sábado, 5 de septiembre de 2026

MALENTENDIDOS. Domingo XXIII Ordinario

06/09/2026 – Domingo XXIII T.O.

Malentendidos

Ez 33, 7-9

Sal 94, 1-2. 6-9

Rm 13, 8-1

Mt 18, 15-20

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Ezequiel nos cuenta que el Señor lo ha puesto de atalaya para atisbar desde lejos la palabra de Dios y comunicarla a toda la casa de Israel. 

Podemos, sin embargo, entender sus palabras como dirigidas a nosotros mismos, pues Dios le trata siempre como Hijo de hombre, de Adán literalmente, como ser humano a fin de cuentas. A todos se nos encomienda, pues, que cualquier infractor pueda reflexionar sobre su acción. Esto resulta ciertamente extraño en estos tiempos en los que cualquier interpelación se toma como un ataque. 

Dios entiende que toda falta puede surgir de forma inadvertida, pero nos concibe como un pueblo solidario que buscando el bien del hermano le avisa de sus fallos para que pueda poner remedio, enmendar el error y salvar la vida. En caso contrario a nosotros mismos se nos pedirá, como a Caín, cuenta de su sangre pues le dejamos vivir en el error. 

Así, para que ningún estricto cumplidor pueda decir que no le avisaron, resulta que no son nuestras devociones las que nos salvan, sino el cuidado de la vida de los demás y nuestras buenas obras lo serán en la medida en que aseguren la vida del hermano. 

El salmista subraya la necesidad de todos de escuchar la voz de Dios como pueblo unido.

Jesús insiste en esa actitud de estar pendiente de los hermanos y nos motiva a actuar siempre con tanta caridad como discreción porque, hombre, a nadie le gusta que le llamen la atención; esto es así. 

Cualquier corrección debería seguir siempre ese espíritu fraterno que lleva primero a una confrontación íntima antes de recurrir a la intervención de más gente que pueda presentarle argumentos de peso. En la costumbre de la época se necesitaba el testimonio de dos varones para que algo pudiera tenerse por cierto. 

Hoy en día no diremos ya dos varones, sino dos o tres personas cabales, hombres o mujeres, conocidas del sujeto y dignas de su confianza, que busquen su bien, pero con la valentía suficiente para hablar con claridad. 

Tal vez finalmente sea preciso exponer los hechos en la comunidad y tendremos ya un proceso oficial. Siempre se salva la libertad personal, pero hay decisiones que te colocan fuera del marco general de la asamblea. Jesús dice que en tal caso serás tratado como gentil (extranjero) o como publicano (recaudador colaboracionista). Ninguno de los dos grupos caía simpático al auditorio; tal vez esperaba que así se entendiera.

La cuestión es que Jesús cede potestad a la asamblea para atar y desatar de forma permanente. Estas palabras fueron, siglos después, utilizadas por mentalidades rigoristas y autoritarias para convertirlas en justificación de persecuciones, expulsiones y, en casos extremos, de aniquilación. 

Sin embargo, Jesús continúa hablando de momentos en que dos o más se unen y advierte que deben hacerlo en su nombre. Es decir, siguiendo su espíritu, sin querer imponerse por la fuerza y siempre respetando a todos. Entonces, él se hace presente y así les será posible a esos pocos obtener de Dios lo que pidan, tal como el propio Jesús lo obtuvo en sus propios días.   

Repasando su vida podremos ver que lo que le animaba no era otra cosa que el amor al prójimo del que hoy habla Pablo. 

Ese amor que llevó a Jesús a no pedir nunca por sí mismo y no le permitió atar o desatar a su capricho sino, a imagen de los cielos, preocupándose por el bien y la vida de todo aquel que se cruzaba con él. 

Del mismo modo nosotros, aun siendo pocos, nos mantendremos con él atentos siempre a todos: procurando, por un lado, que nadie se despiste sin remedio y, aceptando por otro, sus correcciones porque el mayor malentendido es creernos ya en posesión de la verdad.

 

James Jacques Joseph Tissot, Dos o tres reunidos en mi nombre (1894)

 


 

viernes, 28 de agosto de 2026

PARA CAMBIAR DE VIDA. Domingo XXII Ordinario

30/08/2026 – Domingo XXII T.O.

