sábado, 6 de junio de 2026

LO INESPERADO. Corpus Christi

07/06/2026 – Corpus Christi

Lo inesperado

Dt 8, 2-3. 14b-16a

Sal 147, 12-15. 19-20

1 Cor 10, 16-17

Jn 6, 51-58

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El pueblo que vagaba por el desierto lo pasó mal e interpretó sus penurias como una prueba que Dios le enviaba. En Egipto tenían, al menos, comida con la que llenar sus cuerpos. Ahora se enfrentaban al hambre. Sin embargo, Dios tiene sus motivos y tras el hambre proveyó alimento para todos ofreciendo el maná, desconocido hasta entonces. 

Moisés tuvo que reconocer que no solo de pan vive el hombre, pero esta frase no indica desprecio por lo material, sino todo lo contrario. Si hay quien piensa que el pan es suficiente es porque podría vivir solo con él, pero la cuestión es que el alimento debe estar asegurado para poder afirmarse que “no solo” de él puede vivirse. 

Dios no pide imposibles; aprieta pero no ahoga, se dice. El pueblo podrá apreciar el alimento que él envía y a partir de ahí, acoger sin temor todo lo demás; lo verdaderamente desconocido e inesperado. El salmista se siente ya miembro de una nación privilegiada. Dios la ha protegido y bendecido, la ha saciado con flor de harina y le ha dado a conocer su voluntad más íntima.

Hace siglos que conocemos el sufrimiento que el hambre causa en el mundo. No siglos; milenios, ya. El hambre, cualquier hambre, es un problema de causas múltiples que podemos identificar. 

Jesús habla para un auditorio que tiene muchas hambres distintas. Él los abarca a todos al hacer de la necesidad física imagen de la espiritual. Juan pretende ser didáctico con sus metáforas. Tampoco él desprecia lo material, sino que recuerda como Jesús se presenta a sí mismo como la materia que hace vivir eternamente. Es lo absolutamente inusitado. 

Para cualquier judío piadoso o, simplemente, cabal, la idea de comer el cuerpo de otro ser humano sería tan repugnante como la de beber su sangre, cuyo consumo está expresamente prohibido por las reglas de Kashrut. No podría haberse elegido peor referencia alimenticia. 

Por eso mismo tendremos que entender que no puede tomarse al pie de la letra como, sin embargo, hicieron sus contemporáneos. Es difícil desprenderse de las costumbres y perspectivas cotidianas, pero eso es lo que Jesús nos pide. 

Así, nos colocamos en sintonía con él, tal como él mismo lo está con el Padre. Reproducimos en nuestra vida la propia vida trinitaria. Estamos en el Hijo y él en el Padre. Alimentarnos de Jesús es “hacer su voluntad”; es vivir como él; es relacionarse corporalmente con los demás: estar cercano, tocar, abrazar, besar, comer con ellos, compartir noches y días, alegrías y sufrimientos; es partirse en favor de ellos; es derramarse como se derrama él gastándose en favor de todos.

Pablo pone de manifiesto que una comunidad en la que sus miembros viven así, donándose unos en favor de otros, se transforma en un organismo; es un cuerpo en el que cada uno aporta su ser a la construcción del Bien Común. 

La unión en lo común no impone la uniformidad sino que imita la actitud vital de Jesús de ofrecerse a sí mismo como alimento para todos y perpetua su definitiva acampada entre nosotros. Pese a ser motivo de controversia, su presencia es real y se habla de su unión con cada uno como de un acto íntimo y personal. 

Con todo, la realidad es que este trance entrañable no es para el disfrute solitario, sino que está llamado a transformarse en fuente de vida para los demás tanto como para cada una o uno. Lo contrario sería un secuestro. 

Durante milenios ha habido quien lo quería solo para sí. Esa retención es la que causa el hambre. Custodiar a Dios mismo entre joyas devocionales no evita que sus ojos sigan pendientes de aquellos a quienes no alcanza el pan; a quienes él no llega por tenerlo recluido. 

Pero no se clausura así su presencia, pues el  Espíritu, Amor en acto, suscita comuniones liberadoras que donan vida verdadera a unos y otros. 

