viernes, 28 de marzo de 2025

EL PADRE AMOROSO. Domingo IV Cuaresma "Laetera"

30/03/2025 – IV Domingo Cuaresma “Laetare”

El Padre Amoroso

Jos 5, 9a. 10-12

Sal 33, 2-7

2 Cor 5, 17-21

Lc 15, 1-3. 11-32

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Para la fe judía el Señor está del lado de su pueblo. Les sacó de Egipto y les llevó a la Tierra prometida. Su cuidado abarcaba todo lo necesario, incluido el maná. Ese alimento aseguró su supervivencia cuando su trashumancia les impedía sembrar y cosechar. Pero una vez llegados a puerto y ya en situación de poder labrar y faenar por sí mismos esa ayuda cesó. Dios provee, pero no sustituye el trabajo del ser humano. El salmista reconoce esta solicitud divina y expresa su agradecimiento a la vez que motiva el de quienes le escuchan. En la realidad que nos rodea nuestra indigencia perinatal nos permite un desarrollo desconocido para otras especies, a la vez que creamos lazos firmes y duraderos. Esta naturaleza nuestra, que fue tan bien tutelada, se sensibiliza y nos hace reparar en la necesidad de los otros y en nuestro acercamiento a ellos nos constituimos en seres responsables y nos transformamos en familia y, extendiendo el círculo, en pueblo. 

Dios vela por su pueblo como una madre, no para privilegiarlo sobre los demás sino para enseñarle cómo tiene que actuar con los demás; con otros pueblos o con quienes no sean como ellos. Pero no es una lección sencilla. Así lo muestra el escándalo de fariseos y escribas al ver a Jesús comiendo con pecadores y publicanos. Ningún maestro sensato lo haría. Si el sí, no puede ser tan bueno como se dice. También a nosotros nos cuesta a veces; por eso la parábola del Padre Amoroso nos desarma. Si, en cambio, nos quedamos con la del hijo pródigo todo parece mejor. En este hijo nos reconocemos al meter la pata y, oye, ¿a quién no le gusta que le perdonen el desliz? Si todo acabase aquí sería la historia perfecta, pero no es así. Por eso es la parábola del Padre Amoroso. Porque este Padre disculpa el error de cualquiera. Y eso ni nosotros ni el hijo mayor terminamos de verlo claro. Él no entiende que perdone al descarriado mientras su intachable conducta no encuentra recompensa alguna y nosotros no comprendemos que perdone a quienes hacen daño. Porque alejarse de Dios, que es amor, es no amar y, por lo tanto, hacer daño; no a Dios, sino a los demás. Nos parece imperdonable y, sin embargo, la fiesta es mayúscula cuando vuelven. La tristeza queda atrás.

Pablo insiste a los corintios en que todo lo viejo ha pasado; ya no hay lugar para la preeminencia. Cualquier privilegio nos es dado para ponerlo al servicio de los demás, tal como Dios mismo hace; como Jesús hizo. Actuamos como enviados de Cristo, dice, precisamente porque sabemos acoger y perdonar a todos. Cargar con el pecado ajeno, como Jesús hizo, no es una abstracción; es amparar a los que vuelven sin echarles en cara el mal que traen consigo sino tomándolo como propio para descargarles a ellos de un peso que ya no pueden llevar. Esa es la salvación que Jesús ofrecía a todos; totalmente ajena a la condena del hermano mayor. No pedía conversión para volver al rito y la observancia, sino para que se hicieran conscientes de su verdad más profunda y pudiesen reconstruirse libres de esa carga. No les ahorraba el esfuerzo que eso suponía, pero, como maná definitivo, les sustentaba mientras ellos no eran capaces de hacerlo. En este tiempo tan dado a penitencias y amarguras tendremos que empezar a considerar la expiación no como una victoria o mérito particular sino como la realización en común del amor divino que providencial y parentalmente se abre a todos. Iniciarse en este camino es descubrir la verdadera alegría que Dios quiere para todos. 

