sábado, 10 de octubre de 2026

UN DÍA ESPECIAL. Domingo XXVIII Ordinario

11/10/2026 – Domingo XXVIII Ordinario

Un día especial

Is 25, 6-10a

Sal 22, 1-6

Flp 4, 12-14. 19-20

Mt 22, 1-14

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Aquel día no será cualquier día. Será el día definitivo en el que Dios se haga presente con un festín para todos los pueblos, apartando el velo que les cubre a todos ellos. Ya no habrá motivo para considerar extranjero a nadie pues la división entre unos y otro no tendrá ya ningún sentido. 

Además, dejará sin poder alguno a la muerte y enjugará las lágrimas de todos los rostros y el oprobio de su pueblo será finalmente alejado. Ese día el pueblo mismo podrá ver que la prometida y tan esperada salvación ha llegado junto a la de todos los demás pueblos, porque todos estamos invitados al banquete sobre el monte, donde cualquier restricción queda muy lejos. 

El salmista nos trae, en realidad, un momento anterior pues el autor se reconoce aún distinto de sus enemigos, pero toda la esperanza que él profesa de forma particular para Israel puede, a la luz de Isaías, leerse también en clave universalista. Cualquier persona puede dejarse guiar por el Señor en la espera de habitar en su casa por años sin término.

Jesús sigue la tradición de Isaías y cuenta una parábola para que quede claro que todos están invitados a la boda, que es la fiesta por antonomasia. 

Es cierto que los primeros invitados son gente pudiente; la que uno esperaría encontrar en un banquete real. Conocen al rey y están en relación con él, pero en esta ocasión no les viene bien presentarse. Todos están liados con sus cosas y, simplemente, no acuden a la fiesta. No solo dejan al rey plantado, sino que también maltratan e incluso asesinan a sus mensajeros. 

Por todo esto el rey monta en cólera y decide terminar con ellos, método muy propio de los monarcas del momento. 

Lo que vino luego ya no era tan corriente. Mandó a otros mensajeros a los cruces de los caminos donde se juntaban gentes de toda condición que por cualquier motivo quedaban allí bloqueados sin saber por dónde continuar. 

Lo que el rey no quiere es que se desperdicien las viandas de la fiesta. Los dones de Dios no pueden caer en saco roto; no porque vayan a estropearse sino porque ellos mismos buscan siempre donde encarnarse. Son bienes activos y vitalizadores. No caen en el olvido o la inactividad  porque su propia forma de ser es difusiva y productiva. Son vida entregándose que es captada por todo aquél que está atento. Poco importa que sea de los que la sociedad deja amontonados en los cruces y no encuentran salida ni rumbo. 

Hay que ser, eso sí, sincero y estar dispuesto a transformarte desde el interior. El don de Dios no es magia que lo transforme todo sin más, sino que requiere cooperación. Precisa que tengas ganas de cambiar; que dejes de ver lo que te llevó al cruce como un motivo de condena que allí te apresó y que vistas un traje e fiesta que sea sincero; que surja desde tu interior.

Como dice Pablo, hay que saber vivir acomodándose a la situación. No dejarse esclavizar por la hartura ni desesperarse ante el hambre, sino que en todo momento se tenga claro qué es lo fundamental y que las victorias no son solo nuestras, sino que son vividas en aquel que nos conforta. 

Pablo es, también, agradecido con quienes le han ayudado en su tribulación y promete que Dios estará atento para recompensarles con magnificencia en la riqueza de Cristo. Así llama él a ese olvidarse de sí mismo por el que Jesús llegó a conocer a Dios cara a cara. 

Atrevámonos a creer que también a nosotros mismos se nos presentará en la medida en que estemos atentos para acercarnos a las gentes de las encrucijadas y ayudarles a ponerse el traje de fiesta.

En el fondo, cualquier día puede ser ese gran día en el que recibas la invitación y la cosa, posiblemente, esté en que no llegues solo a la fiesta sino en que te atrevas a ser llamada para quienes no pueden encontrar el camino.

 

Francisco de Goya, Parábola de los convidados a la boda (ca. 1796-97)

 

 


 

sábado, 3 de octubre de 2026

PARA TODOS. Domingo XXVII Ordinario

04/10/2026 – Domingo XXVII T.O.

