sábado, 28 de marzo de 2026

COMO EL PEDERNAL. Domingo de Ramos

29/03/2026 – Domingo de Ramos

Como el pedernal

Is 50, 4-7

Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

Flp 2, 6-11

Mt 26, 14 – 27, 66

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Frente al intento de uno de los suyos (aquí anónimo; Pedro según Juan) de defenderse con la espada, Jesús manifiesta su convicción de que, de acudir a su Padre, él mandaría doce legiones de ángeles para defenderle, pero entonces quedaría la Escritura por cumplirse. El evangelio está sazonado de citas de la tradición profética y la pasión no es una excepción. Todo ocurre para que se cumpla la Escritura. Dios, inspirador de esas páginas, habría diseñado ya todo lo que estaba por venir y Jesús era, por descontado, perfecto conocedor de todo ello. Ocurre, más bien, que la inspiración celestial no elimina el discernimiento humano en la redacción y la pedagogía divina no impone aquello que pueda confundir la comprensión de la época. En una edad bárbara como aquella los vencidos eran tratados con muy poca contemplación. La existencia de un mesías sufriente era el anuncio de que Dios realizaba las cosas de un modo distinto al que la era imponía. Fue por esto por lo que Dios aceptó que esa figura apareciese, como semilla, entre las páginas que anunciaban su compromiso con la humanidad. Mas lo que resultó iluminador para unos pocos fue paradoja incomprensible para muchos otros; todavía lo es hoy. Así lo muestra la burla de las autoridades: que baje de la cruz si de verdad es Hijo de Dios; resultaba incomprensible que Dios se achicase hasta ese extremo. Era un criterio de verdad indiscutible que tanto el dios como el héroe salían victoriosos de cualquier refriega. Así, pues, este trance era criterio de autenticidad: ellos estaban en lo cierto y el ajusticiado era un impostor. Ni a los bandidos que compartían patíbulo con él se les escapó esta evidencia.   

Sin embargo, Pablo recoge un himno litúrgico en el que se expresa la convicción pascual de que Cristo se había rebajado hasta el último estadio posible; hasta la muerte, que es la negación misma de Dios y no una muerte cualquiera, sino hasta aquella que convertía al hombre en un maldito y eliminaba cualquier rastro de dignidad mediante un sufrimiento atroz. La contrapartida de este movimiento es que Dios mismo le habría elevado definitivamente sobre todo lo demás. Solo desde una radical confianza en el Padre pudo Jesús aceptar que la Escritura, que expresaba lo que Dios no hubiese querido, pero fungía como comprensible para el momento, se cumpliese en él. Es decir, en un primer movimiento, Dios aceptó que se consignase lo que solo él podía aceptar cumplir y, en otro segundo, Jesús accedió humanamente a consumar esa promesa. He aquí la radicalidad, el arraigo y firmeza de su confianza. Se rompía así la cadena de violencia que perpetuaba un orden injusto, y aunque es verdad que el protagonista no consigue salvar su integridad en la acción esa es, precisamente, la constatación de que en verdad era eso lo que el instante necesitaba. Lo contrario, la intervención del ejército angélico o cualquier otra intromisión ex machina, habría supuesto el abandono de todos los inmolados en los altares de la codicia. Dios se hizo humano seriamente; es decir, quien podría haberse defendido sin problema alguno aceptó voluntariamente la suerte de las víctimas sufrientes incapaces de preservar su vida frente al egoísmo y la crueldad que éste producía. Solo él pudo y puede acompañarlas y sostenerlas y hacer ver que su camino, desde siempre, es otro.

Este es, no obstante, un proceder lento pues no busca simplemente derrotar al malvado sino promover el triunfo conjunto del bien. Es el bien común el que está en juego. El salmista expresa no solo la confianza del justo, sino que canta también la constatación de su sufrimiento, pero este justo, en su cabal honradez, no achanta su determinación ante la contrariedad sino que, de la mano de Isaías, endurece su rostro como pedernal y sigue adelante. En un mundo como el nuestro, tan dado a ofenderse por todo y tan rico en sensibilidades extremas, suena ajena esta invitación a la dureza. El bien común no se enraíza en los ramos, sino en una ternura profunda que, como el pedernal, construye herramientas y prende hogueras. 

