sábado, 17 de octubre de 2026

SER SACRAMENTO. Domingo XXIX Ordinario

18/10/2026 – Domingo XXIX T.O.

Ser sacramento

Is 45, 1. 4-6

Sal 95, 1. 3. 4-5. 7-10a. 10e

1 Tes 1, 1-5b

Mt 22, 15-21

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Una de las convicciones más profundas del judaísmo es que la historia es escenario del encuentro con Dios que no tiene reparo en intervenir en ella. Todo pasa porque él lo orquesta. 

El exilio de Judá en Babilonia fue un castigo en el que la gran potencia fue utilizada para hacer reflexionar al pueblo sobre su conducta. Cuando el mensaje fue comprendido y la mortificación fue considerada suficiente Dios se sirvió de otro país para socorrer al pueblo. Ciro, rey de los persas, arrasó entonces Babilonia y liberó a sus prisioneros. 

Por esta acción Isaías enaltece al rey extranjero y le hace no solo receptor de las mercedes del Señor sino que le instituye como señal para todos los otros pueblos. Su victoria es posible porque Dios está a su lado y él es el único Dios verdadero. Mientras él mantenga a Ciro, éste será invencible y con esa acción Dios se anuncia a sí mismo por encima de cualquier otro dios. 

El salmista afirma que es justo cantar al Señor contándole a las naciones su grandeza. 

Esa grandeza va avalada por generosas acciones como la liberación de los esclavos por parte de Ciro de quien, por cierto, conservamos la que es considerada como la más antigua recopilación de derechos humanos. Mediante esas acciones virtuosas Dios gobierna todas las naciones aunque estas ni siquiera le conozcan o reparen en él. No le importa tanto la fama como el triunfo de la justicia. Ese afán de hacerse notar que tanto gusta a algunos llegó después.

Jesús vivió en una época violenta en la que su tierra sobrevivía bajo el peso de Roma que controlaba la vida política y económica. Los diversos grupos del momento aceptaban esta presencia de forma diferente. Algunos, como saduceos y publicanos, eran más colaboracionistas y pasivos; otros, como fariseos y zelotas, más combativos, cada uno en su estilo. 

Mateo, a la sazón, publicano él mismo en el pasado, nos cuenta que los fariseos quisieron comprometer a Jesús preguntándole por el impuesto del César. Si conseguían que se decantase por una u otra opción quedaría en evidencia; ya fuese ante los propios romanos o ante sus compatriotas más exaltados. 

Pero él evitó caer en la trampa utilizando la imagen del César. Así, tal como Dios supo, en el pasado,  aprovechar y estimular lo bueno que  Ciro albergaba ya en su interior y lo convirtió en señal suya entre las naciones, Jesús deja claro que esa imagen es incompatible con el amor de Dios. Dios es real y convierte al ser humano en señal suya con independencia de su nacionalidad, de sus creencias, de su propia intención y de lo que las naciones puedan entender; la imagen del César, en cambio, no puede hacer nada de eso. Son realidades insolubles.

Pablo nos sale al encuentro hoy en el comienzo del texto más antiguo del Nuevo Testamento para hablarnos de elecciones. Estamos en el inicio de algo nuevo. 

Dios ya no tiene que esconderse detrás de actores como Ciro. Nos llama a todos directamente para estar con él. Su encarnación ha abierto una línea directa de comunicación y lo que pide, pese a su novedad, ya puede ser comprendido. 

En estas líneas podemos encontrar el origen de las obras de la fe en el Evangelio proclamado; los desvelos y esfuerzos del amor en la fuerza del Espíritu y el aguante y firmeza de la esperanza en la profunda convicción de que todo está en construcción. 

En esa nueva elaboración no estamos llamados a ser imagen estéril como la moneda de César, ni señal anónima como Ciro, sino símbolo que reúne y reconcilia al ser humano con el Padre que, mientras permanece a la espera, pronuncia nombres hacia los que nos envía en forma de palabra o abrazo que pueda despertar en su interior el eco capaz de reconocerle cercano. A un paso estamos de ser sacramento.

 

Antonio Arias Fernández, La moneda del César (1646)

 

 


 

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