Para todos

Is 5, 1-7

Sal 79, 9-16. 19-20

Flp 4, 6-9

Mt 21, 33-43

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Isaías nos trae hoy una parábola que algunos podrían, en principio, identificar con una canción de amor traicionado. El profeta evoca a la amada su de amigo en la figura de una viña bien cuidada que no produce el fruto esperado; que no sabe corresponderle. 

Sin embargo, no narra la condena ni el castigo de la mujer, tal como el auditorio podría esperar, sino que identifica a la viña con el pueblo de Israel que adultera el amor recibido dejándolo caer en el olvido. 

La perversión está en que el fruto que Dios esperaba recibir era justicia y derecho, pero en su lugar obtuvo  asesinatos y lamentos. El amor que Dios da no es un cultivo intimista y privado sino que busca una contrapartida que se expresa en el amor al prójimo. Éste es posible porque bebe de aquél. 

El salmista repasa rápidamente la historia del pueblo trasplantado desde Egipto y favorecido por Dios con la expulsión de los gentiles. Ahora pide al Señor de los ejércitos que vuelva a visitar su viña. Vemos así como el motivo de la infidelidad amorosa es una constante en el texto bíblico. 

Por otro lado, yendo más allá de las imágenes bélicas que hoy nos desagradan, podríamos pensar no en tropas belicosas sino en un pueblo entrenado en la virtud, restaurado, dice el texto, a imagen de la voluntad divina. A eso se compromete el salmista; a no olvidarse del amor original y originante y saber, por lo tanto, transformarse en manantial para todos.

Que Jesús vivía inmerso en la tradición de su pueblo podemos verlo hoy en el hecho de que recoja la parábola de Isaías y la aderece con la famosa frase de la piedra del Sal 118, 23. Pero él es mucho más directo en exponer las cosas. 

Deja de lado la poesía y afirma que la viña ha dado sus buenos frutos. Son los cuidadores los que cometen ahora la injusticia que provoca lamentos. Jesús toma el mundo sobre sí y pretende que también nosotros lo hagamos. Lo esperaba ya de su generación; de ahí la figura de los labradores. 

En esta nueva parábola la viña produce fruto porque es el Reino que crece por sí mismo mientras el mundo duerme. No fue, por tanto, entregada al pueblo para recrear su intimidad o probar su valía. Son los jornaleros los que se han apropiado de los frutos y quieren usarlos solo en su provecho en vez de ponerla al servicio de todos.

Por eso acallan la voz de todos los enviados del Señor matándolos o expulsándolos violentamente. Incluso el hijo es sacado fuera y asesinado. La herencia ya es suya. 

La preocupación de los escuchantes era la misma que la nuestra por eso pregunta Jesús por la suerte de los asesinos. A ellos y muchas veces a nosotros nos obsesiona la impunidad porque nada puede quedar sin castigo. Hemos hablado de ello durante las últimas semanas. 

Jesús no se fija tanto en eso como en el uso que se hace de los dones de Dios, porque en su malversación se juega la vida de los sencillos. La suerte de los poderosos, en este sentido, le interesa poco. Por eso trae a colación la piedra desechada. La forma de obrar del mundo no es la de Dios y lo que los hombres desprecian es la base sobre la que él sustenta un nuevo orden, el Reino, que será entregado a otro pueblo que no lo privatice.

En su epístola Pablo profundiza este nuevo modo de ser animando a todos a una relación directa con Dios en la que no caben el miedo ni la preocupación pues su paz se impone sobre cualquier juicio.

 Pide que estemos atentos a todo lo bueno sin fijarnos en su origen y se presenta a sí mismo como modelo en la medida en que él mismo estuviese alineado con esa bondad; lo contrario no tendría sentido. 

Es una apertura absoluta a la sencillez de lo universal que deja de lado antiguos privilegios y reconoce que Dios se da en todo y a todos; no es ya exclusiva de nadie. 

 

Harold Coppini, Los viñadores malvados (ca. 1920)

 


 

sábado, 26 de septiembre de 2026

DE LA JUSTICIA Y EL DERECHO. Domingo XXVI Ordinario

27/09/2026 – Domingo XXVI T.O.

