domingo, 5 de abril de 2026

NOS LO HAN LEVANTADO. Domingo de Pascua

05/04/2026 – Domingo de Pascua

Nos lo han levantado

Hch 10, 34a. 37-43)

Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23

Col 3, 1-4

Secuencia

Jn 20, 1-9

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

¿Tú qué has visto esta mañana en el camino? María descubrió la tumba vacía porque caminaba atenta a la vida. Corrió a avisar a los demás llevada por un sentimiento ambiguo que Juan expresa con el verbo “áiro” que significa tanto “quitar” como “levantar”. Así, afirma a la vez la desaparición del cuerpo, abierta a cualquier interpretación, y su elevación o resurrección; se entiende que por Dios. Pero aún no lo tiene claro. 

Los relatos pascuales son construcciones que no solo manifiestan un descubrimiento, sino que revelan también cómo aquellas hermanas y hermanos acogieron y comprendieron esa revelación y la presentaron en su entorno. Ningún gesto o palabra es casual; todos tienen su intención, incluso su polémica, pero más allá de todo eso la cuestión esencial es que el muerto vive. También a nosotros nos hará falta contrastar con otros y pedir pruebas; somos muy de pedir pruebas.

Pero las pruebas se vuelven inútiles cuando el bien que hizo Jesús se impone como una evidencia que termina transformada en certeza. Ningún bien verdadero está llamado a la extinción; no puede quedar constreñido por las mismas circunstancias que parecen condicionar el resto de la vida. El bien de verdad no se deja atrapar entre nuestras dimensiones, paredes, templos o sepulcros. El mayor bien que Jesús hizo fue sanar a muchas y muchos y de ello fueron testigos sus amigas y amigos; esas y esos que compartieron con él espacios y momentos privilegiados en los que se sintieron plenamente aceptados y valorados. Tampoco fue ese un bien pequeño. 

Las sanaciones que Jesús procuraba fueron físicas, pero en mucho mayor número afectaron a la vida interior de las personas. Todas ellas se vivieron como seres importantes, amados y acogidos y, por ello, introducidos en un espacio diferente; en unas coordenadas nuevas que trascendían las habituales; en una realidad que no se extinguía al cesar los límites físicos. Por eso la muerte de Jesús no era obstáculo para percibirlo definitivamente vivo. Tal como dice el autor de la carta a los colosenses, habían muerto para este mundo y su vida estaba con Cristo escondida en Dios. Habían, como dice el salmista, descubierto la piedra angular de un nuevo mundo que a ellos les daba la vida. 

Nos engañan nuestras expectativas grandilocuentes porque este mundo nuevo suele ser sutil e imperceptible desde nuestras coordenadas habituales. Así, pese a las apariencias ¿cuánta gente sencilla es realmente feliz y encuentra un sentido a su vida sin grandes lujos? 

¿Cuántas y cuántos son capaces de hacerlo pese a la enfermedad o contrariedades bien serias?

 ¿Cómo es que la sencillez no está reñida con la dignidad ni con la lucha por la justicia? 

¿Dónde se había visto que los héroes no exijan recompensa y reconocimiento, sino que vivan su vida en la discreción? 

¿Desde cuándo la humildad no es motivo de apocamiento sino de crecimiento desde la propia verdad en busca del bien y la verdad de todos? 

¿Desde cuándo la muerte, la desaparición total, de nuestros seres amados, no es ya motivo de desesperación sino de celebración y agradecimiento por su vida y por todo lo que de ellos recibimos?

 ¿Qué nos queda ya sino agradecer su paso, celebrarlos y vivirlos presentes entre nosotros de un modo nuevo como agradecemos y vivimos el del propio Jesús?  

El Padre ha resucitado a Jesús; nos lo ha levantado sin hurtárnoslo. Jesús, Dios Hijo hecho hombre, quiso quedarse entre nosotros para siempre y Dios Padre y Madre lo ha colocado en el lugar donde puede ser perfectamente perceptible por todos: en la entraña más íntima de cada uno. Vivir la resurrección es vivirlo vivo en nosotros mismos y vivirlo en unión con quienes ya partieron y con toda la realidad que nos rodea. Estamos así unidos en el aliento (Espíritu) amoroso de Dios y no queda ya soledad ni amargura que no esté re-suscitada, es decir, llamada a ser compartida, vivida y sanada entre todos. Vivamos re-suscitados.