 

Domingo de Ramos. Como el pedernal.

 

 


 

 Con un recuerdo especial para "Chan" y un abrazo inmenso para Aurora.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

PRIMAVERA. Domingo V Cuaresma

22/03/2026 – Domingo V Cuaresma

Primavera

Ez 37, 12-14

Sal 129, 1-8

Rm 8, 8-11

Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

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Ezequiel nos trajo una promesa inaudita: “Os haré salir de vuestros sepulcros”. En realidad, el profeta nos habla de una auténtica recreación. Dios va a insuflarnos su propio espíritu y a colocarnos en nuestra tierra. Es la misma escena que el redactor yahvista utilizó para describir la creación, aunque la palabra espíritu no sea exactamente la misma en ambas ocasiones, sino solo sinónima. Si él nos creó podrá concedernos la inmortalidad. Esta es la cuestión clave. El salmista hace explícito que esa confianza en la vida definitiva puede extenderse ya a esta vida que conocemos. Quien nos hizo infinitos vela también por nosotros en este mundo; de ahí la confianza que el salmo expresa. Dios puede transformar nuestra vida y sacarnos de cualquier fosa; puede liberarnos de la culpa que nos atenaza en nuestra hondura. El pecado, como la muerte, no tiene la última palabra. La vida rebrotará.

Jesús era conocedor de la promesa divina y de la realidad que implicaba. Su vida fue una continua actualización de ambas. Para él, la enfermedad de Lázaro forma parte del plan de Dios y quiere darle a su revivificación un valor de encuentro; quiere que aquella promesa de Ezequiel pueda palparse por todos los que estuviesen allí y espera también ser reconocido al obrar el prodigio. Solo Dios puede dar la vida. Es posible que quien curó al ciego hubiese podido sanar a Lázaro, pero la muerte seguía siendo una quiebra insalvable y Lázaro estaba definitivamente muerto: cuatro días ya. Jesús, en primer lugar y como en el episodio de la samaritana y en el del ciego, lo basa todo en la fe: creer en él lo cambia todo; en segundo lugar, no deja de pedir la intervención divina y, por último, implica a los asistentes en el proceso: “desatadlo y dejadlo andar”. En esta cuaresma nuestra confianza en Jesús nos llevará a pedirle al Padre la sanación y el consuelo no solo para nuestras honduras, sino para las de otras y otros muchos, pero también se espera nuestra implicación porque todos esos y esas son rescatados de la fosa para continuar el camino con nosotros. Confiar nos lleva a pedir y pedir requiere que tomemos partido y que no consintamos que ni el pasado ni sus culpas inmovilicen a nadie. Ni a nosotros ni a los demás. Así es como se producen los milagros.

Pablo, siguiendo a Ezequiel, tiene claro que es el Espíritu divino, el que resucitó a Cristo de entre los muertos, el que dinamiza y sostiene al ser humano. Este Espíritu lo revitaliza todo. Incluso el cuerpo que, por la influencia griega, era ninguneado y relegado a la perdición. El cuerpo, creación de Dios, no solo es bueno, sino que es el camino que tenemos para relacionarnos entre nosotros, incluso con Dios, pero es verdad que si vivimos encerrados y atentos solo a nosotros mismos, se vuelve un obstáculo. Esa es la hondura que Dios quisiera sanar en nosotros. Pablo nos dice que podemos, si queremos, albergar el Espíritu mismo de Cristo, su propio ánimo, su impulso vital. Espíritu de Dios, Espíritu de Cristo, espíritu humano… no es que sean lo mismo, pero no son distintos. Todo espíritu es aliento, proyección hacia fuera. El Espíritu divino es la permanente proyección de sí. Cristo sale de sí como hombre y como Dios; nosotros como humanos, como quienes van intuyendo en su hondón lo que Jesús vivió y actualizó en sus días y será culminado en la recapitulación final del punto omega. La recreación hará posible la culminación no como milagro externo sino como fruto primaveral de la confianza y salida personales.  