De la justicia y el derecho

Ez 18, 25-28

Sal 24, 4bc-9

Flp 2, 1-11

Mt 21, 28-32

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Parece que Ezequiel quiera completar el discurso que nos dirigía Isaías la semana pasada. Nadie es eternamente bueno o malo. La bondad o maldad de cada uno se mide por su práctica del derecho y la justicia. 

Sin embargo, hoy en día vivimos en la confusión porque en nuestra perspectiva moderna hemos conseguido enfrentar al derecho con la justicia 

¿Cómo si no puede explicarse que se televise el desahucio a una anciana de 87 años en pleno centro de la capital atendiendo a los derechos de los poderosos? ¿O cómo interpretar si no es así que la crisis migratoria de Ceuta despierte enfrentamientos partidistas que llegan a ocultar, cuestionar e incluso condenar la bondad de quienes se deciden a echar una mano? ¿Podremos explicar de otro modo el cada vez más olvidado genocidio en Gaza? Y el mundo sigue girando sobre los hombros de la mayoría para beneficio de unos pocos. 

Los criterios de Dios no son los nuestros porque le hemos dado la vuelta a todo. 

Lo tendremos que recordar también cuando alguno de los que nosotros juzgamos como malos decida cambiar y volverse a Dios, convertirse, según dice Ezequiel, para aplicar los principios que antes, por cualquier motivo, desdeñaba ¿Qué le dirán entonces los que estaban ya en ese barco? ¿Le acogerán sin más como compañero? Para Dios es fácil aceptar a quien quiere volver a casa; no siempre lo es para los buenos. 

El salmista retrata a quien está pendiente de aprender la bondad porque, aunque haya personas que tengan mayor inclinación hacia ella, no es algo instintivo.

Mateo trae hoy de nuevo una parábola exclusiva en la que Jesús habla de dos hijos que tienen diferentes actitudes ante la voluntad de su padre. 

No sabemos la razón por la que el primero de ellos cambia de opinión y termina obedeciendo. Podemos suponer, aceptando que toda apuesta es un riesgo, que, evitando lo que normalmente se tiene en mente al hablar del trabajo en la viña, encontró el verdadero sentido de la llamada que su padre le dirigía. Ese mismo sentido fue el que el padre dirigió al segundo hijo, que declinó la invitación porque él tenía otra idea. 

A veces, con el tiempo y las circunstancias, terminamos construyendo el mundo a nuestra imagen y a la del Padre. 

Que Jesús proponga a las prostitutas y los publicanos, gente de mal vivir para la época, como modelo no es solo una provocación. Resulta que son colectivos que él conoce bien precisamente porque no les ha cerrado la puerta, porque ha descubierto una viña fecunda entre ellos. En segundo lugar, ha sido testigo de cómo más de una y uno de ellas y ellos han sido capaces de cambiar de vida cuando se les ha brindado ocasión. Así, su valor está en haber sido capaces de cambiar de vida; de volver a los planes de Dios. Han descubierto que Dios no es el juez del que les habían hablado sino que espera su regreso para apapacharlos y enviarlos a que lo desvelen para tantos.

No obstante, la puerta no está cerrada para nadie. Siempre hay opción, pero eso sí, hay que descubrir, como dice Pablo, el único amor y el único sentir que nos une; hay que renunciar a nuestro interés para buscar el de los demás; hay que vaciarse, como Cristo Jesús, de todo lo que nos impida acercarnos a los demás pasando, si es necesario, por la cruz. 

En esta jornada del migrante y del refugiado habrá que colocar en el centro a tantos desesperados instrumentalizados por diferentes intereses, pero eso no implica que olvidemos a tantas y tantos otros que también merecen un centro: desahuciados, víctimas de conflictos y violencias, culpabilizados, abandonados… Hay que redescubrir la unidad entre la justicia y el derecho para que el mundo comience a  parecerse más al que Dios soñó.

 

Andrey Mironov. La parábola de los dos hijos (2012)

 

 


 

sábado, 19 de septiembre de 2026

BUENO CON TODOS. Domingo XXV Ordinario

 20/09/2026 – Domingo XXV T.O.

