sábado, 21 de marzo de 2026

PRIMAVERA. Domingo V Cuaresma

22/03/2026 – Domingo V Cuaresma

Primavera

Ez 37, 12-14

Sal 129, 1-8

Rm 8, 8-11

Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

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Ezequiel nos trajo una promesa inaudita: “Os haré salir de vuestros sepulcros”. En realidad, el profeta nos habla de una auténtica recreación. Dios va a insuflarnos su propio espíritu y a colocarnos en nuestra tierra. Es la misma escena que el redactor yahvista utilizó para describir la creación, aunque la palabra espíritu no sea exactamente la misma en ambas ocasiones, sino solo sinónima. Si él nos creó podrá concedernos la inmortalidad. Esta es la cuestión clave. El salmista hace explícito que esa confianza en la vida definitiva puede extenderse ya a esta vida que conocemos. Quien nos hizo infinitos vela también por nosotros en este mundo; de ahí la confianza que el salmo expresa. Dios puede transformar nuestra vida y sacarnos de cualquier fosa; puede liberarnos de la culpa que nos atenaza en nuestra hondura. El pecado, como la muerte, no tiene la última palabra. La vida rebrotará.

Jesús era conocedor de la promesa divina y de la realidad que implicaba. Su vida fue una continua actualización de ambas. Para él, la enfermedad de Lázaro forma parte del plan de Dios y quiere darle a su revivificación un valor de encuentro; quiere que aquella promesa de Ezequiel pueda palparse por todos los que estuviesen allí y espera también ser reconocido al obrar el prodigio. Solo Dios puede dar la vida. Es posible que quien curó al ciego hubiese podido sanar a Lázaro, pero la muerte seguía siendo una quiebra insalvable y Lázaro estaba definitivamente muerto: cuatro días ya. Jesús, en primer lugar y como en el episodio de la samaritana y en el del ciego, lo basa todo en la fe: creer en él lo cambia todo; en segundo lugar, no deja de pedir la intervención divina y, por último, implica a los asistentes en el proceso: “desatadlo y dejadlo andar”. En esta cuaresma nuestra confianza en Jesús nos llevará a pedirle al Padre la sanación y el consuelo no solo para nuestras honduras, sino para las de otras y otros muchos, pero también se espera nuestra implicación porque todos esos y esas son rescatados de la fosa para continuar el camino con nosotros. Confiar nos lleva a pedir y pedir requiere que tomemos partido y que no consintamos que ni el pasado ni sus culpas inmovilicen a nadie. Ni a nosotros ni a los demás. Así es como se producen los milagros.

Pablo, siguiendo a Ezequiel, tiene claro que es el Espíritu divino, el que resucitó a Cristo de entre los muertos, el que dinamiza y sostiene al ser humano. Este Espíritu lo revitaliza todo. Incluso el cuerpo que, por la influencia griega, era ninguneado y relegado a la perdición. El cuerpo, creación de Dios, no solo es bueno, sino que es el camino que tenemos para relacionarnos entre nosotros, incluso con Dios, pero es verdad que si vivimos encerrados y atentos solo a nosotros mismos, se vuelve un obstáculo. Esa es la hondura que Dios quisiera sanar en nosotros. Pablo nos dice que podemos, si queremos, albergar el Espíritu mismo de Cristo, su propio ánimo, su impulso vital. Espíritu de Dios, Espíritu de Cristo, espíritu humano… no es que sean lo mismo, pero no son distintos. Todo espíritu es aliento, proyección hacia fuera. El Espíritu divino es la permanente proyección de sí. Cristo sale de sí como hombre y como Dios; nosotros como humanos, como quienes van intuyendo en su hondón lo que Jesús vivió y actualizó en sus días y será culminado en la recapitulación final del punto omega. La recreación hará posible la culminación no como milagro externo sino como fruto primaveral de la confianza y salida personales.  

 

Resurrección de Lázaro. Capitel del Monasterio de San Juan de la Peña (Huesca)

 


 

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