13/09/2026 – Domingo XXIV T.O.
Misericordiados
Si 27, 30–28,9
Sal 102,1-4. 9-12
Rm 14, 7-9
Mt 18, 21-35
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El libro de Sirácida, conocido también como Eclesiástico por el gran uso que la Iglesia hizo de él en sus primeros años fue compuesto en Jerusalén poco antes de la rebelión macabea del siglo II a. C. en un ambiente muy marcado por la influencia cultural griega. Su autor, Jesús Ben Sira, llama a no dejar que la Palabra del Señor se diluya en la cultura dominante.
El fragmento que hoy contemplamos es claro reflejo de esta intención. Por un lado llama a un comportamiento ético que construya comunidad desterrando el furor y la cólera y por otro insiste en la necesidad de cumplir el decálogo y de no olvidar la Alianza. En todo esto se presenta el perdón como actitud básica que cimenta la comunidad y se expresa en la misericordia de Dios.
El salmista destaca la capacidad de Dios de pagarnos de más, sin limitarse a lo que nuestros méritos puedan conseguirnos.
Pedro quiere saber si es suficiente perdonar 7 veces 7, lo cual, hay que admitirlo, es ya bastante, pero Jesús dice que 70 veces 7, lo que equivale a decir siempre. Siempre tal como contigo han tenido paciencia infinita y te lo han perdonado todo.
Todo y siempre vienen a significar lo mismo que aquí y ahora. La vigencia del perdón está en materializarlo en este instante y en estas circunstancias que vivo hoy. No se trata tanto de un valor numérico para llevar la cuenta como de un requerimiento para estar presentes y activos y no dejar pasar las cosas.
Perdonar es liberarse del peso de cualquier rencor sin dejarse dominar por él y potenciar una nueva relacionalidad.
“Per-donar” es continuar (pese a cualquier obstáculo) dando al otro la confianza que su acción nos ha hurtado. Muchas veces se requiere de esa persona una satisfacción; que haga algo o se comprometa seriamente en reparar el vínculo dañado.
En la parábola, esa satisfacción se escenifica en la prisión que el rey suprimió al verse movido por la lástima. A diferencia de nosotros, Dios no tiene tanto interés en esta reparación como en el restablecimiento de las relaciones con el ser humano.
Sin embargo, la indignación del rey no tuvo límite al descubrir que el siervo perdonado no fue capaz de hacer lo mismo. Este es el argumento de Jesús que, cuando se lanza a decir lo que hemos de hacer, lo fundamenta en todo lo que se nos ha dado.
A ese todo le llamamos salvación que no se explica con un acto de fe ultraterrena, sino con el proceso histórico que nos lleva al descubrimiento de un sentido absoluto que comienza ya en esta vida.
Así pues, hemos de perdonar porque hemos sido perdonados en todo y, a diferencia de la piedad más rigurosa que ponía el acento en el cumplimiento de normas para alcanzar la salvación, tendremos que transmitir el sentido que descubrimos al vernos nosotros mismos liberados de la angustia por el decisivo desmoronamiento de la muerte como destino inapelable que Jesús lleva gratuitamente a cabo mediante su resurrección.
Pablo nos recuerda que en la vida y la muerte somos del Señor, de Cristo, quien ha atravesado ambas experiencias sin dejar de lado, como Ben Sirá defendía, la Palabra de Dios.
Nos hacemos suyos si dejamos que sean su ánimo y su determinación las que nos guíen para acercarnos a quienes sumidos en las peores circunstancias necesitan “per-donar” a Dios, es decir, continuar entregándole su confianza al descubrirle presente junto a ellos mediante nuestra dedicación en vez de pensar en él como el ser ausente que les abandonó cuando debía acompañarles.
Somos del Señor porque le hacemos presente aboliendo la desconsolada pregunta por su paradero. Dios vuelve a ser digno de confianza cuando en su nombre aparecen creadores de una realidad alternativa que sea justa y buena para todos.
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