Para cambiar de vida

Jer 20, 7-9

Sal 62, 2-6. 8-9

Rm 12, 1-2

Mt 16, 21-27

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

En la afirmación que da comienzo a este famoso pasaje de Jeremías podemos encontrar dos sujetos: por un lado es Dios quien seduce al profeta, pero es el profeta quien se deja seducir. Dios le muestra un mundo nuevo, le promete un futuro que él jamás hubiese imaginado… ahí está la seducción y él consiente. 

Nuestro Dios no es un amante violento. Seducir no es engañar ni forzar. Jeremías accedió y pese a todas las contrariedades se mantuvo siempre fiel denunciando la perfidia del pueblo que violentó la ley de Dios y profanó su Templo, y advirtiendo de la destrucción que este comportamiento acarrearía a la nación. Aunque alguna vez se dijo a sí mismo: “Hasta aquí; no voy a hablar más. Ya no soporto esta tensión”, no pudo dejar de hacerlo porque la palabra era un fuego incontenible en sus entrañas. 

La respuesta del salmista nos trae hoy el consentimiento en tiempos de serenidad, antes de que la tribulación asalte la vida del profeta. Podría expresar también la aceptación de cualquiera de nosotros, pero nos vendrá bien no olvidar que después, como a Jeremías y tantos otros, nos llegará la angustia.

Jesús comparte esa misma angustia. Se sabe perseguido y no ignora que lo más probable sea un final violento. Los sinópticos nos presentan tres anuncios que el propio Jesús hace de su pasión. Hoy nos encontramos con el primero de ellos tal como lo cuenta Mateo. 

Jesús ha expuesto ya lo maravilloso que está por venir: ha seducido a muchos y ahora muestra a sus más cercanos la otra cara de la moneda. Pedro, que fue elogiado el domingo anterior, se atreve a reprender a Jesús en privado, pero éste no acepta su recriminación pues eso evidencia que el apóstol se sitúa aún en la perspectiva del mundo. 

Cuando en el pasado Pedro habló llevado por la inspiración divina acertó, igual que Jeremías y que el propio Jesús, pero ahora que habla por su cuenta yerra por completo. Más adelante intentará incluso defender a Jesús con las armas; no es un punto de vista fácil de dejar atrás. 

Jesús entonces habla al grupo de la cruz de cada uno. La naturaleza de la cruz como patíbulo y su pésima consideración bíblica y social nos llevan a pensar que este dicho nació de la reflexión pospascual de la comunidad. Sin embargo, esto no le resta veracidad, sino que viene a decirnos que, por lo inusitado de la propuesta, hizo falta la experiencia de la Pascua para que este mensaje pudiera ser comprendido. Igual que Jeremías sentía arder la palabra en sus entrañas, las discípulas y los discípulos sentirían arder la vida en sí mismos tras la resurrección de Jesús y alcanzarían el entendimiento tras Pentecostés. 

Pero aún faltaba tiempo para eso. De momento queda patente el cambio de enfoque que es necesario pues el destino del verdadero creyente, del profeta, se encuentra muy alejado de lo que este mundo identifica como éxito. Tanto es así que triunfar en estas coordenadas implica el fracaso en las divinas. 

En los dos últimos versículos Mateo dice que lo que está en juego es la “psyjé” del ser humano que algunos traducen por alma y otros por vida, pero que no puede entenderse como lo opuesto al cuerpo o a la materia. Es el principio vital del ser.

Hoy Pablo nos glosa todo lo que ya hemos visto comenzando por decir que el culto verdadero es la ofrenda del propio cuerpo (“soma”). No es desprecio por lo inservible sino acentuación de lo esencial. Precisamente porque lo fundante se vive en plenitud se puede ofrecer lo que otros consideran absoluto. 

Por otro lado, esta oblación no implica la aniquilación instantánea, sino que es, como la de Jesús y la de Jeremías una donación cotidiana, desde el enamoramiento inicial hasta la asunción plena de la vida como servicio a la construcción del bien común. 

 

Ilya Repin, Apártate de mí, Satanás (1895)

 

 


 

sábado, 22 de agosto de 2026

UNA LLAVE PARA CADA UNO. Domingo XXI Ordinario

23/08/26 – Domingo XXI T.O.

