19/07/2026 – Domingo XVI T.O.
Al trigo y a la cizaña
Sab 12, 13. 16-19
Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a
Rm 8, 26-27
Mt 13, 24-43
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Si preguntáramos cuál es la imagen más frecuente de Dios en la Biblia, si la de un ser clemente y compasivo o, por el contrario, un juez terrible, vengativo y castigador posiblemente “ganase” esta segunda. Tal vez alguien las haya contado, pero la cuestión, en el fondo, no es cuantitativa. Lo que aquí nos importa es lo mismo que importó a nuestros hermanos mayores: descubrir que Dios es diferente a cualquier otro y se distingue también de nuestra manera de entender la vida. Este descubrimiento se fue imponiendo poco a poco.
El libro de la Sabiduría nos dice que Dios es único porque no es como otros dioses; su originalidad está en que es compasivo y siempre concede segundas oportunidades. Cuando ha mostrado su verdadero poder ha resultado ser este estar pendiente de cada uno y no tener que dar explicaciones a nadie por ello.
No es el Dios que hubiese esperado encontrar una mentalidad legalista aferrada a la exigencia, pero esta originalidad es prueba de su autenticidad. No es el Dios que imaginábamos; es mucho mejor; no nos engañamos al seguirle.
El salmista ahonda en esta misma idea y afirma que todos los pueblos terminarán por ser conquistados por esta forma tan divina de ser Dios.
Hoy en día vivimos en una rapidez que es totalmente contraria al sosiego que requiere la crianza de lo bueno. En nuestra naturaleza está impresa la serenidad del amor de Dios desde la que vinimos a conocer la luz. Sin embargo, hoy lo queremos todo ya, sin respetar ritmo alguno y además queremos que todo sea bueno. Junto a lo bueno, aparece su contrario y estamos obsesionados con la perfección.
Queremos tener el control e intervenimos para que todo sea acorde a lo esperado y madure según nuestros designios, pero la vida auténtica florece sin que seamos capaces de advertirla. Vemos de pronto crecer la cizaña que entorpece y hay para quien es más fácil, o menos arriesgado, arrancar la del campo ajeno que la del propio o viceversa.
Dios, en cambio, ve todo el campo y todos los campos. Lo que nosotros vemos como malo para él es también ocasión para crear; es una nueva oportunidad para la vida. Dios es Dios porque puede, con su misericordia, sacar bien de lo que para nosotros no merece la pena. En el silencio que nos pasa inadvertido florece lo nuevo, pero se nos escapa entre las manos.
Dios acepta el riesgo y prefiere no excluir la posibilidad del error y la equivocación a crear un mundo de autómatas. Nos quiere libres. Espera que le amemos y nos amemos no por miedo o por obligación, sino por el desarrollo de nuestra propia capacidad de centrifugarnos. Fuimos hechos para amar, no para exigir perfección en los demás, ni siquiera en Dios, porque el Dios verdadero poco tiene que ver con la severa y rígida idea que tenemos de él.
Con sus parábolas Jesús quiere transmitirnos que debemos valorar nuestros propios errores como oportunidad de cambio y conceder siempre a los demás la posibilidad de un nuevo comienzo; que el Reino crece no por nuestros méritos sino por su propia naturaleza; que llegará el momento decisivo, pero ese no nos pertenece; y que no existe realidad tan pequeña que no sea capaz de hacer aportaciones valiosas en la transformación del mundo, porque no es la cantidad la que define el valor de lo que se da.
Jesús se sabe y vive como profeta que quiere revelarnos los secretos más antiguos, pero se nos hace difícil entenderle porque nos cuesta desprendernos de nuestras propias ideas.
Ante nuestro desconcierto Pablo recuerda que, aunque estemos distraídos, es el Espíritu el que pide en nuestro nombre. Él nos acerca a lo que Jesús quiere revelarnos e intercede por nosotros. El Espíritu es el amor de Dios en acción; vive el proceso con y desde nosotros y sabe lo que nos conviene.
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