06/09/2026 – Domingo XXIII T.O.
Malentendidos
Ez 33, 7-9
Sal 94, 1-2. 6-9
Rm 13, 8-1
Mt 18, 15-20
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Ezequiel nos cuenta que el Señor lo ha puesto de atalaya para atisbar desde lejos la palabra de Dios y comunicarla a toda la casa de Israel.
Podemos, sin embargo, entender sus palabras como dirigidas a nosotros mismos, pues Dios le trata siempre como Hijo de hombre, de Adán literalmente, como ser humano a fin de cuentas. A todos se nos encomienda, pues, que cualquier infractor pueda reflexionar sobre su acción. Esto resulta ciertamente extraño en estos tiempos en los que cualquier interpelación se toma como un ataque.
Dios entiende que toda falta puede surgir de forma inadvertida, pero nos concibe como un pueblo solidario que buscando el bien del hermano le avisa de sus fallos para que pueda poner remedio, enmendar el error y salvar la vida. En caso contrario a nosotros mismos se nos pedirá, como a Caín, cuenta de su sangre pues le dejamos vivir en el error.
Así, para que ningún estricto cumplidor pueda decir que no le avisaron, resulta que no son nuestras devociones las que nos salvan, sino el cuidado de la vida de los demás y nuestras buenas obras lo serán en la medida en que aseguren la vida del hermano.
El salmista subraya la necesidad de todos de escuchar la voz de Dios como pueblo unido.
Jesús insiste en esa actitud de estar pendiente de los hermanos y nos motiva a actuar siempre con tanta caridad como discreción porque, hombre, a nadie le gusta que le llamen la atención; esto es así.
Cualquier corrección debería seguir siempre ese espíritu fraterno que lleva primero a una confrontación íntima antes de recurrir a la intervención de más gente que pueda presentarle argumentos de peso. En la costumbre de la época se necesitaba el testimonio de dos varones para que algo pudiera tenerse por cierto.
Hoy en día no diremos ya dos varones, sino dos o tres personas cabales, hombres o mujeres, conocidas del sujeto y dignas de su confianza, que busquen su bien, pero con la valentía suficiente para hablar con claridad.
Tal vez finalmente sea preciso exponer los hechos en la comunidad y tendremos ya un proceso oficial. Siempre se salva la libertad personal, pero hay decisiones que te colocan fuera del marco general de la asamblea. Jesús dice que en tal caso serás tratado como gentil (extranjero) o como publicano (recaudador colaboracionista). Ninguno de los dos grupos caía simpático al auditorio; tal vez esperaba que así se entendiera.
La cuestión es que Jesús cede potestad a la asamblea para atar y desatar de forma permanente. Estas palabras fueron, siglos después, utilizadas por mentalidades rigoristas y autoritarias para convertirlas en justificación de persecuciones, expulsiones y, en casos extremos, de aniquilación.
Sin embargo, Jesús continúa hablando de momentos en que dos o más se unen y advierte que deben hacerlo en su nombre. Es decir, siguiendo su espíritu, sin querer imponerse por la fuerza y siempre respetando a todos. Entonces, él se hace presente y así les será posible a esos pocos obtener de Dios lo que pidan, tal como el propio Jesús lo obtuvo en sus propios días.
Repasando su vida podremos ver que lo que le animaba no era otra cosa que el amor al prójimo del que hoy habla Pablo.
Ese amor que llevó a Jesús a no pedir nunca por sí mismo y no le permitió atar o desatar a su capricho sino, a imagen de los cielos, preocupándose por el bien y la vida de todo aquel que se cruzaba con él.
Del mismo modo nosotros, aun siendo pocos, nos mantendremos con él atentos siempre a todos: procurando, por un lado, que nadie se despiste sin remedio y, aceptando por otro, sus correcciones porque el mayor malentendido es creernos ya en posesión de la verdad.
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| James Jacques Joseph Tissot, Dos o tres reunidos en mi nombre (1894) |
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