sábado, 30 de julio de 2022

DE AQUELLOS POLVOS, ESTOS LODOS

 31/07/2022

De aquellos polvos, estos lodos

Domingo XVIII T.O.

Qo 1, 2; 2, 21-23

Sal 89, 2-6. 12-13

Col 3, 1-5. 9-11

Lc 12, 13-21

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Existe una mística el trabajo que nos incapacita para percibir la mano de Dios que acompaña siempre nuestra labor. Nos parece que todo depende de nosotros y es fruto de nuestro esfuerzo. Nos da para trabajar, incluso, por quienes no trabajan. Nos mecemos en el espejismo de ser salvadores de un mundo decadente. Todo es sufrir y penar y parece que nada puede aprovecharnos. Todo es como una cortina, una tormenta de polvo que vamos alimentando. La vida es un sinsentido porque nos preocupamos más de hacerla a nuestra imagen y semejanza que de vivirla, porque al detenernos a mirarla nos pesa más lo que aún no tenemos que aquello que vamos viviendo. Nos preocupa más que se perciba que vivimos según nuestros ideales que vivir realmente a partir de ellos. Pero esa falsa mística pasa factura y nos traiciona porque nos sitúa en la posición de quien reclama su herencia como quien espera obtener lo que en justicia se le debe. Nos hundimos así en los lodos que se derivan de aquellos polvos

Jesús habla contra la codicia y la acumulación y deja claro que él no quiere involucrarse en eso. El único trabajo real es el trabajo por el Reino y la única riqueza que él admite es la que Dios mismo reconoce. Pero incluso esa labor no puede llevarse a cabo de cualquier modo. Para Jesús tiene más importancia la confianza que espera en el Señor y hace prósperas las obras de las manos que nuestras planificaciones milimétricas. Se sitúa en la línea del salmista, que echa la vista atrás y comprende que mil años de esfuerzo son en vano si no nos sirven para adquirir un corazón sensato. Sobre esta sensatez nos habla el autor de la carta a los colosenses, que nos recuerda que al participar en la resurrección de Cristo hemos entrado en un mundo nuevo en el que no hay motivo alguno de discriminación. En ese mundo todo es Cristo, y lo es en todos. Y todo lo demás es pura vanidad.

Nuestra mentalidad occidental nos lleva a personalizar y a dividir. Buscamos a Cristo para que nos llene la vida de sentido como un bien más, como si existiese una receta mágica que nos proporcionase la felicidad. Lo importante es el conjunto. Cristo es en nosotros. En cada uno lo es todo, pero lo es en todos. No puede quedarse nadie fuera. La realidad está cristificada, ungida. Pese a estos lodos, toda ella está convocada a permanecer en ese ámbito que es el corazón de Dios. Y toda ella permanece allí según su naturaleza. A nosotros se nos llama a resucitar; a actualizar, hacer real, la potencia escondida en el bautismo, a hacernos otro Cristo para todos y para todo, viviendo tal como él propone y a los colosenses se les recuerda. Cristo es todo en nosotros porque procuramos que no haya nada más, porque no dejamos espacio a falsos misticismos ni codicias que nos distraigan de nuestro ser fundamental; porque no dejamos que el polvo se convierta en argumento y material. Nuestro ladrillo no es pequeño porque forma parte del todo, pero podría ser parte de una muralla en vez de cimiento del mundo nuevo si me empeño en que sea frontera y no lugar de encuentro.  Encontrarse con los demás es encontrarse con Dios, es ser Cristo que realiza la intermediación con tantos y tantas. Es ser realidad renovada y renovadora que deja atrás el esfuerzo que aísla para acoger la cooperación y la confianza.


De aquellos polvos, estos lodos


sábado, 23 de julio de 2022

CONFIANZA Y DETERMINACIÓN. Domingo XVII Ordinario

 24/07/2022

Confianza y determinación.

Domingo XVII T.O.

Gn 18, 20-32

Al 137, 1-3. 6-8

Col 2, 12-14

Lc 11, 1-13

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Abraham no pidió nada para sí mismo, sino que intercedió por la salvación de los habitantes de las famosas ciudades, aunque no lo merecieran. El patriarca recuerda a Dios que es conocido por su justicia y así se sitúa en una línea de modernización de la imagen de Dios que llegará hasta el Nuevo Testamento. Ya no estamos ante una deidad sádica que aniquila sin compasión, sino que respeta a los inocentes y los protege del mal preservando también a los malvados, cuya expurgación dañaría a los primeros. Jesús insistirá en la misma idea cuando hable de las malas hierbas que no serán arrancadas para no dañar a las espigas que dan fruto. Estaba ya en el corazón de aquel Dios, tenido por terrible, que no habían de pagar los justos por los pecadores.

Abraham trata con él con confianza. También Jesús nos muestra que la confianza es importante en la relación con Dios. Por eso nos habla siempre de él como de un buen padre atento y solícito que procura lo mejor para sus hijos. “Enséñanos a orar”, le piden. Y Jesús les revela toda una actitud vital sustentada en tres pilares básicos: pedir, buscar y llamar. La oración, según él, es pedir, lo cual implica identificar aquello que es necesario y diferenciarlo de todo lo demás; es también buscar, porque es necesaria nuestra iniciativa y nuestra aportación y es, finalmente, llamar, porque se acude a quien puede ayudarnos y el Señor se encargará de mover su corazón. Esta actitud transforma nuestro ser porque nos coloca en disposición de no orar por nosotros mismos, sino de reconocer la necesidad ajena, de buscar soluciones para ella y de llamar reclamando atención en favor suyo. El Dios de Jesús, como el de Abraham, no deja a los justos a la intemperie, sino que acude en su ayuda sin por ello arrancar de sí a quienes se resguardan siempre bajo su techo y parecen permanecer insensibles a la necesidad ajena. Que esos niños yacentes sean malvados o no dependerá de cómo reaccionen ante quien llama a la puerta.

