sábado, 17 de enero de 2026

EN EL ESPÍRITU. Domingo II Ordinario.

18/01/2026 – Domingo II T.O.

En el Espíritu

Is 49, 3. 5-6

Sal 39, 2. 4ab. 7-10

1 Cor 1, 1-3

Jn 1, 29-34

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El domingo pasado, fiesta del Bautismo del Señor, leíamos el primero de los famosos cuatro cantos del siervo que aparecen en el libro de Isaías. Hoy leemos el segundo. No está claro a quien se refiere el profeta al hablar de este siervo. Para algunos representa una figura futura y misteriosa, para otros se refería al pueblo de Israel o, mejor, a alguna porción de él, a un “resto” que se mantendría fiel pese a todas las adversidades. Los primeros cristianos consideraron que Jesús se identificó con él y entendió su propia vida desde esta figura. Aunque la liturgia nos lo ahorre en la lectura de hoy, merece la pena detenernos en el versículo 4 que expresa la preliminar desazón del siervo al no ver su esfuerzo compensado por el éxito, por lo que dudaba de si Dios estaba realmente al tanto de todos sus desvelos. Frente a esta desilusión llega el consuelo, que es el fragmento que hoy acogemos. En él el siervo se siente sujeto elegido para su misión desde el mismo seno materno, pero Dios, como es propio de él, supera todas las expectativas y le revela al siervo que es poco el hecho de que viva su vocación en terreno ya conocido de modo que, superando cualquier limitación le va a hacer “luz de las naciones”. El salmista refleja bien esa duda inicial del siervo y cambia la ampliación territorial descrita por el profeta por una renovación que dará preeminencia a la aceptación de la voluntad divina y la proclamación de la justicia sobre la liturgia sacrificial. 

El domingo pasado leíamos también el relato del bautismo de Jesús según Mateo y hoy nos detenemos en la versión que ofrece Juan. Aquí Jesús no es bautizado, al menos físicamente, pero es reconocido como el cordero de Dios sobre el que el Espíritu desciende y permanece. Jesús es sobre quien el Espíritu se ha posado y esa presencia, tal como anticipaba el salmista, invalida cualquier otro sacrificio expiatorio porque él ha suprimido ya el pecado del mundo realizando la justicia que es fruto de la voluntad del Padre. Que Juan reconozca en Jesús este papel no depende de que vea palomas sobre él, sino de que perciba en su actuar la presencia del Espíritu; el dinamismo que acerca a Dios a la profundidad del ser humano para colmarle y dignificarle. Volvemos a encontrar la vinculación entre bautismo y justicia que ya veíamos la semana pasada y le añadimos hoy la supresión de una ritualidad estéril que debe repetirse una y otra vez para satisfacer el ego de los participantes, pero que, como al siervo del versículo 4 de Isaías, deja insatisfecho y desconcertado a quien compromete su vida con la causa de Jesús. A éste se le reconoce, como Juan, por su capacidad de hacerse presente, de levantar y dignificar y de bautizar con Espíritu Santo.

Sintonizar con este proyecto requiere un “Aquí estoy”; es decir, invocar el nombre de Jesús el Cristo y aceptar su vida como proyecto propio. Se crea así el lazo que une a hermanos y hermanas en la única categoría de “santos”. Tal como Pablo y Sóstenes afirman al comenzar su carta a los corintios no importa el lugar en el que esa invocación y aceptación se produzcan. Mucho más allá de cualquier limitación que acote a la asamblea clausurándola sobre sí misma, ésta solo será auténtica cuando se abra a todos aquellos que tienden puentes entre unos seres humanos y otros y construyen unidad sin ceñirse a viejas exclusividades. Entre todas las naciones, nos reconocemos y bautizamos unos a otros. Somos luz unos para otros y construimos así la única fraternidad verdaderamente posible: la basada en el Espíritu.

 

En el Espíritu

 

 


 

 Con un abrazo especial para Charo y familia.

 

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