sábado, 14 de marzo de 2026

¡QUÉ BUENO SER PEQUEÑO! Domingo IV Cuaresma "Laetere"

15/03/2026 – Domingo IV Cuaresma “Laetere”

¡Qué bueno ser pequeño!

1 Sm 16, 1b. 6-7. 10-13ª

Sal 22, 1-6

Ef 5, 8-14

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

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El criterio de Dios no es el del mundo. El criterio del mundo no es el de Dios. Con la primera frase subrayamos la originalidad de Dios que se aparta de la norma habitual; dejamos así claro que siempre nos resulta sorprendente e incluso, en ocasiones, desconcertante. Esto es así, precisamente, por la vigencia de la segunda frase; es el mundo el que se aparta del modelo que Dios propone. La marcha usual de nuestros asuntos puede llevarnos lejos de aquello que Dios esperaba. Pero él no se cansa e insiste una y otra vez. Una constante que nos deja clara por activa y por pasiva es su preferencia por los pequeños. No solo en un sentido alegórico, sino en la estricta literalidad. En consonancia con esta predilección siempre son los hijos menores los privilegiados sobre sus hermanos mayores. Así ocurrió, por ejemplo, con Jacob y Esaú o Efraín y Manasés y también con David y sus hermanos que, tal como nos muestra hoy Samuel, es, contra todo pronóstico, elegido por Dios mismo para reinar. El mensaje es evidente: Dios nunca elige tal como el mundo lo hace. El salmista, por su parte, describe la confianza del ungido en el Señor y es que una cosa es el don el Señor y otra la aceptación de ese don. Acoger la promesa implica dejarse transformar por ella y mudar así la porción de mundo que nos rodea.

Jesús no dejó de poner su mundo patas arriba. Juan nos trae hoy un ejemplo literatulizado pues no es, seguramente, un caso real. Presenta un hecho inusitado: cura a un ciego de nacimiento, lo cual comienza ya desmontando la relación entre pecado y enfermedad tan propia del judaísmo antiguo. Lo hace trabajando la tierra, modelándola con saliva, es decir, añadiéndole algo de sí mismo. Dios moldeó al ser humano en el principio y ahora Jesús repite la acción y manda al ciego a lavarse a la piscina llamada “enviado”. Ya hemos dicho que había que aceptar el don; hay que dejarse embadurnar los ojos con barro y obedecer cuando te dicen “ve y lávate” y después aguantar el tipo porque, por extraño que parezca, hay quien no se alegra del bien ajeno cuando éste no viene envasado en la forma correcta. Contra todo regocijo anteponen el hecho de que el ciego había sido sanado por quien no podía hacerlo y, además, en un día en que no se podía trabajar. Es tan inaceptable como evidente es que quien se salte la ley no puede venir de Dios. Estalla así la controversia pues otros dicen si no es Dios ¿cómo puede sanar?

El autor de Efesios nos aclara que la bondad, la justicia y la verdad son fruto de la luz. Más apreciable que esa literalidad legalista es la luz porque ella nos reorienta hacia la verdad, corrigiendo apreciaciones y adherencias que desvirtuaron la Ley verdadera; hace realidad la justicia que devuelve la voz al ciego y le permite dejar de vivir de la limosna y proporciona a todos la oportunidad de reconocer la bondad de Dios y practicarla en la propia vida. Otros preferirán expulsar al ciego de la sinagoga. Pero Dios volverá a preferir a los pequeños y le buscará para hacerle saber que, pese a lo que pueda parecer, está con él. Por eso el ciego le adora, porque le reconoce presente en su situación. Para nuestra cuaresma, la alegría (“laetere”) no procede del alivio de los rigores penitenciales, sino del reconocimiento de esta presencia en nuestra vida y en la verdad que nos ha traído a donde estamos. Queremos cambiar el mundo porque hemos visto que la alternativa ha sido buena para nosotros.    

 

¡Qué bueno ser pequeño!