Bueno con todos

Is 55, 6-9

Sal 144, 1-3. 8-9. 17-18

Flp 1, 20c-24. 27a

Mt 20, 1-16

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Para dejar clara la bondad de Dios, Isaías nos habla hoy de la conversión. En nuestro entorno, no es extraño escuchar que la crisis de la práctica religiosa se debe a que la gente ya no sabe a qué atenerse. Muchos críticos abogan por la mano dura y por volver a una reglamentación que nos permitía clasificarlo todo como blanco o negro, malo o bueno. 

Por eso, habrá que dejar de lado ese tono gris en el que todo es relativo hasta terminar siendo irrelevante para cualquiera. Nos gusta tenerlo todo medido; todo atado y bien atado. Sin embargo, Isaías nos dice que ni los planes ni los caminos de Dios son los nuestros. 

Dios es, ante todo, rico en perdón. Tanto es así que, irónicamente, hay quien dice que de padre ha pasado ser a abuelo malcriador; sin ningún tipo de exigencia ni rigor. Por el contrario, el profeta deja claro que si el malvado se convierte Dios lo aceptará, pero no dice nada de condiciones. 

Muchos opinan, sin embargo, que el resurgir del catolicismo que hoy parece vislumbrarse se debe al rigor y la exigencia que se redescubren como guía segura en un contexto social  zozobrante. Pese a todo, Isaías insiste en que la principal motivación para el cambio es experimentar la cercanía de Dios que, de un modo u otro, se hace presente y se deja invocar. 

El salmista vuelve a hablarnos de esta cercanía de Dios para quienes recurren a él. A todos ellos se les presenta rico en piedad  y deseoso de ser bueno con todos.

Lo mismo busca el propietario de la viña de la parábola que Mateo nos trae en exclusiva y que pretende abonar el mismo salario a todos sus contratados con independencia de la duración de su jornada. 

Podemos entender que los madrugadores tendrían mejor consideración como trabajadores. Conforme pasa el día van llegando los más remolones que se unen a aquellos que, pese a no dejarse enredar por las sábanas, no cumplían los estándares o eran víctimas de prejuicios excluyentes. Así, cuanto más tarde es más empeora la calidad de los trabajadores tal como el mundo la entiende. 

A Dios, sin embargo, le interesa más la realización del trabajo que la virtud y antigüedad de sus operarios y son precisamente esos prejuicios los que él desarma. 

Nos cuesta entenderlo y a veces se ha caído incluso en tomar este texto como argumento de división para imponer la propia opinión y afirmar la preponderancia de la gracia sobre las obras. Así somos: siempre queriendo imponer nuestro criterio. 

La preocupación fundamental de Dios, en cambio, es no dejar de ser lo que es: bueno. Es bueno porque favorece a todos sin desmerecer a nadie, porque todos reciben lo acordado.

La importancia del trabajo fue, en este sentido, bien entendida por Pablo que aunque ansiaba partir para reunirse con Cristo entiende que era mejor permanecer en el tajo por el bien de los demás. Lo importante, dice él, es llevar una vida acorde al evangelio. 

Ese es el mejor trabajo. Es la misma autenticidad que Dios presenta en su obrar. Ser tan buenos como Dios nos hizo. Esa es la viña. El mundo no va a cambiar si construimos proyectos gigantescos pero no cambiamos nosotros. 

No es cuestión de tiempo ni  de calidad moral, sino de ser buenos como Dios es bueno y en esa bondad se incluye también una exigencia que, de forma acorde al evangelio, no es asfixiante como las nuestras, sino llevadera y ligera y está enfocada a la realización de cada una y uno y a la construcción del Reino. 

Tanto es así que se vuelve liberadora en cuanto dignifica a todas y todos. Ya no quedan motivos de exclusión que justifiquen dejar a nadie en la plaza sin contrato. Muy al contrario, los últimos se tornan jornaleros buenos, capaces de adelantar a los que se tenían por mejores. 

 

Dios es bueno con todos

 

 


 

viernes, 11 de septiembre de 2026

MISERICORDIADOS. Domingo XXIV Ordinario

13/09/2026 – Domingo XXIV T.O.

