sábado, 26 de septiembre de 2026

DE LA JUSTICIA Y EL DERECHO. Domingo XXVI Ordinario

27/09/2026 – Domingo XXVI T.O.

De la justicia y el derecho

Ez 18, 25-28

Sal 24, 4bc-9

Flp 2, 1-11

Mt 21, 28-32

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Parece que Ezequiel quiera completar el discurso que nos dirigía Isaías la semana pasada. Nadie es eternamente bueno o malo. La bondad o maldad de cada uno se mide por su práctica del derecho y la justicia. 

Sin embargo, hoy en día vivimos en la confusión porque en nuestra perspectiva moderna hemos conseguido enfrentar al derecho con la justicia 

¿Cómo si no puede explicarse que se televise el desahucio a una anciana de 87 años en pleno centro de la capital atendiendo a los derechos de los poderosos? ¿O cómo interpretar si no es así que la crisis migratoria de Ceuta despierte enfrentamientos partidistas que llegan a ocultar, cuestionar e incluso condenar la bondad de quienes se deciden a echar una mano? ¿Podremos explicar de otro modo el cada vez más olvidado genocidio en Gaza? Y el mundo sigue girando sobre los hombros de la mayoría para beneficio de unos pocos. 

Los criterios de Dios no son los nuestros porque le hemos dado la vuelta a todo. 

Lo tendremos que recordar también cuando alguno de los que nosotros juzgamos como malos decida cambiar y volverse a Dios, convertirse, según dice Ezequiel, para aplicar los principios que antes, por cualquier motivo, desdeñaba ¿Qué le dirán entonces los que estaban ya en ese barco? ¿Le acogerán sin más como compañero? Para Dios es fácil aceptar a quien quiere volver a casa; no siempre lo es para los buenos. 

El salmista retrata a quien está pendiente de aprender la bondad porque, aunque haya personas que tengan mayor inclinación hacia ella, no es algo instintivo.

Mateo trae hoy de nuevo una parábola exclusiva en la que Jesús habla de dos hijos que tienen diferentes actitudes ante la voluntad de su padre. 

No sabemos la razón por la que el primero de ellos cambia de opinión y termina obedeciendo. Podemos suponer, aceptando que toda apuesta es un riesgo, que, evitando lo que normalmente se tiene en mente al hablar del trabajo en la viña, encontró el verdadero sentido de la llamada que su padre le dirigía. Ese mismo sentido fue el que el padre dirigió al segundo hijo, que declinó la invitación porque él tenía otra idea. 

A veces, con el tiempo y las circunstancias, terminamos construyendo el mundo a nuestra imagen y a la del Padre. 

Que Jesús proponga a las prostitutas y los publicanos, gente de mal vivir para la época, como modelo no es solo una provocación. Resulta que son colectivos que él conoce bien precisamente porque no les ha cerrado la puerta, porque ha descubierto una viña fecunda entre ellos. En segundo lugar, ha sido testigo de cómo más de una y uno de ellas y ellos han sido capaces de cambiar de vida cuando se les ha brindado ocasión. Así, su valor está en haber sido capaces de cambiar de vida; de volver a los planes de Dios. Han descubierto que Dios no es el juez del que les habían hablado sino que espera su regreso para apapacharlos y enviarlos a que lo desvelen para tantos.

No obstante, la puerta no está cerrada para nadie. Siempre hay opción, pero eso sí, hay que descubrir, como dice Pablo, el único amor y el único sentir que nos une; hay que renunciar a nuestro interés para buscar el de los demás; hay que vaciarse, como Cristo Jesús, de todo lo que nos impida acercarnos a los demás pasando, si es necesario, por la cruz. 

En esta jornada del migrante y del refugiado habrá que colocar en el centro a tantos desesperados instrumentalizados por diferentes intereses, pero eso no implica que olvidemos a tantas y tantos otros que también merecen un centro: desahuciados, víctimas de conflictos y violencias, culpabilizados, abandonados… Hay que redescubrir la unidad entre la justicia y el derecho para que el mundo comience a  parecerse más al que Dios soñó.