 

Lo inesperado

 

 


 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

DESDE LA ENTRAÑA. Santísima Trinidad

31/05/2026 – Santísima Trinidad

Desde la entraña

Éx 34, 4b-6. 8-9

Dn 3, 52-56

2 Cor 13, 11-13

Jn 3, 16-18

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Moisés se encuentra con Dios en la cima del Sinaí, es decir, a mitad de camino. Ambos salen de sí mismos para encontrarse en un espacio intermedio. Subir o bajar son metáforas que indican intención. Ni uno ni otro son de estar solos. Moisés surge desde un pueblo que peregrina por el desierto buscando la tierra que Dios le ha prometido y Dios se revela a sus ojos como “compasivo y misericordioso”, no es la ira lo que le define, sino el amor. 

El actuar de Dios es su nombre. Así pues, a este Dios que se llama a sí mismo amor, Moisés se ofrece como justo que espera haber hallado gracia a sus ojos y Dios, cumpliendo su palabra, siendo su nombre, toma al pueblo en heredad por el valor de la presencia de este único justo. 

Daniel, que releva hoy al salmista, nos trae el recuerdo de aquellos tres justos que hablaron por el pueblo y pusieron voz a su gratitud aun en medio de la catástrofe. Ananías, Azarías y Misael ven a Dios en la creación entera y lo expresan en el largo canto del que hoy leemos solo los versículos iniciales y que termina recordando su bondad y la eternidad de su misericordia. 

Apoyado en esa misericordia, Moisés había pedido literalmente “que mi Señor vaya en qéreb (entrañas, intestino, seno o interior)” y el Señor aceptó anidar en lo profundo del ser humano; no habita en Templos ni en imágenes, sino en la hondura de cada mujer y hombre.

Dios nunca deja solo al ser humano. Recogiendo esta intuición veterotestamentaria, el Nuevo Testamento ve en Jesús la presencia definitiva de Dios entre nosotros; en uno como nosotros en cuyas entrañas Dios se hace plenamente presente. El Padre, envía al Hijo que es tan Dios como él. Por amor Dios viene a hablar nuestro mismo idioma; conoce el mundo desde nuestra misma naturaleza y desde ella se conoce también a sí mismo. 

La naturaleza humana fue creada ya con la capacidad de acoger al Hijo que, desde toda la eternidad vive en relación de amor con el Padre. A ese vínculo entre ambos le llamamos Espíritu. Es el amor que impulsa al Padre a engendrar al Hijo y al Hijo a corresponder al Padre. Es el amor de Dios en acción que, en Jesús, pone al Hijo al alcance de todas las personas. Conocer al Hijo es conocer al Padre. Ver a Jesús es ver a Dios. Creer en Jesús es creer en Dios y salvarse, nos dice Juan. 

Creer no es una simple aceptación intelectual o sentimental; es adherirse a la persona de Jesús, su obra y sus palabras. En esto consiste el juicio y esto es complejo para todos, pero contamos con el auxilio del Espíritu. Dios, que en sí mismo no es un ser solitario, sino comunidad viva en permanente relación, se acerca a nosotros en la porción que podemos albergar, pero a esa porción no le falta ninguna de las tres concreciones en las que la única esencia divina se revela. La trinidad danza en nosotros.

Pablo escribió varias cartas a los corintios. En el fragmento que hoy contemplamos exhorta a los hermanos a la perfección cifrándola en la convivencia pacífica y en la unidad en un mismo sentir de modo que el Dios del amor y la paz esté con ellos, en sus “entrañas” si seguimos la antigua comprensión del Éxodo. 

En ese fondo, dice Pablo, habitan la gracia de Jesús el Cristo, el amor de Dios y la comunidad del Espíritu. La tradición presenta a la Trinidad como modelo de la vida contemplativa. Para Pablo es el fundamento de un nuevo modo de vivir. El ósculo de la paz no es un simple saludo, sino el sello de una relación en la que cada uno reconoce en el otro el mismo Dios que habita sus entrañas. 

La vida trinitaria es salida hacia el otro, permanencia en el encuentro y confiada danza en la que cada uno despliega su ser y su obrar en favor de todo y de todas y todos; es expresión de Dios mismo, del amor que nos mueve y enlaza desde lo profundo.

