24/05/2026 – Pentecostés
Formemos una coral.
Hch 2, 1-11
Sal 103, 1ab. 24ac. 29bc-31. 34
1 Cor 12, 3b-7. 12-13
Secuencia
Jn 20, 19-23
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Literalmente, pentecostés significa quincuagésimo. Es el nombre de una fiesta cristiana que se asienta sobre otra judía anterior que en el calendario hebreo se llamaba Shavuot, es decir, semanas y hacía referencia al día 50 (7 semanas) después del sábado que celebraba el recuerdo de los ácimos; los panes sin levadura comidos en la Pascua original en Egipto. En ese día se conmemoraba la entrega de las tablas de la Ley por Dios a Moisés en el Sinaí después de su peregrinar por el desierto 50 días tras su liberación. En el Israel ya asentado en Canaán ese día se celebraba la fiesta de las primicias, en la que se agradecían los primeros frutos del año obtenidos viviendo ya bajo la Ley de Dios. Era, pues, una fiesta agrícola en la que estaban presentes tanto el trabajo humano como la intervención divina. La Ley es un don divino, pero es también fruto del esfuerzo del ser humano que se libera de lo que le impide acogerla.
Es en realidad trabajo de todos. Todos permanecían juntos dice Lucas. Juan precisa que eran los discípulos y que estaban dominados por el miedo. La cuestión es que se mantenían unidos y que en esa unidad Jesús se hace presente y sana cualquier temor; vuelve a ser la roca sobre la que todos se asientan, pero ahora ya no hay miedo ni respeto humano que los contenga; lo que hay es Paz. El Espíritu está en ellos; el amor divino les anima y así adquieren la audacia de los enamorados que se atreven a soñar un mundo nuevo, pero a diferencia de estos ya no se lo proponen solo a la persona adecuada, sino que abren la propuesta a todos los que quieren escucharlos. Y saben hacerlo en el lenguaje apropiado para ser entendidos sin complicación ninguna.
Todos juntos anunciamos y todos juntos perdonamos. Es una forma nueva de vivir. Es cierto que, como dice Pablo, existen los carismas y los ministerios, pero anunciar y perdonar compete a todos, pues son consecuencia directa de la acogida del Espíritu; son la primicia de su presencia en nosotros. Si no perdonamos, si no anunciamos ¿Qué estamos haciendo? Tanto confía Dios en nosotros que expresamente hace de nuestro perdón el suyo propio. Somos maestros de obra.
Evangelizamos haciendo real la amorosa paternidad del Espíritu sobre los pobres, sus preferidos de siempre, en cualquiera de sus pobrezas, siempre reales y opresoras, y construyendo una realidad pacífica en la que el perdón es real pero exigente, pues es llamada al bien común en la que cada uno debe aceptar su responsabilidad y reconstruirse, a partir de ese reconocimiento, con la mirada puesta en la reconstrucción definitiva de cada miembro del cuerpo místico. Es el mismo Espíritu el que nos anima a todos y en cada uno nos reencontramos con nosotros mismos. Esta es la nueva y definitiva Ley que hemos recibido.
El salmista reconoce la obra de Dios en el mundo y nosotros, dejándonos llevar por el Espíritu, colaboramos en esa obra y hacemos de ella nuestra propia canción. Reconocemos en Jesús nuestro propio pan ácimo que no se dejó engrosar por la levadura del mundo y que se ofreció como alimento a todos; que comparte con nosotros la misma fuerza vital que a él le hizo rechazar el leudo de lo cotidiano, de lo razonable y de lo práctico poniendo su confianza en el Padre y que 50 días después de su propia Pascua nos pide a nosotros hacer lo mismo. Recibimos al amor mismo en acción que nos con-mueve para ponernos manos a la obra. En nuestras manos está entonar embobados un canto solitario ponderando lo bien que nos sentimos al acogerlo o salir en busca de quien quiera formar con nosotros una coral que manifieste su grandeza en nuestra debilidad.
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| Formemos una coral. Pentecostés. Icono ortodoxo |







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