08/02/2026 – Domingo V T.O.
Solo cabe crecer
Is 58, 7-10
Sal 111, 4-8a. 9
1 Cor 2, 1-5
Mt 5, 13-16
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Isaías alza la voz desde los enunciados de las obras de misericordia y añade la consideración de no desentenderse de los propios: familia, amigos, vecinos… el texto hebreo dice “de tu carne (basar) no te escondes”. La ligazón entre la naturaleza humana, la projimidad y Dios resulta inapelable y el testimonio es la luz personal que aurorará un nuevo día en el que el Señor te dirá “Aquí estoy”. Y vuelve el profeta a insistir en comportamientos propios de quien es el mediodía. Ninguno de ellos, según el orden del mundo, resulta ventajoso para el sujeto de la acción. La luz solo alumbra; es plenamente aquello que es y por eso es. El salmista insiste en la misma idea, pero deja también claro que del justo ha desaparecido el temor, que su corazón está firme y seguro y que, como resultado de su acción su recuerdo será perpetuo.
Siglos después de ambos testimonios Jesús retoma la imagen de la luz y le añade la de la sal. Según Mateo, lo hace inmediatamente después de proclamar las bienaventuranzas que veíamos la semana pasada. Dijimos entonces que constituían un programa de desarrollo personal. Ese desarrollo conlleva el crecimiento del Reino que no es una realidad abstracta, sino la liberación real de las personas que, adoptando esa feliz forma de vida generan dinámicas completamente ajenas al interés egoísta y promueven la edificación de un mundo distinto, asentado en el amor de Dios. Es el amor que ellas han recibido y el que transparentan. Esa es la luz que proyectan; es la luz que son. Es el sabor que encuentran en el mundo y que, como la sal, potencian. Se hace así imprescindible la aceptación del mundo, pues, como ya decía Isaías, no podemos dar la espalda a nuestra propia carne; no se trata de negar la realidad, sino de ponerla en valor, iluminarla y potenciarla para que sea verdaderamente. Esa misma carne (sarx, tomada ahora en su acepción griega neotestamentaria) es la que acogerá a Dios mismo. ¿Cómo van a ser la carne o el mundo en el que ésta es, indignos, o sujetos de una transformación que no sea el estímulo de sus propias posibilidades? Así pues, esas personas felices encuentran el Reino en sí mismas, lo trasfunden al exterior reconociéndose en él y valorándolo como expresión del don de Dios que debe ser universalizado para que alcance a todos.
Pablo viene a decir que la sabiduría humana no alcanza para comprender este don espiritual. Espiritual porque es el Espíritu el que lo manifiesta, no porque sea ajeno a esta realidad contingente. El Espíritu es la corriente de amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre el mundo y al calar profundamente en él lo ilumina y lo sala. Lo mismo que él hace sobre nosotros, porque nosotros somos mundo, lo hacemos también sobre los demás. El Espíritu es dinamismo que nos pone en marcha y nos potencia, pero no es algo ajeno que hace de nosotros otra cosa. Somos luz porque dejamos a Dios brillar en nosotros, pero es nuestra fragilidad (basar o sarx) la que permite esa com-penetración. Salamos el mundo porque nosotros mismos estamos ya aderezados. Para todo esto resultará imprescindible la renuncia a esa sabiduría que nos propone como protagonistas. Lo único necesario es Cristo crucificado, dice Pablo. Él es quien inauguró el Reino; quien supo dejar atrás su propio interés y poner en juego todas las capacidades del mundo para que Dios fuese inicialmente acogido. A partir de ahí, solo cabe crecer…
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M. M. Caravaggio, Las 7 obras de misericordia (1607)
Para Angelines y familia, de nuevo,
"Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo"
(León Felipe)
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