 

José de Ribera, Trinidad (ca 1635)

 

 


 

sábado, 23 de mayo de 2026

FORMEMOS UNA CORAL. Pentecostés

24/05/2026 – Pentecostés

Formemos una coral.

Hch 2, 1-11

Sal 103, 1ab. 24ac. 29bc-31. 34

1 Cor 12, 3b-7. 12-13

Secuencia                        

Jn 20, 19-23

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Literalmente, pentecostés significa quincuagésimo. Es el nombre de una fiesta cristiana que se asienta sobre otra judía anterior que en el calendario hebreo se llamaba Shavuot, es decir, semanas y hacía referencia al día 50 (7 semanas) después del sábado que celebraba el recuerdo de los ácimos; los panes sin levadura comidos en la Pascua original en Egipto. En ese día se conmemoraba la entrega de las tablas de la Ley por Dios a Moisés en el Sinaí después de su peregrinar por el desierto 50 días tras su liberación. En el Israel ya asentado en Canaán ese día se celebraba la fiesta de las primicias, en la que se agradecían los primeros frutos del año obtenidos viviendo ya bajo la Ley de Dios. Era, pues, una fiesta agrícola en la que estaban presentes tanto el trabajo humano como la intervención divina. La Ley es un don divino, pero es también fruto del esfuerzo del ser humano que se libera de lo que le impide acogerla.

Es en realidad trabajo de todos. Todos permanecían juntos dice Lucas. Juan precisa que eran los discípulos y que estaban dominados por el miedo. La cuestión es que se mantenían unidos y que en esa unidad Jesús se hace presente y sana cualquier temor; vuelve a ser la roca sobre la que todos se asientan, pero ahora ya no hay miedo ni respeto humano que los contenga; lo que hay es Paz. El Espíritu está en ellos; el amor divino les anima y así adquieren la audacia de los enamorados que se atreven a soñar un mundo nuevo, pero a diferencia de estos ya no se lo proponen solo a la persona adecuada, sino que abren la propuesta a todos los que quieren escucharlos. Y saben hacerlo en el lenguaje apropiado para ser entendidos sin complicación ninguna. 

Todos juntos anunciamos y todos juntos perdonamos. Es una forma nueva de vivir. Es cierto que, como dice Pablo, existen los carismas y los ministerios, pero anunciar y perdonar compete a todos, pues son consecuencia directa de la acogida del Espíritu; son la primicia de su presencia en nosotros. Si no perdonamos, si no anunciamos ¿Qué estamos haciendo? Tanto confía Dios en nosotros que expresamente hace de nuestro perdón el suyo propio. Somos maestros de obra. 

Evangelizamos haciendo real la amorosa paternidad del Espíritu sobre los pobres, sus preferidos de siempre, en cualquiera de sus pobrezas, siempre reales y opresoras, y construyendo una realidad pacífica en la que el perdón es real pero exigente, pues es llamada al bien común en la que cada uno debe aceptar su responsabilidad y reconstruirse, a partir de ese reconocimiento, con la mirada puesta en la reconstrucción definitiva de cada miembro del cuerpo místico. Es el mismo Espíritu el que nos anima a todos y en cada uno nos reencontramos con nosotros mismos. Esta es la nueva y definitiva Ley que hemos recibido.

El salmista reconoce la obra de Dios en el mundo y nosotros, dejándonos llevar por el Espíritu, colaboramos en esa obra y hacemos de ella nuestra propia canción. Reconocemos en Jesús nuestro propio pan ácimo que no se dejó engrosar por la levadura del mundo y que se ofreció como alimento a todos; que comparte con nosotros la misma fuerza vital que a él le hizo rechazar el leudo de lo cotidiano, de lo razonable y de lo práctico poniendo su confianza en el Padre y que 50 días después de su propia Pascua nos pide a nosotros hacer lo mismo. Recibimos al amor mismo en acción que nos con-mueve para ponernos manos a la obra. En nuestras manos está entonar embobados un canto solitario ponderando lo bien que nos sentimos al acogerlo o salir en busca de quien quiera formar con nosotros una coral que manifieste su grandeza en nuestra debilidad. 

