viernes, 8 de mayo de 2026

SE VIENE EL ESPÍRITU. Domingo VI Pascua

10/05/2026 – Domingo VI Pascua

Se viene el Espíritu

Hch 8, 5-8. 14-17

Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20

1 Pe 3, 15-18

Jn 14, 15-21

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Tal como se nos presenta, la primera lectura de hoy nos podría hacer pensar en una antigua y original práctica pastoral que se ha mantenido hasta nuestros días. El diácono Felipe, que apareció ya la semana pasada, llega a Samaría donde su palabra y sus signos provocan la conversión de los locales. Al enterarse los apóstoles de Jerusalén envían a Pedro y Juan (nada menos) para que “confirmen” lo ocurrido y propicien el descenso del Espíritu sobre quienes habían sido ya bautizados. 

Sin  embargo, la verdad es que Felipe llega a Samaría huyendo de Jerusalén tras la expulsión de los cristianos de origen griego que siguió a la lapidación de Esteban, el más elocuente de los siete diáconos. En la ciudad quedaron solo los cristianos de origen hebreo. Fue la primera fractura importante de la comunidad. No es posible crecer sin dejar atrás las hechuras de la infancia; sin abandonar lo que nos ata a lo pasado. 

Los exégetas afirman que en este pasaje debe respetarse el orden redaccional. Es decir, los cristianos helenistas fueron los primeros en abrirse a los extranjeros; ellos mismos lo eran. La intervención apostólica fue posterior a esa iniciativa. Los que desde fuera llegaron, mostraron a la fraternidad que la universalidad que Jesús le había encomendado finalmente, iba a exigir mucho esfuerzo. El libro de los Hechos testifica que la dificultad no estaba solo en la incomprensión de los de fuera, sino también en la cerrazón de los de dentro.

Lo que los unía a todos era el Espíritu; el Paráclito (mediador, consolador) que Jesús había prometido y que solo pueden recibir quienes le aman y cumplen sus mandamientos. Lo decisivo es el amor. Amar a Jesús es amar también su “causa”; es asumir como propio aquello que él amaba. Quien alguna vez haya amado sabrá que esta asunción es no solo real, sino cotidiana. Por amor a Jesús amo y soy lo que él ama y como él es. O al menos lo intento sinceramente. Tal como él confiaba en el Padre, quien le ama confía en él  y se sabe unido a él como él lo estaba al Padre. Amar no son palabras, sino acciones concretas que nos acercan al otro y nos igualan a ambos. 

Por el amor a Jesús percibimos la presencia de ese Espíritu imperceptible para un mundo que está a otras cosas. El Espíritu es la corriente de amor entre Padre e Hijo y en ese dinamismo, en esa relación única, nos introduce Jesús borrando así nuestra horfandad. Dios no es un ser ajeno. Es la realidad que nos sostiene y que se nos manifiesta en Jesús. 

Nosotros también podríamos, como el salmista, contar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros, pero sustituyendo todo ese lenguaje de obras y proezas temibles y gobierno eterno por esta dialéctica amorosa que Jesús nos propone. Ya no es acatar mandamientos, sino amar lo que el amado (o la amada) ama.

El autor de la primera carta de Pedro habla de dar razón de nuestra esperanza como acto de glorificación incapaz de imponer, como el mismo Dios, nada a nadie. Proponemos una vida ajena a lo que el mundo considera sensato, pero no es una ocurrencia irracional. Está grabada en lo profundo de nuestra experiencia y nos orienta hacia los demás; no nos permite instalación alguna, sino que nos mantiene en vilo, alerta para defender la verdad con delicadeza y respeto, cultivando siempre la buena conciencia. 

Vivimos en el mundo y de él podremos cosechar calumnias y sufrimientos, pero si estos llegan, será por hacer el bien, no por desvivirnos en buscar muestro propio beneficio a cualquier precio. Así, ningún padecimiento será un desgaste, sino la confirmación de haber elegido el buen camino y, solo por este valor asertivo, podrá ser fuente de sentido. 

Desde nuestra esperanza nos abrimos a todos; también a quienes nunca fueron tenidos en cuenta por considerarlos extraños y con la fuerza del Espíritu que nos habita y que vemos florecer en ellos inauguramos un mundo empeñado en que la encarnación sea real para todos no como espectáculo a contemplar, sino como realidad a construir: que nuestra humanidad acoja y exprese el Espíritu.

 

Se viene el Espíritu

 

 


 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario