viernes, 3 de abril de 2026

HASTA AQUÍ. Viernes Santo

03/04/2026 – Viernes Santo

Hasta aquí

Is 52, 13 – 53, 12

Sal 30, 2. 6. 12-13. 15-17. 25

Hb 4, 14-16; 5, 7-9

Jn 18, 1 – 19, 42

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A partir de hoy nadie podrá decir que Dios se ha hecho humano a medias. Hoy es el día que se hace noche porque en su transcurso Dios muere; lleva hasta el extremo su desposesión de sí. Pasa de ser lo que no era (hombre) a no ser (difunto). Vive, experimenta, la misma aniquilación que sufre cualquier ser humano al morir. Si el misterio de la muerte nos resulta difícil de entender en nosotros más complicado se nos hace aún concebirlo en Dios y decimos “Dios ha muerto en Jesús”. Creo que esa acotación no niega que la experiencia mortal de Dios sea real, pero para no perdernos en estos laberintos lo dejaremos aquí subrayando la absoluta seriedad de la encarnación. Dios no hace nada a medias. Vivió plenamente como hombre y como hombre murió plenamente. Plenamente y de forma espectacular. Su tránsito no dejó indiferente a nadie. Los cristianos de la primera hora quedaron impactados por el hecho y buscando consuelo y explicación recalaron en los cantos del siervo de Isaías. Hoy tenemos aquí el cuarto y último de esos cantos. Es, también, el más conocido. Pese a no tener constancia cierta de sobre quien hablaban los cantos, fueron acogidos como profecía referida a Jesús. Según el profeta el siervo terminó, pese a su sufrimiento, alcanzando un conocimiento muy distinto al que ya tenía. Todo su dolor se transformó en una victoria inesperada; la visión de Dios pasó a ser también la suya y mucho más allá de cualquier juicio o condena terminó tomando el pecado de muchos e intercediendo por ellos.

También de Jesús decimos que tomó sobre sí el pecado del mundo y murió como un pecador. En una estricta valoración histórica se puede afirmar que aceptó la muerte que hubiese tenido un revolucionario seducido por la violencia que se le ofrecía como respuesta a un sistema de opresión que generaba injusticia. Aceptó la consecuencia que llega a quienes se embarcan en la rueda de la violencia viéndola como único camino posible. Lo que él nunca hizo ni pretendió le trajo el tormento final. En una perspectiva mucho más general habrá que decir que consintió en correr la suerte de los indefensos, de las víctimas de la historia que no pueden aportar ningún valor que haga su vida merecedora de la mínima atención por parte de los titiriteros que vienen manejando el mundo desde hace milenios, pues estos siempre han encontrado seres prescindibles. Jesús murió como uno de ellos. La reflexión creyente insiste en que Jesús sufrió sin culpa; era el inocente absoluto que sucumbió bajo el peso de la culpa. Su muerte fue la de quien muere aplastado por la estructura. Tomó el pecado sin pecar, es decir, no secundó la acción, sino que asumió el resultado. Se hizo víctima y mostró cuál era la verdad de este mundo viviendo radicalmente la actitud del salmista.

Por eso el autor de la carta a los hebreos recuerda que quien cruzó los cielos también aprendió sufriendo a obedecer. El Hijo hecho hombre experimentó todos los detalles de la vida humana y, posiblemente, se le ocurrieran modos de cambiar las cosas, pero la intención del Padre, respetuoso de la libertad de sus creaturas, siempre fue que el ser humano fuese capaz de transfigurar el mundo con medios humanos. El Hijo, pues, aprendió a hacerlo todo al modo humano. Ese modo verdaderamente humano que es el que deja ver la imagen divina que lo habita haciendo así real la semejanza. Es esa manera callada que Dios tiene de hacer las cosas y que se diferencia de la espectacularidad tan del gusto de algunos. En el final de una vida dedicada a acoger a los demás, Jesús, como tantas víctimas, solo pudo encontrar consuelo en los brazos de Dios que se reveló como Madre amorosa que recogió su carnalidad tal como el Padre acogía su persona divina. No se pierde nada. El Jesús de Juan muere diciendo serenamente: “todo está cumplido”; lo he hecho todo como un ser humano cabal: acogí a todos, desoí todos los temores, confié en ti  y nunca perdí la esperanza. Es tu turno.