 

Formemos una coral. Pentecostés. Icono ortodoxo 

 


 



 

 

sábado, 16 de mayo de 2026

HASTA EL FINAL. Ascensión de Jesús

17/05/2026 – La ascensión del Señor

Hasta el final

Hch 1, 1-11

Sal 46, 2-3. 6-9

Ef 1, 17-23

Mt 28, 16-20

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Querido amigo de Dios: 

Estamos en un nuevo comienzo y se nos invita a dar un paso más allá de la literalidad con la que siempre nos lo tomamos todo. Lo que hoy se nos presenta es la esperanza absoluta. De los cuatro evangelistas solo Marcos, en una única frase, y Lucas hablan de la ascensión. Y en ambos casos, amén del texto de Hechos que hoy contemplamos, Jesús “es ascendido”. Es el ser humano el que es “transportado” hasta la divinidad.  Su destino es estar sentado a la derecha de Dios. Pero la topografía no es aquí relevante. Derecha o izquierda son concepciones culturales que no tienen valor universal. Para la antigua tradición judía estar a la derecha de alguien es compartirlo todo con él; es recibirlo todo de él; y trasvasándolo a categorías cristianas es ser por, con y en él. 

Puede ocurrir que nos apresen aspiraciones limitadas; que nos conformemos con expectativas acotadas por lo conocido. Hoy se nos invita a abrirnos al Misterio absoluto que se nos presenta sin avisar pero de forma incontestable. Es posible que para muchos siga latente la discusión sobre la divinidad de Jesús, pero es innegable que el futuro soñado por Dios para la humanidad está en esa unión radical en la que también lo corporal se ve incluída.

Las amigas y amigos de Jesús recibieron, mediante esa corporalidad,  “pruebas” de que había triunfado sobre la muerte: Dios no lo había dejado caer en el abismo, sino que le sostenía tal como nos sostiene y sostendrá a todos. Recuerdan que les habló del bautismo en el Espíritu Santo, que es lo mismo que decir de la inmersión en el amor divino; en la corriente de amor entre Padre e Hijo; en la divinidad misma. 

Por otro lado, ese mismo amor descenderá visiblemente en Pentecostés para habitar en todos y cada uno. Por lo tanto, sumergirse en el Amor es bucear en sí mismo para emerger de cara a los otros, donde el mismo Espíritu espera para nuevas singladuras. Por eso, los discípulos son enviados a evangelizar; a transmitir la buena noticia de que, por trágica que sea esta existencia, el futuro está siempre abierto a esa unidad definitiva. 

Está claro que ese final no justifica este presente, feliz tan solo para unos pocos y abominable para mayorías empobrecidas; por eso, la evangelización verdadera comporta una dimensión profética que se transforma en activismo por la paz y la justicia de la misma manera que Jesús lo vivió: itinerante, pobre y en esperanzada y libre confianza. 

Esto no es otra cosa que la extensión del Reino, del reinado de Dios, por los caminos  desde Jerusalén, abarcando toda Judea y extendiéndose luego a Samaría y hasta el confín de la Tierra. Jesús, como buen judío, sigue viendo en Jerusalén el centro del mundo. Allí, según Lucas, se produce la ascensión de Jesús. 

El salmo, por su parte, habla de la ascensión de Dios entre aclamaciones; pero me atrevo creer que no lo hace solo por la divinidad de Jesús, sino por la divinidad que se concita en el encuentro sincero entre seres humanos cuando ponen en valor el amor que les une por encima de cualquier diferencia que pueda darse entre ellos. Cuando este amor, este Espíritu, une a las personas se produce una verdadera ascensión de la humanidad. 

En esa escalada hacemos presente a Jesús que prometió quedarse con nosotros, pero no como imposición, sino en la medida en que le hagamos hueco acogiéndole en sus preferidos, poniendo así carne real a la asamblea universal que, finalmente, quiso formar y a la que es “dado” como cabeza. 

Del mismo modo, el destino querido por Dios no es exigencia, sino promesa que confía en la voluntad del ser humano y en su decisión de caminar con otros; con todas y todos los y las que se deciden a ser testigos de la palabra de Jesús de permanecer con nosotros hasta el final. 

