viernes, 6 de marzo de 2026

VERTERSE. Domingo III Cuaresma

08/03/2025 – Domingo III Cuaresma

Verterse

Éx 17, 3-7

Sal 94, 1-2. 6-9

Rom 5, 1-2. 5-8

Jn 4, 5-42 [4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42]

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Todas las culturas son conocedoras de que el agua trae consigo aparejada la vida. No hay discusión posible. Es así. En los años que Israel vivió en el desierto esta experiencia se le hizo particularmente acuciante. Fue el tiempo de la tentación (Masá) y la querella (Meribá). El reproche a Dios iba unido a la exigencia de su intervención. Tampoco es de extrañar; en su desesperada situación pocos se librarían (nos libraríamos) de pedirle cuentas. Dios, fiel a su palabra, no abandonó al pueblo. Pareciera que el salmista quisiera enmendar las cosas y trae el recuerdo de aquel episodio presentándolo como lo que no puede repetirse. En su lugar, es la confianza la que debe ser potenciada. Esos simbólicos 40 años sirvieron de inspiración a los días de Jesús en el desierto y, a la postre, a nuestra cuaresma. Estamos viviendo una experiencia de amor en la que la realidad puede volverse muchas veces contra nosotros. En esos momentos es la confianza la única que puede mantener la esperanza. Dios nos introduce en el desierto como escenario de liberación y en él cuida de nosotros, aunque se haga difícil sentirlo cercano en algunas ocasiones. En ese escenario Dios siempre nos da el agua; la vida.

Juan retoma el pozo como escenario de amores juveniles. Jacob y Moisés conocieron a sus respectivas mujeres bajo el broquel de sendos pozos, incluso Rebeca nos es presentada en el mismo escenario. El pozo es siempre lugar de encuentro; es donde la interioridad se vierte hacia el otro y junto a él Jesús se encuentra con la samaritana, pero no fue una reunión histórica. La mujer, anónima, es una personificación de Samaría; el pozo de Jacob fue un lugar desconocido en toda la tradición bíblica hasta que fue “localizado” en siglos posteriores. Jesús se presenta como el agua definitiva que apaga toda sed, pero el requisito será abandonar la particularidad. Ni Jerusalén ni Garizim sirven ya. Estos eran los dos templos en los que los judíos habían rendido culto a Dios. Aquel, ortodoxo; éste, herético. O viceversa, claro, según quien los valorase. Así somos, solo apreciamos lo nuestro. Pero muchas veces eso nuestro está salpicado por nuestras propias incongruencias, nuestros 5 maridos. “Marido” dice el texto evangélico, pero el hebreo hubiese dicho baales, que lo mismo quería decir marido, que dueño o amo, o dios pagano. No estamos libres de que alguien o algo nos domine. Los samaritanos habían visto su tierra ocupada por 5 reyes extranjeros, pero, además, vivían bajo los 5 libros de la Ley, pues no aceptaban la tradición profética ni la sapiencial. Una ley así, sin la corrección del amor profético ni el sabor de la vida cotidiana se vuelve un yugo insoportable. Jesús se coloca en lugar de la Ley; recoge la enseñanza, la atempera con el amor y la colorea con la paleta de la mujer y el hombre corrientes; presenta a Dios como espíritu, es decir, ajeno a la materialidad que puede esclavizarnos. Dios nos quiere libres en espíritu y verdad.

Pero no espera que seamos perfectos; de hecho, aunque aún tengamos cosillas que mejorar, se encarnó y dio su vida por todos. Por Jesús el Cristo estamos ya en paz con Dios, porque su decisión primera fue amarnos y la mantiene desde siempre, en el desierto, en Samaría o aquí mismo, donde lees esto. El derramarse de Dios es donación de su Espíritu y con él nos llega también su misma opción de amar. Podemos conocernos en autenticidad hasta el fondo de nosotros mismos y desde ahí empapar a otros. Podemos verternos como Dios se vertió en Jesús y como él se vertió sobre todos. 

 

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