 

Fabio Caffari, Pietá (2024)

 


 

jueves, 2 de abril de 2026

HAY QUE PASAR. Jueves Santo

02/04/2026 – Jueves Santo

Hay que pasar

Éx 12,1-8. 11-14

Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18

1 Cor 11, 23-26

Jn 13, 1-15

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Dios pasa y nos lleva con él. Por eso hay que cenar a toda prisa, de pie, calzados y dispuestos para la marcha. Tras el paso de Dios no queda nada que conservar; la comida debe acabarse y los panes se comen sin fermentar pues incluso la levadura debe ser, a partir de mañana, nueva. El paso de Dios no deja indiferente a nadie: devoramos la amargura y partimos sin esperar ni condolernos de la pérdida de quienes no creyeron en la señal de la sangre. Nuestras escrituras albergan pasajes terribles. La victoria de unos conlleva la derrota de otros. El salmista se centra en el bien que recibe del Señor y se compromete a vivir su vida de forma agradecida, testimoniando en medio del pueblo los favores recibidos. Dios también ha pasado por su vida y lo ha transformado todo. No todos aceptan este paso y quedan anclados en su sitio; ya no hay futuro para ellos, de ahí la tremenda imagen de los primogénitos abatidos. No hay fruto posible al margen del seguimiento de Dios. Todo lo que venga será más de lo mismo.

Jesús comprendió perfectamente la necesidad de abrirse al plan de Dios. Pese a estar sólidamente cimentado en él, toda su vida estuvo marcada por la provisionalidad y se movió en una constante itinerancia según el Espíritu de Dios le inspirase. Vivió permanentemente abierto al futuro y comprendió que ya no quedaban más víctimas que ofrecer que uno mismo. Pasó desde la vida descrita en las antiguas tradiciones hacia un nuevo modo de vivir en el que todo quedaba transformado. Para empezar, le dio un vuelco al orden social: los señores tenían que ser siervos y no sentarse a esperar reverencias y privilegios. Ya no es que aquí nadie se siente. Jesús afina más: solo pueden sentarse los cansados y abatidos, los que han estado viviendo en los márgenes; todos esos preferidos de Dios tienen que sentarse para que los privilegiados puedan lavarles los pies. Es la revolución de la toalla. Después, en igualdad, vendrá la comida para todos; la vida compartida. Esta transformación la inicia Jesús, pero cuenta con que tú y yo y muchos otros nos unamos al proyecto. En otros tiempos solo unos pocos privilegiados, elegidos y separados, celebraban hoy su día. Lo siento, pero creo que ya va siendo hora de extender esta conmemoración a todos los que se deciden a continuar esta revolución, sea cual sea su estado, su género o cualquier otra condición. Somos pueblo sacerdotal y todas y todos conectamos a Dios y a los seres humanos. Jesús nos encargó hacer lo mismo que él y prometió que en esta empresa no nos dejaría solos y aseguró que se quedaba siempre entre nosotros; no solo para ayudarnos, que también, sino porque nos quiere, porque va a dar su vida por sus amigos, pero no para dejarlos luego solos, sino para quedarse siempre entre nosotros y permanecer siempre disponible. Así de sencillo. Así es él. Y nuestras vidas, en la medida en que se vayan abriendo a los demás y vayamos lavándonos los pies unos a otros, podrán ser acción de gracias vividas en fraternidad. 

Se quedará entre nosotros, si nosotros queremos. Pablo insiste en que, por voluntad del propio Jesús, hemos de hacer como él. “Haced esto”, dijo, con el vino y con el pan. Pero no será solo bendecirlo, sino compartirlo, es decir, poner en la vida la misma intención que él puso. Celebrar no es solo repetir lo que ya se hizo; es hacer lo mismo. Es poner nuestro cuerpo en juego, nuestra vida, aquello que podemos perder y, como Jesús, no valorarlo más que el bien de los demás. Es ponerle sangre, alegría, empeño y vitalidad a la nueva alianza que actualiza y revive la antigua. Beber y comer en memoria suya no es solo un recuerdo; es compartir nuestra vida como él hizo. Es un brindis en el que Jesús se hace presente en nuestro obrar y con nuestras acciones proclamamos su paso, su morir a sí mismo para acoger a todos, hasta que vuelva, hasta que todos podamos reunirnos con él. De lo contrario estaremos intentando hacer conjuros con el poder de un mago acreditado, pero sin la intención sincera de entregarse no habrá presencia que se haga real.