 

Hasta el final. Michael Belk, Aligera la carga (Journeys with the Messiah - 2023)



 


 

viernes, 8 de mayo de 2026

SE VIENE EL ESPÍRITU. Domingo VI Pascua

10/05/2026 – Domingo VI Pascua

Se viene el Espíritu

Hch 8, 5-8. 14-17

Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20

1 Pe 3, 15-18

Jn 14, 15-21

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Tal como se nos presenta, la primera lectura de hoy nos podría hacer pensar en una antigua y original práctica pastoral que se ha mantenido hasta nuestros días. El diácono Felipe, que apareció ya la semana pasada, llega a Samaría donde su palabra y sus signos provocan la conversión de los locales. Al enterarse los apóstoles de Jerusalén envían a Pedro y Juan (nada menos) para que “confirmen” lo ocurrido y propicien el descenso del Espíritu sobre quienes habían sido ya bautizados. 

Sin  embargo, la verdad es que Felipe llega a Samaría huyendo de Jerusalén tras la expulsión de los cristianos de origen griego que siguió a la lapidación de Esteban, el más elocuente de los siete diáconos. En la ciudad quedaron solo los cristianos de origen hebreo. Fue la primera fractura importante de la comunidad. No es posible crecer sin dejar atrás las hechuras de la infancia; sin abandonar lo que nos ata a lo pasado. 

Los exégetas afirman que en este pasaje debe respetarse el orden redaccional. Es decir, los cristianos helenistas fueron los primeros en abrirse a los extranjeros; ellos mismos lo eran. La intervención apostólica fue posterior a esa iniciativa. Los que desde fuera llegaron, mostraron a la fraternidad que la universalidad que Jesús le había encomendado finalmente, iba a exigir mucho esfuerzo. El libro de los Hechos testifica que la dificultad no estaba solo en la incomprensión de los de fuera, sino también en la cerrazón de los de dentro.

Lo que los unía a todos era el Espíritu; el Paráclito (mediador, consolador) que Jesús había prometido y que solo pueden recibir quienes le aman y cumplen sus mandamientos. Lo decisivo es el amor. Amar a Jesús es amar también su “causa”; es asumir como propio aquello que él amaba. Quien alguna vez haya amado sabrá que esta asunción es no solo real, sino cotidiana. Por amor a Jesús amo y soy lo que él ama y como él es. O al menos lo intento sinceramente. Tal como él confiaba en el Padre, quien le ama confía en él  y se sabe unido a él como él lo estaba al Padre. Amar no son palabras, sino acciones concretas que nos acercan al otro y nos igualan a ambos. 

Por el amor a Jesús percibimos la presencia de ese Espíritu imperceptible para un mundo que está a otras cosas. El Espíritu es la corriente de amor entre Padre e Hijo y en ese dinamismo, en esa relación única, nos introduce Jesús borrando así nuestra horfandad. Dios no es un ser ajeno. Es la realidad que nos sostiene y que se nos manifiesta en Jesús. 

Nosotros también podríamos, como el salmista, contar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros, pero sustituyendo todo ese lenguaje de obras y proezas temibles y gobierno eterno por esta dialéctica amorosa que Jesús nos propone. Ya no es acatar mandamientos, sino amar lo que el amado (o la amada) ama.

El autor de la primera carta de Pedro habla de dar razón de nuestra esperanza como acto de glorificación incapaz de imponer, como el mismo Dios, nada a nadie. Proponemos una vida ajena a lo que el mundo considera sensato, pero no es una ocurrencia irracional. Está grabada en lo profundo de nuestra experiencia y nos orienta hacia los demás; no nos permite instalación alguna, sino que nos mantiene en vilo, alerta para defender la verdad con delicadeza y respeto, cultivando siempre la buena conciencia. 

Vivimos en el mundo y de él podremos cosechar calumnias y sufrimientos, pero si estos llegan, será por hacer el bien, no por desvivirnos en buscar muestro propio beneficio a cualquier precio. Así, ningún padecimiento será un desgaste, sino la confirmación de haber elegido el buen camino y, solo por este valor asertivo, podrá ser fuente de sentido. 

Desde nuestra esperanza nos abrimos a todos; también a quienes nunca fueron tenidos en cuenta por considerarlos extraños y con la fuerza del Espíritu que nos habita y que vemos florecer en ellos inauguramos un mundo empeñado en que la encarnación sea real para todos no como espectáculo a contemplar, sino como realidad a construir: que nuestra humanidad acoja y exprese el Espíritu.

