18/02/2026 – Miércoles de ceniza
Besémonos
Jl 2, 12-18
Sal 50, 3-6a. 12-17
2 Cor 5, 20 – 6, 2
Mt 6, 1-6. 16-18
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Cualquiera que haya estado enamorado sabe que para que sea posible la reconciliación después de una ruptura son las dos partes las que tienen que querer dar el paso. Es posible que la iniciativa parta de una de ellas, pero si no quieren ambas, no hay nada que hacer. Estamos desde hoy en tiempo de reconciliación. El desierto es una imagen bíblica muy potente. Nos habla de peregrinaje y de penalidades, pero también de encuentros. No es un lugar solitario; es el espacio en el que la reunión es posible. Es famosa aquella cita de Oseas en la que el profeta quiere llevar a su amante al desierto para reconquistarla. Tenemos hoy en el texto de Joel el punto de vista de la esposa convocada a ese retiro. El pueblo ha experimentado la soledad y el desastre después de querer vivir por su cuenta. Al principio del libro ese pueblo se identifica como virgen vestida de sayal que suspira por el esposo de su juventud; ha experimentado la vida alejada de él y ha comprendido que entre una y otra, llanamente, no hay color. Por eso está decidida a aceptar la invitación y se encuentra a un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor que le pide que se rasgue el corazón, no las vestiduras. Es el Dios del Éxodo que allí donde no hay escondite ni distracciones posibles se reúne con su amada. El salmista, como amante que vuelve arrepentido, reconoce su culpa y se dispone a vivir con un corazón renovado en el que la culpa deja paso a la alegría y la salvación.
Comenzamos hoy la Cuaresma que es el tiempo del desierto; de este desierto de los amantes que se reencuentran. Frente a las practicas farisaicas de su tiempo Jesús propone una nueva actitud que puede interpretarse, para entendernos, en la misma clave romántica que utilizaron los profetas bíblicos. Así, estos amantes se dedican tiempo sin exigirse nada a cambio, pues lo importante para ellos no es la propia felicidad; tal como la izquierda no sabe lo que hace la derecha, tampoco ellos van por calles y plazas dando detalles de su relación sino que la viven desde la profunda originalidad que le es propia porque ningún amor es como los demás y huyen de la estandarización y la domesticación y, por último, dejan al otro crecer sin apropiárselo y admitiendo que no sea lo que él o ella deseaban, sino lo que es y, celebrando ese crecimiento, se engalanan y perfuman. Así, ayuno, limosna y oración no son actitudes lastimosas que buscan resarcir a Dios del daño que le hayamos infringido. Son la expresión de un amor real que busca intimidad, que se vive en la originalidad y se expresa en la entrega por el bien y la liberación del otro. Así es como Dios ama al ser humano: entregándose a él y así es como este ser humano, imagen de Dios, ha aprendido de él a amar. Así es como él ama; a sus congéneres y a Dios mismo.
De este amor entregado es del que nos habla Pablo. Cristo, nos dice, es la acción determinante de Dios por cada mujer y hombre. Es, según el gran Bernardo de Claraval, el beso de Dios a la humanidad. La Cuaresma es la aceptación de la invitación de Dios para volver al desierto; es el propósito firme de no volver a alejarse de él; es la determinación de devolverle el beso que nos da y esa devolución solo es posible, pónganse como quieran, haciendo que éste sea para tantos y tantas el tiempo favorable y el día de la salvación. Somos beso que Dios manda para besar como él nos besa.
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| Gustav Klimt, El beso (1907-1908) |
Buena Cuaresma para todos .
40 días, 40 besos.

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