26/04/2026 - Domingo IV Pascua
Conversión
Hch 2, 14a. 36-41
Sal 22, 1-5
1 Pe 2, 20-25
Jn 10, 1-10
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Podemos decir que la conversión es el tema de hoy. Viene anunciada en el episodio de Hechos y en el texto de la primera carta atribuida a Pedro. En el primero está ligada al bautismo y se presenta como medio necesario para obtener dos grandes dones: el perdón y el Espíritu Santo. Esta relación está fundamentada en la valencia universal de la promesa. En el segundo se muestra la capacidad de aguantar y afrontar la adversidad como una gracia divina que, finalmente, resulta no ser ajena a la conversión.
La etimología de la palabra nos habla de la acción que es fruto de un giro completo; es una transformación absoluta. La motivación de este giro es la experiencia de Jesús. No la suya, propiamente hablando, sino la de quienes le conocieron y vivieron su sufrimiento como un acontecimiento inexplicable que solo cobraba sentido a la luz de las antiguas profecías del siervo sufriente, que fue identificado con Jesús, el inocente que sufrió por todos los demás. Esta es la única explicación que pudo hallarse a su atroz muerte y la resurrección aparece entonces como la respuesta de Dios al salvajismo del ser humano.
En términos absolutos podemos decir que Dios no deja
caer en el olvido ningún sufrimiento; del mismo modo que intervino en el “caso
Jesús” interviene e intervendrá siempre en todos los sufrimientos. Nunca nos
deja solos. Esta certeza es la que alumbra la reflexión y la alabanza del
salmista.
La conversión es así el adelanto de la Pascua definitiva. Es el paso de una realidad a otra que se realiza conscientemente al aceptar la invitación personal de Jesús para compartir su vida. Porque la existencia cristiana es adhesión, pero es, sobre todo, respuesta.
La muerte, que es el momento en el que ese tránsito se realiza de forma decisiva e inapelable, se ve anticipada en lo que tiene de renuncia a la permanencia y la auto-conservación. Es la apertura a una realidad nueva que se inicia a vivir ya en esta cuando somos capaces de renunciar a nuestras ideas preconcebidas, a nuestras comodidades y a nuestras seguridades.
La carta de Pedro parece fundamentar la idea que surgiría con el
tiempo que promovía la aceptación del sufrimiento como modo de corresponder al
amor con el que Jesús dio su vida por nosotros. Si él hizo lo que hizo ¿cómo no
vamos nosotros a retribuírselo agradecidamente? A fin de cuentas, lo que cuenta
es la vida futura; la que encontraremos tras cruzar el umbral. Una mala
comprensión de Dios llevó a imaginarlo impaciente por cobrarse una antigua
deuda. Jesús, que vino para liquidar la cuenta, habría, según la misma
malinterpretación, inaugurado la espera de que cada uno escote su parte para
que nadie se vaya de rositas: “Lo que en la vida te toque, súfrelo como yo
sufrí por ti”
Jesús, sin embargo, no planteó ninguna exigencia sino que se ofreció a sí mismo en coherencia con lo que toda su vida había vivido y compartido sin que ningún miedo lo detuviese. La cuestión no será pues sufrir para resarcir; no hay que sufrir porque él sufrió ni como él sufrió, sino aceptar el sufrimiento que nos pueda llegar por vivir como él.
Jesús entra en nuestra vida cuando el guardián le franquea la entrada; cuando nuestra conciencia le reconoce como amigo que se acerca para sanar, no como acreedor que espera recobrar lo invertido.
Él mismo se hizo portal para todos. Es la
puerta por la que podemos pasar para pastar más allá de este mundo conocido. Ese
alimento nos mantendrá firmes en este, pero no según las normas de esta
generación perversa, sino afianzados en la esperanza que solo Jesús puede darnos
si aceptamos sumergirnos en él; en su nombre. A partir de ese bautismo ya no
hablamos solo de conversión, sino también de sus frutos: junto al perdón, el recibido
y el otorgado, el Espíritu será la “materialización” del pastor Jesús que vino
no para recaudar compensaciones sino para que tuviéramos vida y la tuviéramos
en abundancia; para que estrenemos aquí la vida de allí y la disfrutemos con
los más posibles, sin temor alguno.
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