 

James Tissot, El retorno (1882)

 

 


 

 

 

sábado, 22 de marzo de 2025

HACERSE PRESENTES. Domingo III Cuaresma

23/03/2025 – Domingo III Cuaresma

Hacerse presentes

Éx 3, 1-8a. 13-15

Sal 102,1-4. 6-8. 11

1 Cor 10, 1-6. 10-12

Lc 13, 1-9

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Como todos los relatos de vocación, el de Moisés dice más del Dios que llama que de la persona llamada, aunque siempre nos empeñamos en verlos desde este lado, normalmente para fustigarnos: si él pudo…, si él confió…, si él lo hizo….; nos encanta. No es este nuestro camino, sino que vemos hoy a Dios diciéndole unas cuantas cosas importantes a Moisés: he oído…, he visto…, me he fijado…, voy a bajar para liberar. Esto es una novedad. Los dioses de antaño bajaban para castigar, para secuestrar doncellas, para recoger ofrendas, para buscar beneficio, en suma. Este Dios, no. Él es el que es. Es el que se hace presente en la vida de su pueblo para caminar con él. Aquí encuentra su razón de ser la insistencia de algunos lingüistas en explicar que el nombre divino se expresa en futuro. Soy el que seré; estaré siempre con vosotros. Esta es la experiencia del salmista: verdaderamente, Dios está con nosotros y así seguirá por siempre porque su presente es eterno y nosotros lo captamos como futuro.

Pablo enlaza directamente con esta experiencia y nos recuerda que todos nuestros padres caminaron por el desierto bajo la protección de la nube, imagen de Dios, real pero inasible. Todos estuvieron allí, pero, por alguna razón, no todos agradaron al Señor. Encontraremos la clave en el testimonio de Lucas. Por un lado y pese a todos los prejuicios en su contra, los galileos eran respetados por su exaltado nacionalismo que les aseguraba el recelo de los invasores. No en vano fueron perseguidos por ellos hasta el interior del Templo para ser aniquilados allí mientras presentaban sus sacrificios. La religiosidad no es un seguro mágico que garantice la supervivencia. Por otra parte, los 18 que murieron aplastados por la caída de la torre de Siloé no eran más culpables que los demás. Las creencias de la época exigían que Dios hubiese salvado a los primeros y veían en la muerte de los segundos un castigo que sus pecados les habían merecido. Para Jesús nada de esto tiene sentido pues la vida se va desenvolviendo por sí misma, pero aprovecha la imagen de la muerte y el miedo que inspira para decirnos que hay que abandonar esa imagen de Dios que favorece el ritualismo y castiga el error sin compasión alguna. Lo que Dios espera es que demos fruto. Frente a esa imagen exigente, Jesús se propone como viñador solícito que cuida y motiva; que exige acompañando, no desde la distancia.

El Dios que anunció a Moisés su descenso hasta el pueblo oprimido bajó personalmente en forma humana y se puso a caminar como todos los demás y con todos ellos, acompasando su paso al de los que más dificultades tenían para seguir el ritmo excluyente impuesto por algunos. Se hizo verdaderamente presente y nos pide que también nosotros lo hagamos con validez de eternidad; es decir, desde ahora y durante todo el futuro que tengamos a nuestra disposición: para siempre. La conversión es la inversión de esa tendencia que mira solo por uno mismo para pasar a vivir de cara a los demás. El milagro real está en que vivir para los demás te hace más tú mismo que ninguna otra cosa. Dar fruto beneficia a los demás pero nos construye a cada uno y, como resultado, a la comunidad y al Reino. Pablo aleccionaba a los corintios para que se situasen en un mundo en ocaso aportando soluciones nuevas. Las antiguas seguridades ya no sirven; el único apoyo es la comunión de seres verdaderos que se hacen presentes y construyen caminando con otros. 

 

Hacerse presentes.

 

 


 

 

 

sábado, 15 de marzo de 2025

En permanente búsqueda. Domingo II Cuaresma

16/03/2025

En permanente búsqueda – Domingo II Cuaresma

Gén 15, 5-12. 17-18

Sal 26,1. 7-9c. 13-14

Flp 3, 17 – 4, 1

Lc 9, 28b-36

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Tenemos hoy la mirada puesta en el futuro. Abram había sido convocado por el mismo Dios para abandonar su hogar en Ur y lanzarse a nomadear en busca de una tierra que habrá de ser para su, de momento, inexistente descendencia, no para él. Ahora, tras las primeras peripecias, Abram pide alguna garantía y Dios empeña en ello su palabra. Dejar la casa paterna y aventurarse en busca de un lugar propio es una de las grandes metáforas de la vida espiritual. En el fondo, ese lugar es inexistente. Si te la tomas en serio, la búsqueda nunca tiene fin, pero tu experiencia podrá ser punto de encuentro y arranque para las generaciones futuras. Por eso, ni Abraham ni Moisés verían esa tierra que sus descendientes ocuparon. La única patria o matria posible es la continua exploración que te mantiene en la permanente insatisfacción. Ese mismo mensaje lanza el salmista que no deja de buscar el rostro de Dios sin hallarlo en ningún lugar mientras es irónicamente animado a esperar en él ¿se puede esperar en quien no ha sido hallado? Habrá que concluir que no lo ha encontrado en su plenitud, pero sí en pequeños vislumbres que le van guiando. Lo definitivo está más allá y Abram, como Moisés y los verdaderos creyentes, vive lanzado hacia el futuro encaramado a lo que va viviendo.

