04/01/2026 – Domingo II Navidad
La Sabiduría y la Palabra
Si 24,1-2. 8-12
Salmo 147, 12-15. 19-20
Ef 1, 3-6. 15-18
Jn 1, 1-18
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La Palabra se ha hecho carne. Este es el apretadísimo resumen de lo que venimos viviendo en estos días de Navidad. La Palabra ha nacido entre nosotros. Es el motivo de nuestra fiesta. Esta realidad se descubre en un proceso que ocupa su tiempo. No será descabellado afirmar que en medio del ritmo tan acelerado de nuestros días echamos de menos espacios en los que saborear el mundo de una forma distinta a la habitual. Cuando nos sentimos arrastrados por lo que hay reconocemos que nos hace falta un ancla que nos devuelva la firmeza y que nos ponga a salvo del naufragio. Es la Sabiduría de la que nos habla la tradición judía. Fue asistente de Dios en la obra de la creación; es distinta de él, pues también es creación suya, pero Dios mismo la envía como representante suya y ella echa raíces en el pueblo y reside en su congregación. Así nos lo dice el Sirácida y el salmista le da la razón mostrando lo bueno que Dios ha hecho por su pueblo presentando a Jerusalén como el marco en el que todo eso se hace real. Es la ciudad de la paz; el lugar donde no existe necesidad que alimente inquietud alguna. Es una paz “desarmada y desarmante” que da seguridad sin imponerse sobre los demás; que está deseando ponerse al alcance de todos; que se manifiesta en lo profundo del ser y se reconoce en una originalidad que no veta su acceso a nadie. Somos afortunados, pero eso no implica exclusividad.
La Palabra no es una realidad extraña a Dios sino que es Dios mismo haciéndose presente entre y en el ser humano asumiendo su misma naturaleza humana. Es lo nunca visto; lo absolutamente inesperado. Pero, nos dice Juan, esta absoluta novedad tiene el peligro de no ser tan perceptible como una manifestación de las de antes, de las buenas, de las de las películas… se nos hace difícil reconocer lo que viene de Dios porque nuestras expectativas no son realmente las suyas, sino las que marca la realidad que nos rodea. Así es; será unas veces la búsqueda de lo nuevo frente a la esterilidad de lo antiguo y otras el eco de lo ya conocido que aporta seguridad, pero el caso es que la Palabra se nos escapa entre los dedos.
La sabiduría es el conocimiento; el amor de Dios en acción y se dispone a darle la vuelta a lo que vivimos para que realmente nuestro fundamento surja de lo interior sin depender de lo externo. Ese interior es la residencia de la Palabra; de la fuerza creadora que es también el modelo de la acción divina, por el que todo fue hecho. Para nosotros la Palabra es igual a Cristo; es condensación de lo divino en coordenadas concretas y es universalidad que abarca a todo ser humano, porque todos hemos sido bendecidos, elegidos y destinados a ser hijos. Nos lo afirma el autor de la carta a los efesios, que para todos nosotros pide sabiduría y revelación. Es lo mismo que pedir discernimiento; capacidad de reconocer al Dios que nace en cualquier pesebre sin que nos despiste ninguna otra cosa. Como somos humanos nos valdremos de los sentidos, porque es nuestro modo habitual de conocer, y porque todos le nombran, pero también de la solidez de esa vivencia íntima que nos desarme frente al extraño y al diferente, incluso frente al enemigo, de forma que sea también desarmante y reste utilidad a cualquier enfrentamiento. Y recordaremos que, pese a quien pese, re-velar no es dejar las cosas claras, sino volverlas a velar; presentarlas de modo que se aclare lo necesario para esta hora, pero sin que eso agote ese misterio insondable que nos da vida.

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