Una llave para cada uno

Is 22, 19-23

Sal 137, 1-3. 6. 8bc

Rm 11, 33-36

Mt 16, 13-20

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Eliaquin era un funcionario de la corte a quien Dios llama “mi siervo”. Esa fidelidad le merece la gracia de pasar por delante de Sebná, el más alto funcionario, de quien podemos pensar que era un tipo competente en su trabajo porque, incluso después de caer en desgracia, fue enviado, como segundo de Eliaquin, a parlamentar con el enemigo. 

Isaías nos dice que fue destituido al edificarse una tumba para sí mismo en los altos. Es decir, en los lugares de donde el rey Ezequías había retirado altares e ídolos paganos. No nos queda claro el motivo de su degradación; tal vez fue una cuestión estrictamente religiosa o, tal vez, fue por desviar fondos públicos para sufragar su mausoleo particular. 

La cuestión es que en lugar de esa persona capaz, pero voluble, Dios prefiere confiar en quien no se despiste de lo esencial. A Eliaquin le dará la llave de la casa de David; abrirá y cerrará. 

El canto del salmista bien podría expresar el agradecimiento de Eliaquin.

Jesús pide hoy a sus discípulos que le digan qué dice la gente de él. Algo hay que perturba su ánimo. Viene de discutir con los fariseos y de realizar curaciones y milagros multitudinarios. Está en el candelero, pero no parece que eso le agrade del todo. 

Unos, le dicen los discípulos, piensan que es Juan, recién resucitado, parece ser; otros que Elías, el profeta esperado; o Jeremías o algún otro… tienen claro que tiene que ser alguien grande, pero vete tú a saber quién. ¿Y vosotros? Les pregunta a los que viven con él, a quienes se va dando a conocer en la intimidad… Y esta, ni más ni menos, era la pregunta estrella en las convivencias de mis tiempos: “¿Quién es Jesús para ti?” Y allí aparecían, entre otros: el amigo, el guía, el compañero, mi esperanza, la justicia, el amor de mi vida… 

Durante años, la piedad cristiana ha hecho esta pregunta en singular y ha construido una relación privada que, en no pocos casos, dejaba fuera a todo y todos los demás. Jesús, sin embargo, la hace en plural. Es verdad que la respuesta solo puede ser personal como es la de Pedro, pero toda resolución individual está destinada a ser contemplada y colocada junto a otras, porque no somos islas aisladas, sino asamblea congregada que se edifica y camina en común. 

Jesús utiliza la imagen de la piedra, que será desde entonces el nuevo nombre de Simón, el sillar robusto que sostiene a los demás. Recurre además a las llaves. Con estas se establece el paralelismo con la primera lectura. Allí era solo una, la de la casa de David; aquí son varias, sin especificar cuántas, porque el Reino tiene tantas llaves como personas. Y lo mismo que Sebná abría y cerraba, Pedro ata y desata.

El mérito de ambos es el mismo: confiar en Dios y dejarse guiar por él. Por lo demás, la elección de Dios es, como dice Pablo, inescrutable ¿Quién puede saber por qué hace lo que hace? Pero lo cierto es que el Reino se expande en la historia con esta permanente paradoja divina que es el recurso a los pequeños y su puesta en valor para que hagan creíble la alternativa que se propone a todos sin excepción. 

Para cada una y cada uno guarda Pedro una llave y la labor de la comunidad es permitir que, en su peregrinar por el mundo, todos tengan acceso a ella. Será necesario, pues, salir del armario y ponerse solidariamente en camino, de dos en dos o de veinte en veinte, aunando los dones individuales para poder llegar e interpelar a todos. Hará falta también recordar que las llaves son para el Reino, no para la propia asamblea; desde nuestro lugar queremos transformarlo todo, pero el nuestro no es lugar para todos. Necesitaremos no olvidar quienes son los primeros destinatarios y qué es, por encima de lo urgente, lo importante y tendremos, finalmente, que estar dispuestos a vivir tal como el mundo repudia para ser signo verdadero y eficaz.