Los malvados del tiempo de Abraham parecían serlo por acción; estos durmientes lo son más bien por omisión. Sin embargo, la actitud propuesta por Jesús está clara. No sólo hay que ser capaces de orar, sino también de confiar y de ponerse manos a la obra como si todos los hombres o mujeres fuesen hijos nuestros, familiares nuestros, amigos nuestros. Hay quien se empeñará en pedir salud o riquezas, o triunfos deportivos o académicos, o prosperidad… terminamos poniendo velas para todo y todo nos parece bien. Necesitamos confianza, pero también determinación. La cuestión está en pedir para ser capaces de no dejar a nadie fuera. Hay que solicitar el Espíritu, que es el gran don de Dios. Es el amor que desciende sobre todos y lo transforma todo; que nos hace capaces de ver el mundo con los ojos de Dios y nos vivifica haciéndonos resucitar con él cada vez que morimos a nuestro egoísmo. Cada una de esas veces podemos rezar el salmo de hoy contemplando todo lo bueno que hemos podido realizar por los demás con el impulso de ese Espíritu y agradeciendo que nos haya salvado de caer en el egoísmo que nos adormece y convierte nuestra vida en un sinsentido. En nuestras manos está entregar, de parte de Dios para todos, peces y huevos en lugar de escorpiones y serpientes.


Confianza y determinación


sábado, 16 de julio de 2022

TAL COMO ERA. Domingo XVI Ordinario

 17/07/2022

Tal como era.

Domingo XVI Ordinario.

Gn 18, 1-10a

Sal 14, 2-4ab.5

Col 1, 24-28

Lc 10, 38-42

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Tal como nos recuerda el pasaje del Génesis, para la tradición beduina de la época patriarcal era sumamente importante la acogida a los viajeros y a los peregrinos. Abraham mantiene la costumbre y el visitante le promete un descendiente para el próximo año. Mantener la usanza le asegura la bendición divina. En un cambio de perspectiva, el salmista nos presenta como peregrinos que aspiramos a hospedarnos en la tienda del Señor. En este caso, nuestra acogida está condicionada por haber practicado la justicia y se la define con claridad. Lucas vuelve a hablarnos de la acogida del visitante, pero ahora lo importante no parece tanto agasajarle con atenciones sino estar atento a sus palabras. Jesús no necesita que se cumplan con él los formalismos propios de otras épocas. Al contrario, busca llegar a hospedarse en lo más profundo de cada uno. Sin embargo, sabe que cada uno somos como somos y que hay quien necesita centrarse en lo concreto para poder recibirlo. Hay quien se pasaría el día escuchando y hay quien necesita volcarse en la actividad.

El mismo Jesús nos dejó ya dicho que a él se le reconocía en los demás. Por eso, no tiene mucho sentido aquella interpretación que ve en este evangelio el fundamento para la  distinción entre contemplativos y activos. Pongamos que al aplicar esta página a nuestra realidad cotidiana, lo que podemos ver en esta página son las dos maneras posibles de encontrarse con Jesús atendiendo a los demás. Hay en nuestros días quienes necesitan ser escuchados y quienes necesitan ser alimentados. En esta sociedad hiperconectada crece cada día el número de personas que no tienen quien las escuche, crece la necesidad de encajar y crear lazos; por otro lado, esta misma sociedad crea márgenes donde acaban los que son desechados o los que llegan desde fuera convencidos, por esa misma hiperconexión, de que esto es un paraíso. Lo importante es no hacer las cosas queriendo estar pendiente de todo porque eso crea agitación e inquietud. Hay que centrarse en quien tienes enfrente y darle aquello que necesite. Ya sea escuchar o alimentar, o ambas cosas. De lo que se trata es de asumir un papel activo y apropiarse de la responsabilidad que el autor de la carta a los Colosenses pone en labios de Pablo: Se siente llamado a llevar a plenitud la palabra de Dios.

Jesús inició la salvación, pero no la completó, tal como podemos ver asomándonos a la ventana, o al pasillo. Sufrir no es un método, es la consecuencia de una preocupación sincera que se traduce en obras. Jesús no fue omnipotente. Dios tampoco lo es, por lo menos, tal como nosotros lo pensamos. Su única omnipotencia está en el amor. Es ese amor suyo el que lo puede todo. Dios es amor; es kénosis constante que no deja de salir de sí para ir hacia los demás, renunciando a una forma de ser dios que no es la suya, por mucho que a veces así lo hayamos pensado. Una vez encarnado sigue siendo kénosis y a todos nos llama a ser, tal como él es, kenóticos. Santos son, según la carta, quienes conocen la gloria de Cristo. Pero conocer tiene un valor experiencial. Santos son quienes son perfectos en Cristo; quienes, con su ayuda y confiando en él, actúan como actuaba él. Quienes acogen como él mismo acogía, es decir, escuchando y/o alimentando. De lo que se trata es de ser como Jesús era, no de intentar reconocerlo de una forma u otra mientras discutimos cuál es la mejor.


Tal como era


Un abrazo para David y familia y para Begoña, Iñaki y familia...

sábado, 9 de julio de 2022

EL PRÓXIMO. Domingo XV Ordinario

 10/07/2022

El próximo.

Domingo XV T. O.

Dt 30, 10-14

Sal 68, 14. 17. 30-31. 33-34. 36ab. 37

Col 1, 15-20

Lc 10, 25-37

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En su testamento, Moisés insiste a Israel sobre la conveniencia de observar la ley de Dios. Pero lo decisivo no parece ser tanto la observancia en sí como el retorno al Señor. La Ley es, en realidad, sencilla. Está cerca del corazón y la boca del pueblo. Dios no quiere ponérselo difícil. Quiere que escuchen con atención y que vayan siendo eso que ya son. La Ley, por extraño o complicado que esto nos parezca hoy, tiene una finalidad humanizadora. Ofrece a aquellos que cruzan el desierto la seguridad de que Dios les va a escuchar y va a estar de su parte. Una vez asentado en Canaán, el pueblo de Israel siguió relacionándose con Dios mediante esa Ley y otras instituciones. Ya no anhelaba tanto seguridad como concreciones sobre la ética que debían seguir. Poseían la tierra y cierta identidad política y social. En su proceso humanizador necesitaban ahora entenderse unos y otros. Por eso resumían toda aquella compleja Ley en amar a Dios y al prójimo y vivían con la actitud confiada del salmista. Jesús pone su granito de arena en este proceso aclarando quién es el prójimo.

