30/03/2025 – IV Domingo Cuaresma “Laetare”
El Padre Amoroso
Jos 5, 9a. 10-12
Sal 33, 2-7
2 Cor 5, 17-21
Lc 15, 1-3. 11-32
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Para la fe judía el Señor está del lado de su pueblo. Les sacó de Egipto y les llevó a la Tierra prometida. Su cuidado abarcaba todo lo necesario, incluido el maná. Ese alimento aseguró su supervivencia cuando su trashumancia les impedía sembrar y cosechar. Pero una vez llegados a puerto y ya en situación de poder labrar y faenar por sí mismos esa ayuda cesó. Dios provee, pero no sustituye el trabajo del ser humano. El salmista reconoce esta solicitud divina y expresa su agradecimiento a la vez que motiva el de quienes le escuchan. En la realidad que nos rodea nuestra indigencia perinatal nos permite un desarrollo desconocido para otras especies, a la vez que creamos lazos firmes y duraderos. Esta naturaleza nuestra, que fue tan bien tutelada, se sensibiliza y nos hace reparar en la necesidad de los otros y en nuestro acercamiento a ellos nos constituimos en seres responsables y nos transformamos en familia y, extendiendo el círculo, en pueblo.
Dios vela por su pueblo como una madre, no para privilegiarlo sobre los demás sino para enseñarle cómo tiene que actuar con los demás; con otros pueblos o con quienes no sean como ellos. Pero no es una lección sencilla. Así lo muestra el escándalo de fariseos y escribas al ver a Jesús comiendo con pecadores y publicanos. Ningún maestro sensato lo haría. Si el sí, no puede ser tan bueno como se dice. También a nosotros nos cuesta a veces; por eso la parábola del Padre Amoroso nos desarma. Si, en cambio, nos quedamos con la del hijo pródigo todo parece mejor. En este hijo nos reconocemos al meter la pata y, oye, ¿a quién no le gusta que le perdonen el desliz? Si todo acabase aquí sería la historia perfecta, pero no es así. Por eso es la parábola del Padre Amoroso. Porque este Padre disculpa el error de cualquiera. Y eso ni nosotros ni el hijo mayor terminamos de verlo claro. Él no entiende que perdone al descarriado mientras su intachable conducta no encuentra recompensa alguna y nosotros no comprendemos que perdone a quienes hacen daño. Porque alejarse de Dios, que es amor, es no amar y, por lo tanto, hacer daño; no a Dios, sino a los demás. Nos parece imperdonable y, sin embargo, la fiesta es mayúscula cuando vuelven. La tristeza queda atrás.
Pablo insiste a los corintios en que todo lo viejo ha pasado; ya no hay lugar para la preeminencia. Cualquier privilegio nos es dado para ponerlo al servicio de los demás, tal como Dios mismo hace; como Jesús hizo. Actuamos como enviados de Cristo, dice, precisamente porque sabemos acoger y perdonar a todos. Cargar con el pecado ajeno, como Jesús hizo, no es una abstracción; es amparar a los que vuelven sin echarles en cara el mal que traen consigo sino tomándolo como propio para descargarles a ellos de un peso que ya no pueden llevar. Esa es la salvación que Jesús ofrecía a todos; totalmente ajena a la condena del hermano mayor. No pedía conversión para volver al rito y la observancia, sino para que se hicieran conscientes de su verdad más profunda y pudiesen reconstruirse libres de esa carga. No les ahorraba el esfuerzo que eso suponía, pero, como maná definitivo, les sustentaba mientras ellos no eran capaces de hacerlo. En este tiempo tan dado a penitencias y amarguras tendremos que empezar a considerar la expiación no como una victoria o mérito particular sino como la realización en común del amor divino que providencial y parentalmente se abre a todos. Iniciarse en este camino es descubrir la verdadera alegría que Dios quiere para todos.
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James Tissot, El retorno (1882) |