También Jesús se sitúa en esas coordenadas. Su vida es también una búsqueda continua que no le deja instalarse en ningún sitio. El relato de la Transfiguración no parece histórico en absoluto. Lucas entiende que en algún momento Jesús alcanzó la suficiente certeza para considerar que su permanente trashumancia estaba ya definitivamente orientada. Este episodio quiere mostrar esa certeza a sus amigos. Estos, al vencer el sueño, como Abram, entran en la dimensión en la que la comunicación con lo divino es posible. Allí, Moisés y Elías les presentan a Jesús como el enviado definitivo. Con ellos acamparían allí definitivamente porque se sentían ya en casa. Sin embargo, la intervención de Dios en forma de nube les llena de temor; hay que seguir y lo que viene no siempre será amable ni tendrá que ver con lo esperado. De ahí el silencio.

El futuro sigue abierto y Pablo nos invita a ser ya ciudadanos de ese porvenir. No podemos habitar esta realidad como un vecino más. La osadía de Jesús abrió un portal nuevo. No se trata de abandonar nada ni de aislarse en ningún sitio sino de vencer al sueño tal como hicieron Abram y los tres apóstoles y abrir los ojos para poder salir fuera de la matrix en la que se vive adorando al vientre y cada uno se gloría en sus vergüenzas. Pese a lo que pueda parecer Dios sigue presente en el mundo y la Transfiguración es el resultado de buscarlo. Es el adelanto de la decisiva transformación que tendrá lugar en ese futuro que no llega pero que podemos ir viviendo ya. Nuestros cuerpos serán glorificados, dice Pablo, pero no solo nuestros cuerpos; la realidad entera está llamada a experimentar esa conversión que va llegando poco a poco. Es obra de Dios que quiere darnos una tierra nueva y es obra nuestra que nos animamos a colaborar con él y gloriarnos en la misma gloria que Jesús. Somos guardianes, jardineros encargados de cultivar, abonar y arrancar; y somos también nómadas que abren caminos para que otros los recorran sin tener que empezar de cero. Pasado, presente y futuro van de la mano en nosotros. Si nos falla alguno seremos huérfanos que engendren a otros huérfanos. 

 


En permanente búsqueda. Transfiguratione (de la Red) 

 

 


 

sábado, 8 de marzo de 2025

AUNQUE PAREZCA QUE NO ESTÁS

09/03/2025 – Domingo I Cuaresma

Aunque parezca que no estás

Dt 26, 4-10

Sal 90, 1-2. 10-15

Rm 10, 8-13

Lc 4, 1-13

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Para ser fieles a la historia, que es una dimensión importante en las lecturas de hoy, vamos a partir de las palabras del salmista que identifica a los agentes de la protección que Dios dispensa al pueblo. Son los ángeles quienes acompañan en el camino. El Señor vela y ampara. Él es el refugio. Es un Dios amante y fiel, pero distante. No interviene directamente. Los seres celestiales, tomados en préstamo de las cosmovisiones cananeas, son quienes se relacionan de cara a cara con los humanos. Años después la recopilación deuteronomista, llegada en tiempos de profunda crisis, pondrá negro sobre blanco que aunque Dios no parezca hoy muy pendiente de nosotros lo está tal como lo estuvo en el pasado. Por eso se recuerda la profesión de fe de Moisés que pone voz al sentimiento del pueblo y recuerda los favores recibidos de Dios. Es un credo histórico. Ese favor promueve la fe. El pueblo sabe de quien se ha fiado porque en su día a día ha sido testigo del cuidado de Dios; no es una abstracción. Sus huellas están presentes en su devenir. Y en ese devenir el pueblo se manifiesta agradecido y entrega a Dios las primicias de su trabajo. Cuanto él es y es capaz de hacer se lo debe al apoyo de Dios. Para no dejar que esa realidad caiga en el olvido, se insta al pueblo a ritualizarla y descubrir así el sentido de su presente al hacer memoria de su pasado común con Dios.