Y resulta que el prójimo es, simplemente, el que está cerca, próximo a nosotros. Nada hay en este mundo más importante que echar una mano a quien a nuestro lado lo necesite. En esta actitud resulta ser un maestro el buen samaritano de la parábola. Ya sabemos que los samaritanos eran odiados por los judíos, los habitantes de Judea,  por considerarlos de sangre impura, producto de mezclas y cruces con todos los que pasaban por allí, como los galileos. Pero estos samaritanos eran también muy independientes en cuestiones religiosas: tenían su propio templo en Garizim y no respetaban la autoridad de los sacerdotes de Jerusalén. Dos formas de entender a Dios, al mismo Dios, dos formas enfrentadas de vivir, pese a la historia y la cultura que los unía. Y lo central, dice Jesús, no es cómo alabar a Dios, que en eso cada uno puede hacer lo que mejor vea, por lo menos hasta que Juan describa el encuentro de Jesús con la samaritana. Lo decisivo, decimos, es cómo tratar al prójimo y ser capaz de detectar las realidades que nos alejan de ese trato que debemos darle y que sacralizamos, convirtiéndolas  así en la coartada perfecta para excusar nuestra implicación.

Para nosotros, esta aportación de Jesús es fundamental, pues creemos que él es el Ungido por el Señor para reconciliar toda la creación. Él, que está por encima de todo lo demás, inaugura un tiempo nuevo precisamente implicándose en ayudar a quienes les fueron prójimos. La cuestión es que estos prójimos fueron, mayoritariamente, elegidos por él. Porque fue él quien eligió dirigirse a las ovejas perdidas. Como en el caso de Jesús, nuestros próximos definen nuestra opción vital. Si, por lo que fuere, alguna vez dudásemos, y dudar es muy sano, nos bastará con mirar a nuestro alrededor para saber, precisamente, dónde estamos; desde dónde estamos viviendo. Jesús vivió desde esa posición incómoda que le puso siempre en el punto de mira, pero desde la que pudo estar a disposición de todos, de quienes vivían allí, en los márgenes, y de quienes se atreviesen a llegarse hasta allí. Esta es, también, nuestra oferta al mundo: podemos pensar lo que queramos y creer en lo que nos hayan transmitido, pero, si queremos devolver la paz al mundo, hemos de amar con la concreción de quien amorosamente sirve al vecino o a quien llama a la puerta.


El próximo


sábado, 2 de julio de 2022

DE ESE CIELO VERDADERO. Domingo XIV Ordinario

 03/07/202

De ese cielo verdadero

Domingo XIV T.O.

Is 66, 10-14c

Sal 65, 1-3a. 7-4a. 16-20

Gál 6, 14-18

Lc 10, 1-12. 17-20

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Jesús nos envía a todos para anunciar que el Reino ha llegado ya. Es el fin de cualquier necesidad y la inauguración de la abundancia para todos. Esta va a ser la nueva tónica. Somos testigos de todo cuanto hemos visto realizar a Jesús y nosotros mismos podemos hacer ya muchas cosas. Llevamos su marca en nuestro cuerpo y eso no significa sólo compartir destino con él sino que también somos capaces de ver el mundo como él lo ve: con los ojos de Dios. Nosotros mismos nos sorprendemos de nuestras propias obras porque nunca nos hubiéramos imaginado realizándolas pero lo decisivo no son esas obras ni los beneficios que con ellas conseguimos, sino que el mal retrocede y pierde eficacia.

Jesús nos da orientaciones prácticas. No podemos aspirar a marcar la diferencia si lo hacemos todo como los demás. Nosotros lo hacemos todo, o deberíamos hacerlo, como lo hizo el mismo Jesús. Por eso, vivimos con la gente sencilla, descubrimos sus necesidades y ayudamos en lo que podemos; aceptamos lo que nos ofrecen y descubrimos que tan sólo podemos ofrecerles esa nueva perspectiva; esa visión que les coloca a ellos en el centro del amor preferencial de Dios. No hay nada material que podamos ofrecerles sin caer en la trampa de la caridad que apenas transforma nada. Todo cuanto se lleva encima y no se comparte se convierte en lastre; en impedimenta. Deberíamos tener claro que, si no es desde este planteamiento, somos bastante inútiles. El mayor servicio que podemos prestarle al mudo es ser espolón. Podemos ser denuncia que no se pierde en palabras sino que se prodiga en gestos y atenciones para los que nadie más mira. Crucificar al mundo que se construyó para satisfacer las exigencias de unos pocos es elevarlo y ponerlo en evidencia; mostrar cuál es su verdad. Ese mismo mundo nos crucifica a nosotros porque pone al descubierto nuestra propia verdad; deja claro cuál es nuestro verdadero interés, y no le hace falta hacerlo cruentamente: es un seductor.

No estamos solos. Vivimos siempre en referencia a Jesús y en sintonía con los demás. Jesús nos manda de dos en dos. Este pasaje (vv. 1-12) fue el que Pili y yo elegimos como lectura el día de nuestra boda. Amados y enviados en común para amar tal como él nos ama. Es una referencia concreta; no se diluye en un contexto demasiado extenso e inmanejable. Las personas cercanas que nos rodean y comparten vida con nosotros son esos “alter christus” que pueden servirnos de espejo, que nos recuerdan esperanzas y utopías y son, también, instancia crítica para nosotros. Si todas nuestras comunidades, grupos y parroquias fuesen tan cercanas, sencillas y directas como una buena pareja… si todas las parejas fuesen tan abiertas, disponibles y fraternas como una buena comunidad, grupo o parroquia… Si todos estuviésemos más atentos a despertar en los demás la nueva criatura a imagen de Jesús, tal como se despertó también en nosotros, el Reino que ya llegó se haría mucho más visible, efectivo y presente para todos. Que nuestra alegría no se cifre en nuestros propios prodigios sino en permitir a Dios obrar a través nuestro. Así, él va trayendo la paz a la ciudad, al mundo, por el que antes llorábamos y va escribiendo nuestros nombres en el cielo verdadero en el que todos caben y del que Satanás cae fulminado, porque ya no le queda espacio alguno.


