sábado, 27 de junio de 2026

SOBRE LA ATENCIÓN. Domingo XIII Ordinario

28/06/2026 – Domingo XIII Ordinario

Sobre la atención

2 R 4, 8-11. 14-16a

Sal 88, 2-3. 16-19

Rm 6, 3-4. 8-11

Mt 10, 37-42

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Existe la gente buena que siempre te hace un hueco en su casa. Podríamos tener la tentación de decir que también en su corazón y así nos quedaría la frase redonda. Pero tanto el libro de los Reyes como Jesús nos hablan de cosas muy concretas: cama, mesa, silla, vaso de agua fresca… digo tentación porque nos sentimos fascinados por cierta espiritualización que lo redondea todo, pero que, en mi opinión, también lo desencarna todo. 

Como cualquier ser humano, todo profeta tiene necesidades materiales; no es solo que le escuchen sino, sobre todo en los casos de predicadores itinerantes como Elías, el propio Jesús o los primeros enviados cristianos, necesitan ser acogidos en un lugar adecuado donde descansar, rezar y preparase para lo que venga. Todos ellos consiguieron cubrir esas necesidades gracias a gente corriente atenta a lo pequeño. Eso pequeño no es, en absoluto, lo último.

Solo el sediento valora la importancia del agua fresca y es de suponer que Jesús mismo, no pocas veces, estuvo sediento. Así pues, que hoy nos diga que por asistir a uno de los suyos tendremos su misma paga, sea justo o profeta, no es pura retórica. Él, que sabe lo que es la sed, valora lo positivo de cada acción no por quien la hace, sino por la necesidad de quien la recibe. Nada es mucho ni poco, solo la sed es un baremo fiable. Solo el necesitado es criterio válido para él. 

Por otro lado, la recompensa es siempre promesa que lanza hacia el futuro. En el caso de Elías es un futuro inmediato en el que se podrá disfrutar del ansiado hijo como de un bien terreno; era lo propio de la época. En tiempos de Jesús y de la comunidad cristiana ya existía la conciencia de un mundo posterior a la muerte que funcionaba como escenario de la bienaventuranza definitiva y ese es el lugar donde se recibirá la paga por las buenas acciones.

Ocurre que para responder a tantas necesidades tenemos que morir a nuestras propias pretensiones. Muchas de ellas pueden ser justas y sensatas, pero la cuestión es que Jesús siempre apunta más allá, siempre se dirige a los sedientos. Hay que morir a uno mismo y dejar atrás lo que nos separa de los demás, no porque aquello a lo que aspiramos no sea conveniente o razonable sino porque el objetivo siempre es el Bien Común que no deja fuera a nadie y esa “multipropiedad” hace relativa cualquier particularidad. 

Padre y madre son símbolos de nuestro origen, de nuestras expectativas, del sistema o de lo acostumbrado; hijo e hija son imagen de lo que conseguimos, del esfuerzo por lograr lo que se espera de nosotros, de nuestra contribución al orden. Jesús se sumerge en Dios; muere a sí mismo y a sus derechos privados para alcanzar los universales. Está atento a todo y a todos los demás y siempre les coloca por delante de sí. 

Esa es su muerte que se inicia y va teniendo lugar durante toda su existencia histórica y es la muerte a la que nos invita a todos y es también, como dice Pablo, participación en su misma resurrección. Vamos muriendo aquí, pero también vamos resucitando aquí.

Cuando esto ocurre surge un pueblo unido por la negación y la renuncia en el que las relaciones dejan de ser de dependencia y en el que sus miembros se reconocen inmersos en la misericordia y la fidelidad de Dios que se expresan en la atención concreta a las necesidades del otro. 

Es el pueblo bautismal y en proceso de resurrección que describe el salmista. Es en lo concreto de cada día donde se construyen las nuevas relaciones y es en ese estar pendiente donde se asienta la verdadera solidaridad como capacidad de compartir condiciones y destino.  

 

Sobre la atención

 

 


 

sábado, 20 de junio de 2026

SIN MIEDO. Domingo XII Ordinario

 21/06/2026 – Domingo XII T.O.

