05/07/2026
La humildad
Zac 9, 9-10
Sal 144, 1-2. 8-11. 13cd-14
Rm 8, 9. 11-13
Mt 11, 25-30
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El profeta Zacarías nos presenta hoy a un rey modesto, capaz de arruinar a sus enemigos y realizar todas las maravillas de las que hablan los otros profetas, pero sin arrogancia alguna; sin ruido ni ostentación. Son las suyas unas maneras completamente nuevas.
El salmista nos trae un elenco de acciones positivas que debemos entender que el Señor realiza con la misma inusitada humildad y por las que merece alabanza y bendiciones. Puesto en esta tesitura Dios mismo parece distinto.
Es imposible no relacionar a este nuevo rey con la oración en la que Jesús bendice al Padre por la presencia de los pequeños, literalmente “los que no saben hablar” y son por ello asimilados a los niños, pero son capaces de comprender las cosas que le escuchaban decir. No todos parecen capaces de hacerlo; desde luego no los sabios y entendidos, esos que hablan y hablan y que, en su tiempo, esperaban otra cosa diferente y no reconocieron al rey humilde.
También los que tanto hablan hoy, permanecen presos de sus propias ideas y no dejan espacio para nada ni nadie que no se ajustase a ellas. Están convencidos que Dios cabe en sus propios moldes, pero al Padre solo lo conoce el Hijo y, según Mateo, aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.
Se cuela aquí todavía la antigua convicción judía de que todo ocurre por voluntad de Dios: él endureció el corazón del faraón y es ahora Jesús quien revela o no al Padre según su voluntad. No parece una afirmación histórica.
Lo que es cierto es que Padre e Hijo se conocen mutuamente, con lo que Jesús, encarnación del Hijo, también entra en la relación. Y también es cierto que ambos revelan. La vida y acción de Jesús hace resonar en el hondón de los que saben escuchar el amor que Dios siente por todos y cada uno, pero que no todos saben reconocer.
El Padre crea y Jesús restaura. Quien se siente sanado reconoce en Jesús la acción de Dios y le identifica como Hijo. Porque Dios era ya conocido en lo profundo puede ser reconocido en Jesús, pero no en los charlatanes que dicen otra cosa diferente.
Y continua Jesús dirigiéndose a los cansados y agobiados, literalmente “los que trabajan afanosamente y han sido cargados”. Tendremos que entender: los últimos; los que sostienen con su esfuerzo todo el tinglado que tenemos montado; los que pagan los platos rotos; los que viven atenazados por leyes y prácticas que les explotan en beneficio de otros. Los oprimidos por la Ley, en la versión más clásica; los oprimidos por cualquier ley, reglamentación, idea o costumbre que conculque sus derechos y les deje a la intemperie.
A todos estos les ofrece Jesús el yugo alternativo de la humildad, no de la pasividad o la resignación, sino el de conocerse como hijos verdaderamente amados que no dejan que su dignidad sea pisoteada; que la defienden saliendo de un sistema que no quiere reconocerlos y creando realidades alternativas en las que cobijarse comunitariamente, acoger y albergar a muchos otros y promover juntos el bien común.
Nos faltaba aún un personaje en escena: el Espíritu que habita en nosotros y sostiene lo que el Padre creó y el Hijo restauró. No estamos hechos para la muerte sino para la Vida. Por eso insiste Pablo en que quien resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros si dejamos que el Espíritu nos habite.
Concederle este permiso es ser humildes y dejarse conocer por el Padre como solo él conoce al Hijo. Por el contrario, rendirse a la adversidad como si no hubiera remedio posible es dejarse apresar por la carne. Puede que no haya solución plena, pero siempre cabe hallar la rendija que permita oxigenarnos y recuperar sentido aun en lo peor y eso es ya el comienzo de la Resurrección.
Césare Ripa, La humildad (Iconología, 1603) 
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