De ese cielo verdadero


sábado, 25 de junio de 2022

PELÍCANOS CRUZANDO EL MAR. Domingo XIII Ordinario.

 26/06/2022

Pelícanos cruzando el mar.

Domingo XIII T.O.

1 R 19, 16b. 19-21

Sal 15, 1-2a. 5-11

Gál 5, 1. 13-18

Lc 9, 51-62

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Una leyenda medieval atribuye al pelícano la costumbre de auto lesionarse para hacer brotar sangre de su pecho con la que alimenta a sus polluelos en tiempos de escasez. El pelícano es también, como todas las aves marinas, capaz de adentrarse en el mar. El mar, para el pueblo judío, era una amenaza; un símbolo de muerte. El pelícano atraviesa la muerte y alimenta a los demás con su misma vida. Por eso, en muchos sagrarios aparece la imagen de un pelícano. Jesús aparece hoy como quien cuida de todos: de los samaritanos a los que sus discípulos quieren arrasar y a los ciudadanos de Jerusalén a los que manda mensajeros. Jesús actúa así a imagen del Padre que cuida de todas las criaturas sin que ellas se aperciban. Y nos invita a todos a hacer lo mismo; a ingresar en la vida. Quienes entramos en la vida, aunque nademos aún en sus orillas, descubrimos que el mar no es imagen de muerte. La vida que Jesús propone se descubre tras un cambio absoluto de perspectiva.

El mar nos parece muerte cuando lo miramos desde aquí, pero al sobrevolarlo se aprende que todo surge de él y que nos conecta con otra realidad, con otra orilla que desde aquí no percibimos. La vida es ser porque todo se conjuga en infinitivo y ese ser no termina al entrar en el mar. Cada uno es allí como fue aquí, pero con una conciencia diferente de las cosas y de sí mismo. Allí conoce de un modo nuevo y allí se une con los que llegaron antes, sin por ello dejar de estar unido a los de aquí. Cuando se llega a la Vida plena que llamamos Dios uno se encuentra con todos los seres queridos que partieron antes; con los suyos y con los nuestros. El amor que nos une a todos no tiene fronteras y no depende de que nos conozcamos o no. El amor que ponemos en la vida de cada uno permanece siempre y una vez llegados allí se reconocen, gracias a él, como seres amados por nosotros. Vosotros, que habéis llegado ya hasta esa otra orilla, no estáis en Dios; sois ya Dios, porque formáis parte de la corriente de amor que mueve el universo. A partir de este momento pensar en Dios es pensar en vosotros y pensar en vosotros es tenerle presente a él. Quienes vais hacia él no vais, sino que venís porque Dios habita en el corazón de cada ser humano. Reunirse con él es habitar en todos nosotros que seguiremos siendo, así, depositarios del amor que comenzasteis a darnos aquí.

Ya sólo los muertos entierran a los muertos. Los vivos, aunque todavía lo estemos poco, ni os entregamos ni os dejamos partir sino que os recibimos de un modo nuevo. Por eso, puede que nos sintamos huérfanos, pero somos felices porque sabemos que todo está bien; no es que todo vaya a ir bien, algún día; es que todo está ya bien. Y esta seguridad nos da fuerza para no dejarnos esclavizar por nada más, pero, sin embargo, nos esclavizamos los unos a los otros, tal como a vosotros, Carmen y Josema, os vimos hacer. Con la confianza puesta en el Señor que no deja conocer la corrupción a sus amigos vivimos esperanzados mientras vamos transitando el sendero sin importar cuantas yuntas tengamos que sacrificar. La llamada de Jesús es personal para cada uno y desde el momento que se formula es llamada para la eternidad y la vocación de amar al prójimo no se disuelve al cruzar el mar; al contrario, se profundiza.


Pelícanos cruzando el mar.

Para Flor, Marta, Marcel, Jordi, Javi y demás familia.

Para todos nosotros, huérfanos felices...

sábado, 18 de junio de 2022

PARTIRSE Y REPARTIRSE. Corpus

 19/06/2022

Partirse y repartirse. Corpus

Gn 14, 18-20

Sal 109, 1-4

1 Cor 11, 23-26

Lc 9, 11b-17

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Nos amenaza desde siempre la tentación de pensar y afirmar que el gesto de Jesús de sustituir los sacrificios rituales por la entrega de la propia vida constituye una gran novedad en la historia de las tradiciones religiosas. Lo cierto es que si observamos esa historia prescindiendo de apasionamientos podremos ver que ese gesto supremo de dar la vida a favor de los demás, premiado posteriormente por la resurrección a instancias del Dios supremo era ya conocido en las culturas mediterráneas. También los elementos materiales que sacramentalizan esa entrega, el pan y el vino, estaban ya dados desde los tiempos patriarcales, desde el origen.  Decir que Jesús, en realidad, inventa pocas cosas, o casi nada, puede parecer contradictorio y podría ser que alguno lo considerase una barbaridad pero, en el fondo, es una garantía de autenticidad. Dios se hace hombre auténtico y lo hace de forma auténtica. No impone remedios ni soluciones divinas sino que acepta las referencias que encuentra en las coordenadas culturales que le son accesibles. En ellas Jesús encuentra todo lo que va descubriendo y según ellas lo traduce todo.

Así, resulta que el hecho de que el alimento circule entre todos es una buena imagen para expresar la realidad que Dios espera ver surgir entre nosotros. Y no es sólo una imagen, es misma realidad puesta en acto; hecha real; encarnada en un acto y coordenadas concretos. Antes de darles de comer, nos dice Lucas, Jesús había curado a los que lo necesitaban. En esta nueva realidad cada uno recibe lo que necesita; no conformándose con menos pero sin pretender hacer acopio de nada.  Al mismo tiempo, todos se sienten concernidos para aportar aquello que tienen y ponerlo a disposición de los demás; renuncian al acaparamiento de cualquier cosa.

