sábado, 3 de octubre de 2026

PARA TODOS. Domingo XXVII Ordinario

04/10/2026 – Domingo XXVII T.O.

Para todos

Is 5, 1-7

Sal 79, 9-16. 19-20

Flp 4, 6-9

Mt 21, 33-43

Si quieres ver las lecturas pincha aquí 

Isaías nos trae hoy una parábola que algunos podrían, en principio, identificar con una canción de amor traicionado. El profeta evoca a la amada su de amigo en la figura de una viña bien cuidada que no produce el fruto esperado; que no sabe corresponderle. 

Sin embargo, no narra la condena ni el castigo de la mujer, tal como el auditorio podría esperar, sino que identifica a la viña con el pueblo de Israel que adultera el amor recibido dejándolo caer en el olvido. 

La perversión está en que el fruto que Dios esperaba recibir era justicia y derecho, pero en su lugar obtuvo  asesinatos y lamentos. El amor que Dios da no es un cultivo intimista y privado sino que busca una contrapartida que se expresa en el amor al prójimo. Éste es posible porque bebe de aquél. 

El salmista repasa rápidamente la historia del pueblo trasplantado desde Egipto y favorecido por Dios con la expulsión de los gentiles. Ahora pide al Señor de los ejércitos que vuelva a visitar su viña. Vemos así como el motivo de la infidelidad amorosa es una constante en el texto bíblico. 

Por otro lado, yendo más allá de las imágenes bélicas que hoy nos desagradan, podríamos pensar no en tropas belicosas sino en un pueblo entrenado en la virtud, restaurado, dice el texto, a imagen de la voluntad divina. A eso se compromete el salmista; a no olvidarse del amor original y originante y saber, por lo tanto, transformarse en manantial para todos.

Que Jesús vivía inmerso en la tradición de su pueblo podemos verlo hoy en el hecho de que recoja la parábola de Isaías y la aderece con la famosa frase de la piedra del Sal 118, 23. Pero él es mucho más directo en exponer las cosas. 

Deja de lado la poesía y afirma que la viña ha dado sus buenos frutos. Son los cuidadores los que cometen ahora la injusticia que provoca lamentos. Jesús toma el mundo sobre sí y pretende que también nosotros lo hagamos. Lo esperaba ya de su generación; de ahí la figura de los labradores. 

En esta nueva parábola la viña produce fruto porque es el Reino que crece por sí mismo mientras el mundo duerme. No fue, por tanto, entregada al pueblo para recrear su intimidad o probar su valía. Son los jornaleros los que se han apropiado de los frutos y quieren usarlos solo en su provecho en vez de ponerla al servicio de todos.

Por eso acallan la voz de todos los enviados del Señor matándolos o expulsándolos violentamente. Incluso el hijo es sacado fuera y asesinado. La herencia ya es suya. 

La preocupación de los escuchantes era la misma que la nuestra por eso pregunta Jesús por la suerte de los asesinos. A ellos y muchas veces a nosotros nos obsesiona la impunidad porque nada puede quedar sin castigo. Hemos hablado de ello durante las últimas semanas. 

Jesús no se fija tanto en eso como en el uso que se hace de los dones de Dios, porque en su malversación se juega la vida de los sencillos. La suerte de los poderosos, en este sentido, le interesa poco. Por eso trae a colación la piedra desechada. La forma de obrar del mundo no es la de Dios y lo que los hombres desprecian es la base sobre la que él sustenta un nuevo orden, el Reino, que será entregado a otro pueblo que no lo privatice.

En su epístola Pablo profundiza este nuevo modo de ser animando a todos a una relación directa con Dios en la que no caben el miedo ni la preocupación pues su paz se impone sobre cualquier juicio.

 Pide que estemos atentos a todo lo bueno sin fijarnos en su origen y se presenta a sí mismo como modelo en la medida en que él mismo estuviese alineado con esa bondad; lo contrario no tendría sentido. 

Es una apertura absoluta a la sencillez de lo universal que deja de lado antiguos privilegios y reconoce que Dios se da en todo y a todos; no es ya exclusiva de nadie. 

 

Harold Coppini, Los viñadores malvados (ca. 1920)

 


 

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