sábado, 15 de junio de 2024

LOS FRUTOS DEL CEDRO. Domingo XI Ordinario.






     



16/06/2024

Los frutos el cedro.

Domingo XI T.O.

Ez 17, 22-24

Sal 91, 2-3. 13-16

2 Cor 5, 6-10

Mc 4, 26-34

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Ezequiel retoma la imagen de Dios como agricultor. Nos lo presenta tomando una de las altas ramas de un cedro para plantarla y que origine así un nuevo árbol. Nada surge de la nada. Ni Dios es amigo de sacarse cosas de la chistera. También Jesús utiliza imágenes anteriores. Sus parábolas son muchas veces nuevas versiones de otras más antiguas, Hoy podemos ver con claridad su inspiración en Ezequiel. También Jesús es un nuevo florecimiento que procede del tronco antiguo. Y nosotros compartimos esta realidad con él. Esta permanente referencia a lo que fue es lo que nos proporciona nuestra realidad como proceso. Somos lo que permanentemente está siendo en nosotros. Algunos le llamamos Dios y, más concretamente, Amor que se da de forma incesante.

El reino de Dios es la concreción de esa forma de ser cuando la dejamos florecer; cuando tomamos la rama del árbol que somos y la hincamos en el terreno que habitamos. Su desarrollo dará morada, sombra y fruto a todas las aves. Ezequiel es grandilocuente y habla de inmensos cedros; Jesús quiere que reparemos en nosotros mismos y habla de semillas de mostaza. No hay pequeñez que nos sirva de excusa. Si aceptamos lo que somos y le permitimos desarrollarse llegaremos a ser cobijo, descanso y alimento para todos. En eso consiste la encarnación del Amor. Pablo aporta el concepto de confianza como actitud imprescindible y habla del destierro lejos del Señor, nuestra única patria. Caminamos guiados por fe, dice, y preferimos salir de este cuerpo… pero en otro lugar dirá que pese a esa preferencia suya es mejor que permanezca aún en este mundo con sus amigos y discípulos. También él está en proceso. Ha descubierto que eso de ser bueno no consiste en hacer buenas obras de forma rápida sino en desgastarse poco a poco por los demás. Así lo resume el salmista: El justo (el bueno, el que ve el mundo según Dios y lo va transformando según sus planes) crecerá como el cedro del Líbano y aún en su vejez dará fruto, será lozano y frondoso.

Vivimos en un proceso de crecimiento constante. Dios se derrama amorosamente sobre el mundo y nosotros recogemos ese amor para verterlo sobre los demás. Él da de sí mismo; nosotros damos lo que de él recibimos. En este desarrollo aceptamos lo que fue y lo que está siendo mientras vamos plasmando pinceladas de lo que será y así hacemos nuestra esa esencia íntima que recibimos haciéndola nuestra. Damos también desde nosotros mismos. No somos mero instrumento, sino co-creadores. Así se alumbran realidades nuevas opuestas a la injusticia que ponen de manifiesto el amor universal que es Dios. Esto lo aprendemos de quienes nos precedieron y poco a poco nos van dejando para unirse definitivamente con el Señor, como Pablo anhelaba. Pero en su partida no nos deja huérfanos, sino acompañados por todo lo que nos transmitieron. Con ellos experimentamos la humanidad en todas sus dimensiones y en toda su concreción. Fuimos sus hijos; nos hicimos hermanos suyos y con el tiempo llegamos a ser sus padres. Es el amor que nos dieron, que ellos también recibieron y actualizaron y que se encarna en formas y realidades concretas. Este es el proceso que edifica el Reino y que nos hace justos. Parece que surge sin darnos cuenta porque es la vida misma; no está desligado de ella. Sus efectos se hacen palpables como los frutos del cedro.







Los frutos del cedro




Para Antonio, Adela y demás familia. Un abrazo y muchas gracias.

sábado, 8 de junio de 2024

APUNTA BIEN. Domingo X Ordinario

09/06/2024

Apunta bien.

Domingo X T.O.

Gn 39-15

Sal 129, 1b-8

2 Cor 4, 13 — 5, 1

Mc 3, 20-35

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Hacemos a veces como Adán y Eva; intentamos escurrir el bulto y echarle la culpa a otros. Es un síntoma claro de inmadurez. Ya la sabiduría de las madres inventó hace años aquello de: “Y si fulanito se tira por el puente ¿Tú también te tiras?” Y siguen repitiéndolo hoy en día. También yo lo repito muchas veces y cualquiera que trate con gente en crecimiento, en ese crecer estamos todos, la hace suya, ya sea que llegue a decirla o simplemente la piense, en más de una ocasión. A la serpiente no le queda nadie a quien culpar y es, en este fragmento de hoy, la castigada. La cuestión es que en no pocas ocasiones al ponernos al alcance de la perspectiva divina sabemos que la hemos liado. Lo sensato entonces, lo maduro, es aceptar la propia responsabilidad. Así lo hace el salmista que, en la Palabra, aguarda la misericordia del Señor.