 

Andrey Mironov. La parábola de los dos hijos (2012)

 

 


 

sábado, 19 de septiembre de 2026

BUENO CON TODOS. Domingo XXV Ordinario

 20/09/2026 – Domingo XXV T.O.

Bueno con todos

Is 55, 6-9

Sal 144, 1-3. 8-9. 17-18

Flp 1, 20c-24. 27a

Mt 20, 1-16

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Para dejar clara la bondad de Dios, Isaías nos habla hoy de la conversión. En nuestro entorno, no es extraño escuchar que la crisis de la práctica religiosa se debe a que la gente ya no sabe a qué atenerse. Muchos críticos abogan por la mano dura y por volver a una reglamentación que nos permitía clasificarlo todo como blanco o negro, malo o bueno. 

Por eso, habrá que dejar de lado ese tono gris en el que todo es relativo hasta terminar siendo irrelevante para cualquiera. Nos gusta tenerlo todo medido; todo atado y bien atado. Sin embargo, Isaías nos dice que ni los planes ni los caminos de Dios son los nuestros. 

Dios es, ante todo, rico en perdón. Tanto es así que, irónicamente, hay quien dice que de padre ha pasado ser a abuelo malcriador; sin ningún tipo de exigencia ni rigor. Por el contrario, el profeta deja claro que si el malvado se convierte Dios lo aceptará, pero no dice nada de condiciones. 

Muchos opinan, sin embargo, que el resurgir del catolicismo que hoy parece vislumbrarse se debe al rigor y la exigencia que se redescubren como guía segura en un contexto social  zozobrante. Pese a todo, Isaías insiste en que la principal motivación para el cambio es experimentar la cercanía de Dios que, de un modo u otro, se hace presente y se deja invocar. 

El salmista vuelve a hablarnos de esta cercanía de Dios para quienes recurren a él. A todos ellos se les presenta rico en piedad  y deseoso de ser bueno con todos.

Lo mismo busca el propietario de la viña de la parábola que Mateo nos trae en exclusiva y que pretende abonar el mismo salario a todos sus contratados con independencia de la duración de su jornada. 

Podemos entender que los madrugadores tendrían mejor consideración como trabajadores. Conforme pasa el día van llegando los más remolones que se unen a aquellos que, pese a no dejarse enredar por las sábanas, no cumplían los estándares o eran víctimas de prejuicios excluyentes. Así, cuanto más tarde es más empeora la calidad de los trabajadores tal como el mundo la entiende. 

A Dios, sin embargo, le interesa más la realización del trabajo que la virtud y antigüedad de sus operarios y son precisamente esos prejuicios los que él desarma. 

Nos cuesta entenderlo y a veces se ha caído incluso en tomar este texto como argumento de división para imponer la propia opinión y afirmar la preponderancia de la gracia sobre las obras. Así somos: siempre queriendo imponer nuestro criterio. 

La preocupación fundamental de Dios, en cambio, es no dejar de ser lo que es: bueno. Es bueno porque favorece a todos sin desmerecer a nadie, porque todos reciben lo acordado.

La importancia del trabajo fue, en este sentido, bien entendida por Pablo que aunque ansiaba partir para reunirse con Cristo entiende que era mejor permanecer en el tajo por el bien de los demás. Lo importante, dice él, es llevar una vida acorde al evangelio. 

Ese es el mejor trabajo. Es la misma autenticidad que Dios presenta en su obrar. Ser tan buenos como Dios nos hizo. Esa es la viña. El mundo no va a cambiar si construimos proyectos gigantescos pero no cambiamos nosotros. 

No es cuestión de tiempo ni  de calidad moral, sino de ser buenos como Dios es bueno y en esa bondad se incluye también una exigencia que, de forma acorde al evangelio, no es asfixiante como las nuestras, sino llevadera y ligera y está enfocada a la realización de cada una y uno y a la construcción del Reino. 

Tanto es así que se vuelve liberadora en cuanto dignifica a todas y todos. Ya no quedan motivos de exclusión que justifiquen dejar a nadie en la plaza sin contrato. Muy al contrario, los últimos se tornan jornaleros buenos, capaces de adelantar a los que se tenían por mejores. 

