sábado, 22 de marzo de 2025

HACERSE PRESENTES. Domingo III Cuaresma

23/03/2025 – Domingo III Cuaresma

Hacerse presentes

Éx 3, 1-8a. 13-15

Sal 102,1-4. 6-8. 11

1 Cor 10, 1-6. 10-12

Lc 13, 1-9

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Como todos los relatos de vocación, el de Moisés dice más del Dios que llama que de la persona llamada, aunque siempre nos empeñamos en verlos desde este lado, normalmente para fustigarnos: si él pudo…, si él confió…, si él lo hizo….; nos encanta. No es este nuestro camino, sino que vemos hoy a Dios diciéndole unas cuantas cosas importantes a Moisés: he oído…, he visto…, me he fijado…, voy a bajar para liberar. Esto es una novedad. Los dioses de antaño bajaban para castigar, para secuestrar doncellas, para recoger ofrendas, para buscar beneficio, en suma. Este Dios, no. Él es el que es. Es el que se hace presente en la vida de su pueblo para caminar con él. Aquí encuentra su razón de ser la insistencia de algunos lingüistas en explicar que el nombre divino se expresa en futuro. Soy el que seré; estaré siempre con vosotros. Esta es la experiencia del salmista: verdaderamente, Dios está con nosotros y así seguirá por siempre porque su presente es eterno y nosotros lo captamos como futuro.

Pablo enlaza directamente con esta experiencia y nos recuerda que todos nuestros padres caminaron por el desierto bajo la protección de la nube, imagen de Dios, real pero inasible. Todos estuvieron allí, pero, por alguna razón, no todos agradaron al Señor. Encontraremos la clave en el testimonio de Lucas. Por un lado y pese a todos los prejuicios en su contra, los galileos eran respetados por su exaltado nacionalismo que les aseguraba el recelo de los invasores. No en vano fueron perseguidos por ellos hasta el interior del Templo para ser aniquilados allí mientras presentaban sus sacrificios. La religiosidad no es un seguro mágico que garantice la supervivencia. Por otra parte, los 18 que murieron aplastados por la caída de la torre de Siloé no eran más culpables que los demás. Las creencias de la época exigían que Dios hubiese salvado a los primeros y veían en la muerte de los segundos un castigo que sus pecados les habían merecido. Para Jesús nada de esto tiene sentido pues la vida se va desenvolviendo por sí misma, pero aprovecha la imagen de la muerte y el miedo que inspira para decirnos que hay que abandonar esa imagen de Dios que favorece el ritualismo y castiga el error sin compasión alguna. Lo que Dios espera es que demos fruto. Frente a esa imagen exigente, Jesús se propone como viñador solícito que cuida y motiva; que exige acompañando, no desde la distancia.

El Dios que anunció a Moisés su descenso hasta el pueblo oprimido bajó personalmente en forma humana y se puso a caminar como todos los demás y con todos ellos, acompasando su paso al de los que más dificultades tenían para seguir el ritmo excluyente impuesto por algunos. Se hizo verdaderamente presente y nos pide que también nosotros lo hagamos con validez de eternidad; es decir, desde ahora y durante todo el futuro que tengamos a nuestra disposición: para siempre. La conversión es la inversión de esa tendencia que mira solo por uno mismo para pasar a vivir de cara a los demás. El milagro real está en que vivir para los demás te hace más tú mismo que ninguna otra cosa. Dar fruto beneficia a los demás pero nos construye a cada uno y, como resultado, a la comunidad y al Reino. Pablo aleccionaba a los corintios para que se situasen en un mundo en ocaso aportando soluciones nuevas. Las antiguas seguridades ya no sirven; el único apoyo es la comunión de seres verdaderos que se hacen presentes y construyen caminando con otros. 

 

Hacerse presentes.

 

 


 

 

 

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