 

Pietro Perugino, Entrega de las llaves a San Pedro (1481-1482)

 

 


 

sábado, 15 de agosto de 2026

APEÁNDONOS DE NUESTRA ARROGANCIA. Domingo XX Ordinario

16/08/2026 – Domingo XX T.O.

Apeándonos de nuestra arrogancia

Is 56, 1. 6-7

Sal 66, 2-3. 5-6. 8

Rom 11, 13-15. 29-32

Mt 15, 21-28

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Ya dijimos que el libro de Isaías son, en realidad, 3 obras diferentes. Tenemos hoy el comienzo de la tercera que, en conjunto, es una colección de escritos de diferentes autores vinculados al del segundo libro. Fue recopilada entre los siglos vi y v a. C., cuando estaba ya claro que la vuelta del destierro no estaba siendo todo lo venturosa que se había imaginado. 

En el pasaje que se nos presenta hoy, la promesa divina se extiende también a todos los extranjeros con tal que acepten la ley de Dios y perseveren en su alianza. El salmista presenta a Dios gobernando sobre todos los pueblos de la tierra, lo cual refuerza esa imagen de universalidad. 

Nos encontramos aquí con un  primer concepto de integración muy del gusto de mentalidades conservadoras: Bienvenido el extranjero que acepte cumplir nuestras normas y adaptarse a nuestras costumbres; que se haga como nosotros.

En su reciente visita a la isla de Gran Canaria, León XIV dijo que “para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana”[1]

Nos dice hoy Mateo que también Jesús vivió esta misma situación. Él conocía la profecía de Isaías. De hecho, al menos dos veces, cita personalmente a este tercer Isaías en momentos especialmente significativos y su declaración de sentirse enviado a las ovejas perdidas de Israel nos hace pensar que vivía su relación con los extranjeros del modo conservador que indica el profeta. 

Sin embargo, todo parece indicar que Jesús también bajó uno o varios escalones cuando vio la fe de aquella mujer cananea. Tanto ella como él supieron dejar atrás su propio orgullo y encontrarse en el único nivel en el que la fe es verdadera: el humano. Ella venció la resistencia a recurrir al curandero judío y, a la sazón, extranjero, buscando el bien de su hija ¿Qué no hará una madre en favor de los suyos? Él dejó atrás la pretensión isaiana de asimilación y reconoció el  valor y el poder de la confianza que la mujer ponía en él e inauguró una nueva forma de acogida más allá de la exigencia de los antiguos de cumplir normas y del temor al escándalo de los discípulos. Es una donación recíproca en la que surge algo nuevo.

Pablo, dedicado a los gentiles, ve claro que el rechazo de los suyos a Jesús ha abierto la puerta a todo el mundo de forma que todos han obtenido la misericordia de Dios de modo que, tal como dirá en otro lugar: “ya no hay judío ni griego…” 

Por lo tanto, si sus hermanos de raza quisieran olvidar su elitismo Dios los acogería sin dudarlo un instante, pues su llamada y sus dones son irrevocables. Y, desde luego, si Dios ha tenido misericordia con todos los demás ¿cómo no va a tenerla con ellos? Porque, al final, todos somos rebeldes.

Pero eso no nos impide alcanzar la misericordia de Dios. Lo decisivo es darnos cuenta de en qué lado de la mesa estamos: sentados a ella y disfrutando ya del festín o bajo ella, esperando recoger alguna migaja. No se ve el mundo igual desde cada uno de esos sitios y las opciones de cada uno pueden ser difíciles de comprender y, sin embargo, nacemos para el encuentro. 

Por eso las nuevas e innovadoras relaciones que Jesús descubre de manos de la madre extranjera y propone a todos, se basan en acogerse mutuamente sin imposiciones para encontrarnos en la humildad de la que habló el Papa León; en esa que nos apea de nuestra arrogancia y nos une en el amor.



[1] Homilía en el Estadio de Gran Canaria. Jueves, 11 de junio de 2026 en Alzad la mirada. Viaje apostólico de León XIV a España. Encuentros, discursos y homilías (San Pablo, Madrid, 2026) 207. 

 

 

Jesús y la mujer cananea. 


 


 

sábado, 8 de agosto de 2026

VALOR PARA SER DISTINTO. Domingo XIX Ordinario

09/08/2026 – Domingo XIX T.O.