La historia continúa. Jesús fue hombre de fe. Su confianza estaba firmemente arraigada en su propia experiencia y esa era una experiencia que tenía mucho en común con la del pueblo. Jesús encontraba a Dios en la intimidad de su día a día. Su vida fue la de un obrero artesano dedicado a la construcción en un ambiente eminentemente rural que iba urbanizándose según la moda latina del conquistador. Podría pensarse que Dios no tendría un protagonismo importante en sus rutinas más allá de la capacidad de Jesús de descubrir su presencia allí donde no parece que se dieran manifestaciones extraordinarias. Sin embargo, fue en esa conflictiva sencillez donde Jesús descubrió su cercanía y comprendió que, lejos de ser ajeno a las necesidades humanas, las atendía en toda su profundidad evitando cualquier espectacularidad que pudiera ser malentendida y renunciando explícitamente al concepto mundano de poder. Este descubrimiento se nos hace patente en el episodio sinóptico de las tentaciones, donde Jesús rechaza la seducción con afirmaciones deuteronómicas.  

En el testimonio de Pablo la sencillez está cercana a convertirse en sequedad pues Dios sigue sin manifestarse abiertamente y el conflicto con los hermanos judíos se ha radicalizado. Pero Saulo llama la atención sobre la cercanía de la palabra predicada y sobre la resurrección de Jesús como manifestación definitiva. La palabra es cercana porque es capaz de sanar y alimentar cuerpo y alma, por eso es reconocida como acción de Dios y habita en el corazón y en los labios y desde allí sale al encuentro del otro. La profesión de fe real no es simple recitación sino actualización de la vida de Jesús en la propia. Lo que al pueblo se le presentó como ritualización histórica se descubre ahora como proyección de lo cotidiano hacia el futuro. Eso cotidiano es vivir desde la convicción de estar ya resucitado. Cuando la palabra recibida se convierte en vida, su contenido se hace efectivo aunque no haya alcanzado aún su plenitud. Ese es el incontenible don de Dios con el que podemos renunciar a la seducción del “adversario” y proclamar la unidad de todos los humanos. Esa es la salvación ya iniciada. 

 

Ary Schaffer, The temptation of Christ (1854)

 

 

 


 

sábado, 1 de marzo de 2025

SINCERO COMO EL MAESTRO. Domingo VIII Ordinario

02/03/2025 – Domingo VIII T.O.

Sincero como el maestro

Si 27, 4-7

Sal 91, 2-3. 13-16

1 Cor 15, 54-58

Lc 6, 39-45

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Cada vez dilatamos y profundizamos más la cultura de la imagen en la que nos encontramos inmersos desde hace ya unas décadas. Sin embargo, nuestras lecturas se centran hoy en la palabra como acto capaz de revelar la interioridad del ser humano. Así, para Jesús Ben Sirá la palabra lo es todo; revela lo más íntimo de la persona. El salmista, por su parte, comienza hablando de la acción de gracias y continúa con la matutina proclamación de la misericordia que nos regala un nuevo día y con la vespertina invocación a la fidelidad que no nos abandonará en la noche. Esta es la real y efectiva justicia del Señor, Roca nuestra, y esa declaración no puede hacerla sino el justo; quien ha aprendido del mejor maestro. El ser humano y Dios se tratan como iguales. Sus palabras son su acción. Hablar es aquí sinónimo de actuar. No cabe aquello de decir una cosa y hacer la contraria. Los hechos hablan tanto como las palabras y, sin el respaldo de aquellos, éstas no dicen nada. Reconociendo la presencia de Dios en su vida, el hijo de Sirá y el salmista han aprendido a ser como Él ha sido con ellos.  

