive. También a nosotros nos hará falta contrastar con otros y pedir pruebas; somos muy de pedir pruebas.

Pero las pruebas se vuelven inútiles cuando el bien que hizo Jesús se impone como una evidencia que termina transformada en certeza. Ningún bien verdadero está llamado a la extinción; no puede quedar constreñido por las mismas circunstancias que parecen condicionar el resto de la vida. El bien de verdad no se deja atrapar entre nuestras dimensiones, paredes, templos o sepulcros. El mayor bien que Jesús hizo fue sanar a muchas y muchos y de ello fueron testigos sus amigas y amigos; esas y esos que compartieron con él espacios y momentos privilegiados en los que se sintieron plenamente aceptados y valorados. Tampoco fue ese un bien pequeño. 

Las sanaciones que Jesús procuraba fueron físicas, pero en mucho mayor número afectaron a la vida interior de las personas. Todas ellas se vivieron como seres importantes, amados y acogidos y, por ello, introducidos en un espacio diferente; en unas coordenadas nuevas que trascendían las habituales; en una realidad que no se extinguía al cesar los límites físicos. Por eso la muerte de Jesús no era obstáculo para percibirlo definitivamente vivo. Tal como dice el autor de la carta a los colosenses, habían muerto para este mundo y su vida estaba con Cristo escondida en Dios. Habían, como dice el salmista, descubierto la piedra angular de un nuevo mundo que a ellos les daba la vida. 

Nos engañan nuestras expectativas grandilocuentes porque este mundo nuevo suele ser sutil e imperceptible desde nuestras coordenadas habituales. Así, pese a las apariencias ¿cuánta gente sencilla es realmente feliz y encuentra un sentido a su vida sin grandes lujos? 

¿Cuántas y cuántos son capaces de hacerlo pese a la enfermedad o contrariedades bien serias?

 ¿Cómo es que la sencillez no está reñida con la dignidad ni con la lucha por la justicia? 

¿Dónde se había visto que los héroes no exijan recompensa y reconocimiento, sino que vivan su vida en la discreción? 

¿Desde cuándo la humildad no es motivo de apocamiento sino de crecimiento desde la propia verdad en busca del bien y la verdad de todos? 

¿Desde cuándo la muerte, la desaparición total, de nuestros seres amados, no es ya motivo de desesperación sino de celebración y agradecimiento por su vida y por todo lo que de ellos recibimos?

 ¿Qué nos queda ya sino agradecer su paso, celebrarlos y vivirlos presentes entre nosotros de un modo nuevo como agradecemos y vivimos el del propio Jesús?  

El Padre ha resucitado a Jesús; nos lo ha levantado sin hurtárnoslo. Jesús, Dios Hijo hecho hombre, quiso quedarse entre nosotros para siempre y Dios Padre y Madre lo ha colocado en el lugar donde puede ser perfectamente perceptible por todos: en la entraña más íntima de cada uno. Vivir la resurrección es vivirlo vivo en nosotros mismos y vivirlo en unión con quienes ya partieron y con toda la realidad que nos rodea. Estamos así unidos en el aliento (Espíritu) amoroso de Dios y no queda ya soledad ni amargura que no esté re-suscitada, es decir, llamada a ser compartida, vivida y sanada entre todos. Vivamos re-suscitados.

 

Yonsung Kim, Alégrate en su luz (2018)

 

 


Feliz Pascua de Resurrección

 

sábado, 4 de abril de 2026

COMO LAS SEMILLAS. Sábado Santo

04/04/2026 – Sábado Santo

Como las semillas

Terminábamos ayer diciendo que Jesús se durmió esperando que Dios Padre moviese ficha. Después de la conmoción que supuso su muerte todo ha vuelto a esa calma chicha en la que nada ocurre. Nada salvo los propios miedos, la decepción, reprocharse la propia credulidad... los discípulos y discípulas vivieron una enorme frustración. Lo que creyeron posible se había difuminado y, lejos de la tradicional imagen que los ve reunidos en el cenáculo, la crítica los presenta dispersos en dos grupos: ellos, la mayoría huidos, se ocultaban en Galilea mientras ellas, con el alma en un puño, dejaban pasar los días en la ciudad sin poder creer aún lo ocurrido. En este ambiente la vida va retornando a lo que fue antes, pero peor porque todas las expectativas se han petrificado. Solo queda un inmenso vacío. Con el paso del tiempo, la Iglesia quiso que fuéramos conscientes de este vacío y dejó el día de hoy sin liturgia alguna, excepto el rezo de las horas. Del oficio de lecturas tomamos estos pasajes.

El profeta Jeremías (20, 7-18) que puedes leer aquí, nos trae la memoria de un hombre seducido por Dios que se deja llevar por él para terminar despreciado y perseguido por todos. Pasa de ser un hombre conquistado a maldecir el día de su nacimiento. Visto así es un relato desgarrador, como desgarradora es la vida muchas veces, pero los tres versículos centrales del pasaje expresan su convicción de que Dios le acompaña, que le defenderá de sus perseguidores y será finalmente vengado en ellos. Por ello pide a todos que le alaben. En medio de su infortunio, mantiene la confianza. En el centro de su ser, pese a tenerlo todo en contra, reconoce a Dios en su interior acompañándole y sosteniéndole. 

En la tradicional antigua homilía patrística, que puedes leer aquí, ya no hay venganza. Es Jesús quien, mientras parece dormido, desciende al infierno para rescatar a Adán. Jesús recupera para Dios a toda la humanidad, incluso a la que nació antes que él. Nadie le es ajeno y ahora que abarca a todos los que han sido, podemos entender que también el futuro está a su alcance; aunque, desde nuestra posición, su actual condición de difunto no parezca garantizarlo. Es, en cualquier caso, un difunto activo, una semilla viva que va actuando en lo escondido de la tierra. También en la tuya y en la mía.

Es el Reino de Dios que crece en lo escondido, sin saber cómo y nos llama para que también nosotros seamos semilla. En medio de nuestros desvelos y complicaciones sigue estando Dios, hecho ser humano universal que nos enlaza con los humanos de todas las épocas y, especialmente, con los de la nuestra, con los más próximos. Somos como esa red que conecta a las plantas atravesando el subsuelo. O, mejor, esa red es reflejo del acto creador. Pese a que lo visible de la vida sea terrible nunca estamos solos. Que esta realidad pueda ser sanadora o no, no depende solo de nosotros, pero siempre tendremos algo que decir. Nos movemos en el “todavía no”, pero estamos llamados a vivir atentos a los demás, todos pendientes de todos. Hay que seguir caminando, aunque no tengamos muy claro qué pueda pasar.

 

Joakim Skovgaard, Cristo en el reino de los muertos (1891)