Misericordiados

Si 27, 30–28,9

Sal 102,1-4. 9-12

Rm 14, 7-9

Mt 18, 21-35

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El libro de Sirácida, conocido también como Eclesiástico por el gran uso que la Iglesia hizo de él en sus primeros años fue compuesto en Jerusalén poco antes de la rebelión macabea del siglo II a. C. en un ambiente muy marcado por la influencia cultural griega. Su autor, Jesús Ben Sira, llama a no dejar que la Palabra del Señor se diluya en la cultura dominante. 

El fragmento que hoy contemplamos es claro reflejo de esta intención. Por un lado llama a un comportamiento ético que construya comunidad desterrando el furor y la cólera y por otro insiste en la necesidad de cumplir el decálogo y de no olvidar la Alianza. En todo esto se presenta el perdón como actitud básica que cimenta la comunidad y se expresa en la misericordia de Dios. 

El salmista destaca la capacidad de Dios de pagarnos de más, sin limitarse a lo que nuestros méritos puedan conseguirnos.

Pedro quiere saber si es suficiente perdonar 7 veces 7, lo cual, hay que admitirlo, es ya bastante, pero Jesús dice que 70 veces 7, lo que equivale a decir siempre. Siempre tal como contigo han tenido paciencia infinita y te lo han perdonado todo. 

Todo y siempre vienen a significar lo mismo que aquí y ahora. La vigencia del perdón está en materializarlo en este instante y en estas circunstancias que vivo hoy. No se trata tanto de un valor numérico para llevar la cuenta como de un requerimiento para estar presentes y activos y no dejar pasar las cosas. 

Perdonar es liberarse del peso de cualquier rencor sin dejarse dominar por él y potenciar una nueva relacionalidad.

 “Per-donar” es continuar (pese a cualquier obstáculo) dando al otro la confianza que su acción nos ha hurtado. Muchas veces se requiere de esa persona una satisfacción; que haga algo o se comprometa seriamente en reparar el vínculo dañado. 

En la parábola, esa satisfacción se escenifica en la prisión que el rey suprimió al verse movido por la lástima. A diferencia de nosotros, Dios no tiene tanto interés en esta reparación como en el restablecimiento de las relaciones con el ser humano. 

Sin embargo, la indignación del rey no tuvo límite al descubrir que el siervo perdonado no fue capaz de hacer lo mismo. Este es el argumento de Jesús que, cuando se lanza a decir lo que hemos de hacer, lo fundamenta en todo lo que se nos ha dado. 

A ese todo le llamamos salvación que no se explica con un acto de fe ultraterrena, sino con el proceso histórico que nos lleva al descubrimiento de un sentido absoluto que comienza ya en esta vida.

 Así pues, hemos de perdonar porque hemos sido perdonados en todo y, a diferencia de la piedad más rigurosa que ponía el acento en el cumplimiento de normas para alcanzar la salvación, tendremos que transmitir el sentido que descubrimos al vernos nosotros mismos liberados de la angustia por el decisivo desmoronamiento de la muerte como destino inapelable que Jesús lleva gratuitamente a cabo mediante su resurrección.

Pablo nos recuerda que en la vida y la muerte somos del Señor, de Cristo, quien ha atravesado ambas experiencias sin dejar de lado, como Ben Sirá defendía, la Palabra de Dios. 

Nos hacemos suyos si dejamos que sean su ánimo y su determinación las que nos guíen para acercarnos a quienes sumidos en las peores circunstancias necesitan “per-donar” a Dios, es decir, continuar entregándole su confianza al descubrirle presente junto a ellos mediante nuestra dedicación en vez de pensar en él como el ser ausente que les abandonó cuando debía acompañarles. 

Somos del Señor porque le hacemos presente aboliendo la desconsolada pregunta por su paradero. Dios vuelve a ser digno de confianza cuando en su nombre aparecen creadores de una realidad alternativa que sea justa y buena para todos.

 

Misericordiados




 

sábado, 5 de septiembre de 2026

MALENTENDIDOS. Domingo XXIII Ordinario

06/09/2026 – Domingo XXIII T.O.