Entendemos así que no es en vano que Jesús nos recuerde que el alumno no es más que el maestro, pero terminará siendo como él. Con esta simple frase ha suturado la fractura entre Dios y la humanidad que para tantos parece todavía insuperable. Dios se dice a sí mismo; él es su Palabra. Del mismo modo, esa Palabra, en la humanidad de Jesús, se recita también a sí misma y muestra que todos podemos hacer lo mismo. Podemos ser como Dios: mostrarnos sin mentira alguna; actuar sin engaño. Reconocer la viga en nuestro ojo requiere sinceridad para con nosotros mismos y la produce también para los otros. Lo contrario es anclarse en la crítica que solo ve negatividad en los demás y esa, como cualquier ancla, nos impide navegar. Así ni aprendemos ni avanzamos. Dejamos que nuestra imagen oculte nuestra verdad y nuestra palabra nunca alcanzará la mayúscula que la acerque a la divina. Nos quedaremos en el estadio del hipócrita; del actor que interpreta un papel que no es. Para que quede claro, Jesús insiste en los ejemplos del árbol y los frutos, de las zarzas incapaces de dar higos o uvas. Finalmente, concluye, es la abundancia del corazón la que aflora por la boca. La imagen puede engañar; la Palabra, no.

Según Pablo, el ser humano puede alcanzar la inmortalidad. Esa sería la meta definitiva; la culminación del aprendizaje. El cuerpo es  corruptible, pero no despreciable, pues puede revestirse, transformarse, en lo que no es. El pecado es el aguijón de la muerte porque esclaviza y hace sufrir. Pero ahora que la muerte ya ha sido vencida ese aguijón ha perdido fuerza. Queda, sin embargo, la ley que le presta nuevas fuerzas. Esta ley es esa misma que nos lleva a ser tolerantes con la viga que nos entorpece la visión. “Hago lo que no quiero…”  dirá Pablo unos años más tarde. Es eso mismo. Nos cuesta acoger nuestra propia verdad. No es fácil, pero todo el esfuerzo que requiere se multiplica si se apoya en el Señor; si él pudo nosotros no estamos tan lejos. Él está de nuestro lado; a nosotros nos toca comenzar y perseverar. Mientras no lo hagamos no podremos acoger la de los demás; seremos incapaces de ayudarles; nos incapacitaremos para un caminar comunitario y, para postre, seguiremos lastrados por el mal que no desterramos de nosotros mismos; continuaremos sucumbiendo a la mortalidad en la que nos acomodamos entretenidos y consolados con la paja del ojo ajeno. 

 

Sincero como el maestro (Luke 6:39-42. Bible Study)


 


 

sábado, 22 de febrero de 2025

AMA. Domingo VII Ordinario

23/02/2025 – Domingo VII T.O.

Ama

1 Sam 26,2. 7-9. 12-13. 22-23

Sal 102, 1-4. 8. 10. 12-13

1 Cor 15, 45-49

Lc 6, 27-38

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Saúl no podía aceptar la popularidad de David; se sentía amenazado por su presencia. Tanto es así que, pese a ser el gran amigo de su hijo y el marido de su hija, intentó matarlo  varias veces. David huyó y se dedicó al pillaje y al bandolerismo, aliándose con los filisteos o con quien conviniera en cada caso. “Tú me obligaste…” podría decir David en su defensa, pero no obstante fue siempre consciente de que Saúl era el ungido del Señor. También es mala suerte que tu enemigo sea precisamente el elegido de Dios. Este carácter mesiánico era el que le impedía atentar contra él. Por eso perdona su vida cuando lo tiene al alcance de sus armas. Con eso se asegura la misericordia del Señor. El enemigo es perdonado en virtud de su condición y en vistas a alcanzar de esa acción la definitiva benevolencia de Dios. Un detalle importante, que no aparece en nuestra lectura, es que esa condición de elegido era también la de David que había sido ungido por Samuel en el pasado. Esta acción se da, pues, entre iguales. El salmista, que el texto bíblico identifica con el propio David, proclama esa misma misericordia divina. Quien mucho yerra termina siendo experto en misericordia.

Jesús marca distancias con lo habitual; con eso que se da normalmente entre los pecadores. Todos ellos aman a quienes les aman; hacen bien a quienes se lo hacen a ellos y prestan a aquellos de los que esperan cobrar. Todos estos son pecadores no porque hagan mal, sino porque no hacen lo que hace el Santo. Solo Dios es santo y esa santidad se cifra en su misericordia; en su ser bueno con los malvados y desagradecidos. Si nosotros actuamos así, como Dios actúa, tal como Jesús enuncia, nos haremos hijos del Altísimo. Jesús expone un nuevo sistema de convivir basado en la cercanía. Hay que ser bueno con los próximos, hacerse prójimo suyo, y tratar a todos como te gustaría que te tratasen a ti. Esta es la sencilla regla de oro. No es original de Jesús. Se podía encontrar ya en el mundo grecorromano antiguo y en la tradición judía anterior y posterior a Jesús. Aparece, además, en muchas otras tradiciones religiosas y sapienciales; algunas de ellas muy distantes al ámbito mediterráneo.