Cuando esta Palabra llega trae efectivamente la misericordia. Tan solo el pecado contra el Espíritu queda fuera. Los judíos distinguían entre los pecados que podían perdonarse y los que no. Jesús afirma que solo esa oposición a la acción de Dios puede tenerse por imperdonable. Y llama también a la responsabilidad personal. Él ha dejado a su familia; a su madre y hermanos que vienen a buscarle pensando que está fuera de sí. Sabemos que, en el fondo, así era,  pues Jesús vivía fuera de sí; pendiente de los demás; permanentemente vuelto hacia quien necesitase cualquier sanación. En su mundo la enfermedad mental, era considerada una posesión demoníaca pero él se presenta como el ser humano capaz de atar e inmovilizar al “señor de la casa”. Si Satanás no se expulsa a sí mismo; su acción le revela como lo opuesto al maligno. Está del lado de Dios, sin duda. Quien lo niegue o intente impedirle actuar es quien blasfema contra el Espíritu. Los escribas, de forma clara. Y en medio su familia; la abandonada que reaparece preocupada por él y por el honor propio; no sabemos si a partes iguales o en alguna otra proporción. Para colocarse en el bando de Dios hay que dejar aquello que pretende retenernos y crear lazos nuevos; reconocer una nueva familia en los que también se colocan en las mismas coordenadas.

Así pues, tenemos por un lado al ser humano que apunta y falla por escuchar un mal consejo. En el Antiguo Testamento, pecar es “hatta”, errar en el blanco. Este yerro puede deberse a haberle hecho caso a ese “señor fuerte”, dueño de la casa, del mundo, que nos convence para tirarnos por el puente tras él. Es lo opuesto a lo que Dios querría. Pero, por otro lado, admitir nuestra responsabilidad nos pone en la tesitura adecuada para hacer crecer el hombre interior del que habla Pablo. Reconocer que hemos fallado, que estamos dominados por los intereses exteriores del mundo que coronan actitudes contrarias al amor de Dios, es el primer paso para la inmersión en nuestra propia profundidad; allí donde aún estamos en sintonía con Dios y nos avergonzamos de vernos desnudos ante él. Allí también vive, puede que dormida, la seguridad de esperar la misma resurrección que el Señor Jesús. No se trata de intentar disculparnos como los niños. La existencia del tentador no nos exime de nuestra responsabilidad. Se trata de aceptar nuestro error y comprender que solo nosotros podemos sacarnos del mundo, de la familia, del ambiente que no nos deja apuntar bien.

 

Apunta bien

 

 


 

 

sábado, 1 de junio de 2024

PARTIDO Y REPARTIDO. Cospus Christi

02/06/2024

Partido y repartido

Corpus Christi

Éx 24, 3-8

Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18

Heb 9, 11-15

Mc 14, 12-16. 22-26

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Moisés fue el gran intermediario entre Dios y el pueblo. Tras bajar del monte y escribir todo lo que Dios le había mandó sacrificar animales y utilizó su sangre para rociar el altar y asperger al pueblo cuando éste aceptó lo que Dios le decía a través suyo. El salmista expresa este mismo ambiente celebrativo. Es la determinación del pueblo a cumplir lo pactado. En la cena con sus discípulos Jesús recurre de nuevo a la sangre pero no la toma aisladamente sino que la pone en relación con el cuerpo. Y a ambos los simboliza en el pan y el vino presentes en la mesa. La conmemoración de la antigua alianza adquiere un nuevo sentido. Ya no se trata del sacrificio de animales, sino de la entrega personal de Jesús que no se reserva nada para sí.

Jesús, el hombre que pasó haciendo el bien, recapitula todo su recorrido vital presentándose a sí mismo en lugar de cualquier otra víctima. Simbolizándose en el pan partido y en el vino compartido; en el cuerpo triturado y en la sangre derramada. Así lo explica el autor de la carta a los hebreos. Cristo es el mediador definitivo en la nueva alianza. En otros textos institucionales Jesús encargará a sus discípulos que no dejen de realizar este mismo gesto. Es decir, que no dejen de ofrecerse a sí mismos; que no eludan ser pan partido y vino repartido. Jesús no quiere ser cualquier pan ni cualquier vino, sino aquellos que sirven para la vida del pueblo.