Jesús llegó a entregar no sólo lo superfluo necesario para otros; entregó la vida entera, tal como sólo los dioses podían hacerlo, pero él se partió y repartió siendo humano. El pan y el vino son imagen del cuerpo y la sangre, de la totalidad que se entrega y de la nada que se retiene. Lo único que Jesús atesoraba era el vacío que en su interior creaba permanentemente para poder acogerlo Todo y a todos. Jesús es el cuenco siempre vacío que puede acoger la máxima cantidad de Espíritu, de amor divino entregado, que después vierte completamente sobre el mundo. Y ese cuenco tiene la forma del ser humano que fue Jesús; es su cuerpo, la realidad despreciada por otras de esas antiguas tradiciones y que él revaloriza hasta convertirla en vehículo del amor de Dios; en signo de comunión; en ideal de unidad que traspasa cualquier frontera sin someterse a limitación alguna. ¿Qué es la eternidad? Una permanente acción de gracias mutua por todo aquello entregado ya en vida que nos permitió seguir viviendo con dignidad y una permanente comunicación entre quienes nos amamos aunque algunos estemos separados por esa grieta que desde aquí parece insalvable. La verdadera eucaristía reúne  lo desgarrado en una sola realidad. Reconocer a quién tenemos que agradecer todo lo recibido y qué tenemos que seguir entregando a cada uno es tarea para cada una de nuestras eucaristías actuales si queremos que realmente sean memorial, recuerdo que se hace vida, y no mero recuerdo, posiblemente enjoyado y muy bien custodiado, pero estéril.


Partirse y repartirse. Corpus


sábado, 11 de junio de 2022

PARA JUGAR CON TODOS. Trinidad

 12/06/2022

Trinidad

Pr 8, 22-31

Sal 8, 4-9

Rm 5, 1-5

Jn 16, 12-15

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Nos empeñamos en conocerlo todo, en medirlo y pesarlo, en desentrañar hasta el último detalle de cualquier cosa con la que nos crucemos. Tenemos que encontrarle respuesta a todo. Pero no todo tiene respuesta, básicamente, porque esperamos comprenderlo con nuestros planteamientos actuales, con nuestros sistemas lógicos. Y tanta lógica nos aparta de la Verdad. No es que ésta no sea razonable; es que lo es en otro sistema, según otros parámetros que nos resultan extraños. Precisamente, si algo tiene la herejía es que es razonable, que se amolda bien a nuestra comprensión y a nuestras expectativas; todos los ídolos demuestran de forma veraz su utilidad. Si algo hay seguro es que el Dios que comprendemos, el Tao que conocemos o el Buda que encontramos no son verdaderos. Si Dios nos fuese, de inmediato, accesible, sería tan sólo otro elemento más del mundo.

En el día de hoy celebramos la Trinidad y la explicamos como mejor podemos. El Padre ama y de ese amor surge el Hijo. Para amar tiene que haber dos, sino todo sería un continuo amarse a sí mismo. Dios deja espacio a lo que no es él. El Hijo es lo no-Padre que ama al Padre, que dialoga con él. Entre ambos se crea un circuito amoroso que es el Espíritu, la corriente de vitalidad que lo anima todo. Dios es el amor que se da y el amor que se recibe aceptando la diferencia. Lo que surge así es un continuo diálogo y un continuo cambio y transformación. El Padre, según su naturaleza, ama dándose por entero y negándose a sí mismo; el Hijo, lo no-Padre, al compartir divinidad con él, hace lo mismo: ama según su naturaleza pero esa naturaleza es tan extensa como todo lo real; todo lo pronunciado por el Padre. En toda la realidad el Hijo contesta al mor del Padre y éste acoge todo eso real y lo incorpora a su ser amándolo y haciéndolo fructificar. El Espíritu hace propio del Padre aquello que siendo del Hijo éste va recapitulando frente a él y el Padre, tomándolo del Hijo, lo comunica a todo lo demás.

Entre ese todo lo demás estamos nosotros. Para nosotros la Trinidad no es un misterio impenetrable; es una vocación. Estamos llamados a reconocer la intervención amorosa de Dios en nuestras vidas y hacernos uno con él entablando un diálogo en el mismo idioma que él habla: el amor y la negación de nuestras prioridades en favor suyo. Pero como Dios no es un ser abstracto sino que es nuestro mismo fondo y origen, tan sólo lo podemos encontrar en nosotros mismos y en los demás. La Trinidad es vocación a la unidad. Todas y todos habremos sentido más de una vez el éxtasis del salmista. Somos, tan solo, un poco inferiores a ángeles, si es que existen. Nos distinguimos del resto de la realidad, de esta sí que sabemos que existe, porque, de alguna manera, nos sentimos enlazados a otra realidad distinta. Jesús nos lo dejó claro, conectándonos a todos con la paz de Dios; justificándonos, dice Pablo; haciéndonos caer en la cuenta de que podemos ser, vivir, fraternalmente como respuesta a nuestra propia naturaleza. Somos realidad creada que aspira a unificarse con su fuente. Y esa reunión sólo es posible en la medida en que aceptamos jugar con la bola de la tierra; no negociar con ella, no sacarle jugo ni provecho; jugar, perdiendo el tiempo en gozarnos con todos los hijos e hijas de la especie humana, de esa misma naturaleza humana en la que el propio Dios tuvo a bien venir a jugar y embarrarse con todos y con todo. Así, vivimos nuestra naturaleza profunda en la medida en que somos saliendo de nosotros para hacernos otro.


Para jugar con todos. Trinidad


sábado, 4 de junio de 2022

BUENO, BUENO, BUENO. Pentecostés.

 05/06/2022

Bueno, bueno, bueno. Pentecostés

Hch 2, 1-11

Sal 103, 1ab. 24ac. 29bc-31. 34

1Cor 12, 3b-7. 12-13

Secuencia

Jn 20, 19-23

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Cuando los judíos querían decir que algo era, por ejemplo, buenísimo lo decían tres veces. Nosotros seguimos diciendo que Dios es santo, santo, santo. Los problemas de aquella buena gente con el superlativo nos han venido bien para expresar nuestra fe. Jesús da hoy la paz por dos veces a sus amigos y a la tercera les da el Espíritu. Será, tal vez, que el Espíritu es la plenitud de la paz. La paz, decía la antigua consigna, es más que la ausencia de conflictos. Es un estado en el que se busca el bien de todos. Es Dios mismo habitando entre los seres humanos y fundamentando sus relaciones. El Espíritu es el amor que circula permanentemente entre el Padre y el Hijo. El Hijo encarnado en Jesús no deja de amar al Padre, ni de recibir el amor que éste le da. El Espíritu está presente en Jesús y él nos lo da, nos revela el amor de Dios, su cuidado por todos: la paz. Y con ese amor nos da también la capacidad de perdonarnos unos a otros, de disculpar las faltas. Nos faculta para colocar el pecado allí donde no pueda dañarnos. Nos habilita para construir ese estado nuevo que llamamos Reino, que se caracteriza por ser bueno, bueno, bueno para todos.

Si la semana pasada se nos decía que no hay que quedarse mirando al cielo, hoy se nos recuerda que esa Paz por construir es tarea nuestra. No hay excusa para esperar que Dios haga las cosas; lo que no hagamos nosotros se quedará sin hacer, sin perdonar, sin construir. Dios nos quiere autónomos. Es madre que quiere que sus hijos e hijas caminen por sí solos. Pero nos quiere unidos. No puede haber unidad mayor que ser uno solo. El Padre y Jesús eran uno y los amantes forman una sola carne. Ser uno; un solo cuerpo en el que cada uno tiene su función y su carisma y donde todos hemos recibido la manifestación del Espíritu para construir el bien común. Esa es la labor que nos encomienda Jesús. Tal como el Padre envió al Hijo, el Hijo en Jesús y Jesús con él nos envían a nosotros: no para conquistar ni para imponer, sino para amar; para hacer que cualquier vacío rebose con el amor que llevamos dentro.

Todos estamos llamados a hablar una única lengua que sea comprensible para todos. En la que todos se sientan tan cómodos que no la vean como extraña, que sea como la suya propia, como su propio hogar. Estamos hoy recibiendo la invitación para desmontar Babel por nosotros mismos. Ya no tiene sentido construirse torres ni estrados con los que acercarse a Dios porque tenemos en nosotros mismos el amor que es su dinamismo interno. Se nos muestra hoy el valor de la horizontalidad y de la autonomía y no son palabras a las que tengamos que temer porque se basan en aquel que nos une a todos. El don de lenguas es bueno cuando me sirve para entenderme con los demás. Cualquier otro don es bueno cuando nos acerca a los demás. Si no, se queda enquistado en nuestra profundidad y no hace nada. Cualquier regalo tiene que ser abierto. Sólo los niños pequeños se quedan prendados del envoltorio. Algunos pocos consiguen jugar con la caja, esos son los aventajados… los que ya han crecido y madurado se atreven a mirar dentro y no sólo contemplan, sino que sacan el regalo, lo giran, lo desmontan, lo ponen a funcionar. No esperan que por arte de aquello comience a moverse solo. Hay que estrenar los dones del Espíritu, que es don de Dios, y ponerlo al servicio de la construcción de la Paz.


Bueno, bueno, bueno. Pentecostés. 


sábado, 28 de mayo de 2022

ASCENDER ES ZAMBULLIRSE. Ascensión del Señor

 29/05/2022

Ascender es zambullirse. Ascensión del Señor

Hech 1, 11

Sal 46, 2-3. 6-9

Ef 1, 17-23

Lc 24, 46-53

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Es normal que en la antigüedad, el ser humano identificara el cielo con ese lugar o espacio en el  que Dios vivía. Así, se entiende que Dios habita en un lugar distinto y mejor; ajeno al sufrimiento y a la injusticia: extraño a la realidad física que percibimos cotidianamente. Lo que ocurre es que ya esa comprensión de la realidad es imposible de casar con nuestra perspectiva del mundo. Sin embargo, negar la existencia del cielo es negarnos a nosotros mismos como buscadores de sentido. El cielo no es un lugar sino un estado, se dice ahora. Es la forma de vida o de organización en la que se cumple la voluntad de Dios; es el triunfo del amor sobre la muerte. Es la vida que el hombre está llamado a construir como realización de su propia naturaleza y actualización de la raíz divina que lleva en su interior. Es una forma de ser. Un ecosistema en el que Dios es; está presente. Dios es donde hay amor.

Por eso resulta ser tan imposible quedarse plantado mirando al cielo esperando ver volver a Jesús desde las alturas como verle ascender a ese sitio tanto más beatífico cuanto más  ajeno a la tierra sea. Lucas pone en boca de ángeles, mensajeros de Dios, la expresión de este descubrimiento como si de una revelación divina se tratara. Jesús había sido claro en su encargo de que esperasen en la ciudad. La semana pasada se nos anunció la  llegada de la ciudad nueva; el mundo nuevo. Para que éste se haga realidad es imprescindible no desligarse del actual, nos dice Jesús, del lugar donde todo ocurre, del escenario en el que Dios se ha hecho presente como uno más de los muchos desheredaos que habitan las periferias de esta urbe única en la que el mundo se va convirtiendo. Y resulta que éste que va surgiendo no es el mundo prometido porque, pese a todas las cosméticas, sigue siendo tan injusto como el que conocieron quienes concibieron el cielo o quizá más. Pero ahora ya no colocamos a Dios fuera de él sino que, siguiendo la indicación de Jesús, lo buscamos en su mismo centro. Para llegar al cielo no hay que ascender sino que hay que salir de uno mismo, superar las barreras que nos inmovilizan y llegar hasta los otros pasando por nuestro propio centro.