 

Dios es bueno con todos

 

 


 

viernes, 11 de septiembre de 2026

MISERICORDIADOS. Domingo XXIV Ordinario

13/09/2026 – Domingo XXIV T.O.

Misericordiados

Si 27, 30–28,9

Sal 102,1-4. 9-12

Rm 14, 7-9

Mt 18, 21-35

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El libro de Sirácida, conocido también como Eclesiástico por el gran uso que la Iglesia hizo de él en sus primeros años fue compuesto en Jerusalén poco antes de la rebelión macabea del siglo II a. C. en un ambiente muy marcado por la influencia cultural griega. Su autor, Jesús Ben Sira, llama a no dejar que la Palabra del Señor se diluya en la cultura dominante. 

El fragmento que hoy contemplamos es claro reflejo de esta intención. Por un lado llama a un comportamiento ético que construya comunidad desterrando el furor y la cólera y por otro insiste en la necesidad de cumplir el decálogo y de no olvidar la Alianza. En todo esto se presenta el perdón como actitud básica que cimenta la comunidad y se expresa en la misericordia de Dios. 

El salmista destaca la capacidad de Dios de pagarnos de más, sin limitarse a lo que nuestros méritos puedan conseguirnos.

Pedro quiere saber si es suficiente perdonar 7 veces 7, lo cual, hay que admitirlo, es ya bastante, pero Jesús dice que 70 veces 7, lo que equivale a decir siempre. Siempre tal como contigo han tenido paciencia infinita y te lo han perdonado todo. 

Todo y siempre vienen a significar lo mismo que aquí y ahora. La vigencia del perdón está en materializarlo en este instante y en estas circunstancias que vivo hoy. No se trata tanto de un valor numérico para llevar la cuenta como de un requerimiento para estar presentes y activos y no dejar pasar las cosas. 

Perdonar es liberarse del peso de cualquier rencor sin dejarse dominar por él y potenciar una nueva relacionalidad.

 “Per-donar” es continuar (pese a cualquier obstáculo) dando al otro la confianza que su acción nos ha hurtado. Muchas veces se requiere de esa persona una satisfacción; que haga algo o se comprometa seriamente en reparar el vínculo dañado. 

En la parábola, esa satisfacción se escenifica en la prisión que el rey suprimió al verse movido por la lástima. A diferencia de nosotros, Dios no tiene tanto interés en esta reparación como en el restablecimiento de las relaciones con el ser humano. 

Sin embargo, la indignación del rey no tuvo límite al descubrir que el siervo perdonado no fue capaz de hacer lo mismo. Este es el argumento de Jesús que, cuando se lanza a decir lo que hemos de hacer, lo fundamenta en todo lo que se nos ha dado. 

A ese todo le llamamos salvación que no se explica con un acto de fe ultraterrena, sino con el proceso histórico que nos lleva al descubrimiento de un sentido absoluto que comienza ya en esta vida.

 Así pues, hemos de perdonar porque hemos sido perdonados en todo y, a diferencia de la piedad más rigurosa que ponía el acento en el cumplimiento de normas para alcanzar la salvación, tendremos que transmitir el sentido que descubrimos al vernos nosotros mismos liberados de la angustia por el decisivo desmoronamiento de la muerte como destino inapelable que Jesús lleva gratuitamente a cabo mediante su resurrección.

Pablo nos recuerda que en la vida y la muerte somos del Señor, de Cristo, quien ha atravesado ambas experiencias sin dejar de lado, como Ben Sirá defendía, la Palabra de Dios. 

Nos hacemos suyos si dejamos que sean su ánimo y su determinación las que nos guíen para acercarnos a quienes sumidos en las peores circunstancias necesitan “per-donar” a Dios, es decir, continuar entregándole su confianza al descubrirle presente junto a ellos mediante nuestra dedicación en vez de pensar en él como el ser ausente que les abandonó cuando debía acompañarles. 

Somos del Señor porque le hacemos presente aboliendo la desconsolada pregunta por su paradero. Dios vuelve a ser digno de confianza cuando en su nombre aparecen creadores de una realidad alternativa que sea justa y buena para todos.