La eucaristía es acción de gracias por la vida entera de  Jesús, pero también por la vida de todos los que como él se gastaron en favor de los demás. Ellos son la prueba evidente de la presencia real de Cristo entre nosotros. Es celebración del paso adelante dado por Jesús durante toda su vida. Siempre dispuesto a darlo todo en favor, especialmente, de los últimos, que es tanto como decir en favor del crecimiento del reino de Dios. Sin duda, este impulso vital alcanzó su momento cumbre en la entrega de su último aliento, pero fue preparado por toda la experiencia anterior. Sin aquella, ésta no hubiera sido posible. Vivir la eucaristía es vivir una vida descentrada, excéntrica, procurando el crecimiento del Reino. Dar gracias no es el reconocimiento pasivo de una gracia recibida, sino colocarse en disposición de realizar aquello mismo que agradeces.  El paso decisivo del buen cristiano es convertirse en otro Cristo. Esta sabia frase, cargada con la solera de los siglos, actualiza, hace presente en la vida de cada una y de cada uno, la actitud misma de Jesús el Cristo: escucha del clamor de las víctimas, auto-reconocimiento como enviado, acercamiento y convivencia con ellas, manifestación de su experiencia a todos los demás y aceptación de las consecuencias. La carne que se hace consciente de su realidad y de la realidad que le rodea se hace también pan que se trocea para todos. Encuentra así su verdadero sentido y lo ofrece a los demás con la sencillez de las cosas puras, haciendo presente a Dios en medio del mundo. Así pues, y finalmente, la eucaristía es acción de gracias, también, por pertenecer al pueblo al que se le ha revelado este sentido y compromiso en continuar la misma maniobra de aprojimación de Jesús a las víctimas. En ese movimiento se descubre tanto la raíz como su desarrollo y ambos se complementan mutuamente.

 

Partido y repartido








 

sábado, 25 de mayo de 2024

SIN LÍMITES. Santísima Trinidad

26/05/2024

Sin límites.

Santísima Trinidad.

Dt 4, 32-34. 39-40

Sal 32, 4-6. 9. 18-20. 22

Rm 8, 14-17

Mt 28, 16-20

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Amar es salir de sí para encontrarse con el otro y procurar su bien. El texto del Deuteronomio afirma que esto es lo que hizo Dios con su pueblo. Verdaderamente, Dios ha amado a Israel. El salmista participa del mismo reconocimiento y testimonia que los fieles del Señor esperan en su misericordia. Todo esto, además, es cierto no solo hacia fuera, sino también hacia dentro. Es decir, lo central no está en que Dios ame sino en que es amor. Lo decisivo, queremos decir, no consiste en que Dios se haya comportado así con un pueblo, sino que el interior de Dios es también así: un continuo buscar el bien del otro. Padre e Hijo persiguen el bien del otro y el amor recíproco que se tienen es el Espíritu. El Padre pronuncia la Palabra a partir de la cual todo es originado y el aliento en el que esa Palabra es pronunciada es la Ruah. La Palabra, que es distinta del Padre, pero es también Dios, realiza aquello que enuncia apoyada en la misma Ruah que vuelve al Padre quien la acoge como entregada y la reconoce como propia. Así, Dios es relación de amor constituida entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Un bello enigma.

Pablo afirma que esa Ruah coincide con el espíritu humano en un testimonio único: somos hijos de Dios. Recordemos que todos debemos, según Jesús, amar al prójimo como a nosotros mismos. Este amor no es mera preservación o complacencia. Procurar nuestro propio bien es colocarnos en sintonía con el bien querido por Dios. En ocasiones esa determinación puede tener origen en nosotros mismos pero necesita de la asistencia del amor divino. Es posible que nuestro yo decida acomodarse y renunciar a seguir adelante. El yo que Dios nos propone nos es accesible mediante la determinación que surge de la victoria sobre ese yo limitador. Amarnos a nosotros mismos es perseguir ese otro yo que Dios nos propone. Nuestro propio espíritu es la fuerza que nos lleva a querer pasar de uno a otro. La Ruah nos asiste en este empeño y completa nuestro esfuerzo. Amar al otro como a nosotros mismos es ayudarle a alcanzar su propio yo. El espíritu de cada uno es personal, pero la Ruah es la misma en ambos y es la que nos comunica. Dios mora en cada uno y en todos reconozco al Dios que mora en mí.

Jesús, con la nueva autoridad que ha recibido, nos envía a bautizar en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esta fuente de amor ya no es privativa de una única nación. Los contornos del pueblo elegido  se difuminan para aceptar a todos en su seno pero de un modo nuevo. Dios ya no es un ser lejano que se aproxima al hombre sino que anida en su interior para extenderse a partir de él a todos los demás. Recorrer el mundo no sirve de nada si no conseguimos congeniar con quienes nos encontremos de modo que pueda darse una comunión efectiva entre ellos, nosotros y el Dios que es uno en tres. La individualidad ha llegado a su fin. El personalismo tiene sentido porque todo ser vivo se realiza personalmente acercándose a los demás de forma amigable y respetuosa o impositiva. Cada uno es responsable, pero no solo de sus actos, sino también de como ofrece a los demás esta nueva concepción trinitaria de la unidad. Ya no somos tú y yo, sino tú, yo y Dios y él está en la forma en que tú y yo nos relacionamos y amamos. Porque su ser amor no es una forma exclusiva sino expansionista; sin límites. 

 

 

Sin límites