Valor para ser distinto

1 R 19, 9a. 11-13a

Sal 84, 9abc. 10-14

Rm 9, 1-5

Mt 14, 22-33

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Elías ha llegado hasta el monte Horeb para esconderse después de hacer matado nada menos que a 450 profetas de Baal. Tal vez fuese algo comprensible en la época, al menos para los judíos más intransigentes, que eran, en esos momentos, los menos. Desde luego, no lo fue para la reina Jezabel, de origen fenicio, que había introducido el culto a sus dioses en el país y que ahora lo persigue para matarlo a él. Tampoco a nosotros la brutalidad del acto nos lo pone fácil. Lo que parece indiscutible es que Elías estaba fuera de sí cuando llevó a cabo la masacre. El huracán, el terremoto y el fuego son imágenes de la ira del profeta, pero Dios no se encontraba en ella, sino en la brisa suave. Hasta que el corazón no se ha serenado y encauzado el celo no es posible percibir la voz de Dios. De este aquietamiento surge la determinación de escuchar lo que él diga tal como el salmista lo muestra. Así pueden percibirse el anuncio de la paz, el encuentro de la misericordia y la fidelidad y de la justicia y la paz como un diálogo entre Dios y los seres humanos.

Los discípulos también se enfrentan hoy a un viento que aleja la barca de la costa, adentrándola en el mar que, para el mundo judío, siempre fue una referencia malévola a lo misterioso y lo desconocido e imagen del peligro. Como es sabido, desde momentos muy tempranos la Iglesia se identificó con la barca y Mateo viene a decirnos que cuando en ella no está Jesús o cuando ¡atento! no se le escucha, se ven comprometidas, como mínimo, su estabilidad y seguridad y hoy, tras 2000 años, sabemos que es, sobre todo, su propia razón de ser lo que está en juego. Jesús tenía necesidad, de forma similar a Elías, de calmar su corazón: recordemos que ha llegado hasta allí huyendo de Herodes y que, por compasión con la gente, se pone en evidencia sanando enfermos y dando de comer a una multitud. Al contrario que Elías, él siembra vida. Son muchas emociones y necesita, también él, aquietar su celo. Así que manda solos a sus discípulos. A fin de cuentas, la mayoría eran pescadores; sabían navegar. Es verdad que luego la cosa se complica y que será la presencia de Jesús la que calme la situación, pero es que cuando todo va bien no hay problemas. Es en la tribulación cuando nuestra confianza en él se hace necesaria para reconocerle en pie en medio del oleaje y lanzarse a andar hacia él. Pedro anduvo sobre el agua; después se hundió, pero anduvo. Al arrebato de valor tiene que seguirle una confianza que no decrezca con las embestidas del momento.

Pablo habla de esa confianza aplicándola a su propio testimonio. Está convencido de proclamar la verdad porque se siente iluminado por el Espíritu. Por eso podría soportar, incluso, ser un proscrito lejos de Cristo por el bien de los suyos, pues de ellos procede una semilla que no puede extraviarse. Pablo tiene ya a Jesús con él y no hay nada que pueda separarlos. Pedro reconoce a Cristo y al volver con él a la barca le devuelve a ésta su sentido más profundo y Pablo lo ve ya en las antiguas tradiciones, pero también lo hace presente en cualquier lugar al que llega, aunque a algunos les pueda parecer que ha renunciado a él. Quien vive con Jesús le reconoce y le “trae” a cualquier lugar y situación. Hay quien salta de la barca de la Iglesia buscando a Jesús para traerlo de vuelta; hay quien abandona su mundo y se lanza al mar para buscar una vida digna; hay quien descubre a Jesús presente en otras culturas y coordenadas superando miedos y recelos; quienes se abren a la vida pese a la adversidad y a quien le devora el celo por esa semilla antigua. Todos ellos confían sin dejarse vencer por el miedo.

 

Katsushika Hokusai, La gran ola de Kanagawa (1830-32)

 

 


 

Con un recuerdo especial para Celia.

Un abrazo para Joni, Angelines y demás familia. 

sábado, 1 de agosto de 2026

CONTRA LAS HAMBRES. Domingo XVIII Ordinario

02/08/2026 – Domingo XVIII T.O.