 

La revolución de la toalla y el lebrillo

 

 




sábado, 28 de marzo de 2026

COMO EL PEDERNAL. Domingo de Ramos

29/03/2026 – Domingo de Ramos

Como el pedernal

Is 50, 4-7

Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

Flp 2, 6-11

Mt 26, 14 – 27, 66

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Frente al intento de uno de los suyos (aquí anónimo; Pedro según Juan) de defenderse con la espada, Jesús manifiesta su convicción de que, de acudir a su Padre, él mandaría doce legiones de ángeles para defenderle, pero entonces quedaría la Escritura por cumplirse. El evangelio está sazonado de citas de la tradición profética y la pasión no es una excepción. Todo ocurre para que se cumpla la Escritura. Dios, inspirador de esas páginas, habría diseñado ya todo lo que estaba por venir y Jesús era, por descontado, perfecto conocedor de todo ello. Ocurre, más bien, que la inspiración celestial no elimina el discernimiento humano en la redacción y la pedagogía divina no impone aquello que pueda confundir la comprensión de la época. En una edad bárbara como aquella los vencidos eran tratados con muy poca contemplación. La existencia de un mesías sufriente era el anuncio de que Dios realizaba las cosas de un modo distinto al que la era imponía. Fue por esto por lo que Dios aceptó que esa figura apareciese, como semilla, entre las páginas que anunciaban su compromiso con la humanidad. Mas lo que resultó iluminador para unos pocos fue paradoja incomprensible para muchos otros; todavía lo es hoy. Así lo muestra la burla de las autoridades: que baje de la cruz si de verdad es Hijo de Dios; resultaba incomprensible que Dios se achicase hasta ese extremo. Era un criterio de verdad indiscutible que tanto el dios como el héroe salían victoriosos de cualquier refriega. Así, pues, este trance era criterio de autenticidad: ellos estaban en lo cierto y el ajusticiado era un impostor. Ni a los bandidos que compartían patíbulo con él se les escapó esta evidencia.   

Sin embargo, Pablo recoge un himno litúrgico en el que se expresa la convicción pascual de que Cristo se había rebajado hasta el último estadio posible; hasta la muerte, que es la negación misma de Dios y no una muerte cualquiera, sino hasta aquella que convertía al hombre en un maldito y eliminaba cualquier rastro de dignidad mediante un sufrimiento atroz. La contrapartida de este movimiento es que Dios mismo le habría elevado definitivamente sobre todo lo demás. Solo desde una radical confianza en el Padre pudo Jesús aceptar que la Escritura, que expresaba lo que Dios no hubiese querido, pero fungía como comprensible para el momento, se cumpliese en él. Es decir, en un primer movimiento, Dios aceptó que se consignase lo que solo él podía aceptar cumplir y, en otro segundo, Jesús accedió humanamente a consumar esa promesa. He aquí la radicalidad, el arraigo y firmeza de su confianza. Se rompía así la cadena de violencia que perpetuaba un orden injusto, y aunque es verdad que el protagonista no consigue salvar su integridad en la acción esa es, precisamente, la constatación de que en verdad era eso lo que el instante necesitaba. Lo contrario, la intervención del ejército angélico o cualquier otra intromisión ex machina, habría supuesto el abandono de todos los inmolados en los altares de la codicia. Dios se hizo humano seriamente; es decir, quien podría haberse defendido sin problema alguno aceptó voluntariamente la suerte de las víctimas sufrientes incapaces de preservar su vida frente al egoísmo y la crueldad que éste producía. Solo él pudo y puede acompañarlas y sostenerlas y hacer ver que su camino, desde siempre, es otro.

