04/04/2026 – Sábado Santo
Como las semillas
Terminábamos ayer diciendo que Jesús se durmió esperando que Dios Padre moviese ficha. Después de la conmoción que supuso su muerte todo ha vuelto a esa calma chicha en la que nada ocurre. Nada salvo los propios miedos, la decepción, reprocharse la propia credulidad... los discípulos y discípulas vivieron una enorme frustración. Lo que creyeron posible se había difuminado y, lejos de la tradicional imagen que los ve reunidos en el cenáculo, la crítica los presenta dispersos en dos grupos: ellos, la mayoría huidos, se ocultaban en Galilea mientras ellas, con el alma en un puño, dejaban pasar los días en la ciudad sin poder creer aún lo ocurrido. En este ambiente la vida va retornando a lo que fue antes, pero peor porque todas las expectativas se han petrificado. Solo queda un inmenso vacío. Con el paso del tiempo, la Iglesia quiso que fuéramos conscientes de este vacío y dejó el día de hoy sin liturgia alguna, excepto el rezo de las horas. Del oficio de lecturas tomamos estos pasajes.
El profeta Jeremías (20, 7-18) que puedes leer aquí, nos trae la memoria de un hombre seducido por Dios que se deja llevar por él para terminar despreciado y perseguido por todos. Pasa de ser un hombre conquistado a maldecir el día de su nacimiento. Visto así es un relato desgarrador, como desgarradora es la vida muchas veces, pero los tres versículos centrales del pasaje expresan su convicción de que Dios le acompaña, que le defenderá de sus perseguidores y será finalmente vengado en ellos. Por ello pide a todos que le alaben. En medio de su infortunio, mantiene la confianza. En el centro de su ser, pese a tenerlo todo en contra, reconoce a Dios en su interior acompañándole y sosteniéndole.
En la tradicional antigua homilía patrística, que puedes leer aquí, ya no hay venganza. Es Jesús quien, mientras parece dormido, desciende al infierno para rescatar a Adán. Jesús recupera para Dios a toda la humanidad, incluso a la que nació antes que él. Nadie le es ajeno y ahora que abarca a todos los que han sido, podemos entender que también el futuro está a su alcance; aunque, desde nuestra posición, su actual condición de difunto no parezca garantizarlo. Es, en cualquier caso, un difunto activo, una semilla viva que va actuando en lo escondido de la tierra. También en la tuya y en la mía.
Es el Reino de Dios que crece en lo escondido, sin saber cómo y nos llama para que también nosotros seamos semilla. En medio de nuestros desvelos y complicaciones sigue estando Dios, hecho ser humano universal que nos enlaza con los humanos de todas las épocas y, especialmente, con los de la nuestra, con los más próximos. Somos como esa red que conecta a las plantas atravesando el subsuelo. O, mejor, esa red es reflejo del acto creador. Pese a que lo visible de la vida sea terrible nunca estamos solos. Que esta realidad pueda ser sanadora o no, no depende solo de nosotros, pero siempre tendremos algo que decir. Nos movemos en el “todavía no”, pero estamos llamados a vivir atentos a los demás, todos pendientes de todos. Hay que seguir caminando, aunque no tengamos muy claro qué pueda pasar.
![]() |
| Joakim Skovgaard, Cristo en el reino de los muertos (1891) |

.jpg)


.jpg)