 

Resurrección de Lázaro. Capitel del Monasterio de San Juan de la Peña (Huesca)

 


 

sábado, 14 de marzo de 2026

¡QUÉ BUENO SER PEQUEÑO! Domingo IV Cuaresma "Laetere"

15/03/2026 – Domingo IV Cuaresma “Laetere”

¡Qué bueno ser pequeño!

1 Sm 16, 1b. 6-7. 10-13ª

Sal 22, 1-6

Ef 5, 8-14

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

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El criterio de Dios no es el del mundo. El criterio del mundo no es el de Dios. Con la primera frase subrayamos la originalidad de Dios que se aparta de la norma habitual; dejamos así claro que siempre nos resulta sorprendente e incluso, en ocasiones, desconcertante. Esto es así, precisamente, por la vigencia de la segunda frase; es el mundo el que se aparta del modelo que Dios propone. La marcha usual de nuestros asuntos puede llevarnos lejos de aquello que Dios esperaba. Pero él no se cansa e insiste una y otra vez. Una constante que nos deja clara por activa y por pasiva es su preferencia por los pequeños. No solo en un sentido alegórico, sino en la estricta literalidad. En consonancia con esta predilección siempre son los hijos menores los privilegiados sobre sus hermanos mayores. Así ocurrió, por ejemplo, con Jacob y Esaú o Efraín y Manasés y también con David y sus hermanos que, tal como nos muestra hoy Samuel, es, contra todo pronóstico, elegido por Dios mismo para reinar. El mensaje es evidente: Dios nunca elige tal como el mundo lo hace. El salmista, por su parte, describe la confianza del ungido en el Señor y es que una cosa es el don el Señor y otra la aceptación de ese don. Acoger la promesa implica dejarse transformar por ella y mudar así la porción de mundo que nos rodea.

Jesús no dejó de poner su mundo patas arriba. Juan nos trae hoy un ejemplo literatulizado pues no es, seguramente, un caso real. Presenta un hecho inusitado: cura a un ciego de nacimiento, lo cual comienza ya desmontando la relación entre pecado y enfermedad tan propia del judaísmo antiguo. Lo hace trabajando la tierra, modelándola con saliva, es decir, añadiéndole algo de sí mismo. Dios moldeó al ser humano en el principio y ahora Jesús repite la acción y manda al ciego a lavarse a la piscina llamada “enviado”. Ya hemos dicho que había que aceptar el don; hay que dejarse embadurnar los ojos con barro y obedecer cuando te dicen “ve y lávate” y después aguantar el tipo porque, por extraño que parezca, hay quien no se alegra del bien ajeno cuando éste no viene envasado en la forma correcta. Contra todo regocijo anteponen el hecho de que el ciego había sido sanado por quien no podía hacerlo y, además, en un día en que no se podía trabajar. Es tan inaceptable como evidente es que quien se salte la ley no puede venir de Dios. Estalla así la controversia pues otros dicen si no es Dios ¿cómo puede sanar?

El autor de Efesios nos aclara que la bondad, la justicia y la verdad son fruto de la luz. Más apreciable que esa literalidad legalista es la luz porque ella nos reorienta hacia la verdad, corrigiendo apreciaciones y adherencias que desvirtuaron la Ley verdadera; hace realidad la justicia que devuelve la voz al ciego y le permite dejar de vivir de la limosna y proporciona a todos la oportunidad de reconocer la bondad de Dios y practicarla en la propia vida. Otros preferirán expulsar al ciego de la sinagoga. Pero Dios volverá a preferir a los pequeños y le buscará para hacerle saber que, pese a lo que pueda parecer, está con él. Por eso el ciego le adora, porque le reconoce presente en su situación. Para nuestra cuaresma, la alegría (“laetere”) no procede del alivio de los rigores penitenciales, sino del reconocimiento de esta presencia en nuestra vida y en la verdad que nos ha traído a donde estamos. Queremos cambiar el mundo porque hemos visto que la alternativa ha sido buena para nosotros.    