Contra las hambres

Is 55, 1-3

Sal 144, 8. 15-16

Rm 8, 35. 37-39

Mt 14, 13-21

Si quieres ver las lecturas pincha aquí

La antigua alianza con Abraham se fue renovando en sus descendientes hasta llegar a la fundacional alianza con David, en la que Israel surgía como nación. Habían sido nómadas, esclavos, fugitivos e invasores. De ahí en adelante serían un pueblo unido en torno a un rey. Este pacto se renueva ahora también tras el fracaso de la monarquía y la ruina del país y en esta ocasión los convocados son los hambrientos y los sedientos porque Dios no retira de ellos su atención.

 El libro de Isaías está realmente compuesto por tres obras de tres autores diferentes. El fragmento de hoy está tomado del segundo de ellos, conocido como el Libro de la consolación que pretende mitigar el dolor de Judá en el destierro babilonio. Contiene además los famosos cantos del siervo y las alusiones a Ciro, rey de los persas, como mesías liberador, pero no se hallan en sus páginas intentos de restablecer la monarquía davídica. Sin embargo, retoma la idea de alianza subrayando la dedicación de Dios a los hambrientos y los sedientos presentándole como fuente ilimitada de recursos. Después del desastre volver a él es asegurarse la propia vida porque, como dice el salmista, el Señor el clemente y misericordioso y permanece cerca, alimenta y cuida, a los que le invocan sinceramente.

Jesús se encuentra con una multitud hambrienta cuando pretendía poner tierra de por medio entre él y Herodes quien, tras matar a Juan, había puesto sus ojos en él, tal como se nos dice en el inicio del capítulo de hoy. Pero la gente no le deja irse sin más y Jesús, dice Mateo que movido por la misericordia, cura a los enfermos, lo cual ya es sanar cierta hambre. 

Después de eso todo el mundo se queda a ver qué pasa y Jesús nos encarga a sus discípulos que saciemos otras hambres. Pareciera que Jesús nos dice qué está a nuestro alcance y qué se reserva para él. Para nosotros lo fácil, para él lo más difícil Así pues, debería resultarnos sencillo calmar el hambre física. Él se encargará de lo complicado; de otras necesidades. Imagínate qué cara se le estará quedando al vernos, por un lado, incapaces de hacer lo elemental y, por otro, dándonoslas de poder arreglar lo más complejo.

Vamos por partes: Tomamos la enfermedad como imagen de lo que nos supera; eso que solo Dios puede remediar y decimos que es sencillo dar de comer porque somos capaces de manejar todos los elementos necesarios para ello. Sin embargo, como ya es sabido, ponemos nuestra ganancia por delante de todo lo demás y el resultado es que la necesidad no cesa y aun así nos decimos capaces de saciar otras hambres. 

En la orilla opuesta, el joven de los panes y los peces nos mostró el camino: aportar lo que cada uno tenga y dejar que Jesús lo bendiga. Son dos pasos sencillos con los que creamos un nuevo modo de relación que llamamos Reino.

El reinado de Dios no es un ejercicio autoritario, sino una construcción común entre él y nosotros. Nos deja lo sencillo para, sobre eso, construir él lo que nosotros no podemos: “Empezad hasta donde lleguéis que yo terminaré casi sin que os deis cuenta”. 

La humildad pasa por no ahorrarnos esfuerzos y ponerlo todo en manos de Jesús. Poner de mi parte, lo que tengo y lo que soy, confiando en que todos harán lo mismo. El milagro es crear ese ecosistema en el que todos podemos saciar progresivamente diferentes hambres cada vez más arduas y acuciantes en diferentes planos. Así podremos alcanzar la plenitud de la realización; la verdadera humanización. 

No es trabajo para solitarios, sino para un pueblo hambriento capaz de transformar la antigua alianza en un pacto universal. Cuando ese clima fecundo es real logramos la plasmación concreta del amor de Dios manifestado en Jesús ¡ahí es nada! y, según Pablo, nada ni nadie podrá entonces separarnos de él.


B. E. Murillo, Milagro de los panes y los peces (ca.1669-1671)