Este es, no obstante, un proceder lento pues no busca simplemente derrotar al malvado sino promover el triunfo conjunto del bien. Es el bien común el que está en juego. El salmista expresa no solo la confianza del justo, sino que canta también la constatación de su sufrimiento, pero este justo, en su cabal honradez, no achanta su determinación ante la contrariedad sino que, de la mano de Isaías, endurece su rostro como pedernal y sigue adelante. En un mundo como el nuestro, tan dado a ofenderse por todo y tan rico en sensibilidades extremas, suena ajena esta invitación a la dureza. El bien común no se enraíza en los ramos, sino en una ternura profunda que, como el pedernal, construye herramientas y prende hogueras. 

 

Domingo de Ramos. Como el pedernal.

 

 


 

 Con un recuerdo especial para "Chan" y un abrazo inmenso para Aurora.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

PRIMAVERA. Domingo V Cuaresma

22/03/2026 – Domingo V Cuaresma

Primavera

Ez 37, 12-14

Sal 129, 1-8

Rm 8, 8-11

Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

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Ezequiel nos trajo una promesa inaudita: “Os haré salir de vuestros sepulcros”. En realidad, el profeta nos habla de una auténtica recreación. Dios va a insuflarnos su propio espíritu y a colocarnos en nuestra tierra. Es la misma escena que el redactor yahvista utilizó para describir la creación, aunque la palabra espíritu no sea exactamente la misma en ambas ocasiones, sino solo sinónima. Si él nos creó podrá concedernos la inmortalidad. Esta es la cuestión clave. El salmista hace explícito que esa confianza en la vida definitiva puede extenderse ya a esta vida que conocemos. Quien nos hizo infinitos vela también por nosotros en este mundo; de ahí la confianza que el salmo expresa. Dios puede transformar nuestra vida y sacarnos de cualquier fosa; puede liberarnos de la culpa que nos atenaza en nuestra hondura. El pecado, como la muerte, no tiene la última palabra. La vida rebrotará.

Jesús era conocedor de la promesa divina y de la realidad que implicaba. Su vida fue una continua actualización de ambas. Para él, la enfermedad de Lázaro forma parte del plan de Dios y quiere darle a su revivificación un valor de encuentro; quiere que aquella promesa de Ezequiel pueda palparse por todos los que estuviesen allí y espera también ser reconocido al obrar el prodigio. Solo Dios puede dar la vida. Es posible que quien curó al ciego hubiese podido sanar a Lázaro, pero la muerte seguía siendo una quiebra insalvable y Lázaro estaba definitivamente muerto: cuatro días ya. Jesús, en primer lugar y como en el episodio de la samaritana y en el del ciego, lo basa todo en la fe: creer en él lo cambia todo; en segundo lugar, no deja de pedir la intervención divina y, por último, implica a los asistentes en el proceso: “desatadlo y dejadlo andar”. En esta cuaresma nuestra confianza en Jesús nos llevará a pedirle al Padre la sanación y el consuelo no solo para nuestras honduras, sino para las de otras y otros muchos, pero también se espera nuestra implicación porque todos esos y esas son rescatados de la fosa para continuar el camino con nosotros. Confiar nos lleva a pedir y pedir requiere que tomemos partido y que no consintamos que ni el pasado ni sus culpas inmovilicen a nadie. Ni a nosotros ni a los demás. Así es como se producen los milagros.

Pablo, siguiendo a Ezequiel, tiene claro que es el Espíritu divino, el que resucitó a Cristo de entre los muertos, el que dinamiza y sostiene al ser humano. Este Espíritu lo revitaliza todo. Incluso el cuerpo que, por la influencia griega, era ninguneado y relegado a la perdición. El cuerpo, creación de Dios, no solo es bueno, sino que es el camino que tenemos para relacionarnos entre nosotros, incluso con Dios, pero es verdad que si vivimos encerrados y atentos solo a nosotros mismos, se vuelve un obstáculo. Esa es la hondura que Dios quisiera sanar en nosotros. Pablo nos dice que podemos, si queremos, albergar el Espíritu mismo de Cristo, su propio ánimo, su impulso vital. Espíritu de Dios, Espíritu de Cristo, espíritu humano… no es que sean lo mismo, pero no son distintos. Todo espíritu es aliento, proyección hacia fuera. El Espíritu divino es la permanente proyección de sí. Cristo sale de sí como hombre y como Dios; nosotros como humanos, como quienes van intuyendo en su hondón lo que Jesús vivió y actualizó en sus días y será culminado en la recapitulación final del punto omega. La recreación hará posible la culminación no como milagro externo sino como fruto primaveral de la confianza y salida personales.  

