sábado, 15 de agosto de 2026

APEÁNDONOS DE NUESTRA ARROGANCIA. Domingo XX Ordinario

16/08/2026 – Domingo XX T.O.

Apeándonos de nuestra arrogancia

Is 56, 1. 6-7

Sal 66, 2-3. 5-6. 8

Rom 11, 13-15. 29-32

Mt 15, 21-28

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Ya dijimos que el libro de Isaías son, en realidad, 3 obras diferentes. Tenemos hoy el comienzo de la tercera que, en conjunto, es una colección de escritos de diferentes autores vinculados al del segundo libro. Fue recopilada entre los siglos vi y v a. C., cuando estaba ya claro que la vuelta del destierro no estaba siendo todo lo venturosa que se había imaginado. 

En el pasaje que se nos presenta hoy, la promesa divina se extiende también a todos los extranjeros con tal que acepten la ley de Dios y perseveren en su alianza. El salmista presenta a Dios gobernando sobre todos los pueblos de la tierra, lo cual refuerza esa imagen de universalidad. 

Nos encontramos aquí con un  primer concepto de integración muy del gusto de mentalidades conservadoras: Bienvenido el extranjero que acepte cumplir nuestras normas y adaptarse a nuestras costumbres; que se haga como nosotros.

En su reciente visita a la isla de Gran Canaria, León XIV dijo que “para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana”[1]

Nos dice hoy Mateo que también Jesús vivió esta misma situación. Él conocía la profecía de Isaías. De hecho, al menos dos veces, cita personalmente a este tercer Isaías en momentos especialmente significativos y su declaración de sentirse enviado a las ovejas perdidas de Israel nos hace pensar que vivía su relación con los extranjeros del modo conservador que indica el profeta. 

Sin embargo, todo parece indicar que Jesús también bajó uno o varios escalones cuando vio la fe de aquella mujer cananea. Tanto ella como él supieron dejar atrás su propio orgullo y encontrarse en el único nivel en el que la fe es verdadera: el humano. Ella venció la resistencia a recurrir al curandero judío y, a la sazón, extranjero, buscando el bien de su hija ¿Qué no hará una madre en favor de los suyos? Él dejó atrás la pretensión isaiana de asimilación y reconoció el  valor y el poder de la confianza que la mujer ponía en él e inauguró una nueva forma de acogida más allá de la exigencia de los antiguos de cumplir normas y del temor al escándalo de los discípulos. Es una donación recíproca en la que surge algo nuevo.

Pablo, dedicado a los gentiles, ve claro que el rechazo de los suyos a Jesús ha abierto la puerta a todo el mundo de forma que todos han obtenido la misericordia de Dios de modo que, tal como dirá en otro lugar: “ya no hay judío ni griego…” 

Por lo tanto, si sus hermanos de raza quisieran olvidar su elitismo Dios los acogería sin dudarlo un instante, pues su llamada y sus dones son irrevocables. Y, desde luego, si Dios ha tenido misericordia con todos los demás ¿cómo no va a tenerla con ellos? Porque, al final, todos somos rebeldes.

Pero eso no nos impide alcanzar la misericordia de Dios. Lo decisivo es darnos cuenta de en qué lado de la mesa estamos: sentados a ella y disfrutando ya del festín o bajo ella, esperando recoger alguna migaja. No se ve el mundo igual desde cada uno de esos sitios y las opciones de cada uno pueden ser difíciles de comprender y, sin embargo, nacemos para el encuentro. 

Por eso las nuevas e innovadoras relaciones que Jesús descubre de manos de la madre extranjera y propone a todos, se basan en acogerse mutuamente sin imposiciones para encontrarnos en la humildad de la que habló el Papa León; en esa que nos apea de nuestra arrogancia y nos une en el amor.



[1] Homilía en el Estadio de Gran Canaria. Jueves, 11 de junio de 2026 en Alzad la mirada. Viaje apostólico de León XIV a España. Encuentros, discursos y homilías (San Pablo, Madrid, 2026) 207. 

 

 

Jesús y la mujer cananea. 


 


 

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