Sin miedo

Jer 20, 10-13

Sal 68, 8-10. 14. 17. 33-35

Rm 5, 12-15

Mt 10, 26-33

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El profeta Jeremías es célebre por sus lamentaciones, pero con ellas expresa también una actitud confiada que le lleva a afrontar la realidad sin ampararse en sus propias fuerzas. Muy al contrario, se remite siempre a la presencia y la acción de Dios. Su lamento no es una simple queja; es una declaración esperanzada; no es un llanto inútil, sino el clamor de quien sabe que Dios le cuida. 

Así puede apreciarse en el fragmento que hoy contemplamos. El profeta relata que su fidelidad le está costando cara, pero él confía en que Dios saldrá en su favor hasta el punto de renunciar a la venganza personal pues esta, en todo caso, le pertenece a Dios. Él será testigo de la victoria definitiva. No es un paso menor en el progreso de la humanidad. 

El salmista afirma que esta misma esperanza es compartida por los humildes a los que llama cautivos y pobres del Señor. Cautivos porque se ciñen a su voluntad renunciando a dejarse llevar por el instinto que les pediría otra reacción mucho más expeditiva; pobres suyos porque esta aparente debilidad les coloca en el lugar más bajo del sistema, haciéndoles extraños para sus hermanos; su vulnerabilidad es su única posesión y en esta pobreza suya acogen la gracia de Dios que les reafirma en su postura.

A Jesús, que tiene tanto de profeta como de pobre del Señor, le gusta insistir en esta idea central de la confianza. Dios está siempre con nosotros. No hay razón para el miedo o la reserva. Muy al contrario, todo lo que él te diga en la intimidad debes gritarlo desde los tejados, porque no hay nada que esté destinado a permanecer eternamente oculto. 

Nadie podrá matarnos porque la vida verdadera es del Señor y él vela por los suyos. Podremos, sin embargo, arder en el fuego de la ira; consumirnos en el odio y perdernos en el laberinto de la furia. La indignación, la denuncia y la proclamación no traen consigo la aniquilación. La labor del profeta es hablar en lugar de Dios. Pero no es que nos pida pronunciarle sin cuidado alguno, sino sin miedo. 

Los diminutos gorriones viven sin miedo y no hacen otra cosa que cantarle. Su vida es alabanza y canción para Dios. Si él cuida de ellos ¿cómo no hará lo propio con nosotros si nos ponemos en sus manos? El miedo produce una prevención que amordaza cualquier garganta esterilizándola. 

Así, podremos distinguir entre un profeta pobre y un pobre profeta. Aquel es quien renunciando a sí mismo canta valientemente al Señor y en su canto le transmite a él y, por consiguiente, da a conocer su voluntad para con todo, todas y todos. Éste otro, en cambio, es quien por miedo calla o dejándose llevar por sus temores ataca y propaga lo que piensa bueno para sí, pero es contrario al amor divino.

Pablo aclara que la Ley lo puso todo de manifiesto. Antes de que la tuviéramos nadie podía saber si pecaba o no; simplemente, cada uno seguía sus inclinaciones, sus preferencias o sus intereses.

 Para nosotros no existe otra Ley que Jesús el Cristo. Él es el espejo en el que mirarnos, pero la imagen a la que aspiramos se esconde en la humanidad que comparte con nosotros. Muchas veces lo convertimos en legislación y olvidamos eso común por lo que nos es tan cercano que puede eliminar de nosotros el fuego que nos devora. 

La ley que Jesús nos transmite es vivir sin miedo, confiados, dejando que Dios obre mientras nosotros tan solo le cantamos e invitamos a otras y otros a unirse a nuestro canto. 

Ya no es cuestión de que él se tome la venganza como decía Jeremías y como se canta en otros pasajes antiguos, sino de vivir con la claridad que Jesús proponía y aceptar el riesgo de cuestionar sistemas y ventajas para abrirnos a lo desconocido; a la novedad de un mundo en el que todos estemos dispuestos a morir por todos.  

 

Sin miedo

 

 


 

Con un abrazo especial para Miguel. 

sábado, 13 de junio de 2026

ESCOGIDOS Y ENVIADOS. Domingo XI Ordinario

14/06/2026 – Domingo XI O.