Esta prevalencia puede entenderse fácilmente si la reconocemos como un anhelo humano fundamental. ¿Quién no quiere, sobre todo en momentos delicados, que la gente le trate bondadosamente? Pablo lo tiene claro y afirma que primero somos animales y luego espirituales. El primer Adán fue un ser animado, un alma viviente, en su expresión literal; el último, un espíritu que da vida. Está, además, convencido de que llegaremos a ser de los segundos. A eso es a lo que nos anima Jesús; eso es ser hijos del Altísimo. Y esto se logra viviendo de un modo distinto al habitual: siendo como Dios es. El ser humano, imagen de Dios, es “capaz de Dios”. Es decir, puede albergar a Dios, pero no por ser perfecto, sino por ser humano. Cierto es, sin embargo, que la convivencia nos empuja a ser buenos solo con los nuestros y a juzgar con dureza a los enemigos. Enemigo es quien quiere tu mal, como Saúl quería el de David; o quien te juzga con dureza de corazón, como muchos juzgaron a Jesús. Tanto David como Jesús respetaron la vida de los adversarios porque eran como ellos; humanos e imagen de Dios. Aquel aspiraba a la misericordia divina mientras que éste la era hecha carne. Nuestra condición de humanos nos coloca en el mismo punto de partida. Sé el amor que esperas recibir y reconocerás a Dios como amor cuando finalmente os alcancéis.

 

Ama

 

  


 

sábado, 15 de febrero de 2025

JUNTO AL MANANTIAL. Domingo VI Ordinario

16/02/2025 – Domingo VI T.O.

Junto al manantial

Jer 17, 5-8

Sal 1, 1-4. 6

1 Cor 15, 12. 16-20

Lc 6, 17. 20-26

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En nuestras lecturas de hoy comienza Jeremías presentando con crudeza una alternativa que hoy puede resultarnos, por lo menos, chocante. A quien confía en el Señor se le compara con ese árbol que, enraizado junto al manantial, dispone de agua y nutrientes; no sufrirá los rigores del estío ni se apurará en la sequía y podrá dar fruto. Pero quien confía en el hombre no verá llegar el bien; será tan inútil como un cardo. El salmista recupera la imagen del árbol y detalla qué actitudes provocan esa esterilidad: la impiedad, el pecado y el cinismo. Lo importante, en ambos textos, es dar fruto. Esa es una idea central en la literatura profética. El ser humano no está puesto en el mundo para simplemente estar. Estar, están también los cardos pero esa estancia no parece muy provechosa. Ya desde los primeros tiempos el hombre y la mujer fueron colocados aquí para hacer de la tierra un hogar; una realidad provechosa para todos. El salmista tiene hoy el mérito de aclararnos que no todos los hombres son malos, tal como Jeremías parecía dar a entender. El ser humano es, en palabras del mismo Dios, “muy bueno” pero existe quien se empeña en no aceptar su propia bondad y se sitúa al margen. Existen el bien y el mal porque existen Dios y su ausencia, su negación. El mal no tiene entidad en sí mismo. Es el rechazo de Dios. Y eso es lo que profeta y salmista condenan.

Si recapacitamos por un momento en la advertencia del salmista podemos ver que la piedad habla tanto de la compasión como de la devoción. En el consejo de los impíos se han olvidado ambas cosas. Se han alejado tanto de Dios como de los hermanos. Solo el propio interés merece contemplación y esfuerzo. Su senda es la de los pecadores, la de quienes no se detienen ante el dolor causado a otros y se reúnen cínicamente para ponderar su vida honesta pues, en este mundo que vamos construyendo, suele irles mucho mejor que a otros. Contra este orden social habla Jesús y manifiesta con claridad que las víctimas, los pobres, los hambrientos y los que lloran serán privilegiados sobre sus victimarios. Pero hay que subrayar que ese futuro no está lejano. El reino de Dios no es un lugar escatológico; se vive ya en la comunidad que ha puesto su confianza en el Señor. La esperanza definitiva es para quienes viven en esa comunión que se ha plantado junto al manantial y en la que no hay lugar para el hambre, el llanto, ni el sufrimiento. Será perseguida y condenada pero podrá vencer cualquier adversidad, incluso a la muerte, tal como Jesús la venció.

