23/08/26 – Domingo XXI T.O.
Una llave para cada uno
Is 22, 19-23
Sal 137, 1-3. 6. 8bc
Rm 11, 33-36
Mt 16, 13-20
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Eliaquin era un funcionario de la corte a quien Dios llama “mi siervo”. Esa fidelidad le merece la gracia de pasar por delante de Sebná, el más alto funcionario, de quien podemos pensar que era un tipo competente en su trabajo porque, incluso después de caer en desgracia, fue enviado, como segundo de Eliaquin, a parlamentar con el enemigo.
Isaías nos dice que fue destituido al edificarse una tumba para sí mismo en los altos. Es decir, en los lugares de donde el rey Ezequías había retirado altares e ídolos paganos. No nos queda claro el motivo de su degradación; tal vez fue una cuestión estrictamente religiosa o, tal vez, fue por desviar fondos públicos para sufragar su mausoleo particular.
La cuestión es que en lugar de esa persona capaz, pero voluble, Dios prefiere confiar en quien no se despiste de lo esencial. A Eliaquin le dará la llave de la casa de David; abrirá y cerrará.
El canto del salmista bien podría expresar el agradecimiento de Eliaquin.
Jesús pide hoy a sus discípulos que le digan qué dice la gente de él. Algo hay que perturba su ánimo. Viene de discutir con los fariseos y de realizar curaciones y milagros multitudinarios. Está en el candelero, pero no parece que eso le agrade del todo.
Unos, le dicen los discípulos, piensan que es Juan, recién resucitado, parece ser; otros que Elías, el profeta esperado; o Jeremías o algún otro… tienen claro que tiene que ser alguien grande, pero vete tú a saber quién. ¿Y vosotros? Les pregunta a los que viven con él, a quienes se va dando a conocer en la intimidad… Y esta, ni más ni menos, era la pregunta estrella en las convivencias de mis tiempos: “¿Quién es Jesús para ti?” Y allí aparecían, entre otros: el amigo, el guía, el compañero, mi esperanza, la justicia, el amor de mi vida…
Durante años, la piedad cristiana ha hecho esta pregunta en singular y ha construido una relación privada que, en no pocos casos, dejaba fuera a todo y todos los demás. Jesús, sin embargo, la hace en plural. Es verdad que la respuesta solo puede ser personal como es la de Pedro, pero toda resolución individual está destinada a ser contemplada y colocada junto a otras, porque no somos islas aisladas, sino asamblea congregada que se edifica y camina en común.
Jesús utiliza la imagen de la piedra, que será desde entonces el nuevo nombre de Simón, el sillar robusto que sostiene a los demás. Recurre además a las llaves. Con estas se establece el paralelismo con la primera lectura. Allí era solo una, la de la casa de David; aquí son varias, sin especificar cuántas, porque el Reino tiene tantas llaves como personas. Y lo mismo que Sebná abría y cerraba, Pedro ata y desata.
El mérito de ambos es el mismo: confiar en Dios y dejarse guiar por él. Por lo demás, la elección de Dios es, como dice Pablo, inescrutable ¿Quién puede saber por qué hace lo que hace? Pero lo cierto es que el Reino se expande en la historia con esta permanente paradoja divina que es el recurso a los pequeños y su puesta en valor para que hagan creíble la alternativa que se propone a todos sin excepción.
Para cada una y cada uno guarda Pedro una llave y la labor de la comunidad es permitir que, en su peregrinar por el mundo, todos tengan acceso a ella. Será necesario, pues, salir del armario y ponerse solidariamente en camino, de dos en dos o de veinte en veinte, aunando los dones individuales para poder llegar e interpelar a todos. Hará falta también recordar que las llaves son para el Reino, no para la propia asamblea; desde nuestro lugar queremos transformarlo todo, pero el nuestro no es lugar para todos. Necesitaremos no olvidar quienes son los primeros destinatarios y qué es, por encima de lo urgente, lo importante y tendremos, finalmente, que estar dispuestos a vivir tal como el mundo repudia para ser signo verdadero y eficaz.
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| Pietro Perugino, Entrega de las llaves a San Pedro (1481-1482) |
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