 

 


viernes, 6 de marzo de 2026

VERTERSE. Domingo III Cuaresma

08/03/2025 – Domingo III Cuaresma

Verterse

Éx 17, 3-7

Sal 94, 1-2. 6-9

Rom 5, 1-2. 5-8

Jn 4, 5-42 [4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42]

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Todas las culturas son conocedoras de que el agua trae consigo aparejada la vida. No hay discusión posible. Es así. En los años que Israel vivió en el desierto esta experiencia se le hizo particularmente acuciante. Fue el tiempo de la tentación (Masá) y la querella (Meribá). El reproche a Dios iba unido a la exigencia de su intervención. Tampoco es de extrañar; en su desesperada situación pocos se librarían (nos libraríamos) de pedirle cuentas. Dios, fiel a su palabra, no abandonó al pueblo. Pareciera que el salmista quisiera enmendar las cosas y trae el recuerdo de aquel episodio presentándolo como lo que no puede repetirse. En su lugar, es la confianza la que debe ser potenciada. Esos simbólicos 40 años sirvieron de inspiración a los días de Jesús en el desierto y, a la postre, a nuestra cuaresma. Estamos viviendo una experiencia de amor en la que la realidad puede volverse muchas veces contra nosotros. En esos momentos es la confianza la única que puede mantener la esperanza. Dios nos introduce en el desierto como escenario de liberación y en él cuida de nosotros, aunque se haga difícil sentirlo cercano en algunas ocasiones. En ese escenario Dios siempre nos da el agua; la vida.

Juan retoma el pozo como escenario de amores juveniles. Jacob y Moisés conocieron a sus respectivas mujeres bajo el broquel de sendos pozos, incluso Rebeca nos es presentada en el mismo escenario. El pozo es siempre lugar de encuentro; es donde la interioridad se vierte hacia el otro y junto a él Jesús se encuentra con la samaritana, pero no fue una reunión histórica. La mujer, anónima, es una personificación de Samaría; el pozo de Jacob fue un lugar desconocido en toda la tradición bíblica hasta que fue “localizado” en siglos posteriores. Jesús se presenta como el agua definitiva que apaga toda sed, pero el requisito será abandonar la particularidad. Ni Jerusalén ni Garizim sirven ya. Estos eran los dos templos en los que los judíos habían rendido culto a Dios. Aquel, ortodoxo; éste, herético. O viceversa, claro, según quien los valorase. Así somos, solo apreciamos lo nuestro. Pero muchas veces eso nuestro está salpicado por nuestras propias incongruencias, nuestros 5 maridos. “Marido” dice el texto evangélico, pero el hebreo hubiese dicho baales, que lo mismo quería decir marido, que dueño o amo, o dios pagano. No estamos libres de que alguien o algo nos domine. Los samaritanos habían visto su tierra ocupada por 5 reyes extranjeros, pero, además, vivían bajo los 5 libros de la Ley, pues no aceptaban la tradición profética ni la sapiencial. Una ley así, sin la corrección del amor profético ni el sabor de la vida cotidiana se vuelve un yugo insoportable. Jesús se coloca en lugar de la Ley; recoge la enseñanza, la atempera con el amor y la colorea con la paleta de la mujer y el hombre corrientes; presenta a Dios como espíritu, es decir, ajeno a la materialidad que puede esclavizarnos. Dios nos quiere libres en espíritu y verdad.

Pero no espera que seamos perfectos; de hecho, aunque aún tengamos cosillas que mejorar, se encarnó y dio su vida por todos. Por Jesús el Cristo estamos ya en paz con Dios, porque su decisión primera fue amarnos y la mantiene desde siempre, en el desierto, en Samaría o aquí mismo, donde lees esto. El derramarse de Dios es donación de su Espíritu y con él nos llega también su misma opción de amar. Podemos conocernos en autenticidad hasta el fondo de nosotros mismos y desde ahí empapar a otros. Podemos verternos como Dios se vertió en Jesús y como él se vertió sobre todos. 

