06/01/2026 – Epifanía
Reyezuelos y diosecillos
Is 60, 1-6
Sal 71, 1-2. 7-13
Ef 3, 2-3a. 5-6
Mt 2, 1-12
Si quieres ver las lecturas pincha aquí
Etimológicamente una epifanía es una manifestación pública; es que algo o alguien brille (fanein) por encima (epi) de la superficie, sin que nada ni nadie pueda ocultarlo. Normalmente, la antigüedad clásica reservaba el término para un sujeto importante: una personalidad notable o algún dios. En este caso, ya no cabe duda: el rey de los judíos ha nacido. Mateo habla de magos (que no reyes) de oriente que venían buscando a ese nuevo rey y a los que, por esas sorpresas que nos da la historia, hay que identificar con estudiosos de los astros, posiblemente de origen persa, que combinaban lo que hoy conocemos como astrología y astronomía con funciones sacerdotales y teológicas propias del zoroastrismo. Eran hombres de fe, pero también científicos de su época pues ni entonces ni ahora ciencia y fe resultan lugares incompatibles. Por encima de eso, eran personas abiertas a la novedad, que sabían ver más allá del fenómeno concreto; eso pudo ser lo decisivo en su caso y podría serlo también hoy en día. Por un lado, identificaron a la estrella con el anuncio del nacimiento de alguien importante; por otro lado, no dudaron al descubrir la pobreza del recién llegado y obedecer el oráculo recibido en sueños, pues lo presenciado no podía tener otra explicación que la de su origen divino. Más que una manifestación pública fue un reconocimiento pese a las apariencias y nos dice que tanto la fidelidad a la tradición, representada por la profecía que ellos conocieran, fuera la que fuese, como la rigurosidad técnica y científica, exigen de nosotros la apertura a lo nuevo y la rendición ante la verdad oculta tras los simples hechos. Solo cabe, entonces, la contemplación.
Era de esperar un joven príncipe nacido en un palacio. Pararon en Jerusalén al desaparecer la estrella porque era lo lógico, pero encontraron lo que buscaban en otro lugar muy diferente. Mateo toma de Isaías los dones del oro y del incienso, adecuados para un rey y para Dios, pero añade la mirra, propia de los seres humanos y sus necesidades elementales. Esta es la innovación. Que una nación dijese que su rey era Dios no resultaba extraño en aquellos días, pero que ese Dios se hiciese humano era un sinsentido. Isaías imaginó un opulento desfile de autoridades acudiendo a Jerusalén, el centro del mundo, y el salmista nos recuerda que el rey verdadero se ocupará del pobre, del indigente y del desvalido. La tradición ha reservado para la mirra un papel destacado en el entierro de Jesús, pero no nos encaja bien esa imagen de Jesús, o de alguien de su entorno familiar, atesorando algo para el futuro, mejor podremos decir que él la había gastado ya con todos aquellos que se cruzaron en su camino y necesitaron sanación de cualquier tipo.
La carta a los efesios subraya el valor universal de esta vocación de Jesús, revelado ya definitivamente sin género de dudas. Quienes fueron llamados a postrarse ante él por el profeta son confirmados coherederos por el apóstol. No existen personas ni pueblos de segunda o tercera; todos ellos son merecedores de respeto y debe velarse por su integridad y seguridad sin que criterios supuestamente altruistas o justicieros puedan justificar intervenciones que surgen de intereses económicos o políticos. A todos debemos, como Jesús, acogerlos y ungirlos con la mirra de los magos. Con el oro y el incienso habrá que tener cuidado porque muchos esperan recibirlos en exclusiva suplantando papeles que no son suyos.
![]() |
| Leonardo da Vini, Adoracioni dei magi (1481-1482) |
.jpg)
Cuál es nuestro oro, incienso y mirra?
ResponderEliminar