sábado, 20 de junio de 2026

SIN MIEDO. Domingo XII Ordinario

 21/06/2026 – Domingo XII T.O.

Sin miedo

Jer 20, 10-13

Sal 68, 8-10. 14. 17. 33-35

Rm 5, 12-15

Mt 10, 26-33

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

El profeta Jeremías es célebre por sus lamentaciones, pero con ellas expresa también una actitud confiada que le lleva a afrontar la realidad sin ampararse en sus propias fuerzas. Muy al contrario, se remite siempre a la presencia y la acción de Dios. Su lamento no es una simple queja; es una declaración esperanzada; no es un llanto inútil, sino el clamor de quien sabe que Dios le cuida. 

Así puede apreciarse en el fragmento que hoy contemplamos. El profeta relata que su fidelidad le está costando cara, pero él confía en que Dios saldrá en su favor hasta el punto de renunciar a la venganza personal pues esta, en todo caso, le pertenece a Dios. Él será testigo de la victoria definitiva. No es un paso menor en el progreso de la humanidad. 

El salmista afirma que esta misma esperanza es compartida por los humildes a los que llama cautivos y pobres del Señor. Cautivos porque se ciñen a su voluntad renunciando a dejarse llevar por el instinto que les pediría otra reacción mucho más expeditiva; pobres suyos porque esta aparente debilidad les coloca en el lugar más bajo del sistema, haciéndoles extraños para sus hermanos; su vulnerabilidad es su única posesión y en esta pobreza suya acogen la gracia de Dios que les reafirma en su postura.

A Jesús, que tiene tanto de profeta como de pobre del Señor, le gusta insistir en esta idea central de la confianza. Dios está siempre con nosotros. No hay razón para el miedo o la reserva. Muy al contrario, todo lo que él te diga en la intimidad debes gritarlo desde los tejados, porque no hay nada que esté destinado a permanecer eternamente oculto. 

Nadie podrá matarnos porque la vida verdadera es del Señor y él vela por los suyos. Podremos, sin embargo, arder en el fuego de la ira; consumirnos en el odio y perdernos en el laberinto de la furia. La indignación, la denuncia y la proclamación no traen consigo la aniquilación. La labor del profeta es hablar en lugar de Dios. Pero no es que nos pida pronunciarle sin cuidado alguno, sino sin miedo. 

Los diminutos gorriones viven sin miedo y no hacen otra cosa que cantarle. Su vida es alabanza y canción para Dios. Si él cuida de ellos ¿cómo no hará lo propio con nosotros si nos ponemos en sus manos? El miedo produce una prevención que amordaza cualquier garganta esterilizándola. 

Así, podremos distinguir entre un profeta pobre y un pobre profeta. Aquel es quien renunciando a sí mismo canta valientemente al Señor y en su canto le transmite a él y, por consiguiente, da a conocer su voluntad para con todo, todas y todos. Éste otro, en cambio, es quien por miedo calla o dejándose llevar por sus temores ataca y propaga lo que piensa bueno para sí, pero es contrario al amor divino.

Pablo aclara que la Ley lo puso todo de manifiesto. Antes de que la tuviéramos nadie podía saber si pecaba o no; simplemente, cada uno seguía sus inclinaciones, sus preferencias o sus intereses.

 Para nosotros no existe otra Ley que Jesús el Cristo. Él es el espejo en el que mirarnos, pero la imagen a la que aspiramos se esconde en la humanidad que comparte con nosotros. Muchas veces lo convertimos en legislación y olvidamos eso común por lo que nos es tan cercano que puede eliminar de nosotros el fuego que nos devora. 

La ley que Jesús nos transmite es vivir sin miedo, confiados, dejando que Dios obre mientras nosotros tan solo le cantamos e invitamos a otras y otros a unirse a nuestro canto. 

Ya no es cuestión de que él se tome la venganza como decía Jeremías y como se canta en otros pasajes antiguos, sino de vivir con la claridad que Jesús proponía y aceptar el riesgo de cuestionar sistemas y ventajas para abrirnos a lo desconocido; a la novedad de un mundo en el que todos estemos dispuestos a morir por todos.  

 

Sin miedo

 

 


 

Con un abrazo especial para Miguel. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario