28/06/2026 – Domingo XIII Ordinario
Sobre la atención
2 R 4, 8-11. 14-16a
Sal 88, 2-3. 16-19
Rm 6, 3-4. 8-11
Mt 10, 37-42
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Existe la gente buena que siempre te hace un hueco en su casa. Podríamos tener la tentación de decir que también en su corazón y así nos quedaría la frase redonda. Pero tanto el libro de los Reyes como Jesús nos hablan de cosas muy concretas: cama, mesa, silla, vaso de agua fresca… digo tentación porque nos sentimos fascinados por cierta espiritualización que lo redondea todo, pero que, en mi opinión, también lo desencarna todo.
Como cualquier ser humano, todo profeta tiene necesidades materiales; no es solo que le escuchen sino, sobre todo en los casos de predicadores itinerantes como Elías, el propio Jesús o los primeros enviados cristianos, necesitan ser acogidos en un lugar adecuado donde descansar, rezar y preparase para lo que venga. Todos ellos consiguieron cubrir esas necesidades gracias a gente corriente atenta a lo pequeño. Eso pequeño no es, en absoluto, lo último.
Solo el sediento valora la importancia del agua fresca y es de suponer que Jesús mismo, no pocas veces, estuvo sediento. Así pues, que hoy nos diga que por asistir a uno de los suyos tendremos su misma paga, sea justo o profeta, no es pura retórica. Él, que sabe lo que es la sed, valora lo positivo de cada acción no por quien la hace, sino por la necesidad de quien la recibe. Nada es mucho ni poco, solo la sed es un baremo fiable. Solo el necesitado es criterio válido para él.
Por otro lado, la recompensa es siempre promesa que lanza hacia el futuro. En el caso de Elías es un futuro inmediato en el que se podrá disfrutar del ansiado hijo como de un bien terreno; era lo propio de la época. En tiempos de Jesús y de la comunidad cristiana ya existía la conciencia de un mundo posterior a la muerte que funcionaba como escenario de la bienaventuranza definitiva y ese es el lugar donde se recibirá la paga por las buenas acciones.
Ocurre que para responder a tantas necesidades tenemos que morir a nuestras propias pretensiones. Muchas de ellas pueden ser justas y sensatas, pero la cuestión es que Jesús siempre apunta más allá, siempre se dirige a los sedientos. Hay que morir a uno mismo y dejar atrás lo que nos separa de los demás, no porque aquello a lo que aspiramos no sea conveniente o razonable sino porque el objetivo siempre es el Bien Común que no deja fuera a nadie y esa “multipropiedad” hace relativa cualquier particularidad.
Padre y madre son símbolos de nuestro origen, de nuestras expectativas, del sistema o de lo acostumbrado; hijo e hija son imagen de lo que conseguimos, del esfuerzo por lograr lo que se espera de nosotros, de nuestra contribución al orden. Jesús se sumerge en Dios; muere a sí mismo y a sus derechos privados para alcanzar los universales. Está atento a todo y a todos los demás y siempre les coloca por delante de sí.
Esa es su muerte que se inicia y va teniendo lugar durante toda su existencia histórica y es la muerte a la que nos invita a todos y es también, como dice Pablo, participación en su misma resurrección. Vamos muriendo aquí, pero también vamos resucitando aquí.
Cuando esto ocurre surge un pueblo unido por la negación y la renuncia en el que las relaciones dejan de ser de dependencia y en el que sus miembros se reconocen inmersos en la misericordia y la fidelidad de Dios que se expresan en la atención concreta a las necesidades del otro.
Es el pueblo bautismal y en proceso de resurrección que describe el salmista. Es en lo concreto de cada día donde se construyen las nuevas relaciones y es en ese estar pendiente donde se asienta la verdadera solidaridad como capacidad de compartir condiciones y destino.

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