sábado, 26 de junio de 2021

EL AMOR Y LA JUSTICIA. Domingo XIII Ordinario.

 27/06/2021

El amor y la justicia.

Domingo XIII T.O.

Sb 1, 13-15; 2, 23-24.

Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b.

2 Cor 8, 7. 9. 13-15.

Mc 5, 21-43.

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“Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes”. Con esta rotundidad se proclama la intención fundamental de Dios: Que todos tengan vida. Si no ¿para qué la creación? Dios es dios de vivos, no de muertos; así lo recoge la Escritura de labios del mismo Jesús. Sin embargo, la muerte es real, no nos llamemos a engaño y cuando te mueres, te mueres de verdad. Lo que ocurre es que estamos convencidos de que su realidad no puede imponerse a esa otra realidad del amor de Dios. Esta es la realidad superior a cualquier otra y se impone por sí misma. Ni siquiera depende de la voluntad del propio Dios. Por eso la hemorroisa es curada sin que Jesús de su consentimiento. Jesús actúa como Dios lo haría o, si lo prefieres, Dios actúa humanamente en Jesús. La cuestión es que el amor de Dios a la vida se derrama al sólo contacto del necesitado; necesitada, en este caso.

La tradición ha considerado que este milagro estuvo condicionado por la fe. Así, algunos subrayan una arcana concepción según la cual todo debe ganarse con esfuerzo y activan esa concepción comercial que tanto nos ha confundido y tanto ha estropeado. Jesús reconoce el valor de la mujer, un elemento de por sí inferior en aquella sociedad pero cuya enfermedad, además, ha colocado en el bando de los seres impuros. La fe le ha llevado a acercarse venciendo el miedo al rechazo. El objeto de su confianza no era tanto la curación, que parece ser el objetivo final, cuanto la seguridad de no ser rechazada. Se ha curado gracias a que su miedo no fue superior a su fe en Jesús, el humano que actúa divinamente; el hombre que alberga a Dios actuando humanamente. Jesús provocaba fe porque todos se sentían acogidos por Dios en él. Es la vida la que se impone por sí misma, sin pedir permiso ni esperar autorización, pero nunca de forma inadvertida. Dios es amor; Dios es vida y su ser es entregarse; es infinitivo: amar y hacer vivir. La resurrección de la niña es la confirmación de esta realidad. Dios no deja a nadie perdido en la muerte. Contrariamente a lo que piensa la mayoría, la muerte no tiene poder alguno que pueda enclaustrar la vida que Dios ofrece.

El hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, están convocados a la inmortalidad y a dar vida igual que la da Dios. La vida es para todos; es fruto del amor de Dios que se entrega sin dejar a nadie fuera. No vale que unos tengan en abundancia y otros pasen necesidad, ni vale tampoco que quien ya tiene llegue a la necesidad para favorecer a quien no tiene. Se trata de que todos tengamos. El secreto de la justicia no está en dar a cada uno lo que merezca, premio o castigo, sino en participar de la voluntad y de la visión que Dios tiene de este mundo: que todos tengan lo necesario, que nadie acumule ni pretenda comerciar con lo que no es suyo. Dar vida es practicar la justicia: asegurar lo necesario para que nadie muera, para que todos sanen, para que todos puedan ser en verdad aquello que son, sin dificultad alguna. Practicar la justicia es hacer el amor y viceversa. Debemos desmentir a quien quiera oponerlas. No podremos entender a Dios si lo vemos excluyentemente como amor o como justicia. Confundimos la justicia con el castigo y el amor con la permisividad. Amar es hacer vivir, exigir de cada uno que sea lo mejor que puede llegar a ser; hacer justicia es asegurarse de que nada podrá evitarlo, procurar a cada uno cuanto necesite para que nada pueda hacerle caer.


Justicia y Misericordia. Parlamento de Edimburgo, Escocia. 


Para Ana y familia.
Para José Javier y familia. 


sábado, 19 de junio de 2021

CONFIANZA Y COOPERACIÓN. Domingo XII Ordinario

 20/06/2021

Confianza y cooperación.

Domingo XII T.O.

Job 38, 1. 8-11.

Sal 106, 23-26. 28-31.

2 Cor 5, 14-17.

Mc 4, 35-40.

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El pueblo hebreo nunca tuvo simpatía por el mar. Les recordaba el caos primitivo sobre el que Dios construyó el mundo. Sólo Él podía dominarlo; así lo expresa el pasaje de Job que leemos hoy. De forma similar, el salmista deja claro que frente a los peligros del mar sólo Dios puede protegernos eficazmente. El hombre osado se adentra en sus aguas buscando el comercio y el beneficio pero el peligro no deja nunca de acechar. En momentos de zozobra la única salvación posible está en el recurso en la misericordia del Señor.  

Zozobra, y bien amenazante, es la que encontró la barca en la que viajaba Jesús con sus discípulos. Ellos acongojados por la fuerza de la tormenta y él dormido en la popa; allí donde suele ir el timón. Sus compañeros le despertaron para que colaborase en el manejo de la embarcación porque, digo yo, que en una situación así no sirve de mucho tener al de al lado durmiendo. Querían que echase una mano y, por descontado, nadie se esperaba que Jesús se pusiera a gritarle a los elementos, pero es lo que hizo. Y cuando todo cesó sus únicas palabras fueron para preguntar a los presentes por su poca fe o por la ausencia total de ella. Y entonces apareció el temor de los discípulos: “Pero ¿con quién andamos?” La fe por la que pregunta Jesús no es una virtud sobrenatural que nos lleva a esperar lo imposible; es la confianza con la que todos deberíamos afrontar cualquier travesía.

La gran travesía que es nuestra vida no está exenta de tormentas y agitaciones. En medio de esos bandazos Jesús nos recuerda la necesidad de confiar. De confiar en Dios, claro, pero también en los demás: en los compañeros de la barca. Todos estamos embarcados sobre la misma cubierta y estamos llamados a valorar a cada uno ya no según la carne, sino según la confianza que su cooperación con todos revele. Jesús fue capaz de morir por mantenerse fiel a esa fe. Ser seguidor de Jesús es sostener la misma confianza. Jesús creyó en el Padre y en cada uno de sus amigos. Pudo dormir junto al timón por la confianza que tenía en aquellos a quienes había pedido que le cruzaran a la otra orilla. Murió por todos porque su confianza en el Padre era superior a cualquier otra reserva y porque todos le parecían dignos de amor y confianza. Jesús tenía confianza en el ser humano; conocía su fondo porque era tal como era el suyo propio. Nos sabía capaces de conocer y amar como él mismo conocía y amaba; de acercarnos a la intimidad ajena sin violentar ni avasallar; de reconocer la huella de Dios en todos y en todo.

El mar es símbolo de muerte; de inmersión para luego emerger siendo nuevos. La vida nos bautiza a todos. Jesús se introdujo sin temor en la zozobra y encontró en ella razones para seguir confiando. Ese es el mundo nuevo; no un mundo ya perfecto y consolidado, sino una realidad esperanzada que no abandona la lucha. “Estar en Cristo”, como dice Pablo, es vivir ya esa nueva realidad. Allí (o aquí) nada existe ya que no sea digno de amor y confianza. De amor exigente que le desafíe a ir siempre un poco más allá y de confianza en que puede dar lo mejor de sí. Esa es la fe de Jesús: su confianza absoluta en el ser humano, creación de Dios llamada a no quedarse estancada, sino a una navegación de altura fruto de la cooperación y la confianza de todos. Así, en esa singladura no quedará sitio para ningún temor.


Confianza y cooperación


sábado, 12 de junio de 2021

LOS FRUTOS DEL REINO. Domingo XI Ordinario.

 13/06/2021

Los frutos del Reino

Domingo XI Ordinario.

Ez 17, 22-24

Sal 91, 2-3.13-16

2 Cor 5, 6-10

Mc 4, 26-34

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Por un lado, es cierto que todos procedemos de algún sitio. Nadie aparece sin más ni es cien por cien original, aunque a todos nos guste presumir de eso. Por otro, es tan importante reconocer las raíces que nos criaron como saber enraizarse en lugares nuevos. Somos ramas arrancadas, brotes que han sido plantados en tierra extraña y estamos llamados a crecer de nuevo. Nueva tierra, nueva agua, nuevos aires… ser hogar nuevo para las aves, para quienes vuelan a la intemperie y necesitan cobijo. La fortaleza que Dios nos da está siempre al servicio de los demás y nuestra frondosidad se secará si lo olvidamos, pero teniéndolo presente, incuso nuestra peor sequedad se volverá un torrente. Esta es la perspectiva de Ezequiel cuyo nombre, precisamente, quiere decir “Dios es mi fortaleza”.

Jesús va más lejos y habla de plantas que crecen y florecen pese a que el hortelano o el jardinero sepan lo justo de los procesos biológicos. La tierra produce su fruto por sí sola, en su anónima intimidad. La más pequeña de las semillas puede generar el arbusto más grande y, de nuevo, las aves hallarán cobijo en él. No es la ciencia ni la sabiduría del ser humano la que produce el crecimiento y cualquier desarrollo será inútil si no es útil para los demás. Podemos tomar esto en clave personal, como el salmista, o comunitaria pero en ambos casos se mantienen las mismas premisas. Primero: lo que surge no está en relación directa a nuestros cálculos, ni a nuestros métodos; surge sin saber cómo. Segundo: si lo que surge es verdaderamente de Dios nunca es algo concluido; está siempre en movimiento y se muestra como una realidad acogedora para todos, con más interés en sanar que en interrogar. Supera siempre nuestras expectativas.

