20/09/2026 – Domingo XXV T.O.
Bueno con todos
Is 55, 6-9
Sal 144, 1-3. 8-9. 17-18
Flp 1, 20c-24. 27a
Mt 20, 1-16
Para dejar clara la bondad de Dios, Isaías nos habla hoy de la conversión. En nuestro entorno, no es extraño escuchar que la crisis de la práctica religiosa se debe a que la gente ya no sabe a qué atenerse. Muchos críticos abogan por la mano dura y por volver a una reglamentación que nos permitía clasificarlo todo como blanco o negro, malo o bueno.
Por eso, habrá que dejar de lado ese tono gris en el que todo es relativo hasta terminar siendo irrelevante para cualquiera. Nos gusta tenerlo todo medido; todo atado y bien atado. Sin embargo, Isaías nos dice que ni los planes ni los caminos de Dios son los nuestros.
Dios es, ante todo, rico en perdón. Tanto es así que, irónicamente, hay quien dice que de padre ha pasado ser a abuelo malcriador; sin ningún tipo de exigencia ni rigor. Por el contrario, el profeta deja claro que si el malvado se convierte Dios lo aceptará, pero no dice nada de condiciones.
Muchos opinan, sin embargo, que el resurgir del catolicismo que hoy parece vislumbrarse se debe al rigor y la exigencia que se redescubren como guía segura en un contexto social zozobrante. Pese a todo, Isaías insiste en que la principal motivación para el cambio es experimentar la cercanía de Dios que, de un modo u otro, se hace presente y se deja invocar.
El salmista vuelve a hablarnos de esta cercanía de Dios para quienes recurren a él. A todos ellos se les presenta rico en piedad y deseoso de ser bueno con todos.
Lo mismo busca el propietario de la viña de la parábola que Mateo nos trae en exclusiva y que pretende abonar el mismo salario a todos sus contratados con independencia de la duración de su jornada.
Podemos entender que los madrugadores tendrían mejor consideración como trabajadores. Conforme pasa el día van llegando los más remolones que se unen a aquellos que, pese a no dejarse enredar por las sábanas, no cumplían los estándares o eran víctimas de prejuicios excluyentes. Así, cuanto más tarde es más empeora la calidad de los trabajadores tal como el mundo la entiende.
A Dios, sin embargo, le interesa más la realización del trabajo que la virtud y antigüedad de sus operarios y son precisamente esos prejuicios los que él desarma.
Nos cuesta entenderlo y a veces se ha caído incluso en tomar este texto como argumento de división para imponer la propia opinión y afirmar la preponderancia de la gracia sobre las obras. Así somos: siempre queriendo imponer nuestro criterio.
La preocupación fundamental de Dios, en cambio, es no dejar de ser lo que es: bueno. Es bueno porque favorece a todos sin desmerecer a nadie, porque todos reciben lo acordado.
La importancia del trabajo fue, en este sentido, bien entendida por Pablo que aunque ansiaba partir para reunirse con Cristo entiende que era mejor permanecer en el tajo por el bien de los demás. Lo importante, dice él, es llevar una vida acorde al evangelio.
Ese es el mejor trabajo. Es la misma autenticidad que Dios presenta en su obrar. Ser tan buenos como Dios nos hizo. Esa es la viña. El mundo no va a cambiar si construimos proyectos gigantescos pero no cambiamos nosotros.
No es cuestión de tiempo ni de calidad moral, sino de ser buenos como Dios es bueno y en esa bondad se incluye también una exigencia que, de forma acorde al evangelio, no es asfixiante como las nuestras, sino llevadera y ligera y está enfocada a la realización de cada una y uno y a la construcción del Reino.
Tanto es así que se vuelve liberadora en cuanto dignifica a todas y todos. Ya no quedan motivos de exclusión que justifiquen dejar a nadie en la plaza sin contrato. Muy al contrario, los últimos se tornan jornaleros buenos, capaces de adelantar a los que se tenían por mejores.


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