03/05/2026 – Domingo V Pascua
Urbanizando
Hch 6, 1-7
Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
1 Pe 2, 4-9
Jn 14, 1-12
Si quieres ver las lecturas pincha aquí
Que la vida es complicada no lo niega nadie; y menos que nadie los creyentes que se la toman en serio y quieren construir según sus convicciones. En los inicios de la comunidad de Jerusalén las urgencias cotidianas y las dificultades de la convivencia revelaron problemas que pusieron a prueba su unidad. En aquella iglesia insurgente coexistían dos grupos principales: el compuesto por los fieles oriundos de la fe judía tradicional y el que se nutría de ciudadanos griegos, procedentes de otras regiones del imperio, algunos de ellos también judíos, pero procedentes de la diáspora y otros llegados desde sus propias tradiciones. La comunión idealizada hace pocos capítulos no soportó el descuido de las viudas de este segundo grupo.
Esta es la realidad: algo, en la vida diaria se nos escapa y se hace necesario organizar las cosas para que ningún error o descuido pueda perpetuarse. Frente a este apuro surge la delegación, la división de tareas que hace patente diferentes vocaciones: todos seguirán orando, pero unos se dedicarán a la Palabra y otros a las mesas. Aunque, en honor a la verdad, estos diáconos aparecerán en adelante, envueltos en tareas directamente relacionadas con la predicación. Sin embargo, se hace evidente que estos no surgieron como sustitutos de aquellos. Quede dicho para quienes actualmente conciben el diaconado como un remiendo que salve la situación.
Esta figura,
la del diácono, se inserta más bien en la concepción de la comunidad como
pueblo sacerdotal que aparece en la carta achacada a la pluma de Pedro. Todos
somos puentes entre Dios y las mujeres y hombres de nuestro tiempo y este
pueblo nuevo se asienta sobre la piedra que había sido desechada por los
pudientes. Es piedra viva que da la vida a todos los demás. Somos sillares
rebosantes de amor de Dios y podemos, entre todos, acomodándonos unos a otros, construir
la nueva y definitiva edificación que pueda amparar a todas las viudas; a todos
los necesitados de un techo sobre sus cabezas. Pero es también piedra de
tropiezo; de escándalo. La cosa no va a ser sencilla. El salmista, por su
parte, siempre fiel, nos recuerda la confía en la misericordia de Dios.
No hablamos solo de un techo material. Son muchos los que buscan cobijo y a todos ellos los ve Jesús como necesitados del amor divino y, por lo tanto, inquilinos de la morada celestial cuyo valor vamos actualizando aquí con nuestro vivir. No es una única morada; son muchas, como él mismo dice. Tantas como personas. Todos tenemos nuestro sitio, abierto a todos y compartido con todos. En Dios todos somos nosotros mismos siendo pueblo a la vez.
Somos mucho más parecidos a Dios de lo que pensamos. Sin dejar de ser él mismo, Él se da a todos y es en todos. En la medida en que nos damos a los demás somos cada vez más semejantes a Él y somos más profundamente nosotros mismos. Dios se hizo humano por amor; para amarnos desde la distancia más corta posible. Estaba ya en nosotros desde la creación, pero con su encarnación nos ama en, desde, otro ser humano y eso nos es mucho más palpable.
Así, para ver a Dios, al Padre, como piden Tomás y Felipe, basta con ver a Jesús porque en él Dios nos ama desde nuestro mismo nivel. Jesús se nos hace camino, verdad y vida; está en el Padre y el Padre en él, porque en la unión con Dios no existe aniquilación sino potenciación. Y esa potenciación es la que Jesús espera de sus amigos; de ellos, de nosotros, dice que podremos hacer sus mismas obras y aún mayores.
Podemos construir una casa aquí mismo
según los planos y medidas de la morada celestial en la que ancestralmente el pueblo
esperaba habitar con Él. Hoy podemos ser nosotros mismos morada en la que todos
puedan habitar con Él. No es buscar nuestra parcela; es edificar algo nuevo a
imagen de lo que en comunidad vamos descubriendo. Es vivir con todos en Dios.
Es implantar aquí mismito el cielo y su plan urbanístico.
Para Charo y Óscar, por esos 25 añazos...




.jpeg)