En línea con todo esto Pablo habla de la prisión del cuerpo no por querer evadirse de la realidad, sino porque ese cuerpo es lo conocido, aquello que sabemos cómo tratar y ya nunca sorprende. No es que el cuerpo sea ajeno al Reino, sino que un cuerpo fecundado por el Reino se abre también a todos los demás; se convierte en canal de comunicación y en lenguaje que nos hace inteligibles para cualquier idioma. Lo que surge de la confluencia entre la nueva tierra y la semilla es una respuesta nueva, contenida ya en la originalidad de la propia semilla, pero desarrollada en la química y en las circunstancias de la tierra de forma que surge algo realmente inédito cuya decisiva prueba de autenticidad es servir de hogar a las aves. En esa prueba se basa nuestra confianza que no es andar a ciegas sino ir descubriendo que la vida es el otro nombre del Reino. No todos los que dicen servir al Reino son creadores de vida: mala señal. No siempre los planes y las programaciones dejan espacio para la novedad y la sorpresa: peor. Jesús hablaba en parábolas porque el lenguaje dogmático aprisiona y coarta. Hay que hacerse entender y llegar hasta el nivel elemental en el que todos pueden verse interpelados. A veces será necesario alguna explicación particular, pero nadie puede creerse con derecho a ser intérprete único ni garante exclusivo de la oferta de vida que llamamos Reino porque no existe cuerpo, institución ni asamblea capaz de contenerlo. Florecerá siempre inesperadamente y dará fruto fuera de temporada porque es la única manera de llegar a todos.


Los frutos del Reino


sábado, 5 de junio de 2021

QUE TODA LENGUA CANTE - CORPUS CHRISTI

 06/06/2021

Que toda lengua cante - Corpus Christi.

Ex. 24, 3-8

Sal. 115, 12-13. 15. 16bc. 17-18

Hb. 9, 11-15

Mc. 14, 12-16. 22-26

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El pueblo selló su alianza con Dios mediante la sangre de los animales sacrificados. La mitad de la sangre fue derramada sobre el altar, símbolo de Dios, la otra mitad sobre el pueblo después de refrendar asambleariamente esta alianza. Arropado por las doce estelas que representaban toda la historia anterior, el pueblo comprendió que el pacto exigía la aprobación personal y unánime de todos los presentes. No en vano, la alianza se comenzó como un acuerdo personalizado entre Dios y cada patriarca. No cabía aquí ninguna adhesión masiva. Y así fue. Y podríamos decir: “Pasó una tarde, pasó una mañana…” porque esta alianza colocaba a aquel pueblo de esclavos fugitivos en continuidad con la alianza primera; es una escena creadora; transformadora de la realidad.

Siglos más tarde, en el seno de aquel mismo pueblo se va a producir una nueva alianza. Ya no habrá inmolación de animal alguno, sino que un único hombre movido por el Espíritu eterno se ofrece a sí mismo para llevarnos a todos al culto del Dios vivo. Al culto que no delega ya en rituales ni en sangres ajenas sino que celebra el acercamiento de cada vida a la Vida; que crea; que transforma la realidad. La sangre es símbolo y fuente de vida. Dar la sangre es entregar la vida; hacerse pan para los demás. Jesús utilizó estos símbolos tan potentes para hacer comprender a sus amigos que tenemos la vida para entregarla a los demás. Sus amigos de hoy en día seguimos celebrando que él está presente cotidianamente en los mismos símbolos. Pero esa presencia real requiere un contexto: “donde dos o más os reunáis en mi nombre…” Reunirse en su nombre es asumir su misma forma de vida, ser pan, aceptando sus mismas consecuencias, derramar la propia sangre. Esto es difícil, por eso contamos, como él, con la ayuda del Espíritu. Por eso, en nuestras cenas compartidas invocamos la presencia del Espíritu para que descienda sobre los dones ofrecidos transformándolos en cuerpo y sangre de Cristo, a los que nos unimos personalmente. Esa invocación se llama epíclesis, Y, por eso mismo, después de esa primera volvemos a realizar otra epíclesis sobre la asamblea para que el Espíritu nos conceda la unidad. Esta segunda suele pasar inadvertida para muchos pero es importante porque sin unidad no puede haber acción de gracias. En esta familia, a la unidad la llamamos comunión y se establece entre nosotros y con cualquiera que en su situación concreta requiera que seamos para él comida hasta dar la sangre entera. Sin nuestra implicación personal ya no existe sacramento, todo queda reducido a un acto de magia, a un artificio en absoluto transformador sino, simplemente, continuista.

El cuerpo nos sitúa en el mundo, nos permite relacionarnos con él y las personas que en él están y Jesús se relacionó especialmente con todos aquellos que necesitaban cualquier tipo de ayuda. Estableció con ellos una relación de comunión y la común-idad cristiana entendió ya en los primeros tiempos que esos preferidos eran el altar de Dios. En ese altar Jesús ofreció su vida, no su muerte, por todos ellos y por todos nosotros; como Moisés, pero distinto.  Jesús inició la transfiguración de este mundo y nos pide a todos que nos reunamos en su nombre para continuarla, dejando atrás ritos antiguos de forma que toda lengua pueda cantar un aleluya en el que la fe, la confianza en el amor de Dios, supla todo aquello que la vista aún no alcanza a ver.


Que toda lengua cante


sábado, 29 de mayo de 2021

DE DENTRO A FUERA. Trinidad

 30/05/2021

De dentro a fuera. Trinidad.

