15/02/2025 – Domingo VI T.O.
En camino
Si 15, 16-21
Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34
1 Cor 2, 6-10
Mt 5, 17-37
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Nadie podrá decir ya que no lo sabía. A partir de la lectura de este texto de Sirácida no cabrá dudar de que Dios nos lo da todo; coloca el mundo enfrente de nosotros y podemos preferir el fuego al agua o la muerte a la vida, pero no nos empuja a la impiedad ni necesitamos su permiso para pecar. Nuestra vida es responsabilidad nuestra. Somos libres y ni Dios puede obligarnos a tomar una dirección u otra. Ante esta realidad, sin embargo, el salmista habla de la voluntad y de la necesidad de que Dios nos enseñe a guardar sus preceptos; pide también firmeza para no abandonar sus caminos y reivindica la necesidad de que Dios le abra los ojos para conocer su ley y alcanzar sus maravillas. Está pidiendo ayuda para el discernimiento. Es libre, pero no lo conoce ya todo. Ha escuchado la Ley pero puede perderse en las sutilezas de los expertos. Solo el Señor es fiel; en el desierto y aquí.
Jesús habló también de la Ley (normal, en aquella sociedad tan obsesionada con el cumplimiento) pero no habló de ella para abolirla, como algunos quisieran, sino para darle plenitud. La Ley está dada para nuestro bien y somos libres de aceptarla o no, pero no podemos recortarla en beneficio nuestro. La palabra Ley (Torah) alude a “enseñanza”. No es un simple marco legislativo; es una instrucción que pretende siempre el provecho del ser humano. No puede reducirse a grandes principios de modo que con tal de no matar, pueda insultar o difamar o que se me permita fantasear si no cometo adulterio… la excelencia no está en el trazo grueso. Así, el repudio, por muy oficializado que esté, no elude el riesgo cierto del capricho machista y los juramentos, pese a su apariencia de oficialidad, carecen de apoyo sólido y real porque jurar es poner a Dios por testigo y eso solo es posible si él fuese a hacer lo mismo que tú o si tú has hecho ya lo mismo que él haría en tu lugar. Con la hipérbole propia de su cultura semítica, Jesús habla de cortarse manos y arrancarse ojos queriendo aludir a la tan interiorizada costumbre de usar nuestra libertad amparados por interpretaciones que benefician nuestra necesidad o conveniencia. Hemos de desterrar el artificio tras el que nos escondemos para no aceptar la docencia divina porque sin haber dado un paso no es posible dar el siguiente. Esto es una evaluación continua.
Pero no sin fin. Pablo nos habla hoy de los perfectos, los teleíois, los que, literalmente, están ya completados. Son los que se han renunciado a la sabiduría humana para abrirse a la divina que resulta ser misteriosa y escondida (para entendernos: paradójica) y fue predestinada antes de los siglos. No es que hayan sido ellos elegidos por delante de otros, predestinados, sino que con su libertad soberana han elegido libremente aquello que desde el principio fue destinado, puesto, ofrecido a todos. Son ellos los que, como Jesús, han elegido aceptar la instrucción del Señor en toda su profundidad; esa que se detiene en lo que beneficia o perjudica a los demás e insiste en mantener la paz y la concordia en la sociedad, en la comunidad y en el propio hogar. La Ley que beneficia a unos por encima de otros no puede ser la verdadera iniciación que Dios presenta. Todos estamos en camino hacia lo que ni el ojo vio ni el oído oyó. Mientras tanto nos vivimos en el permanente ejercicio de nuestra libertad. El error es posible desde que el arco se tensa pero no perdemos de vista que la diana está puesta en la felicidad de todos y que es el Espíritu el soplo que impulsa y mantiene la flecha.

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