 

Verterse

 


 

sábado, 28 de febrero de 2026

EN CAMINO. Domingo II Cuaresma

01/03/2026 – Domingo II Cuaresma

En camino

Gn 12, 1-4a

Sal 32, 4-5. 18-20. 22

2 Tim 1, 8b-10

Mt 17, 1-9

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Como ya sabemos, la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración el 6 de agosto, pero hoy, recién iniciada nuestra cuaresma, volvemos a encontrar este episodio en el que Jesús es refrendado por Dios mismo como hijo y portavoz suyo. La cuaresma, como ya dijimos, es el tiempo del encuentro en el desierto; en la diafanidad que no permite distracción que nos hurte la presencia del amado. Este amante impaciente nos llama a cada una y cada uno para que nos reunamos con él abandonando cualquier excusa o impedimento. Mucho más poéticamente lo dice el autor del Génesis: para salir de nuestra tierra, del terreno conocido y confortable que, como contrapartida, nos ata y nos deja rendidos en una cotidianidad para muchos asfixiante. Abrán, en cambio, escucha la llamada y se pone en camino sin sospechar todo lo que viene; comenzando por el cambio de su nombre, porque en una aventura como esta la transformación es absoluta y exige una confianza absoluta. Es la que muestra el salmista al ponerse completamente en manos de Dios esperando que su misericordia le alivie el sufrimiento en tiempos de hambre y libre su vida de la muerte.

Jesús se puso también en manos del Padre y fue reconocido como Hijo ya en su bautismo por Juan y aquí en la cima del monte. En este lugar apartado, en este desierto potencial, Jesús muestra también que en Dios la muerte ha sido ya superada, pues con él se reúnen dos que confiaron en él y vivieron extraordinarias experiencias de muerte; Moisés fue enterrado por Dios mismo en un lugar desconocido para todos y Elías fue arrebatado en vida por el carro divino. Aunque sus discípulos no lo entiendan aún, tampoco la muerte de Jesús será ordinaria, sino que constituirá el testimonio vital definitivo. Que Jesús sea reconocido como Hijo conlleva también el encargo divino de escucharle pues todo lo bueno que dijeron Moisés y Elías va a ser recogido y transfigurado por él. Será él también quien, en su vida habitual, de un modo nuevo e inesperado para todos, ejerza su mesianismo terminando con el hambre, o las hambres, sin dejarse atrapar en una deformación adictiva de  ese desierto. Jesús es el hombre para el mundo que desde la total confianza en el Padre se sabe enviado para manifestar la victoria definitiva sobre la muerte; sobre cualquier muerte temporal, como el hambre o la injusticia, y sobre la muerte que muchos creen final definitivo.

Así lo entiende el autor de la carta a Timoteo, que lo presenta como la culminación del plan de Dios. Jesús y su intervención decisiva, que es lo mismo que decir la inmersión de Dios en la historia y la vida humana, su bautismo, estaba ya pensada desde toda la eternidad. Desde siempre quiso Dios estar tan cerca del ser humano que se hizo uno más como cualquiera. Así, pues, ni son nuestros méritos los que nos alcanzan la salvación, ni fue nuestra incapacidad de subsanar el honor divino mancillado lo que motivó la encarnación. La cuaresma, como giro del ser humano hacia la llamada de Dios y aceptación plena de su invitación, pasa a ser el encuentro decisivo con Dios, a imagen del que el propio Jesús tuvo con el Padre, que nos revela nuestra naturaleza más profunda y nos envía al mundo como hijos con la consigna de sanar todas la hambres y calmar todos los temores porque no hay mal alguno que, pese a las apariencias,  pueda finalmente imponerse sobre su amor paternal. Es el punto de partida que, para cada enamorado, marca también el rumbo hacia la confluencia decisiva.

 

Fra Angélico, Transfiguración (1440-1442). Museo Nacional San Marcos, Florencia (Italia)





 Con un recuerdo especial para Telmo y un abrazo a toda la familia.