Dt 4, 32-34. 39-40

Sal 32, 4-6. 9. 18-20. 22

Rm 8, 14-17

Mt 28, 16-20

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Dios es el mismo arriba en el cielo que abajo en la tierra. Israel tenía la convicción de que Dios era un ser celeste que moraba entre ellos. La rectitud moral que sus mandamientos aseguraban creaba un clima adecuado para que se instalase en medio de su pueblo: el Santo entre los santos. Y esta presencia era evidente en el recuento de las gestas épicas y legendarias de los ejércitos israelitas, se manifestaba en la magnificencia del Templo, se hacía palpable en la dinastía Davídica y resonaba en el corazón de los deportados que comprendieron la profundidad de su error e hicieron propósito de enmienda en las orillas del Éufrates o bajo el yugo del invasor romano. El futuro quedaba siempre abierto a la esperanza en la restauración de esa presencia y con ella, la del reino mesiánico y su prosperidad. Esto fue sí hasta que un grupo de judíos galileos, tenidos por herejes, comprendieron que Dios se había personado ya pero había sido tajantemente rechazado. A partir de ese momento el futuro se había transformado en presente porque en Dios, dicho sea de paso, es presente. 

Al Dios en la tierra, estos herejes le habían conocido como Jesús, que se relacionaba con el Dios de los padres como un hijo con su propio padre. El Padre celeste seguía siendo inaccesible, pero el Hijo que en Jesús andaba sobre la tierra era Dios mismo en acción. Así, la inaccesibilidad de este Dios se había transformado hasta tornarse un abrazo materno que acogía a todos. ¿Sería que la experiencia humana del Hijo había transformado el corazón del Padre? De lo que no cabía duda es que entre ambos se daba una intensa relación personal; estaban siempre en conexión. Y esa confluencia entre ambos se trasvasaba intencionalmente más allá de ellos mismos hasta alcanzar todo lo real. Esa continua corriente entre ambos es el Espíritu.

Nuestro espíritu, nuestra esencia humana puede sintonizarse con el Espíritu. Lo único necesario es que nos descubramos como seres libres: no sujetos ya a promesas gastadas, sino liberados para buscar nuevos cauces en los que bautizar a todos los demás; convocados para volver a Galilea, a la sencillez primera que no se dejaba engatusar por pompas ni prosperidades labradas sobre el sufrimiento ajeno; urgidos a no olvidar ni transigir con sufrimiento alguno. Liberados, convocados y urgidos. Intentar atribuir cada una de estas acciones a una persona trinitaria sería una racionalización innecesaria. Dios es trinitario porque es amor y el amor tiende siempre hacia el otro, se personaliza pero no se transforma en tres amores distintos. Es un único amor que lo unifica todo. La clave está en la relación. Dios no sería Dios si no pudiese relacionarse con nadie, porque el amor es relación y Dios es amor en sí mismo, pero es una única realidad que es con la sencillez de quien no se reserva nada y se conoce sin engañarse porque su conocimiento es también conocimiento desde fuera de sí, desde otro que no es distinto de sí y cuya respuesta es para él crítica y reconstrucción amorosa. Dios se crea y se recrea en constante diálogo interior que se proyecta al exterior porque su primera auto-crítica es la necesidad de otro distinto que albergue en sí la semilla divina capaz de reaccionar a su invitación. Eso somos nosotros. Somos el otro llamado a realizar la semilla en la promesa de que no estaremos nunca solos y en la exhortación a ser también trinidad que se recree constantemente sin dejar nada ni nadie fuera.


De dentro a fuera. Trinidad misericordiosa, Hna. Caritas Müller, OP (1988).


sábado, 22 de mayo de 2021

PENTECOSTÉS.

 23/05/2021

Pentecostés

Hch 2, 1-11

Sal 103, 1ab. 24ac. 29bc. 30-31.34

1Cor 12, 3b-7. 12-13

Secuencia

Jn 20, 19-23

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En el quinquagésimo día después de la Resurrección celebramos la gran fiesta cristiana. He explicado estos días en clase que a una fiesta se va para celebrar. Las fiestas pueden llevar mucha preparación o surgir espontáneamente, pero existe siempre algo que festejar. Aquellos amigos y amigas tuvieron que ver como Jesús era apresado para ser condenado en un juicio de dudosa imparcialidad y ejecutado en el vergonzoso patíbulo de los rebeldes políticos y de los malditos por la ortodoxia religiosa del momento. Por si esto fuera poco, su cadáver desapareció a los tres días y a partir de ese momento comenzaron a multiplicarse los testimonios de quienes decían haberlo visto, hablado y caminado con él; de quienes se habían sentado a la mesa con él y de quienes incluso habían comido y bebido con él. Pero no todos lo veían, así que del temor y del espanto se pasó al desconcierto más absoluto. Hasta que, por fin, comprendieron que Jesús había alcanzado la plenitud, que la muerte no tenía ya poder alguno y que era tan solo un paso, una pascua personalizada. Jesús vivía ya eternamente, pero lejos. Es la misma experiencia que nos desgarra el alma cuando perdemos a alguien: al dolor le sigue el consuelo de saberlo ya vivo y libre de sufrimiento, pero nos queda el vacío de su ausencia… Hasta que llegó el momento de Pentecostés y realmente comprendieron y comprendemos que el aliento de Dios sigue enlazándonos con todos los que ya partieron como a ellos les enlazaba con Jesús. Por eso, esta es la fiesta más grande, la celebración del gran acontecimiento de la resurrección de una manera consciente. Es la explosión de una absoluta algazara personal  comunitaria.