 

Se viene el Espíritu

 

 


 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

URBANIZANDO. Domingo V Pascua

03/05/2026 – Domingo V Pascua

Urbanizando

Hch 6, 1-7

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19

1 Pe 2, 4-9

Jn 14, 1-12

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Que la vida es complicada no lo niega nadie; y menos que nadie los creyentes que se la toman en serio y quieren construir según sus convicciones. En los inicios de la comunidad de Jerusalén las urgencias cotidianas y las dificultades de la convivencia revelaron problemas que pusieron a prueba su unidad. En aquella iglesia insurgente coexistían dos grupos principales: el compuesto por los fieles oriundos de la fe judía tradicional y el que se nutría de ciudadanos griegos, procedentes de otras regiones del imperio, algunos de ellos también judíos, pero procedentes de la diáspora y otros llegados desde sus propias tradiciones. La comunión idealizada hace pocos capítulos no soportó el descuido de las viudas de este segundo grupo. 

Esta es la realidad: algo, en la vida diaria se nos escapa y se hace necesario organizar las cosas para que ningún error o descuido pueda perpetuarse. Frente a este apuro surge la delegación, la división de tareas que hace patente diferentes vocaciones: todos seguirán orando, pero unos se dedicarán a la Palabra y otros a las mesas. Aunque, en honor a la verdad, estos diáconos aparecerán en adelante, envueltos en tareas directamente relacionadas con la predicación. Sin embargo, se hace evidente que estos no surgieron como sustitutos de aquellos. Quede dicho para quienes actualmente conciben el diaconado como un remiendo que salve la situación.

Esta figura, la del diácono, se inserta más bien en la concepción de la comunidad como pueblo sacerdotal que aparece en la carta achacada a la pluma de Pedro. Todos somos puentes entre Dios y las mujeres y hombres de nuestro tiempo y este pueblo nuevo se asienta sobre la piedra que había sido desechada por los pudientes. Es piedra viva que da la vida a todos los demás. Somos sillares rebosantes de amor de Dios y podemos, entre todos, acomodándonos unos a otros, construir la nueva y definitiva edificación que pueda amparar a todas las viudas; a todos los necesitados de un techo sobre sus cabezas. Pero es también piedra de tropiezo; de escándalo. La cosa no va a ser sencilla. El salmista, por su parte, siempre fiel, nos recuerda la confía en la misericordia de Dios.  

No hablamos solo de un techo material. Son muchos los que buscan cobijo y a todos ellos los ve Jesús como necesitados del amor divino y, por lo tanto, inquilinos de la morada celestial cuyo valor vamos actualizando aquí con nuestro vivir. No es una única morada; son muchas, como él mismo dice. Tantas como personas. Todos tenemos nuestro sitio, abierto a todos y compartido con todos. En Dios todos somos nosotros mismos siendo pueblo a la vez. 

Somos mucho más parecidos a Dios de lo que pensamos. Sin dejar de ser él mismo, Él se da a todos y es en todos. En la medida en que nos damos a los demás somos cada vez más semejantes a Él y somos más profundamente nosotros mismos. Dios se hizo humano por amor; para amarnos desde la distancia más corta posible. Estaba ya en nosotros desde la creación, pero con su encarnación nos ama en, desde, otro ser humano y eso nos es mucho más palpable. 

Así, para ver a Dios, al Padre, como piden Tomás y Felipe, basta con ver a Jesús porque en él Dios nos ama desde nuestro mismo nivel. Jesús se nos hace camino, verdad y vida; está en el Padre y el Padre en él, porque en la unión con Dios no existe aniquilación sino potenciación. Y esa potenciación es la que Jesús espera de sus amigos; de ellos, de nosotros, dice que podremos hacer sus mismas obras y aún mayores. 

Podemos construir una casa aquí mismo según los planos y medidas de la morada celestial en la que ancestralmente el pueblo esperaba habitar con Él. Hoy podemos ser nosotros mismos morada en la que todos puedan habitar con Él. No es buscar nuestra parcela; es edificar algo nuevo a imagen de lo que en comunidad vamos descubriendo. Es vivir con todos en Dios. Es implantar aquí mismito el cielo y su plan urbanístico.  


Urbanizando 





Para Charo y Óscar, por esos 25 añazos...