 

Yonsung Kim, Alégrate en su luz (2018)

 

 


Feliz Pascua de Resurrección

 

sábado, 4 de abril de 2026

COMO LAS SEMILLAS. Sábado Santo

04/04/2026 – Sábado Santo

Como las semillas

Terminábamos ayer diciendo que Jesús se durmió esperando que Dios Padre moviese ficha. Después de la conmoción que supuso su muerte todo ha vuelto a esa calma chicha en la que nada ocurre. Nada salvo los propios miedos, la decepción, reprocharse la propia credulidad... los discípulos y discípulas vivieron una enorme frustración. Lo que creyeron posible se había difuminado y, lejos de la tradicional imagen que los ve reunidos en el cenáculo, la crítica los presenta dispersos en dos grupos: ellos, la mayoría huidos, se ocultaban en Galilea mientras ellas, con el alma en un puño, dejaban pasar los días en la ciudad sin poder creer aún lo ocurrido. En este ambiente la vida va retornando a lo que fue antes, pero peor porque todas las expectativas se han petrificado. Solo queda un inmenso vacío. Con el paso del tiempo, la Iglesia quiso que fuéramos conscientes de este vacío y dejó el día de hoy sin liturgia alguna, excepto el rezo de las horas. Del oficio de lecturas tomamos estos pasajes.

El profeta Jeremías (20, 7-18) que puedes leer aquí, nos trae la memoria de un hombre seducido por Dios que se deja llevar por él para terminar despreciado y perseguido por todos. Pasa de ser un hombre conquistado a maldecir el día de su nacimiento. Visto así es un relato desgarrador, como desgarradora es la vida muchas veces, pero los tres versículos centrales del pasaje expresan su convicción de que Dios le acompaña, que le defenderá de sus perseguidores y será finalmente vengado en ellos. Por ello pide a todos que le alaben. En medio de su infortunio, mantiene la confianza. En el centro de su ser, pese a tenerlo todo en contra, reconoce a Dios en su interior acompañándole y sosteniéndole. 

En la tradicional antigua homilía patrística, que puedes leer aquí, ya no hay venganza. Es Jesús quien, mientras parece dormido, desciende al infierno para rescatar a Adán. Jesús recupera para Dios a toda la humanidad, incluso a la que nació antes que él. Nadie le es ajeno y ahora que abarca a todos los que han sido, podemos entender que también el futuro está a su alcance; aunque, desde nuestra posición, su actual condición de difunto no parezca garantizarlo. Es, en cualquier caso, un difunto activo, una semilla viva que va actuando en lo escondido de la tierra. También en la tuya y en la mía.

Es el Reino de Dios que crece en lo escondido, sin saber cómo y nos llama para que también nosotros seamos semilla. En medio de nuestros desvelos y complicaciones sigue estando Dios, hecho ser humano universal que nos enlaza con los humanos de todas las épocas y, especialmente, con los de la nuestra, con los más próximos. Somos como esa red que conecta a las plantas atravesando el subsuelo. O, mejor, esa red es reflejo del acto creador. Pese a que lo visible de la vida sea terrible nunca estamos solos. Que esta realidad pueda ser sanadora o no, no depende solo de nosotros, pero siempre tendremos algo que decir. Nos movemos en el “todavía no”, pero estamos llamados a vivir atentos a los demás, todos pendientes de todos. Hay que seguir caminando, aunque no tengamos muy claro qué pueda pasar.