Porque el Espíritu nos alcanza cuando estamos todos reunidos y ya no queda nadie fuera. Y hace de nosotros un único cuerpo en el que cualquier diferencia es aniquilada. Se han extinguido ya las nacionalidades que quieren definirse poniendo fronteras, no tiene ningún sentido hablar de menas, ni de ilegales, ni de tierras entregadas por Dios a nuestros padres, ni de órdenes públicos que imponer por la fuerza cuando la ciudadanía ejerce su derecho de protesta. Existe un único pueblo habitado por el amor de Dios, por el Espíritu, que es puro aliento de vida. Cuanto vive en esta tierra o en cualquier otra está sostenido por el mismo hálito vital. Y una vez en nuestro interior no se queda ahí atrincherado, sino que brota desde nuestra profundidad para llegar hasta los demás. El envío de Jesús es una llamada a que seamos verdaderamente; a que no enclaustremos a quien nos hace vivir y lo propaguemos; a que repartamos vida para todos y nos nutramos también con la que los demás nos dan.

No hay que esperar que baje el Espíritu, porque, de algún modo, él está en nosotros desde siempre. Nuestro impulso vital, nuestro ser viviente, es lo que el Espíritu actualiza en nosotros. Es nuestro punto de enganche mutuo. Dios sopló sobre Adán y Jesús lo hizo sobre los discípulos. Dios colocó a Adán en un jardín y Jesús, creo yo, quiso decirnos: “Haced de este mundo un jardín. Perdonad o retened, según avance la construcción. Dejaos guiar por la paz y escuchad al Espíritu para crear según Dios. Cultivad cualquier don con vistas al crecimiento conjunto y no os cerréis a nada y a nadie. Hablad todas las lenguas; que nadie tenga que aprender la vuestra. Salid siempre al paso. Sed creativos. Sed osados. Sed”.


Pentecostés


Para Antonio y familia.


sábado, 15 de mayo de 2021

QUERIDA TEÓFILA. Ascensión del Señor

 16/05/2021

Querida Teófila. Ascensión del Señor

Hch 1, 1-11

Sal 46, 2-3. 6-9

Ef 1, 17-23

Mc 16, 15-20

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Querida Teófila: amiga de Dios, asamblea siempre dispuesta a dar un paso más, cuerpo mío llamado a acoger a todos. Me miro y te veo y me doy cuenta de que poco a poco vas dejando atrás esa obsesión que tuvieron algunos amigos míos por restaurar antiguos reinos; glorias caducas. No les hice mucho caso entonces y los confié a la guía del Espíritu como también ahora vuelvo a confiarte a ti. No es que no quiera prestarte atención, es que él te lo acabará de explicar todo de forma que puedas comprenderlo, si le dejas. Él sabe ponerse en los zapatos de todo el mundo y a partir de ahí empezar a construir. Ya está cerca. Pero tampoco te engolfes en la espera; deja de mirar hacia arriba, porque tal como me fui volveré. Es decir, en carne y hueso, en personas reales. Míralos. Están por todas partes.    

A todos ellos te los encomiendo, que es como acogerlos yo mismo, pero a través tuyo. Tan importante es tu papel y tan poca cuenta te das a veces… Transmíteles a todos lo mismo que yo te transmití. Desciende, hazte pequeña hasta caber en su corazón y sánalo. Cuéntales la buena noticia de que Dios es amor, no ley; que les quiere por encima de todo y que prefiere a quien no es preferido por nadie. Bautízales en mi nombre, en el del Padre y en el del Espíritu; en la verdad de los tres que amándonos amamos a toda la realidad. Sobre todo a ellos. Pero no conviertas el bautismo en una señal meritoria. Es un compromiso por la justicia; la expresión del deseo de participar en mi obra. Perdón, en nuestra obra. Tú y yo, querida Teófila, nos hemos unido en un solo cuerpo para prolongar la labor que inicié en mi vida terrestre: dar continuidad al amor creador del Padre que lo originó todo. Restañando la herida del mundo lo justificamos, lo ponemos todo en equilibrio. Y la herida del mundo son las múltiples heridas que tienen las creaturas que en él habitan.

Todas ellas participan de esta justicia según la medida de su propia naturaleza. Es el ser humano al que, por ser libre, se le pide que acepte expresamente, que se bautice, que renuncie al mal que sólo él puede cometer. Que sea justo y viva de acuerdo a esa justicia que respeta a todos y los reconoce como hermanos. En el fondo, también a él se le pide una ascensión. No para olvidarse del mundo, sino para vivirlo en plenitud. Para descubrirse a sí mismo en conexión con todos y con todo; para no olvidar a nadie, ni menos aún, dañarlo. Bautizarse es injertarse en mí. Recuérdalo: no sólo en ti. Todo aquel que vive según mi justicia y que la practica está ya en nosotros, pues si está en mi está también en ti. Así como lo definitivo de cualquier planta son sus frutos, a todos los que confían en mí y viven en mi justicia les acompañan señales. Y sin embargo muchas veces las ignoraste para fiarte más de otros ritos y promesas. Ya te he dicho que  es imposible ascender sin haber descendido antes. Olvídate de ti misma y comprende, por fin, que estoy donde tú me llevas y si no me llevas, no estoy. Que no tienes que esperarme, sino verterme sobre los demás. Porque igual que yo soy ya en ti, aunque a veces me busques desesperada, soy también ya en todos ellos pero no podrán reconocerse en mí si tú no eres el espejo en el que se miren. Del mismo modo, tampoco tú podrás reconocerte en mí mientras no sean ellos tu espejo. Para ascender se requiere ser consciente de la propia identidad profunda, percibir que en mi amor todos estáis unidos por encima de cualquier otra afiliación.   