 

Misericordiados




 

sábado, 5 de septiembre de 2026

MALENTENDIDOS. Domingo XXIII Ordinario

06/09/2026 – Domingo XXIII T.O.

Malentendidos

Ez 33, 7-9

Sal 94, 1-2. 6-9

Rm 13, 8-1

Mt 18, 15-20

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Ezequiel nos cuenta que el Señor lo ha puesto de atalaya para atisbar desde lejos la palabra de Dios y comunicarla a toda la casa de Israel. 

Podemos, sin embargo, entender sus palabras como dirigidas a nosotros mismos, pues Dios le trata siempre como Hijo de hombre, de Adán literalmente, como ser humano a fin de cuentas. A todos se nos encomienda, pues, que cualquier infractor pueda reflexionar sobre su acción. Esto resulta ciertamente extraño en estos tiempos en los que cualquier interpelación se toma como un ataque. 

Dios entiende que toda falta puede surgir de forma inadvertida, pero nos concibe como un pueblo solidario que buscando el bien del hermano le avisa de sus fallos para que pueda poner remedio, enmendar el error y salvar la vida. En caso contrario a nosotros mismos se nos pedirá, como a Caín, cuenta de su sangre pues le dejamos vivir en el error. 

Así, para que ningún estricto cumplidor pueda decir que no le avisaron, resulta que no son nuestras devociones las que nos salvan, sino el cuidado de la vida de los demás y nuestras buenas obras lo serán en la medida en que aseguren la vida del hermano. 

El salmista subraya la necesidad de todos de escuchar la voz de Dios como pueblo unido.

Jesús insiste en esa actitud de estar pendiente de los hermanos y nos motiva a actuar siempre con tanta caridad como discreción porque, hombre, a nadie le gusta que le llamen la atención; esto es así. 

Cualquier corrección debería seguir siempre ese espíritu fraterno que lleva primero a una confrontación íntima antes de recurrir a la intervención de más gente que pueda presentarle argumentos de peso. En la costumbre de la época se necesitaba el testimonio de dos varones para que algo pudiera tenerse por cierto. 

Hoy en día no diremos ya dos varones, sino dos o tres personas cabales, hombres o mujeres, conocidas del sujeto y dignas de su confianza, que busquen su bien, pero con la valentía suficiente para hablar con claridad. 

Tal vez finalmente sea preciso exponer los hechos en la comunidad y tendremos ya un proceso oficial. Siempre se salva la libertad personal, pero hay decisiones que te colocan fuera del marco general de la asamblea. Jesús dice que en tal caso serás tratado como gentil (extranjero) o como publicano (recaudador colaboracionista). Ninguno de los dos grupos caía simpático al auditorio; tal vez esperaba que así se entendiera.

La cuestión es que Jesús cede potestad a la asamblea para atar y desatar de forma permanente. Estas palabras fueron, siglos después, utilizadas por mentalidades rigoristas y autoritarias para convertirlas en justificación de persecuciones, expulsiones y, en casos extremos, de aniquilación. 

Sin embargo, Jesús continúa hablando de momentos en que dos o más se unen y advierte que deben hacerlo en su nombre. Es decir, siguiendo su espíritu, sin querer imponerse por la fuerza y siempre respetando a todos. Entonces, él se hace presente y así les será posible a esos pocos obtener de Dios lo que pidan, tal como el propio Jesús lo obtuvo en sus propios días.   

Repasando su vida podremos ver que lo que le animaba no era otra cosa que el amor al prójimo del que hoy habla Pablo. 

Ese amor que llevó a Jesús a no pedir nunca por sí mismo y no le permitió atar o desatar a su capricho sino, a imagen de los cielos, preocupándose por el bien y la vida de todo aquel que se cruzaba con él. 

Del mismo modo nosotros, aun siendo pocos, nos mantendremos con él atentos siempre a todos: procurando, por un lado, que nadie se despiste sin remedio y, aceptando por otro, sus correcciones porque el mayor malentendido es creernos ya en posesión de la verdad.

 

James Jacques Joseph Tissot, Dos o tres reunidos en mi nombre (1894)