Ascender es zambullirse en la interioridad donde habita la esperanza alimentada por la resurrección de Jesús para desde allí resurgir con él venciendo cualquier resistencia que nos aleje de los demás, de la asamblea única que encabezada por Cristo hace presentes a todos los sin voz. Ascender es sumergirse en la profundidad de un mundo herido que busca restañar cada brecha por la que se le escapa la fraternal riqueza que constituye nuestra herencia. Ascender es bautizarse en el amor que todo lo puede en nosotros y bucear en su conocimiento, saborear su revelación y disponernos a bregar para que el mundo que va surgiendo se parezca cada día más al mundo que esperamos que baje. Porque en realidad todo desciende; Dios se coloca siempre al nivel del que quiere levantar y desde allí ambos ascienden juntos y es entonces cuando el Señor es aclamado al son de trompetas. No seamos tan demandantes; seamos también señores que tras zambullirse ascienden llevando a muchos de la mano. La teología de los primeros siglos y aún hoy la teología de nuestros hermanos ortodoxos, insistía en la divinización del ser humano. Dios se hizo hombre para que el hombre descubriese a Dios en sí. Divinizarse es actuar como Dios: acercarse a los últimos con la simplicidad de ser uno mismo y vivir con ellos en el mismo barro.


Ascender es zambullirse


sábado, 21 de mayo de 2022

UN MUNDO NUEVO. Domingo VI Pascua.

 22/05/2022

Un mundo nuevo.

Domingo VI Pascua.

Hch 15, 1-2. 22-29

Sal 66, 2-3. 5-6. 8

Ap 21, 10-14. 21-23

Jn 14, 23-29

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Avanzando en este tiempo pascual se nos van aclarando las cosas. Jesús terminará por irse definitivamente. Avisa con antelación de que tiene que volver al seno del Padre, como ya volvieron todos los antiguos patriarcas y tantos otros, pero Jesús no se limitará a dormir allí con los suyos tal como de aquellos se decía que hicieron. Jesús vuelve al Padre para que ambos, el Padre y él, puedan venir y poner su morada en quien guarde su palabra. Para rememorar esa palabra habrá que echar la vista atrás y tener presente lo que Jesús fue haciendo y diciendo durante toda su vida. Como ya vimos la semana pasada, Juan lo resumía todo en un simple pero expresivo “amaos”. Así pues Jesús no se va y nos deja solos en la intemperie. Se va, como todos nos iremos yendo, pero el Padre nos manda el Espíritu para que permanezca siempre con nosotros como Defensor. El Espíritu es el amor que circula permanentemente entre el Padre y el Hijo. Contamos, pues, con la presencia en nosotros del amor circulante entre Padre e Hijo. Es pura vida.

Este Espíritu es el que ayudó a las primeras comunidades a ir poniendo al día todo lo referente a las prácticas que debían ir adoptándose en la iglesia que iba creciendo con las nuevas incorporaciones de gentes llegadas del paganismo. A todas ellas se les recomendaron unas normas imprescindibles porque no querían inquietarlas. Esta normativa esencial nos recuerda a las también breves normas de la alianza de Dios con Noé. En un momento en el que el mundo se renueva por completo no se requiere volver a lo monolítico. La circuncisión representaba una seña de identidad y distinción del pueblo judío entre todos los demás. Ahora ya no se puede justificar ninguna segregación. Igual que tras el diluvio se nos da un mundo nuevo en el que cabrán todos los mundos; una ciudad de doce puertas y doce cimientos que en conjunto hacen su labor pero no se unifican en una sola puerta y un único cimiento. La peculiaridad está abierta a todos. La pertenencia no exige uniformidad y se orienta a superar cualquier distinción que fomente la idolatría, la magia o la superstición. Por eso no hay ya rastro de templos ni santuarios, ni el sol ni los astros desempeñan ya papel astrológico alguno. La gloria del Señor es su única luz. Y esa es la gran alegría que canta el salmista.

Es la paz que nos deja Jesús que vuelve al Padre que es más grande que él. No tiene sentido convertirlo en un ídolo despreciando lo anterior. La ciudad sigue teniendo doce puertas. Todo lo pasado tuvo su sentido en su momento y sigue teniendo su valor; sigue, en cierto sentido, vivo. Toda nuestra historia ha sido suficiente para traernos hasta aquí y fue suficiente también para permitirnos captar la gloria y la gracia del Señor. Reconozcamos y agradezcamos los días pasados, pero no queramos hacer de ellos una realidad esclerotizante. En este mundo nuevo que la Pascua inaugura no queda sitio para la inquietud ni el temor; no hay razón para seguir cargando con reglas y prohibiciones; vayamos a lo nuclear: renunciemos a los ídolos, sabiendo desenmascarar incluso a esos que tenemos por verdades irrenunciables; respetemos la vida y no derramemos la sangre de nadie ni la dejemos coagularse asfixiando a los demás con exigencias desproporcionadas y abstengámonos de cualquier impureza que contradiga el amor de Dios de quien somos morada; que con nosotros es. 


Un mundo nuevo. Ilustración del Apocalipsis de Bamberg (s. XI) Folio 55.






sábado, 14 de mayo de 2022

RESPIRAR A DIOS. Domingo V Pascua

 15/05/2022

Respirar a Dios.

Domingo V Pascua.

Hch 14, 21b-27

Sal 144, 8-13ab

Ap 21, 1-5a

Jn 13, 31-33a. 34-35

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Todos tenemos interés en trascender; en dejar huella de nuestro paso por aquí. Parece ser que también Jesús lo tuvo. Así, cuando intuyó cercano el final dejó este testamento a los suyos. O, al menos, así lo explica Juan. No tenemos razones para no creer que Jesús quisiese que sus amigos recordasen, sobre todo, este encargo de amarse unos a otros. Sólo quien ama se parece a Dios, porque Dios es amor. Son, también, palabras de Juan. Dios es amor, y al decir es queremos decir que es amando; que su respiración es amar. Todo en él es acto; no se reserva nada, decían ya los teólogos escolásticos. Entonces ¿Qué hace Dios? ¿A qué se dedica? A amar. Dios ama. El amor es Dios. Allí donde hay amor está él. Allí, él es. Por eso, cuando Jesús quiere resumir su vida y dejar un mensaje, o cuando Juan quiere condensar finalmente la vida del maestro amado, dice: amaos como yo os he amado, porque os he amado como el Padre ama, como Dios. El Hijo ama como Dios que es y el ser humano que es Jesús le permite seguir amando así desde él mismo, sin imponerse en nada. Esta compleja relación entre Trinidad y encarnación es resultado de un proceso largo: al menos 33 años, si hemos de confiar en la tradición. No es algo automático, es el resultado de toda una vida.