 

Resurrección de Lázaro. Capitel del Monasterio de San Juan de la Peña (Huesca)

 


 

sábado, 14 de marzo de 2026

¡QUÉ BUENO SER PEQUEÑO! Domingo IV Cuaresma "Laetere"

15/03/2026 – Domingo IV Cuaresma “Laetere”

¡Qué bueno ser pequeño!

1 Sm 16, 1b. 6-7. 10-13ª

Sal 22, 1-6

Ef 5, 8-14

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

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El criterio de Dios no es el del mundo. El criterio del mundo no es el de Dios. Con la primera frase subrayamos la originalidad de Dios que se aparta de la norma habitual; dejamos así claro que siempre nos resulta sorprendente e incluso, en ocasiones, desconcertante. Esto es así, precisamente, por la vigencia de la segunda frase; es el mundo el que se aparta del modelo que Dios propone. La marcha usual de nuestros asuntos puede llevarnos lejos de aquello que Dios esperaba. Pero él no se cansa e insiste una y otra vez. Una constante que nos deja clara por activa y por pasiva es su preferencia por los pequeños. No solo en un sentido alegórico, sino en la estricta literalidad. En consonancia con esta predilección siempre son los hijos menores los privilegiados sobre sus hermanos mayores. Así ocurrió, por ejemplo, con Jacob y Esaú o Efraín y Manasés y también con David y sus hermanos que, tal como nos muestra hoy Samuel, es, contra todo pronóstico, elegido por Dios mismo para reinar. El mensaje es evidente: Dios nunca elige tal como el mundo lo hace. El salmista, por su parte, describe la confianza del ungido en el Señor y es que una cosa es el don el Señor y otra la aceptación de ese don. Acoger la promesa implica dejarse transformar por ella y mudar así la porción de mundo que nos rodea.

Jesús no dejó de poner su mundo patas arriba. Juan nos trae hoy un ejemplo literatulizado pues no es, seguramente, un caso real. Presenta un hecho inusitado: cura a un ciego de nacimiento, lo cual comienza ya desmontando la relación entre pecado y enfermedad tan propia del judaísmo antiguo. Lo hace trabajando la tierra, modelándola con saliva, es decir, añadiéndole algo de sí mismo. Dios moldeó al ser humano en el principio y ahora Jesús repite la acción y manda al ciego a lavarse a la piscina llamada “enviado”. Ya hemos dicho que había que aceptar el don; hay que dejarse embadurnar los ojos con barro y obedecer cuando te dicen “ve y lávate” y después aguantar el tipo porque, por extraño que parezca, hay quien no se alegra del bien ajeno cuando éste no viene envasado en la forma correcta. Contra todo regocijo anteponen el hecho de que el ciego había sido sanado por quien no podía hacerlo y, además, en un día en que no se podía trabajar. Es tan inaceptable como evidente es que quien se salte la ley no puede venir de Dios. Estalla así la controversia pues otros dicen si no es Dios ¿cómo puede sanar?

El autor de Efesios nos aclara que la bondad, la justicia y la verdad son fruto de la luz. Más apreciable que esa literalidad legalista es la luz porque ella nos reorienta hacia la verdad, corrigiendo apreciaciones y adherencias que desvirtuaron la Ley verdadera; hace realidad la justicia que devuelve la voz al ciego y le permite dejar de vivir de la limosna y proporciona a todos la oportunidad de reconocer la bondad de Dios y practicarla en la propia vida. Otros preferirán expulsar al ciego de la sinagoga. Pero Dios volverá a preferir a los pequeños y le buscará para hacerle saber que, pese a lo que pueda parecer, está con él. Por eso el ciego le adora, porque le reconoce presente en su situación. Para nuestra cuaresma, la alegría (“laetere”) no procede del alivio de los rigores penitenciales, sino del reconocimiento de esta presencia en nuestra vida y en la verdad que nos ha traído a donde estamos. Queremos cambiar el mundo porque hemos visto que la alternativa ha sido buena para nosotros.    

