17/05/2026 – La ascensión del Señor
Hasta el final
Hch 1, 1-11
Sal 46, 2-3. 6-9
Ef 1, 17-23
Mt 28, 16-20
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Querido amigo de Dios:
Estamos en un nuevo comienzo y se nos invita a dar un paso más allá de la literalidad con la que siempre nos lo tomamos todo. Lo que hoy se nos presenta es la esperanza absoluta. De los cuatro evangelistas solo Marcos, en una única frase, y Lucas hablan de la ascensión. Y en ambos casos, amén del texto de Hechos que hoy contemplamos, Jesús “es ascendido”. Es el ser humano el que es “transportado” hasta la divinidad. Su destino es estar sentado a la derecha de Dios. Pero la topografía no es aquí relevante. Derecha o izquierda son concepciones culturales que no tienen valor universal. Para la antigua tradición judía estar a la derecha de alguien es compartirlo todo con él; es recibirlo todo de él; y trasvasándolo a categorías cristianas es ser por, con y en él.
Puede ocurrir que nos apresen aspiraciones limitadas; que nos conformemos con expectativas acotadas por lo conocido. Hoy se nos invita a abrirnos al Misterio absoluto que se nos presenta sin avisar pero de forma incontestable. Es posible que para muchos siga latente la discusión sobre la divinidad de Jesús, pero es innegable que el futuro soñado por Dios para la humanidad está en esa unión radical en la que también lo corporal se ve incluída.
Las amigas y amigos de Jesús recibieron, mediante esa corporalidad, “pruebas” de que había triunfado sobre la muerte: Dios no lo había dejado caer en el abismo, sino que le sostenía tal como nos sostiene y sostendrá a todos. Recuerdan que les habló del bautismo en el Espíritu Santo, que es lo mismo que decir de la inmersión en el amor divino; en la corriente de amor entre Padre e Hijo; en la divinidad misma.
Por otro lado, ese mismo amor descenderá visiblemente en Pentecostés para habitar en todos y cada uno. Por lo tanto, sumergirse en el Amor es bucear en sí mismo para emerger de cara a los otros, donde el mismo Espíritu espera para nuevas singladuras. Por eso, los discípulos son enviados a evangelizar; a transmitir la buena noticia de que, por trágica que sea esta existencia, el futuro está siempre abierto a esa unidad definitiva.
Está claro que ese final no justifica este presente, feliz tan solo para unos pocos y abominable para mayorías empobrecidas; por eso, la evangelización verdadera comporta una dimensión profética que se transforma en activismo por la paz y la justicia de la misma manera que Jesús lo vivió: itinerante, pobre y en esperanzada y libre confianza.
Esto no es otra cosa que la extensión del Reino, del reinado de Dios, por los caminos desde Jerusalén, abarcando toda Judea y extendiéndose luego a Samaría y hasta el confín de la Tierra. Jesús, como buen judío, sigue viendo en Jerusalén el centro del mundo. Allí, según Lucas, se produce la ascensión de Jesús.
El salmo, por su parte, habla de la ascensión de Dios entre aclamaciones; pero me atrevo creer que no lo hace solo por la divinidad de Jesús, sino por la divinidad que se concita en el encuentro sincero entre seres humanos cuando ponen en valor el amor que les une por encima de cualquier diferencia que pueda darse entre ellos. Cuando este amor, este Espíritu, une a las personas se produce una verdadera ascensión de la humanidad.
En esa escalada hacemos presente a Jesús que prometió quedarse con nosotros, pero no como imposición, sino en la medida en que le hagamos hueco acogiéndole en sus preferidos, poniendo así carne real a la asamblea universal que, finalmente, quiso formar y a la que es “dado” como cabeza.
Del mismo modo, el destino querido por Dios no es exigencia, sino promesa que confía en la voluntad del ser humano y en su decisión de caminar con otros; con todas y todos los y las que se deciden a ser testigos de la palabra de Jesús de permanecer con nosotros hasta el final.
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| Hasta el final. Michael Belk, Aligera la carga (Journeys with the Messiah - 2023) |

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