El salmista, por su parte, borra de un plumazo los viejos miedos que en el Antiguo Testamento se imponían a la concepción amorosa de Dios que también está presente en él.    Durante toda nuestra historia evolutiva el miedo ha sido un mecanismo claramente beneficioso y lo hemos trasvasado a nuestra experiencia religiosa sin advertir que así la contaminábamos. Sin embargo, el amor es lo definitivo y Jesús insiste en él no por temer no perdurar o por simple afán de dejar huella, sino por su convencimiento en la centralidad que tiene para nuestra experiencia de Dios que podríamos resumir como sentirle a él como amor que se nos da y ser nosotros, a parir de él, amor que se da a los otros. Es el amor, Dios mismo, quien traspasa las fronteras para abrir todas las puertas de la ciudad nueva. Así que ya no quedan gentiles a los que se les pueda prohibir la entrada. Todos somos, simplemente, humanos. Imágenes de Dios que buscan expresarse y relacionarse amorosamente con todos, habitar con él en una nueva morada y que toda lágrima sea, por fin, enjugada.

Con su ser amor Dios lo hace todo nuevo. Así lo entendieron, lo vivieron  y lo quisieron explicar Juan y Pablo; también Lucas, que contó las peripecias de Pablo y todos los y las demás que abrieron al mundo las puertas. Ahora, nosotros podemos reconocemos como gentiles que han pasado de ser guardianes del legado y caer en que está en nuestra mano seguir abriendo puertas a todos sin que tengan que gastar más vida hacinados en el umbral. Igual que Jesús, siguiendo al Espíritu, dejó actuar al Hijo en él nosotros podemos dejar que Dios anide y actúe en nosotros; podemos ser respiración de Dios. La resurrección fue el nuevo comienzo que confirmó la esperanza puesta en marcha en la creación. La nueva tierra es la llegada. Entre ambas se extienda la utopía, el no-lugar que vamos caminando, ensanchando, humanizando al amar a todos; al permitir a Dios respirar en nosotros; al no poner trabas a que su aliento vivo expire desde nosotros para que al inspirar dé entrada a tantos que están hacinados en el umbral. Acogerlos es construir y ampliar esa misma ciudad según los planos del arquitecto. Es respirar a Dios.


Respirar a Dios





sábado, 7 de mayo de 2022

PASCUA FLORIDA. Domingo IV Pascua

08/05/2022

Pascua Florida

Domingo IV Pascua

Hch 13, 14. 43-52

Sal 99, 2. 3. 5

Ap 7, 9. 14b-17

Jn 10, 27-30

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La palabra apocalipsis significa revelación. Es un mensaje acerca de una realidad que nos permanecería oculta si no se nos comunicase de manera “extraoficial”. No tendríamos por qué conocerla pero hay quien quiere que así sea; que la conozcamos. En el caso de las lecturas de hoy estamos hablando de una llamada a la esperanza: “Dios enjugará toda lágrima”. Muchas veces este mundo se nos hace cuesta arriba y, en ocasiones, muy cuesta arriba. Pero, aunque nos cueste creerlo, no somos los que peor están. Los medios de comunicación (o de incomunicación, según se mire) nos presentan en directo situaciones espeluznantes que, en un primer momento, consiguen arrebatarnos de los brazos del sillón pero poco a poco nos vamos acostumbrando a todo o, simplemente, nos cambian el escenario y, con él, nuestra preocupación. Y aunque no podamos creerlo vemos sólo una parte de todo el mal que se desencadena; aquella que, por intereses diversos, llama la atención de nuestros programadores y dirigentes.

El caso es que la realidad que vamos tejiendo entre todos genera una inmensa muchedumbre a la que no le queda más que lavar sus túnicas en la sangre del Cordero. Son millones las personas que sufren inocentemente, sin culpa alguna, y con las que sólo el Cordero se ha identificado plenamente. El mensaje de Jesús es universal porque él ha sufrido como y con todos los pobres del mundo. Ya no depende de religiones ni de posiciones sociales; no es cuestión de patriotismo ni de razas… Todo eso son excusas que soportan y justifican el atropello de tantísimas mujeres y hombres. El dolor los unifica a todos; el sinsentido une para luchar por la esperanza. Y en esa esperanza que comienza ya aquí todos se aferran a la mano que los consuela siendo la mano misma de Dios, de la que, pese a las apariencias, nadie podrá nunca arrebatarles porque Dios, en la fidelidad que canta el salmista, no se separa de ellos.

 Dios sigue hablando al corazón del ser humano; a su centro primordial: a la sinagoga, a la mezquita, a la iglesia o a la pagoda que es su corazón y cuando allí no encuentra respuesta sale afuera para hablarle desde la realidad y hacerse uno con él. Es un proceso de identificación mutua, de reconocimiento. Dios se nos acerca en Jesús como ser humano sufriente y nosotros reconocemos en esta encarnación al pastor que puede guiarnos hacia quien es uno con él. Jesús ha llegado a esa unidad siguiendo un dinamismo que le ha conducido a revelarse frente al sufrimiento de los demás, aceptando el propio como consecuencia de haber dado en la diana y como hermanamiento con todos los sufrientes de la humanidad, de cualquier pueblo, religión o lengua. Y a todos ellos los ha hecho uno con él y con el Padre. ¿Dónde está ese Dios que no evita el sufrimiento? En el que sufre. Y en quien se acerca al que sufre. No son palabras de consuelo porque tanto dolor es inconsolable y desconsolador. Es esperanzador no porque remita a un futuro apocalíptico (revelado) pero lejano, sino porque muestra que el camino para eliminar tanto dolor es dejarse traspasar por él y hacerse una única realidad solidificada (solidaria) con aquellos que lo sufren y mostrar al mundo el horror que no quiere ver. Sólo así es posible que la resurrección se vaya abriendo camino; que la Pascua florezca.


Pascua florida.