31/05/2026 – Santísima Trinidad
Desde la entraña
Éx 34, 4b-6. 8-9
Dn 3, 52-56
2 Cor 13, 11-13
Jn 3, 16-18
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Moisés se encuentra con Dios en la cima del Sinaí, es decir, a mitad de camino. Ambos salen de sí mismos para encontrarse en un espacio intermedio. Subir o bajar son metáforas que indican intención. Ni uno ni otro son de estar solos. Moisés surge desde un pueblo que peregrina por el desierto buscando la tierra que Dios le ha prometido y Dios se revela a sus ojos como “compasivo y misericordioso”, no es la ira lo que le define, sino el amor.
El actuar de Dios es su nombre. Así pues, a este Dios que se llama a sí mismo amor, Moisés se ofrece como justo que espera haber hallado gracia a sus ojos y Dios, cumpliendo su palabra, siendo su nombre, toma al pueblo en heredad por el valor de la presencia de este único justo.
Daniel, que releva hoy al salmista, nos trae el recuerdo de aquellos tres justos que hablaron por el pueblo y pusieron voz a su gratitud aun en medio de la catástrofe. Ananías, Azarías y Misael ven a Dios en la creación entera y lo expresan en el largo canto del que hoy leemos solo los versículos iniciales y que termina recordando su bondad y la eternidad de su misericordia.
Apoyado en esa misericordia, Moisés había pedido literalmente “que mi Señor vaya en qéreb (entrañas, intestino, seno o interior)” y el Señor aceptó anidar en lo profundo del ser humano; no habita en Templos ni en imágenes, sino en la hondura de cada mujer y hombre.
Dios nunca deja solo al ser humano. Recogiendo esta intuición veterotestamentaria, el Nuevo Testamento ve en Jesús la presencia definitiva de Dios entre nosotros; en uno como nosotros en cuyas entrañas Dios se hace plenamente presente. El Padre, envía al Hijo que es tan Dios como él. Por amor Dios viene a hablar nuestro mismo idioma; conoce el mundo desde nuestra misma naturaleza y desde ella se conoce también a sí mismo.
La naturaleza humana fue creada ya con la capacidad de acoger al Hijo que, desde toda la eternidad vive en relación de amor con el Padre. A ese vínculo entre ambos le llamamos Espíritu. Es el amor que impulsa al Padre a engendrar al Hijo y al Hijo a corresponder al Padre. Es el amor de Dios en acción que, en Jesús, pone al Hijo al alcance de todas las personas. Conocer al Hijo es conocer al Padre. Ver a Jesús es ver a Dios. Creer en Jesús es creer en Dios y salvarse, nos dice Juan.
Creer no es una simple aceptación intelectual o sentimental; es adherirse a la persona de Jesús, su obra y sus palabras. En esto consiste el juicio y esto es complejo para todos, pero contamos con el auxilio del Espíritu. Dios, que en sí mismo no es un ser solitario, sino comunidad viva en permanente relación, se acerca a nosotros en la porción que podemos albergar, pero a esa porción no le falta ninguna de las tres concreciones en las que la única esencia divina se revela. La trinidad danza en nosotros.
Pablo escribió varias cartas a los corintios. En el fragmento que hoy contemplamos exhorta a los hermanos a la perfección cifrándola en la convivencia pacífica y en la unidad en un mismo sentir de modo que el Dios del amor y la paz esté con ellos, en sus “entrañas” si seguimos la antigua comprensión del Éxodo.
En ese fondo, dice Pablo, habitan la gracia de Jesús el Cristo, el amor de Dios y la comunidad del Espíritu. La tradición presenta a la Trinidad como modelo de la vida contemplativa. Para Pablo es el fundamento de un nuevo modo de vivir. El ósculo de la paz no es un simple saludo, sino el sello de una relación en la que cada uno reconoce en el otro el mismo Dios que habita sus entrañas.
La vida trinitaria es salida hacia el otro, permanencia en el encuentro y confiada danza en la que cada uno despliega su ser y su obrar en favor de todo y de todas y todos; es expresión de Dios mismo, del amor que nos mueve y enlaza desde lo profundo.
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| José de Ribera, Trinidad (ca 1635) |

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