Malentendidos

Ez 33, 7-9

Sal 94, 1-2. 6-9

Rm 13, 8-1

Mt 18, 15-20

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Ezequiel nos cuenta que el Señor lo ha puesto de atalaya para atisbar desde lejos la palabra de Dios y comunicarla a toda la casa de Israel. 

Podemos, sin embargo, entender sus palabras como dirigidas a nosotros mismos, pues Dios le trata siempre como Hijo de hombre, de Adán literalmente, como ser humano a fin de cuentas. A todos se nos encomienda, pues, que cualquier infractor pueda reflexionar sobre su acción. Esto resulta ciertamente extraño en estos tiempos en los que cualquier interpelación se toma como un ataque. 

Dios entiende que toda falta puede surgir de forma inadvertida, pero nos concibe como un pueblo solidario que buscando el bien del hermano le avisa de sus fallos para que pueda poner remedio, enmendar el error y salvar la vida. En caso contrario a nosotros mismos se nos pedirá, como a Caín, cuenta de su sangre pues le dejamos vivir en el error. 

Así, para que ningún estricto cumplidor pueda decir que no le avisaron, resulta que no son nuestras devociones las que nos salvan, sino el cuidado de la vida de los demás y nuestras buenas obras lo serán en la medida en que aseguren la vida del hermano. 

El salmista subraya la necesidad de todos de escuchar la voz de Dios como pueblo unido.

Jesús insiste en esa actitud de estar pendiente de los hermanos y nos motiva a actuar siempre con tanta caridad como discreción porque, hombre, a nadie le gusta que le llamen la atención; esto es así. 

Cualquier corrección debería seguir siempre ese espíritu fraterno que lleva primero a una confrontación íntima antes de recurrir a la intervención de más gente que pueda presentarle argumentos de peso. En la costumbre de la época se necesitaba el testimonio de dos varones para que algo pudiera tenerse por cierto. 

Hoy en día no diremos ya dos varones, sino dos o tres personas cabales, hombres o mujeres, conocidas del sujeto y dignas de su confianza, que busquen su bien, pero con la valentía suficiente para hablar con claridad. 

Tal vez finalmente sea preciso exponer los hechos en la comunidad y tendremos ya un proceso oficial. Siempre se salva la libertad personal, pero hay decisiones que te colocan fuera del marco general de la asamblea. Jesús dice que en tal caso serás tratado como gentil (extranjero) o como publicano (recaudador colaboracionista). Ninguno de los dos grupos caía simpático al auditorio; tal vez esperaba que así se entendiera.

La cuestión es que Jesús cede potestad a la asamblea para atar y desatar de forma permanente. Estas palabras fueron, siglos después, utilizadas por mentalidades rigoristas y autoritarias para convertirlas en justificación de persecuciones, expulsiones y, en casos extremos, de aniquilación. 

Sin embargo, Jesús continúa hablando de momentos en que dos o más se unen y advierte que deben hacerlo en su nombre. Es decir, siguiendo su espíritu, sin querer imponerse por la fuerza y siempre respetando a todos. Entonces, él se hace presente y así les será posible a esos pocos obtener de Dios lo que pidan, tal como el propio Jesús lo obtuvo en sus propios días.   

Repasando su vida podremos ver que lo que le animaba no era otra cosa que el amor al prójimo del que hoy habla Pablo. 

Ese amor que llevó a Jesús a no pedir nunca por sí mismo y no le permitió atar o desatar a su capricho sino, a imagen de los cielos, preocupándose por el bien y la vida de todo aquel que se cruzaba con él. 

Del mismo modo nosotros, aun siendo pocos, nos mantendremos con él atentos siempre a todos: procurando, por un lado, que nadie se despiste sin remedio y, aceptando por otro, sus correcciones porque el mayor malentendido es creernos ya en posesión de la verdad.

 

James Jacques Joseph Tissot, Dos o tres reunidos en mi nombre (1894)

 


 

viernes, 28 de agosto de 2026

PARA CAMBIAR DE VIDA. Domingo XXII Ordinario

30/08/2026 – Domingo XXII T.O.