 

¡Qué bueno ser pequeño!

 

 


viernes, 6 de marzo de 2026

VERTERSE. Domingo III Cuaresma

08/03/2025 – Domingo III Cuaresma

Verterse

Éx 17, 3-7

Sal 94, 1-2. 6-9

Rom 5, 1-2. 5-8

Jn 4, 5-42 [4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42]

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Todas las culturas son conocedoras de que el agua trae consigo aparejada la vida. No hay discusión posible. Es así. En los años que Israel vivió en el desierto esta experiencia se le hizo particularmente acuciante. Fue el tiempo de la tentación (Masá) y la querella (Meribá). El reproche a Dios iba unido a la exigencia de su intervención. Tampoco es de extrañar; en su desesperada situación pocos se librarían (nos libraríamos) de pedirle cuentas. Dios, fiel a su palabra, no abandonó al pueblo. Pareciera que el salmista quisiera enmendar las cosas y trae el recuerdo de aquel episodio presentándolo como lo que no puede repetirse. En su lugar, es la confianza la que debe ser potenciada. Esos simbólicos 40 años sirvieron de inspiración a los días de Jesús en el desierto y, a la postre, a nuestra cuaresma. Estamos viviendo una experiencia de amor en la que la realidad puede volverse muchas veces contra nosotros. En esos momentos es la confianza la única que puede mantener la esperanza. Dios nos introduce en el desierto como escenario de liberación y en él cuida de nosotros, aunque se haga difícil sentirlo cercano en algunas ocasiones. En ese escenario Dios siempre nos da el agua; la vida.

Juan retoma el pozo como escenario de amores juveniles. Jacob y Moisés conocieron a sus respectivas mujeres bajo el broquel de sendos pozos, incluso Rebeca nos es presentada en el mismo escenario. El pozo es siempre lugar de encuentro; es donde la interioridad se vierte hacia el otro y junto a él Jesús se encuentra con la samaritana, pero no fue una reunión histórica. La mujer, anónima, es una personificación de Samaría; el pozo de Jacob fue un lugar desconocido en toda la tradición bíblica hasta que fue “localizado” en siglos posteriores. Jesús se presenta como el agua definitiva que apaga toda sed, pero el requisito será abandonar la particularidad. Ni Jerusalén ni Garizim sirven ya. Estos eran los dos templos en los que los judíos habían rendido culto a Dios. Aquel, ortodoxo; éste, herético. O viceversa, claro, según quien los valorase. Así somos, solo apreciamos lo nuestro. Pero muchas veces eso nuestro está salpicado por nuestras propias incongruencias, nuestros 5 maridos. “Marido” dice el texto evangélico, pero el hebreo hubiese dicho baales, que lo mismo quería decir marido, que dueño o amo, o dios pagano. No estamos libres de que alguien o algo nos domine. Los samaritanos habían visto su tierra ocupada por 5 reyes extranjeros, pero, además, vivían bajo los 5 libros de la Ley, pues no aceptaban la tradición profética ni la sapiencial. Una ley así, sin la corrección del amor profético ni el sabor de la vida cotidiana se vuelve un yugo insoportable. Jesús se coloca en lugar de la Ley; recoge la enseñanza, la atempera con el amor y la colorea con la paleta de la mujer y el hombre corrientes; presenta a Dios como espíritu, es decir, ajeno a la materialidad que puede esclavizarnos. Dios nos quiere libres en espíritu y verdad.

Pero no espera que seamos perfectos; de hecho, aunque aún tengamos cosillas que mejorar, se encarnó y dio su vida por todos. Por Jesús el Cristo estamos ya en paz con Dios, porque su decisión primera fue amarnos y la mantiene desde siempre, en el desierto, en Samaría o aquí mismo, donde lees esto. El derramarse de Dios es donación de su Espíritu y con él nos llega también su misma opción de amar. Podemos conocernos en autenticidad hasta el fondo de nosotros mismos y desde ahí empapar a otros. Podemos verternos como Dios se vertió en Jesús y como él se vertió sobre todos. 

 

Verterse