Querida Teófila


sábado, 8 de mayo de 2021

SOBRE EL AMOR Y EL AMAR. Domingo VI Pascua.

09/05/2021

Sobre el amor y el amar.

Domingo VI de Pascua.

Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48

Sal 97, 1-4

1 Jn 4, 7-10

Jn 15, 9-17

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El amor es don universal. Pedro es testigo de esto en casa de Cornelio. Sobre toda aquella gente, temerosa de Dios, él ve descender el Espíritu. Temerosos de Dios, según el judaísmo del siglo i, eran aquellos no judíos de nacimiento que se identificaban con la fe hebrea: reconocían a Dios y habían renunciado a los ídolos pero no habían completa aún su conversión y aunque es posible que no la completasen nunca y no observasen la Ley en su plenitud eran aceptados en la sinagoga. Ni  que decir tiene que los sectores más ortodoxos les consideraban judíos de segunda o tercera línea. Pues bien, estos creyentes “especiales” tuvieron su propio Pentecostés y Pedro comprendió que no podía negársele el bautismo a quien había recibido ya la confirmación (dicho en términos sacramentales del siglo xxi).

El Espíritu es el amor que constantemente circula entre el Padre y el Hijo. Dios es amor; ama sin cesar. Sería más correcto decir que Dios es amar. Y todo su ser consiste en eso, en amar. Nos amó y se nos dio a sí mismo en la persona del Hijo. Sin que nosotros tuviéramos mérito alguno. Tal como aquellos temerosos de Dios tampoco nosotros somos aún, según criterios religiosos, perfectos. Dios no ha esperado a que lo seamos para amarnos, para acercársenos. Nuestra perfección está en mantenernos en permanente construcción. Si aún seguimos pensando que todo depende de nuestros méritos es que no hemos entendido todavía en qué consiste el amor. El amor consiste en aceptar a cada uno como es y tener la osadía de pensar que podemos ayudarle a ser feliz sin exigirle que deje de ser él mismo: potenciando sus capacidades y compartiendo con él aquello que Dios mismo nos descubre. Porque no nos construimos hacia dentro, sino hacia fuera. Cuarentenear el don no es crecer. Es cavar un hoyo donde esconderse.

Jesús permanece en el amor del Padre y nos transmite eso que va descubriendo: Que no existe más que un único mandamiento viable. ¿Qué nos iba a pedir Dios más que le imitáramos? Pero ya no hablamos de una mímesis con aspiración de mejoramiento personal. Se desvaneció la ilusión de conquistar el cielo a golpe de bondades. La ética no consiste en ser bueno ni en cumplir mandamientos. Es evidente que quien de verdad ame a sus próximos no intentará engañarles, ni robarles, ni mediatizarlos, ni corromperlos, ni mucho menos, intentará matarlos, claro. Pero tampoco pondrá su atención en que la norma se cumpla por encima de todo porque lo decisivo es el amor y el amor sabe descifrar lo que cada uno esconde y enseñarle el modo de levantarse y continuar. El amor también sabe proteger y pedir respeto para todos, se cuida de que nadie vea pisoteados sus derechos y de que nadie sea víctima de nadie. Es combativo e inconformista; sabe exigir justicia, porque ese es su otro nombre. El amor que Dios espera de nosotros y que Jesús nos prescribe es aquel que abre los brazos para construir una realidad alternativa donde nadie se quede atrás y que revela a todos la salvación. Es el amor que termina con cualquier servidumbre porque hace de todos amigos que saben pedir unidos al Padre y acoger el don que él les da. Es amor que quiere ser amar; que no encuentra sentido más que en actuar, en permanecer unido a Dios; en amar como Dios ama. Amar nos hace humanos, no perfectos. Asequibles, no puros. Compañeros, no acólitos.


Sobre el amor y el amar


sábado, 1 de mayo de 2021

SIN TI NO TIENE SENTIDO. Domingo V Pascua.

02/05/2021

Sin ti no tiene sentido.

Domingo V Pascua.

Hch 9, 26-31

Sal 21, 26b-28. 30-32

1 Juan 3, 18-24

Jn 15,1-8

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Nos llama directamente la atención la experiencia de Pablo: ha encontrado al Señor en el camino. De alguna manera le ha reconocido y ya no es el perseguido, sino quien marca el camino. En sus correrías Pablo conoció de cerca a esos herejes sectarios y de algún modo fue comprendiendo que lo que ellos vivían se asemejaba mucho a la promesa que recuerda el salmo: “los desvalidos comerán hasta saciarse”; “los confines del orbe” se han vuelto hacia el Señor del que el nazareno habló durante toda su vida. Pablo veía como ante este Señor se postraban las naciones de la tierra y comprende que también él, como la ceniza de la tumba, se postrará reconociendo en el perseguido el cumplimiento de lo prometido por la Palabra. Son las obras de quien encontramos las que nos dicen quién es él. La vida de los hostigados le lleva de vuelta hacia el Dios que había dejado olvidado bajo capas de fervorosa intransigencia.