Para cambiar de vida

Jer 20, 7-9

Sal 62, 2-6. 8-9

Rm 12, 1-2

Mt 16, 21-27

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En la afirmación que da comienzo a este famoso pasaje de Jeremías podemos encontrar dos sujetos: por un lado es Dios quien seduce al profeta, pero es el profeta quien se deja seducir. Dios le muestra un mundo nuevo, le promete un futuro que él jamás hubiese imaginado… ahí está la seducción y él consiente. 

Nuestro Dios no es un amante violento. Seducir no es engañar ni forzar. Jeremías accedió y pese a todas las contrariedades se mantuvo siempre fiel denunciando la perfidia del pueblo que violentó la ley de Dios y profanó su Templo, y advirtiendo de la destrucción que este comportamiento acarrearía a la nación. Aunque alguna vez se dijo a sí mismo: “Hasta aquí; no voy a hablar más. Ya no soporto esta tensión”, no pudo dejar de hacerlo porque la palabra era un fuego incontenible en sus entrañas. 

La respuesta del salmista nos trae hoy el consentimiento en tiempos de serenidad, antes de que la tribulación asalte la vida del profeta. Podría expresar también la aceptación de cualquiera de nosotros, pero nos vendrá bien no olvidar que después, como a Jeremías y tantos otros, nos llegará la angustia.

Jesús comparte esa misma angustia. Se sabe perseguido y no ignora que lo más probable sea un final violento. Los sinópticos nos presentan tres anuncios que el propio Jesús hace de su pasión. Hoy nos encontramos con el primero de ellos tal como lo cuenta Mateo. 

Jesús ha expuesto ya lo maravilloso que está por venir: ha seducido a muchos y ahora muestra a sus más cercanos la otra cara de la moneda. Pedro, que fue elogiado el domingo anterior, se atreve a reprender a Jesús en privado, pero éste no acepta su recriminación pues eso evidencia que el apóstol se sitúa aún en la perspectiva del mundo. 

Cuando en el pasado Pedro habló llevado por la inspiración divina acertó, igual que Jeremías y que el propio Jesús, pero ahora que habla por su cuenta yerra por completo. Más adelante intentará incluso defender a Jesús con las armas; no es un punto de vista fácil de dejar atrás. 

Jesús entonces habla al grupo de la cruz de cada uno. La naturaleza de la cruz como patíbulo y su pésima consideración bíblica y social nos llevan a pensar que este dicho nació de la reflexión pospascual de la comunidad. Sin embargo, esto no le resta veracidad, sino que viene a decirnos que, por lo inusitado de la propuesta, hizo falta la experiencia de la Pascua para que este mensaje pudiera ser comprendido. Igual que Jeremías sentía arder la palabra en sus entrañas, las discípulas y los discípulos sentirían arder la vida en sí mismos tras la resurrección de Jesús y alcanzarían el entendimiento tras Pentecostés. 

Pero aún faltaba tiempo para eso. De momento queda patente el cambio de enfoque que es necesario pues el destino del verdadero creyente, del profeta, se encuentra muy alejado de lo que este mundo identifica como éxito. Tanto es así que triunfar en estas coordenadas implica el fracaso en las divinas. 

En los dos últimos versículos Mateo dice que lo que está en juego es la “psyjé” del ser humano que algunos traducen por alma y otros por vida, pero que no puede entenderse como lo opuesto al cuerpo o a la materia. Es el principio vital del ser.

Hoy Pablo nos glosa todo lo que ya hemos visto comenzando por decir que el culto verdadero es la ofrenda del propio cuerpo (“soma”). No es desprecio por lo inservible sino acentuación de lo esencial. Precisamente porque lo fundante se vive en plenitud se puede ofrecer lo que otros consideran absoluto. 

Por otro lado, esta oblación no implica la aniquilación instantánea, sino que es, como la de Jesús y la de Jeremías una donación cotidiana, desde el enamoramiento inicial hasta la asunción plena de la vida como servicio a la construcción del bien común. 

 

Ilya Repin, Apártate de mí, Satanás (1895)

 

 


 

sábado, 22 de agosto de 2026

UNA LLAVE PARA CADA UNO. Domingo XXI Ordinario

23/08/26 – Domingo XXI T.O.