Como el resucitó resucitaremos nosotros, dice Pablo. Esa resurrección se dará en la misma medida en que confiando en el Señor vivamos como él y no nos amilanemos por las consecuencias que esa nueva vida nos traiga. A los profetas siempre se les ha perseguido, ergo, sin persecución no hay profetas. ¿Cuál es la actualización de la advertencia del salmista? Ten cuidado, no sea que estés sentado ya en el consejo de los cínicos que no son capaces de ver a qué conduce y a quién perjudica su forma de vida. De todos ellos, de los ricos, de los saciados, de los que ahora ríen se nos dice, como se le dijo también a Epulón, que ya han recibido su paga. No es revancha; es respetar la elección de unos y desagraviar a otros. Los lujos terminarán reducidos a oropeles y esa ausencia de Dios terminará por revelar su verdadera dimensión maligna. Aunque no lo parezca, el infierno se vive hoy en medio de la comodidad, pero terminará por no vivirse en modo alguno.

 

Junto al manantial

 

 


 

 


 

sábado, 8 de febrero de 2025

PARA PESCAR. DOMINGO V Ordinario

09/02/2025 – Domingo V T.O.

Para pescar

Is 6, 1-2a. 3-8

Sal 137, 1-5. 7c-8

1 Cor 15, 1-11

Lc 5, 1-11

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Si por mor de la brevedad nos propusiéramos comentar telegráficamente las lecturas de hoy diríamos que al acercarse a Dios Isaías descubre su limitación pero, al mismo tiempo, se siente sanado y capacitado por esa cercanía. Tanto es así que nada le refrena ya y recoge el guante que Dios lanza: Yo iré. El salmista, por su parte, agradece una y otra vez la misericordia de ese Dios sanador. Pablo insiste en recordar la tradición recibida y, así de pasada, como quien no dice nada, señala que esa Buena Noticia que nos transmite nos está sanando; no es algo que ocurrió y ya está. Sigue activa. Es un permanente gerundio que no cesa. Y Jesús, finalmente, nos dice que con él siempre tendremos éxito, pero cualquier triunfo se quedará abandonado en la arena porque el objetivo real no está en la prosperidad sino en ganar personas que puedan experimentar esa Buena Noticia y disfrutar de su vigencia.

La falsa modestia nos hace excusarnos argumentando que no estamos preparados. Isaías, en cambio, se contempla a sí mismo en Dios, como en un espejo. Conocer en verdad a Dios no nos cuelga medallas, sino que nos hace conscientes de nuestra verdad más profunda. Pero también nos hace anhelantes de plenitud. La humildad que surge de este encuentro no esgrime pretextos sino que nos lanza hacia adelante porque descubrimos que eso mismo es Dios: proyección permanente hacia lo distinto. A esa proyección le llamamos amor; surge de su entraña misericordiosa y nos impele a hacer lo mismo. No podemos no responder a su llamada pues en esa respuesta encontramos lo que nos falta. Lo nuestro, como lo del salmista, no es un simple agradecimiento, que no es poco hoy día, es una gratitud activa que se pone en camino.

En ese camino descubrimos que, en realidad, somos muchos; somos parte de una tradición que nos acoge, arropa y consuela, pero por encima de todo, nos lleva hacia los demás y en esa trayectoria y en el compartir con ellas y ellos es donde encontramos la salvación porque es así como nos mantenemos en lo anunciado y en lo esperado, por muy pequeños que, como Pablo, nos sintamos. Dónde descubrir vivo a Jesús sino es en el caminar juntos. Jesús, que habla y convoca multitudes pero siempre encuentra el momento adecuado para detenerse y mostrarnos que, si es necesario, Dios conseguirá que nuestro trabajo fructifique sin medida; como nunca imaginamos. Pero el éxito de Jesús tiene poco que ver con el éxito del mundo. La gloria que a veces perseguimos queda en evidencia cuando se descubre que solo valía para unos pocos. Es posible ganar países y aun continentes y expulsar a miles de personas como si fueran objetos molestos. Para hallar ejemplos pueden consultarse los telediarios y las hemerotecas; viene ya desde antiguo y no parece que vaya a terminarse pronto. La victoria verdadera y primera es sobre uno mismo; una misma: dejarse abrasar los labios, como Isaías, atreverse a desafiar al mundo pese a la propia pequeñez, como Pablo y consentir en hacer eso que ya sabes de otro modo, en otro lado, como Pedro. Los resultados serán insospechados, precisamente, porque nunca los hubiésemos imaginado. No sabemos hasta dónde llegaremos, pero lo haremos juntos; precisamente con esos que son desechados por otros. A esos hay que pescar y sostener. Que la corriente del mal no les arrastre. Por muy escatológica que sea nuestra esperanza puede ya comenzar a vivirse aquí, pero nos necesitamos mutuamente.    