 

Joakim Skovgaard, Cristo en el reino de los muertos (1891)

 

 



 

viernes, 3 de abril de 2026

HASTA AQUÍ. Viernes Santo

03/04/2026 – Viernes Santo

Hasta aquí

Is 52, 13 – 53, 12

Sal 30, 2. 6. 12-13. 15-17. 25

Hb 4, 14-16; 5, 7-9

Jn 18, 1 – 19, 42

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

A partir de hoy nadie podrá decir que Dios se ha hecho humano a medias. Hoy es el día que se hace noche porque en su transcurso Dios muere; lleva hasta el extremo su desposesión de sí. Pasa de ser lo que no era (hombre) a no ser (difunto). Vive, experimenta, la misma aniquilación que sufre cualquier ser humano al morir. Si el misterio de la muerte nos resulta difícil de entender en nosotros más complicado se nos hace aún concebirlo en Dios y decimos “Dios ha muerto en Jesús”. Creo que esa acotación no niega que la experiencia mortal de Dios sea real, pero para no perdernos en estos laberintos lo dejaremos aquí subrayando la absoluta seriedad de la encarnación. Dios no hace nada a medias. Vivió plenamente como hombre y como hombre murió plenamente. Plenamente y de forma espectacular. Su tránsito no dejó indiferente a nadie. Los cristianos de la primera hora quedaron impactados por el hecho y buscando consuelo y explicación recalaron en los cantos del siervo de Isaías. Hoy tenemos aquí el cuarto y último de esos cantos. Es, también, el más conocido. Pese a no tener constancia cierta de sobre quien hablaban los cantos, fueron acogidos como profecía referida a Jesús. Según el profeta el siervo terminó, pese a su sufrimiento, alcanzando un conocimiento muy distinto al que ya tenía. Todo su dolor se transformó en una victoria inesperada; la visión de Dios pasó a ser también la suya y mucho más allá de cualquier juicio o condena terminó tomando el pecado de muchos e intercediendo por ellos.

También de Jesús decimos que tomó sobre sí el pecado del mundo y murió como un pecador. En una estricta valoración histórica se puede afirmar que aceptó la muerte que hubiese tenido un revolucionario seducido por la violencia que se le ofrecía como respuesta a un sistema de opresión que generaba injusticia. Aceptó la consecuencia que llega a quienes se embarcan en la rueda de la violencia viéndola como único camino posible. Lo que él nunca hizo ni pretendió le trajo el tormento final. En una perspectiva mucho más general habrá que decir que consintió en correr la suerte de los indefensos, de las víctimas de la historia que no pueden aportar ningún valor que haga su vida merecedora de la mínima atención por parte de los titiriteros que vienen manejando el mundo desde hace milenios, pues estos siempre han encontrado seres prescindibles. Jesús murió como uno de ellos. La reflexión creyente insiste en que Jesús sufrió sin culpa; era el inocente absoluto que sucumbió bajo el peso de la culpa. Su muerte fue la de quien muere aplastado por la estructura. Tomó el pecado sin pecar, es decir, no secundó la acción, sino que asumió el resultado. Se hizo víctima y mostró cuál era la verdad de este mundo viviendo radicalmente la actitud del salmista.

Por eso el autor de la carta a los hebreos recuerda que quien cruzó los cielos también aprendió sufriendo a obedecer. El Hijo hecho hombre experimentó todos los detalles de la vida humana y, posiblemente, se le ocurrieran modos de cambiar las cosas, pero la intención del Padre, respetuoso de la libertad de sus creaturas, siempre fue que el ser humano fuese capaz de transfigurar el mundo con medios humanos. El Hijo, pues, aprendió a hacerlo todo al modo humano. Ese modo verdaderamente humano que es el que deja ver la imagen divina que lo habita haciendo así real la semejanza. Es esa manera callada que Dios tiene de hacer las cosas y que se diferencia de la espectacularidad tan del gusto de algunos. En el final de una vida dedicada a acoger a los demás, Jesús, como tantas víctimas, solo pudo encontrar consuelo en los brazos de Dios que se reveló como Madre amorosa que recogió su carnalidad tal como el Padre acogía su persona divina. No se pierde nada. El Jesús de Juan muere diciendo serenamente: “todo está cumplido”; lo he hecho todo como un ser humano cabal: acogí a todos, desoí todos los temores, confié en ti  y nunca perdí la esperanza. Es tu turno.