Escogidos y enviados

Éx 19, 2-6a

Sal 99, 2. 3. 5

Rom 5, 6-11

Mt 9, 36 – 10,8

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Podemos leer hoy la Biblia porque mujeres y hombres concretos percibieron la presencia de Dios en sus vidas y terminaron poniendo esa experiencia por escrito. 

Aquel pueblo antiguo al que hoy reconocemos como hermano mayor, vivió en sus carnes la intervención de Dios en favor suyo y resaltó la iniciativa divina: nos ha llevado sobre alas de águila hasta él mismo; hasta ese lugar nuevo donde todo va a ser diferente. 

Aquel pueblo de esclavos podía, si así lo aceptaba, convertirse en “propiedad” de Dios. Cualquier padre o madre que realmente lo sea, comprenderá que no se habla aquí de mera posesión, sino de responsabilidad. Dios cuida y sostiene; se apartó para sí a aquel pueblo, pero no con afán de exclusividad, sino con intención de hacerle sacerdote para otras naciones. Es decir, de forma tal que pudiese ser puente entre él y todos los pueblos. 

Dios no busca esclavos ni favoritos; quiere encontrar nexos de unión con la humanidad ¿Quién mejor que otros humanos para ello? El testimonio y la historia de Israel serán, para todos los linajes, señal de su preocupación y dedicación. 

El salmista expresa este concepto universal e invita a toda la tierra a aclamar y servir al autor de la vida que es bueno y cuya misericordia y fidelidad son eternas.

Igual que Dios se compadeció de Israel, Jesús se conmovió ante sus gentes reales; sobre todo frente a las más extenuadas y abandonadas. El pueblo estaba pasando por un mal momento. Se encontraba aún muy lejos de ser el embajador universal que Dios deseaba; la vida pesa, las circunstancias no se lo ponen sencillo a nadie y muchas veces la flecha marra el blanco. 

Por eso Jesús habla de las ovejas descarriadas. Los perdidos experimentan la misericordia mejor que nadie y su restauración será signo para todos; incluidos ellos mismos. Están todavía en proceso de aceptación. El Señor se preocupa de su mies y delega en doce enviados que pongan en claro que Dios no les ha olvidado, que sigue empeñado en rescatar a los desheredados por causa de la impureza que los “píos” proclaman; él nunca quiso seres perfectos. 

Por eso envía colaboradores concretos, de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. Cuanto más vayamos sabiendo de ellos más claramente veremos que también ellos están en proceso, como todos. Se les pide dar gratis lo que gratis han recibido; que confíen como en ellos han confiado; que sanen y pongan en pie como ellos mismos han sido sanados y elevados sobre sus miserias. 

Los procesos se construyen diariamente y la aceptación que Jesús pide se renueva a cada paso. Todos estamos en construcción. Fue durante ese camino cuando Jesús dio su vida por ellos y por nosotros. No esperó a que fueran perfectos; tampoco aguardó a que lo fuéramos nosotros. Esa es, según Pablo, su mayor prueba de amor y es también garantía de salvación. 

Solo por su misericordia jugamos ya en otra liga y, gracias a su fuerza, estamos en condiciones de acercarnos a los demás y olvidar sus fallos tal como los nuestros han sido también preteridos. 

Salvación no es solo asegurarse un pasaje para otras latitudes trascendentes; es lógico, humano, justo y, por tanto, divino aspirar a una transformación que pueda materializarse ya aquí y esa realidad saludable, en cuanto es real, no depende del confort proporcionado por la materialidad de las condiciones de vida de cada uno. 

Su entidad propia reside en la capacidad de encontrar sentido a lo que se vive; en vivir la vida al estilo de Jesús que dio la suya apostando por los extraviados, para que ellos mismos se amen como son y puedan manifestar su experiencia ante samaritanos y gentiles. Así, la gloria de Dios se traduce en gustar la potencia humanizadora de su amor en nuestras carnes y en las de los demás.

 

Grigory Myasoyedov, Tiempo de cosecha (1887)

  

 


 

Con un recuerdo especial para Raúl 

y un abrazo en la esperanza para toda esa hermosa familia.