 

Para pescar

 

 


 

sábado, 1 de febrero de 2025

HACIÉNDONOS PRESENTES. Presentación del Señor

02/02/2025 – Domingo IV Ordinario – Presentación del Señor

Haciéndonos presentes

Mlq 3, 1-4

Sal 23, 7-10

Heb 2, 14-18

Lc 2, 22-40

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Todos tenemos la experiencia de esperar la llegada de alguien. No siempre esperamos a alguien conocido, sino que, muchas veces, aguardamos a alguien nuevo: un vecino, un compañero de trabajo, la profesora, el párroco… las posibilidades son muchas. No es extraño esperar gente desconocida. Junto a la espera surgen las expectativas, también los temores y, por supuesto, los criterios con los que valorar al nuevo, o a la nueva. Malaquías nos habla de un enviado definitivo que va a pasarlo todo por el fuego y la lejía. A su paso todo va a quedar resplandeciente y la ofrenda de Judá y de los levitas será presentada como es debido. Judá es la unidad política que queda tras la catastrófica historia de invasiones y deportaciones que el pueblo ha sufrido y los levitas son los sacerdotes a quienes se encomendó el culto. Solo el Templo, después de haber sido reconstruido, permanece; no hay ya monarquía y gran parte de la tierra ha sido ocupada. Pero el enviado llegará de forma perfectamente reconocible y devolverá el sentido al culto al restaur la justicia de Dios, según dice el versículo 5, que hoy no leemos. El salmista subraya el carácter ceremonial de esa  llegada.

Siglos después, el pueblo seguía a la espera de ese enviado y había elaborado sus propios criterios. Pero parece que Simeón y Ana tenían otras pautas. Simeón es imagen del pueblo que esperaba el cumplimiento de la profecía; confiaba en conocer personalmente al mesías y algo en el niño que llega le hace reconocerlo. Inspiración de Ruah, afirma Lucas. Impulsado por ella acude al Templo. Podemos imaginar que el anciano estaba ya desengañado de la pompa vacía de tanto pretendiente a mesías. Podemos seguir imaginando que llegaría casi temeroso: a ver qué espectáculo tenemos hoy. Sin embargo, solo encuentra un niño que era introducido en el Templo sin ostentación alguna por su parte. El Señor de los ejércitos presentaba al enviado en la profecía de Miqueas, mientras que es la ofrenda propia de los beneficiados por la justicia divina la que hablaba por este niño. Eso sí que era diferente. Y esta diferencia encarnaba perfectamente lo que vislumbraba en el soplo de Ruah. Éste sí que marcará un antes y un después y el corazón de muchos será traspasado, como el de su madre, pues no es fácil dejar atrás la propia idea y aceptar lo que él trae.

De Ana solo sabemos que decía maravillas del niño. Una antigua tradición equipara al Templo de la profecía de Miqueas con la naturaleza humana de Jesús, con lo que el enviado sería Dios mismo asumiendo esa naturaleza. Por lo tanto, Ana es la imagen de tantas viudas y desfavorecidas acogidas por Jesús y su comunidad. Jesús, como nos recuerda el autor de la carta a los hebreos, participó de nuestra carne y sangre. Se presenta como uno de nosotros porque somos nosotros los que necesitamos su ayuda, no los ángeles o cualquier otra criatura. Él ha invalidado el poder de la muerte y nos ha liberado para siempre. No hay razón por la que debamos temer nada. Se nos presenta así nuestra salvación en persona. Aquella que nos ha desvelado el sentido definitivo y que, habiendo experimentado nuestra realidad hasta el final, puede acompañarnos en todo momento y animarnos a presentarnos nosotros también ante los otros como iguales a ellos, pero esperanzados, sin ceder ni un ápice a la desilusión ni al remordimiento. Así que, ahí vamos, haciéndonos presentes en su vida para alcanzarles esa justicia divina, con el corazón traspasado, pero acompañados por él en el camino. 

 

Presentación de Jesús