30/08/2026 – Domingo XXII T.O.
Para cambiar de vida
Jer 20, 7-9
Sal 62, 2-6. 8-9
Rm 12, 1-2
Mt 16, 21-27
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En la afirmación que da comienzo a este famoso pasaje de Jeremías podemos encontrar dos sujetos: por un lado es Dios quien seduce al profeta, pero es el profeta quien se deja seducir. Dios le muestra un mundo nuevo, le promete un futuro que él jamás hubiese imaginado… ahí está la seducción y él consiente.
Nuestro Dios no es un amante violento. Seducir no es engañar ni forzar. Jeremías accedió y pese a todas las contrariedades se mantuvo siempre fiel denunciando la perfidia del pueblo que violentó la ley de Dios y profanó su Templo, y advirtiendo de la destrucción que este comportamiento acarrearía a la nación. Aunque alguna vez se dijo a sí mismo: “Hasta aquí; no voy a hablar más. Ya no soporto esta tensión”, no pudo dejar de hacerlo porque la palabra era un fuego incontenible en sus entrañas.
La respuesta del salmista nos trae hoy el consentimiento en tiempos de serenidad, antes de que la tribulación asalte la vida del profeta. Podría expresar también la aceptación de cualquiera de nosotros, pero nos vendrá bien no olvidar que después, como a Jeremías y tantos otros, nos llegará la angustia.
Jesús comparte esa misma angustia. Se sabe perseguido y no ignora que lo más probable sea un final violento. Los sinópticos nos presentan tres anuncios que el propio Jesús hace de su pasión. Hoy nos encontramos con el primero de ellos tal como lo cuenta Mateo.
Jesús ha expuesto ya lo maravilloso que está por venir: ha seducido a muchos y ahora muestra a sus más cercanos la otra cara de la moneda. Pedro, que fue elogiado el domingo anterior, se atreve a reprender a Jesús en privado, pero éste no acepta su recriminación pues eso evidencia que el apóstol se sitúa aún en la perspectiva del mundo.
Cuando en el pasado Pedro habló llevado por la inspiración divina acertó, igual que Jeremías y que el propio Jesús, pero ahora que habla por su cuenta yerra por completo. Más adelante intentará incluso defender a Jesús con las armas; no es un punto de vista fácil de dejar atrás.
Jesús entonces habla al grupo de la cruz de cada uno. La naturaleza de la cruz como patíbulo y su pésima consideración bíblica y social nos llevan a pensar que este dicho nació de la reflexión pospascual de la comunidad. Sin embargo, esto no le resta veracidad, sino que viene a decirnos que, por lo inusitado de la propuesta, hizo falta la experiencia de la Pascua para que este mensaje pudiera ser comprendido. Igual que Jeremías sentía arder la palabra en sus entrañas, las discípulas y los discípulos sentirían arder la vida en sí mismos tras la resurrección de Jesús y alcanzarían el entendimiento tras Pentecostés.
Pero aún faltaba tiempo para eso. De momento queda patente el cambio de enfoque que es necesario pues el destino del verdadero creyente, del profeta, se encuentra muy alejado de lo que este mundo identifica como éxito. Tanto es así que triunfar en estas coordenadas implica el fracaso en las divinas.
En los dos últimos versículos Mateo dice que lo que está en juego es la “psyjé” del ser humano que algunos traducen por alma y otros por vida, pero que no puede entenderse como lo opuesto al cuerpo o a la materia. Es el principio vital del ser.
Hoy Pablo nos glosa todo lo que ya hemos visto comenzando por decir que el culto verdadero es la ofrenda del propio cuerpo (“soma”). No es desprecio por lo inservible sino acentuación de lo esencial. Precisamente porque lo fundante se vive en plenitud se puede ofrecer lo que otros consideran absoluto.
Por otro lado, esta oblación no implica la aniquilación instantánea, sino que es, como la de Jesús y la de Jeremías una donación cotidiana, desde el enamoramiento inicial hasta la asunción plena de la vida como servicio a la construcción del bien común.
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| Ilya Repin, Apártate de mí, Satanás (1895) |

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