Lo que las obras prueban es la validez, o no, de la conciencia. La conciencia es inviolable, incluso la de esos que llamamos malos. Esto no es relativismo. Es la realidad. En esta vida se encarna la verdad, pero también es posible que la verdad resulte encubierta, amortiguada o ninguneada por otras verdades parciales, por conveniencias, por requerimientos que  tienen su peso y que tiran de nosotros en otras direcciones. Cuando sabemos dejar todo eso atrás el amor se impone sobre las palabras o las razones, encontramos la verdad y podemos tocar a Dios. Es el amor recibido el primero en percibirse; el que no tiene en cuenta ninguna obsesión persecutoria nuestra, sino que se vuelve siempre para abrazarnos y decirnos: “menos mal que ya te dejas alcanzar. Me tenías en un sin vivir”. Conciencia es el sitio donde reside Dios, donde Jesús se hace presente con toda su humanidad a flor de piel y nos hace caer en la cuenta de nuestra verdad más profunda.

Es en ese lugar donde la mutua permanencia y referencia dará fruto abundante antes o después. El fruto es alimento; es obra tendida al otro, al congénere, como yantar. Desde las ramas la fruta se ofrece con ánimo de colmar todas las hambres. El sarmiento comparte savia con la vid, sin reservarse nada. De la savia que le alimenta el sarmiento produce el racimo que brinda al caminante. Es expresión viva del amor que le sostiene y es obra que glorifica a Dios; que le reconoce en su obra y en el dinamismo que la anima, que la mantiene y la hace evolucionar, que permite al mismo Dios expresarse. Esto es creer en el nombre de Jesucristo; admitir que ese Jesús perseguido fue realmente el Cristo, que no sucumbió en el fracaso sino que reside allí donde puede hacernos vivir a todos: en la conciencia. Permanecer unidos a él es hacerse disponible para dar fruto a partir de aquello que él nos transmite; es querer derrumbar los muros para que todos puedan compartir la casa común que no podemos privatizar. Es reconocerle en el camino y descifrar su papel en nuestra vida y compartirlo: “Esto que me da también es para ti. Sin ti no tiene sentido”. Por eso plantaré con él un árbol para que sus frutos nos alimenten a los dos. Porque creo en él te comparto la savia que a él y a mí nos hace uno en la esperanza de poder compartir la que os une a vosotros. Porque cada uno encuentra al Señor en su propio camino, pero al compartirlo se hace Señor de todos. Es imposible la comunidad sin las unidades.


Sin ti no tiene sentido.


sábado, 24 de abril de 2021

SOBRE LA CERCANÍA. Domingo IV Pascua.

25/04/021

Sobre la cercanía.

Domingo IV Pascua.

Hch 4, 8-12

Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29

1 Jn 3, 1-2

Jn 10, 11-18

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Se imponía a los discípulos la convicción de que el mundo no les reconocía y veía en ellos gente extraña por el hecho de hacer bien a los demás. Ayudar a un enfermo ajeno a tu círculo íntimo de amistades o deudos debía ser algo inusual. Más aún si se hacía sin perseguir beneficio alguno sino por ser bueno, por dar la vida, como él. Él es el buen pastor que está siempre al quite; protege y salva. Y no hay nadie más que pueda hacerlo. Jesús salva dando la vida y transfigurando una realidad tan terrible como la enfermedad o la propia muerte que pasan a ser experiencias tremendas, pero incapaces de apresar a nadie que no quiera dejarse apresar por ellas. No es que no duelan, ni es que no te mueras. En verdad duele y te mueres, pero eso no es lo definitivo.

Jesús entregó su vida para retomarla después. Ya sea por él mismo o por la acción de Dios, que en esto no se ponen de acuerdo las páginas del Nuevo Testamento, o tal vez fue por la conjunción de ambos, que no en vano era Dios-hombre y hombre-Dios. Jesús es salvador porque elimina el poder de la muerte sobre nosotros y deja sin efecto las garras de cualquier enfermedad. Es salvador también, de modo más cercano, porque destierra cualquier dolor, porque elimina la angustia, la necesidad y el miedo. Esto lo hace en directo, acercándose a los demás, tal como Pedro y Juan curaron al enfermo. Lo hicieron todo según se lo vieron hacer a Jesús, como si él mismo lo hiciera. Es decir, en su nombre. No hay otro nombre; no hay otra manera que no sea dar la vida voluntariamente conociendo al otro. La cercanía lo es todo.

