25/10/2026 – Domingo XXX T.O.
En la sencillez está la Verdad
Éx 22, 20-26
Sal 17, 2-4. 47. 51ab
1 Tes 1, 5c-10
Mt 22, 34-40
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En ocasiones los textos bíblicos pueden resultarnos farragosos. No es el caso de hoy. Lo cierto es que los autores intentan siempre ser lo más claros posibles. Nuestras dificultades de comprensión tienen más que ver con la distancia cultural entre ellos y nosotros y con interpretaciones e imágenes que han ido sedimentándose durante siglos que con un supuesto oscurantismo de los textos.
El fragmento que contemplamos hoy del Éxodo nos presenta tres sujetos a los que su situación acentúa su necesidad de ser amados.
Por un lado están los forasteros, las viudas y los huérfanos a los que la literatura profética situará siempre como destinatarios de un cuidado especial y ante cuyo clamor Dios ha prestado siempre gran atención. Nada es tan evidente como socorrer a quien lo necesita.
Están también los pobres que pertenecen al pueblo de Dios, porque también en este pueblo había pobres. A estos no se les puede cobrar intereses en los préstamos ¿Quién no prestaría gratis a un hermano? Aquí se habla más de fraternidad que de economía.
Están finalmente los prójimos de cada uno, los más próximos a él, a los que se puede pedir prestado, por ejemplo, un manto en caso de necesidad, pero que esperan recobrarlo antes de que caiga la tarde porque esa prenda valía tanto para el abrigo durante el día como para envolverse en ella para pasar la noche ¿Qué hay más lógico que devolver lo prestado antes de que al otro le haga falta?
Que estos consejos formen parte de la legislación judía solo puede entenderse como prevención frente a situaciones que se dieron en el pasado y que ahora quieren evitarse. No se atraviesa el desierto para fundar un país nuevo con cualquiera. No es un acto de desconfianza; es poner la esperanza que les impulsa al alcance de todo el que quiera compartirla.
Por otra parte, los beneficiados por estas prácticas no pueden tener más que buenas palabras para aquel que las pone en el corazón del pueblo. Por eso el salmista reconoce al Señor como su roca y refugio y por eso lo ensalza.
En tiempos de Jesús esas palabras se había transformado en una legislación que pesaba como una losa sobre las espaldas de muchos y, frente a las palabras de Jesús, los alicatadores de ese peso quisieron ponerlo a prueba preguntándole por el mandamiento principal de la ley. Jesús bucea en la tradición de su pueblo y no solo contesta a su pregunta sino que, coincidiendo con otras enseñanzas rabínicas del momento, les da el fundamento de la ley: amar a Dios y amar al prójimo.
La simplicidad de la formulación remite a la sensatez de las palabras del Éxodo. Esto estaba ya claro. Lo que hacía falta era dejar atrás privilegios y prácticas que dividían a la gente en santos y pecadores. No puedes pretender vivir de cara a Dios si les das la espalda a los demás. La construcción del pueblo es siempre colectiva y no puede esperarse que quienes están cerca de nosotros se avengan a edificar nada en régimen de inferioridad. Si no se parte de esa base todo lo demás está ya perdido.
Pablo habla del abandono de los ídolos por parte de los tesalonicenses. Dejaron atrás no solo figuras tan resplandecientes como estériles, sino también esas comprensiones e interpretaciones equivocadas que colocaban a unos por encima de otros; que desatendían a huérfanos, viudas y extranjeros; que no respetaban la vecindad y se aprovechaban de los bienes de los demás en favor propio, mientras se reverenciaba a un dios impostado que parecía celebrar esa santidad ajena al respeto a los últimos.
El abandono de los dioses suponía la maldición para la ciudad, pero dejar atrás ese orden perverso es requisito para comenzar a construir lo nuevo con la implicación de todos.
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James Tissot, El escriba se levantó para tentar a Jesús (1886-1894)
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