Felicitaciones para Rafa y María que comienzan unidos el camino. 

 

viernes, 20 de febrero de 2026

LIBERTADES. Domingo I Cuaresma

22/02/2026 – Domingo I Cuaresma

Libertades

Gn 2, 7-9; 3, 1-7

Sal 50, 3-6a. 12-13. 17

Rm 5, 12-19

Mt 4, 1-11

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El ser humano está hecho del polvo de la tierra, pero vive gracias al aliento divino. No está cerrado en sí mismo sino que, desde su origen, vive abierto a lo distinto de sí. Esta apertura la vive en un lugar concreto, un mundo que no le es enteramente accesible de forma inmediata, y de un modo concreto: eligiendo en cada ocasión cómo estar en ese mundo. Estas elecciones van creando la historia en cuanto devenir. Resulta ser así un ser fronterizo que aspira siempre a más pues la esencia divina que le habita le impulsa a trascenderse. Los autores del Génesis identificaron este ansia de promoción con el acicate de la serpiente que tienta a Eva con aquello que puede motivarla: ser como Dios; ser tal como ella entiende que es Dios: libre de tener que vivir en una permanente elección que puede, en caso de errar, comprometer su propia seguridad. Ella supone que Dios está libre de la duda y de la angustia de tener que elegir. Si tuviese su misma ciencia tampoco ella sería presa de la ansiedad y, como ella, pensó Adán lo mismo. Pero el caso fue que con la ciencia divina tan solo consiguieron aumentar su aflicción al descubrir la real profundidad de su diferencia con Dios. También nosotros, si supiéramos todo lo que Dios sabe, viviríamos con la insoportable carga de conocer todo lo negativo que nuestras acciones, aun de forma involuntaria, generan en un mundo organizado tan solo según el deseo de poder y seguridad. La cuestión no es vivir en el mundo según la sabiduría de Dios, sino según su ser amoroso. El salmista, conocedor ya de la trampa de la seguridad, pasa de la súplica de misericordia al reconocer su fallo a la petición de un corazón puro con el que pueda proclamar alegremente la alabanza de Dios.

Durante toda su vida Jesús se mantuvo constante en renunciar al engaño que promete inmunidad a cambio de asegurar tres aspectos fundamentales. Colocó por encima de todo el rumbo que le marcaba su especial relación con el Padre y así renunció, en primer lugar, a cualquier chantaje que la necesidad física pudiera imponerle; superó el afán de provocar a Dios para encontrar seguridades que le confirmaran que no se equivocaba y, finalmente, rechazó a la invitación al éxito fácil a cambio de someterse a cualquier ídolo. Con ello, consiguió la libertad que Eva y Adán pretendieron pero malinterpretaron. Ellos querían no tener que elegir; Jesús elige no ponerse a tiro del “calumniador” (dia-bollo) y confiar en la promesa del Padre. Ellos querían ser como dioses; Jesús prefiere ser un ser humano que crece e identifica el alcance de sus necesidades para que no puedan dominarle, que elige relacionarse con el Padre como un ser humano normal, dejando espacio tanto al misterio como al respeto a la libertad humana y que, en definitiva, no claudica ante el guiño de la riqueza que oculta la servidumbre a los fetiches.

Pablo entiende que la gracia de Jesús ha merecido el derramamiento del don de Dios sobre el mundo. La capacidad de Jesús de escuchar y apostar por lo escuchado, renunciando a cualquier distracción y confiando en el amor recibido por encima de cualquier otra cosa, es merecedora de que Dios repare en la capacidad humana de remediar el daño causado. El mal real, el pecado, tuvo su repercusión sobre los demás, no sobre Dios que es invulnerable a la muerte; al desamor. Lo que un ser humano estropeó en su inmadurez lo arregló otro que había alcanzado la plenitud en la medida en que auténticamente actualizó el amor recibido. 

 

Ivan Kramskoi, Jesús en el desierto (1872)