jueves, 2 de abril de 2026

HAY QUE PASAR. Jueves Santo

02/04/2026 – Jueves Santo

Hay que pasar

Éx 12,1-8. 11-14

Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18

1 Cor 11, 23-26

Jn 13, 1-15

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Dios pasa y nos lleva con él. Por eso hay que cenar a toda prisa, de pie, calzados y dispuestos para la marcha. Tras el paso de Dios no queda nada que conservar; la comida debe acabarse y los panes se comen sin fermentar pues incluso la levadura debe ser, a partir de mañana, nueva. El paso de Dios no deja indiferente a nadie: devoramos la amargura y partimos sin esperar ni condolernos de la pérdida de quienes no creyeron en la señal de la sangre. Nuestras escrituras albergan pasajes terribles. La victoria de unos conlleva la derrota de otros. El salmista se centra en el bien que recibe del Señor y se compromete a vivir su vida de forma agradecida, testimoniando en medio del pueblo los favores recibidos. Dios también ha pasado por su vida y lo ha transformado todo. No todos aceptan este paso y quedan anclados en su sitio; ya no hay futuro para ellos, de ahí la tremenda imagen de los primogénitos abatidos. No hay fruto posible al margen del seguimiento de Dios. Todo lo que venga será más de lo mismo.

Jesús comprendió perfectamente la necesidad de abrirse al plan de Dios. Pese a estar sólidamente cimentado en él, toda su vida estuvo marcada por la provisionalidad y se movió en una constante itinerancia según el Espíritu de Dios le inspirase. Vivió permanentemente abierto al futuro y comprendió que ya no quedaban más víctimas que ofrecer que uno mismo. Pasó desde la vida descrita en las antiguas tradiciones hacia un nuevo modo de vivir en el que todo quedaba transformado. Para empezar, le dio un vuelco al orden social: los señores tenían que ser siervos y no sentarse a esperar reverencias y privilegios. Ya no es que aquí nadie se siente. Jesús afina más: solo pueden sentarse los cansados y abatidos, los que han estado viviendo en los márgenes; todos esos preferidos de Dios tienen que sentarse para que los privilegiados puedan lavarles los pies. Es la revolución de la toalla. Después, en igualdad, vendrá la comida para todos; la vida compartida. Esta transformación la inicia Jesús, pero cuenta con que tú y yo y muchos otros nos unamos al proyecto. En otros tiempos solo unos pocos privilegiados, elegidos y separados, celebraban hoy su día. Lo siento, pero creo que ya va siendo hora de extender esta conmemoración a todos los que se deciden a continuar esta revolución, sea cual sea su estado, su género o cualquier otra condición. Somos pueblo sacerdotal y todas y todos conectamos a Dios y a los seres humanos. Jesús nos encargó hacer lo mismo que él y prometió que en esta empresa no nos dejaría solos y aseguró que se quedaba siempre entre nosotros; no solo para ayudarnos, que también, sino porque nos quiere, porque va a dar su vida por sus amigos, pero no para dejarlos luego solos, sino para quedarse siempre entre nosotros y permanecer siempre disponible. Así de sencillo. Así es él. Y nuestras vidas, en la medida en que se vayan abriendo a los demás y vayamos lavándonos los pies unos a otros, podrán ser acción de gracias vividas en fraternidad. 

Se quedará entre nosotros, si nosotros queremos. Pablo insiste en que, por voluntad del propio Jesús, hemos de hacer como él. “Haced esto”, dijo, con el vino y con el pan. Pero no será solo bendecirlo, sino compartirlo, es decir, poner en la vida la misma intención que él puso. Celebrar no es solo repetir lo que ya se hizo; es hacer lo mismo. Es poner nuestro cuerpo en juego, nuestra vida, aquello que podemos perder y, como Jesús, no valorarlo más que el bien de los demás. Es ponerle sangre, alegría, empeño y vitalidad a la nueva alianza que actualiza y revive la antigua. Beber y comer en memoria suya no es solo un recuerdo; es compartir nuestra vida como él hizo. Es un brindis en el que Jesús se hace presente en nuestro obrar y con nuestras acciones proclamamos su paso, su morir a sí mismo para acoger a todos, hasta que vuelva, hasta que todos podamos reunirnos con él. De lo contrario estaremos intentando hacer conjuros con el poder de un mago acreditado, pero sin la intención sincera de entregarse no habrá presencia que se haga real.

 

La revolución de la toalla y el lebrillo