 

sábado, 6 de junio de 2026

LO INESPERADO. Corpus Christi

07/06/2026 – Corpus Christi

Lo inesperado

Dt 8, 2-3. 14b-16a

Sal 147, 12-15. 19-20

1 Cor 10, 16-17

Jn 6, 51-58

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El pueblo que vagaba por el desierto lo pasó mal e interpretó sus penurias como una prueba que Dios le enviaba. En Egipto tenían, al menos, comida con la que llenar sus cuerpos. Ahora se enfrentaban al hambre. Sin embargo, Dios tiene sus motivos y tras el hambre proveyó alimento para todos ofreciendo el maná, desconocido hasta entonces. 

Moisés tuvo que reconocer que no solo de pan vive el hombre, pero esta frase no indica desprecio por lo material, sino todo lo contrario. Si hay quien piensa que el pan es suficiente es porque podría vivir solo con él, pero la cuestión es que el alimento debe estar asegurado para poder afirmarse que “no solo” de él puede vivirse. 

Dios no pide imposibles; aprieta pero no ahoga, se dice. El pueblo podrá apreciar el alimento que él envía y a partir de ahí, acoger sin temor todo lo demás; lo verdaderamente desconocido e inesperado. El salmista se siente ya miembro de una nación privilegiada. Dios la ha protegido y bendecido, la ha saciado con flor de harina y le ha dado a conocer su voluntad más íntima.

Hace siglos que conocemos el sufrimiento que el hambre causa en el mundo. No siglos; milenios, ya. El hambre, cualquier hambre, es un problema de causas múltiples que podemos identificar. 

Jesús habla para un auditorio que tiene muchas hambres distintas. Él los abarca a todos al hacer de la necesidad física imagen de la espiritual. Juan pretende ser didáctico con sus metáforas. Tampoco él desprecia lo material, sino que recuerda como Jesús se presenta a sí mismo como la materia que hace vivir eternamente. Es lo absolutamente inusitado. 

Para cualquier judío piadoso o, simplemente, cabal, la idea de comer el cuerpo de otro ser humano sería tan repugnante como la de beber su sangre, cuyo consumo está expresamente prohibido por las reglas de Kashrut. No podría haberse elegido peor referencia alimenticia. 

Por eso mismo tendremos que entender que no puede tomarse al pie de la letra como, sin embargo, hicieron sus contemporáneos. Es difícil desprenderse de las costumbres y perspectivas cotidianas, pero eso es lo que Jesús nos pide. 

Así, nos colocamos en sintonía con él, tal como él mismo lo está con el Padre. Reproducimos en nuestra vida la propia vida trinitaria. Estamos en el Hijo y él en el Padre. Alimentarnos de Jesús es “hacer su voluntad”; es vivir como él; es relacionarse corporalmente con los demás: estar cercano, tocar, abrazar, besar, comer con ellos, compartir noches y días, alegrías y sufrimientos; es partirse en favor de ellos; es derramarse como se derrama él gastándose en favor de todos.

Pablo pone de manifiesto que una comunidad en la que sus miembros viven así, donándose unos en favor de otros, se transforma en un organismo; es un cuerpo en el que cada uno aporta su ser a la construcción del Bien Común. 

La unión en lo común no impone la uniformidad sino que imita la actitud vital de Jesús de ofrecerse a sí mismo como alimento para todos y perpetua su definitiva acampada entre nosotros. Pese a ser motivo de controversia, su presencia es real y se habla de su unión con cada uno como de un acto íntimo y personal. 

Con todo, la realidad es que este trance entrañable no es para el disfrute solitario, sino que está llamado a transformarse en fuente de vida para los demás tanto como para cada una o uno. Lo contrario sería un secuestro. 

Durante milenios ha habido quien lo quería solo para sí. Esa retención es la que causa el hambre. Custodiar a Dios mismo entre joyas devocionales no evita que sus ojos sigan pendientes de aquellos a quienes no alcanza el pan; a quienes él no llega por tenerlo recluido. 

Pero no se clausura así su presencia, pues el  Espíritu, Amor en acto, suscita comuniones liberadoras que donan vida verdadera a unos y otros. 

 

Lo inesperado