 

¡Qué bueno ser pequeño!

 

 


viernes, 6 de marzo de 2026

VERTERSE. Domingo III Cuaresma

08/03/2025 – Domingo III Cuaresma

Verterse

Éx 17, 3-7

Sal 94, 1-2. 6-9

Rom 5, 1-2. 5-8

Jn 4, 5-42 [4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42]

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Todas las culturas son conocedoras de que el agua trae consigo aparejada la vida. No hay discusión posible. Es así. En los años que Israel vivió en el desierto esta experiencia se le hizo particularmente acuciante. Fue el tiempo de la tentación (Masá) y la querella (Meribá). El reproche a Dios iba unido a la exigencia de su intervención. Tampoco es de extrañar; en su desesperada situación pocos se librarían (nos libraríamos) de pedirle cuentas. Dios, fiel a su palabra, no abandonó al pueblo. Pareciera que el salmista quisiera enmendar las cosas y trae el recuerdo de aquel episodio presentándolo como lo que no puede repetirse. En su lugar, es la confianza la que debe ser potenciada. Esos simbólicos 40 años sirvieron de inspiración a los días de Jesús en el desierto y, a la postre, a nuestra cuaresma. Estamos viviendo una experiencia de amor en la que la realidad puede volverse muchas veces contra nosotros. En esos momentos es la confianza la única que puede mantener la esperanza. Dios nos introduce en el desierto como escenario de liberación y en él cuida de nosotros, aunque se haga difícil sentirlo cercano en algunas ocasiones. En ese escenario Dios siempre nos da el agua; la vida.

Juan retoma el pozo como escenario de amores juveniles. Jacob y Moisés conocieron a sus respectivas mujeres bajo el broquel de sendos pozos, incluso Rebeca nos es presentada en el mismo escenario. El pozo es siempre lugar de encuentro; es donde la interioridad se vierte hacia el otro y junto a él Jesús se encuentra con la samaritana, pero no fue una reunión histórica. La mujer, anónima, es una personificación de Samaría; el pozo de Jacob fue un lugar desconocido en toda la tradición bíblica hasta que fue “localizado” en siglos posteriores. Jesús se presenta como el agua definitiva que apaga toda sed, pero el requisito será abandonar la particularidad. Ni Jerusalén ni Garizim sirven ya. Estos eran los dos templos en los que los judíos habían rendido culto a Dios. Aquel, ortodoxo; éste, herético. O viceversa, claro, según quien los valorase. Así somos, solo apreciamos lo nuestro. Pero muchas veces eso nuestro está salpicado por nuestras propias incongruencias, nuestros 5 maridos. “Marido” dice el texto evangélico, pero el hebreo hubiese dicho baales, que lo mismo quería decir marido, que dueño o amo, o dios pagano. No estamos libres de que alguien o algo nos domine. Los samaritanos habían visto su tierra ocupada por 5 reyes extranjeros, pero, además, vivían bajo los 5 libros de la Ley, pues no aceptaban la tradición profética ni la sapiencial. Una ley así, sin la corrección del amor profético ni el sabor de la vida cotidiana se vuelve un yugo insoportable. Jesús se coloca en lugar de la Ley; recoge la enseñanza, la atempera con el amor y la colorea con la paleta de la mujer y el hombre corrientes; presenta a Dios como espíritu, es decir, ajeno a la materialidad que puede esclavizarnos. Dios nos quiere libres en espíritu y verdad.

Pero no espera que seamos perfectos; de hecho, aunque aún tengamos cosillas que mejorar, se encarnó y dio su vida por todos. Por Jesús el Cristo estamos ya en paz con Dios, porque su decisión primera fue amarnos y la mantiene desde siempre, en el desierto, en Samaría o aquí mismo, donde lees esto. El derramarse de Dios es donación de su Espíritu y con él nos llega también su misma opción de amar. Podemos conocernos en autenticidad hasta el fondo de nosotros mismos y desde ahí empapar a otros. Podemos verternos como Dios se vertió en Jesús y como él se vertió sobre todos. 

 

Verterse