La cercanía nos asegura que es mucho mejor refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes, de quienes prometen y no cumplen, de quienes quieren mandar, organizar y lustrar el mundo según su imagen. Esos son lobos que no ven en los otros más que infelices de los que aprovecharse. Pero no son infelices, sino inocentes que perciben en la cercanía, pese a la inhumana extensión de la calamidad, la atención al detalle personal y descubren así una misericordia eterna; puesta al alcance de todos por este Señor bueno al que llamaban Jesús.  En ese nombre nos podemos reconocer cuando salimos al encuentro de los demás, cuando damos la vida, cuando borramos de un plumazo la muerte, la angustia, el miedo, el dolor y la necesidad. Para que otros puedan sentirse también salvados tenemos que darles a conocer este nombre, pero ya no con palabras sino en nuestra acción de hoy en día. Revelamos a Dios en nuestros actos. Lo entregamos con nuestra propia vida. Somos hijos de Dios; el Padre nos lo ha dicho. Somos depositarios y herederos de su promesa y de su amor preferencial. Estamos llamados a ser su manifestación y a reconocernos en ella. ¿Quieres ver a Dios? Sé tú Dios. Compórtate como él. Eres imagen suya; sé semejante a él. Cuando obres según Jesús obró verás a Dios en acción, tal cual es, porque Dios es acción, acto de amor, y entonces descubrirás que no es distinto de ti. Dios se hizo hombre una vez pero eso no significa que no quiera volver a hacerlo, que no espere que tú le dejes sitio, que no arda en deseos de que seamos, cada vez más, encarnación suya. De momento sólo puede hacerlo en los inocentes que andan por el mundo con su ser entero hecho espacio, ofreciéndose a ser Dios cercano para todos. 

Sobre la cercanía

 

 

sábado, 17 de abril de 2021

LLAMADOS A LA VIDA. Domingo III Pascua.

18/04/2021

Llamados a la vida.

Domingo III Pascua.

Hch 3, 13-15. 17-19

Sal 4, 2. 7. 9

Jn 2, 1-5

Lc 24, 35-48

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Pocas frases tan breves y poderosas como esta de “estaba escrito”. Con ella todo se reviste de una autoridad que lo pone todo a salvo: “¿Por qué sucedió así? Porque estaba escrito”. Sin embargo, en los Hechos, Pedro recuerda a los habitantes de Jerusalén que, habiendo ellos matado al autor de la vida, Dios lo resucitó de entre los muertos. Porque la cuestión es que Dios respeta nuestra libertad pero no deja que nuestras acciones alimenten un mal permanente. Dios, nos recuerda el salmista, nos concede anchura en cualquier aprieto. No se dedica a dictar destinos insalvables y menos a pedir a nadie que los lleve a cabo en su nombre. Cuida especialmente de salvar aquello que arruinamos pues, incluso teniendo buena voluntad, es sencillo hacer daño ¡Cuánto más por ignorancia! Nos recuerda Juan que frente a tanta calamidad existe un criterio infalible para conocer quién está de parte del Dios de la vida: guardar los mandamientos de Jesús.

Y no debe ser muy difícil porque Jesús dejó muy pocos mandamientos. Lo complicado de verdad está en aguantar el chaparrón que te cae cuando quieres mantenerte fiel a la amistad que él te ofrece. De esto supo mucho el propio Jesús que se vio apresado en el juego de los dirigentes de su tiempo. De esto supo mucho también el buen Isaías que escribió las profecías con las que Jesús se identificó.  Los dos sabían que quien actúa movido por el amor de Dios termina mal, porque ese amor es incomprensible para quienes sólo buscan su propio interés, aunque piensen que con él suyo defienden también el de Dios.

Así es la vida y es cosa seria, porque quien la pierde por ser testigo la pierde de verdad. Dios respeta incluso la libertad de los malos ¿Cómo no va a respetar también la de los equivocados? Por eso él se hace responsable subsidiario de todos esos actos. Él, que creó al hombre libre, enmienda el mal que éste crea porque lo contrario sería una irresponsabilidad; divina, pero irresponsabilidad y eso le convertiría en un cantamañanas. No es este el caso. Por eso la resurrección de Jesús constituye la última palabra de Dios en todo esto. Entendemos por resurrección el traslado de Jesús a la vida definitiva. No se trata de una vuelta a este mundo, sino de una expresión de plenitud. No es tampoco un fantasma que busque arreglar cuentas pendientes. Estas alternativas debían barajarse en los tiempos de Lucas y por eso insiste tanto en que Jesús coma delante de sus amigos. El resucitado es el mismo que fue crucificado. Ahí están sus heridas. Pero ahora vive ya para siempre y nada más natural para los vivos que comer. La plenitud que se expresa así es la que Jesús consiguió viviendo volcado hacia los demás. Lo que estaba escrito no es que el mesías tuviese que padecer, sino que cualquiera que viva poniendo a disposición de los otros cuanto recibe de Dios terminará por sufrir por el temor de los buenos que no sabrán ver en él más que una amenaza y por la rabia de los malos para quienes es un obstáculo. Todos ellos habitan en la ignorancia. A quienes verdaderamente conocían Isaías y Jesús eran a sus contemporáneos, separados por el tiempo pero no por la lógica. Nosotros, hoy, podemos vivir en el resucitado, cumpliendo sus mandamientos: compartiendo y practicando su misma fe. No queda ya espacio para el temor pues todos estamos llamados a la misma vida que él. 

 

Llamados a la vida.