 

Fabio Caffari, Pietá (2024)

 


 

jueves, 2 de abril de 2026

HAY QUE PASAR. Jueves Santo

02/04/2026 – Jueves Santo

Hay que pasar

Éx 12,1-8. 11-14

Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18

1 Cor 11, 23-26

Jn 13, 1-15

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Dios pasa y nos lleva con él. Por eso hay que cenar a toda prisa, de pie, calzados y dispuestos para la marcha. Tras el paso de Dios no queda nada que conservar; la comida debe acabarse y los panes se comen sin fermentar pues incluso la levadura debe ser, a partir de mañana, nueva. El paso de Dios no deja indiferente a nadie: devoramos la amargura y partimos sin esperar ni condolernos de la pérdida de quienes no creyeron en la señal de la sangre. Nuestras escrituras albergan pasajes terribles. La victoria de unos conlleva la derrota de otros. El salmista se centra en el bien que recibe del Señor y se compromete a vivir su vida de forma agradecida, testimoniando en medio del pueblo los favores recibidos. Dios también ha pasado por su vida y lo ha transformado todo. No todos aceptan este paso y quedan anclados en su sitio; ya no hay futuro para ellos, de ahí la tremenda imagen de los primogénitos abatidos. No hay fruto posible al margen del seguimiento de Dios. Todo lo que venga será más de lo mismo.

Jesús comprendió perfectamente la necesidad de abrirse al plan de Dios. Pese a estar sólidamente cimentado en él, toda su vida estuvo marcada por la provisionalidad y se movió en una constante itinerancia según el Espíritu de Dios le inspirase. Vivió permanentemente abierto al futuro y comprendió que ya no quedaban más víctimas que ofrecer que uno mismo. Pasó desde la vida descrita en las antiguas tradiciones hacia un nuevo modo de vivir en el que todo quedaba transformado. Para empezar, le dio un vuelco al orden social: los señores tenían que ser siervos y no sentarse a esperar reverencias y privilegios. Ya no es que aquí nadie se siente. Jesús afina más: solo pueden sentarse los cansados y abatidos, los que han estado viviendo en los márgenes; todos esos preferidos de Dios tienen que sentarse para que los privilegiados puedan lavarles los pies. Es la revolución de la toalla. Después, en igualdad, vendrá la comida para todos; la vida compartida. Esta transformación la inicia Jesús, pero cuenta con que tú y yo y muchos otros nos unamos al proyecto. En otros tiempos solo unos pocos privilegiados, elegidos y separados, celebraban hoy su día. Lo siento, pero creo que ya va siendo hora de extender esta conmemoración a todos los que se deciden a continuar esta revolución, sea cual sea su estado, su género o cualquier otra condición. Somos pueblo sacerdotal y todas y todos conectamos a Dios y a los seres humanos. Jesús nos encargó hacer lo mismo que él y prometió que en esta empresa no nos dejaría solos y aseguró que se quedaba siempre entre nosotros; no solo para ayudarnos, que también, sino porque nos quiere, porque va a dar su vida por sus amigos, pero no para dejarlos luego solos, sino para quedarse siempre entre nosotros y permanecer siempre disponible. Así de sencillo. Así es él. Y nuestras vidas, en la medida en que se vayan abriendo a los demás y vayamos lavándonos los pies unos a otros, podrán ser acción de gracias vividas en fraternidad. 

Se quedará entre nosotros, si nosotros queremos. Pablo insiste en que, por voluntad del propio Jesús, hemos de hacer como él. “Haced esto”, dijo, con el vino y con el pan. Pero no será solo bendecirlo, sino compartirlo, es decir, poner en la vida la misma intención que él puso. Celebrar no es solo repetir lo que ya se hizo; es hacer lo mismo. Es poner nuestro cuerpo en juego, nuestra vida, aquello que podemos perder y, como Jesús, no valorarlo más que el bien de los demás. Es ponerle sangre, alegría, empeño y vitalidad a la nueva alianza que actualiza y revive la antigua. Beber y comer en memoria suya no es solo un recuerdo; es compartir nuestra vida como él hizo. Es un brindis en el que Jesús se hace presente en nuestro obrar y con nuestras acciones proclamamos su paso, su morir a sí mismo para acoger a todos, hasta que vuelva, hasta que todos podamos reunirnos con él. De lo contrario estaremos intentando hacer conjuros con el poder de un mago acreditado, pero sin la intención sincera de entregarse no habrá presencia que se haga real.

 

La revolución de la toalla y el lebrillo