Una llave para cada uno

Is 22, 19-23

Sal 137, 1-3. 6. 8bc

Rm 11, 33-36

Mt 16, 13-20

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Eliaquin era un funcionario de la corte a quien Dios llama “mi siervo”. Esa fidelidad le merece la gracia de pasar por delante de Sebná, el más alto funcionario, de quien podemos pensar que era un tipo competente en su trabajo porque, incluso después de caer en desgracia, fue enviado, como segundo de Eliaquin, a parlamentar con el enemigo. 

Isaías nos dice que fue destituido al edificarse una tumba para sí mismo en los altos. Es decir, en los lugares de donde el rey Ezequías había retirado altares e ídolos paganos. No nos queda claro el motivo de su degradación; tal vez fue una cuestión estrictamente religiosa o, tal vez, fue por desviar fondos públicos para sufragar su mausoleo particular. 

La cuestión es que en lugar de esa persona capaz, pero voluble, Dios prefiere confiar en quien no se despiste de lo esencial. A Eliaquin le dará la llave de la casa de David; abrirá y cerrará. 

El canto del salmista bien podría expresar el agradecimiento de Eliaquin.

Jesús pide hoy a sus discípulos que le digan qué dice la gente de él. Algo hay que perturba su ánimo. Viene de discutir con los fariseos y de realizar curaciones y milagros multitudinarios. Está en el candelero, pero no parece que eso le agrade del todo. 

Unos, le dicen los discípulos, piensan que es Juan, recién resucitado, parece ser; otros que Elías, el profeta esperado; o Jeremías o algún otro… tienen claro que tiene que ser alguien grande, pero vete tú a saber quién. ¿Y vosotros? Les pregunta a los que viven con él, a quienes se va dando a conocer en la intimidad… Y esta, ni más ni menos, era la pregunta estrella en las convivencias de mis tiempos: “¿Quién es Jesús para ti?” Y allí aparecían, entre otros: el amigo, el guía, el compañero, mi esperanza, la justicia, el amor de mi vida… 

Durante años, la piedad cristiana ha hecho esta pregunta en singular y ha construido una relación privada que, en no pocos casos, dejaba fuera a todo y todos los demás. Jesús, sin embargo, la hace en plural. Es verdad que la respuesta solo puede ser personal como es la de Pedro, pero toda resolución individual está destinada a ser contemplada y colocada junto a otras, porque no somos islas aisladas, sino asamblea congregada que se edifica y camina en común. 

Jesús utiliza la imagen de la piedra, que será desde entonces el nuevo nombre de Simón, el sillar robusto que sostiene a los demás. Recurre además a las llaves. Con estas se establece el paralelismo con la primera lectura. Allí era solo una, la de la casa de David; aquí son varias, sin especificar cuántas, porque el Reino tiene tantas llaves como personas. Y lo mismo que Sebná abría y cerraba, Pedro ata y desata.

El mérito de ambos es el mismo: confiar en Dios y dejarse guiar por él. Por lo demás, la elección de Dios es, como dice Pablo, inescrutable ¿Quién puede saber por qué hace lo que hace? Pero lo cierto es que el Reino se expande en la historia con esta permanente paradoja divina que es el recurso a los pequeños y su puesta en valor para que hagan creíble la alternativa que se propone a todos sin excepción. 

Para cada una y cada uno guarda Pedro una llave y la labor de la comunidad es permitir que, en su peregrinar por el mundo, todos tengan acceso a ella. Será necesario, pues, salir del armario y ponerse solidariamente en camino, de dos en dos o de veinte en veinte, aunando los dones individuales para poder llegar e interpelar a todos. Hará falta también recordar que las llaves son para el Reino, no para la propia asamblea; desde nuestro lugar queremos transformarlo todo, pero el nuestro no es lugar para todos. Necesitaremos no olvidar quienes son los primeros destinatarios y qué es, por encima de lo urgente, lo importante y tendremos, finalmente, que estar dispuestos a vivir tal como el mundo repudia para ser signo verdadero y eficaz.

 

Pietro Perugino, Entrega de las llaves a San Pedro (1481-1482)