14/06/2026 – Domingo XI O.
Escogidos y enviados
Éx 19, 2-6a
Sal 99, 2. 3. 5
Rom 5, 6-11
Mt 9, 36 – 10,8
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Podemos leer hoy la Biblia porque mujeres y hombres concretos percibieron la presencia de Dios en sus vidas y terminaron poniendo esa experiencia por escrito.
Aquel pueblo antiguo al que hoy reconocemos como hermano mayor, vivió en sus carnes la intervención de Dios en favor suyo y resaltó la iniciativa divina: nos ha llevado sobre alas de águila hasta él mismo; hasta ese lugar nuevo donde todo va a ser diferente.
Aquel pueblo de esclavos podía, si así lo aceptaba, convertirse en “propiedad” de Dios. Cualquier padre o madre que realmente lo sea, comprenderá que no se habla aquí de mera posesión, sino de responsabilidad. Dios cuida y sostiene; se apartó para sí a aquel pueblo, pero no con afán de exclusividad, sino con intención de hacerle sacerdote para otras naciones. Es decir, de forma tal que pudiese ser puente entre él y todos los pueblos.
Dios no busca esclavos ni favoritos; quiere encontrar nexos de unión con la humanidad ¿Quién mejor que otros humanos para ello? El testimonio y la historia de Israel serán, para todos los linajes, señal de su preocupación y dedicación.
El salmista expresa este concepto universal e invita a toda la tierra a aclamar y servir al autor de la vida que es bueno y cuya misericordia y fidelidad son eternas.
Igual que Dios se compadeció de Israel, Jesús se conmovió ante sus gentes reales; sobre todo frente a las más extenuadas y abandonadas. El pueblo estaba pasando por un mal momento. Se encontraba aún muy lejos de ser el embajador universal que Dios deseaba; la vida pesa, las circunstancias no se lo ponen sencillo a nadie y muchas veces la flecha marra el blanco.
Por eso Jesús habla de las ovejas descarriadas. Los perdidos experimentan la misericordia mejor que nadie y su restauración será signo para todos; incluidos ellos mismos. Están todavía en proceso de aceptación. El Señor se preocupa de su mies y delega en doce enviados que pongan en claro que Dios no les ha olvidado, que sigue empeñado en rescatar a los desheredados por causa de la impureza que los “píos” proclaman; él nunca quiso seres perfectos.
Por eso envía colaboradores concretos, de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. Cuanto más vayamos sabiendo de ellos más claramente veremos que también ellos están en proceso, como todos. Se les pide dar gratis lo que gratis han recibido; que confíen como en ellos han confiado; que sanen y pongan en pie como ellos mismos han sido sanados y elevados sobre sus miserias.
Los procesos se construyen diariamente y la aceptación que Jesús pide se renueva a cada paso. Todos estamos en construcción. Fue durante ese camino cuando Jesús dio su vida por ellos y por nosotros. No esperó a que fueran perfectos; tampoco aguardó a que lo fuéramos nosotros. Esa es, según Pablo, su mayor prueba de amor y es también garantía de salvación.
Solo por su misericordia jugamos ya en otra liga y, gracias a su fuerza, estamos en condiciones de acercarnos a los demás y olvidar sus fallos tal como los nuestros han sido también preteridos.
Salvación no es solo asegurarse un pasaje para otras latitudes trascendentes; es lógico, humano, justo y, por tanto, divino aspirar a una transformación que pueda materializarse ya aquí y esa realidad saludable, en cuanto es real, no depende del confort proporcionado por la materialidad de las condiciones de vida de cada uno.
Su entidad propia reside en la capacidad de encontrar sentido a lo que se vive; en vivir la vida al estilo de Jesús que dio la suya apostando por los extraviados, para que ellos mismos se amen como son y puedan manifestar su experiencia ante samaritanos y gentiles. Así, la gloria de Dios se traduce en gustar la potencia humanizadora de su amor en nuestras carnes y en las de los demás.

Grigory Myasoyedov, Tiempo de cosecha (1887)
Con un recuerdo especial para Raúl
y un abrazo en la esperanza para toda esa hermosa familia.




