02/08/2026 – Domingo XVIII T.O.
Contra las hambres
Is 55, 1-3
Sal 144, 8. 15-16
Rm 8, 35. 37-39
Mt 14, 13-21
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La antigua alianza con Abraham se fue renovando en sus descendientes hasta llegar a la fundacional alianza con David, en la que Israel surgía como nación. Habían sido nómadas, esclavos, fugitivos e invasores. De ahí en adelante serían un pueblo unido en torno a un rey. Este pacto se renueva ahora también tras el fracaso de la monarquía y la ruina del país y en esta ocasión los convocados son los hambrientos y los sedientos porque Dios no retira de ellos su atención.
El libro de Isaías está realmente compuesto por tres obras de tres autores diferentes. El fragmento de hoy está tomado del segundo de ellos, conocido como el Libro de la consolación que pretende mitigar el dolor de Judá en el destierro babilonio. Contiene además los famosos cantos del siervo y las alusiones a Ciro, rey de los persas, como mesías liberador, pero no se hallan en sus páginas intentos de restablecer la monarquía davídica. Sin embargo, retoma la idea de alianza subrayando la dedicación de Dios a los hambrientos y los sedientos presentándole como fuente ilimitada de recursos. Después del desastre volver a él es asegurarse la propia vida porque, como dice el salmista, el Señor el clemente y misericordioso y permanece cerca, alimenta y cuida, a los que le invocan sinceramente.
Jesús se encuentra con una multitud hambrienta cuando pretendía poner tierra de por medio entre él y Herodes quien, tras matar a Juan, había puesto sus ojos en él, tal como se nos dice en el inicio del capítulo de hoy. Pero la gente no le deja irse sin más y Jesús, dice Mateo que movido por la misericordia, cura a los enfermos, lo cual ya es sanar cierta hambre.
Después de eso todo el mundo se queda a ver qué pasa y Jesús nos
encarga a sus discípulos que saciemos otras hambres. Pareciera que Jesús nos
dice qué está a nuestro alcance y qué se reserva para él. Para nosotros lo fácil,
para él lo más difícil Así pues, debería resultarnos sencillo calmar el hambre
física. Él se encargará de lo complicado; de otras necesidades. Imagínate qué
cara se le estará quedando al vernos, por un lado, incapaces de hacer lo
elemental y, por otro, dándonoslas de poder arreglar lo más complejo.
Vamos por partes: Tomamos la enfermedad como imagen de lo que nos supera; eso que solo Dios puede remediar y decimos que es sencillo dar de comer porque somos capaces de manejar todos los elementos necesarios para ello. Sin embargo, como ya es sabido, ponemos nuestra ganancia por delante de todo lo demás y el resultado es que la necesidad no cesa y aun así nos decimos capaces de saciar otras hambres.
En la orilla opuesta, el joven de los
panes y los peces nos mostró el camino: aportar lo que cada uno tenga y dejar
que Jesús lo bendiga. Son dos pasos sencillos con los que creamos un nuevo modo
de relación que llamamos Reino.
El reinado de Dios no es un ejercicio autoritario, sino una construcción común entre él y nosotros. Nos deja lo sencillo para, sobre eso, construir él lo que nosotros no podemos: “Empezad hasta donde lleguéis que yo terminaré casi sin que os deis cuenta”.
La humildad pasa por no ahorrarnos esfuerzos y ponerlo todo en manos de Jesús. Poner de mi parte, lo que tengo y lo que soy, confiando en que todos harán lo mismo. El milagro es crear ese ecosistema en el que todos podemos saciar progresivamente diferentes hambres cada vez más arduas y acuciantes en diferentes planos. Así podremos alcanzar la plenitud de la realización; la verdadera humanización.
No es trabajo para solitarios, sino para un pueblo hambriento capaz de transformar la antigua alianza en un pacto universal. Cuando ese clima fecundo es real logramos la plasmación concreta del amor de Dios manifestado en Jesús ¡ahí es nada! y, según Pablo, nada ni nadie podrá entonces separarnos de él.
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| B. E. Murillo, Milagro de los panes y los peces (ca.1669-1671) |
