sábado, 22 de febrero de 2025

AMA. Domingo VII Ordinario

23/02/2025 – Domingo VII T.O.

Ama

1 Sam 26,2. 7-9. 12-13. 22-23

Sal 102, 1-4. 8. 10. 12-13

1 Cor 15, 45-49

Lc 6, 27-38

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Saúl no podía aceptar la popularidad de David; se sentía amenazado por su presencia. Tanto es así que, pese a ser el gran amigo de su hijo y el marido de su hija, intentó matarlo  varias veces. David huyó y se dedicó al pillaje y al bandolerismo, aliándose con los filisteos o con quien conviniera en cada caso. “Tú me obligaste…” podría decir David en su defensa, pero no obstante fue siempre consciente de que Saúl era el ungido del Señor. También es mala suerte que tu enemigo sea precisamente el elegido de Dios. Este carácter mesiánico era el que le impedía atentar contra él. Por eso perdona su vida cuando lo tiene al alcance de sus armas. Con eso se asegura la misericordia del Señor. El enemigo es perdonado en virtud de su condición y en vistas a alcanzar de esa acción la definitiva benevolencia de Dios. Un detalle importante, que no aparece en nuestra lectura, es que esa condición de elegido era también la de David que había sido ungido por Samuel en el pasado. Esta acción se da, pues, entre iguales. El salmista, que el texto bíblico identifica con el propio David, proclama esa misma misericordia divina. Quien mucho yerra termina siendo experto en misericordia.

Jesús marca distancias con lo habitual; con eso que se da normalmente entre los pecadores. Todos ellos aman a quienes les aman; hacen bien a quienes se lo hacen a ellos y prestan a aquellos de los que esperan cobrar. Todos estos son pecadores no porque hagan mal, sino porque no hacen lo que hace el Santo. Solo Dios es santo y esa santidad se cifra en su misericordia; en su ser bueno con los malvados y desagradecidos. Si nosotros actuamos así, como Dios actúa, tal como Jesús enuncia, nos haremos hijos del Altísimo. Jesús expone un nuevo sistema de convivir basado en la cercanía. Hay que ser bueno con los próximos, hacerse prójimo suyo, y tratar a todos como te gustaría que te tratasen a ti. Esta es la sencilla regla de oro. No es original de Jesús. Se podía encontrar ya en el mundo grecorromano antiguo y en la tradición judía anterior y posterior a Jesús. Aparece, además, en muchas otras tradiciones religiosas y sapienciales; algunas de ellas muy distantes al ámbito mediterráneo.

Esta prevalencia puede entenderse fácilmente si la reconocemos como un anhelo humano fundamental. ¿Quién no quiere, sobre todo en momentos delicados, que la gente le trate bondadosamente? Pablo lo tiene claro y afirma que primero somos animales y luego espirituales. El primer Adán fue un ser animado, un alma viviente, en su expresión literal; el último, un espíritu que da vida. Está, además, convencido de que llegaremos a ser de los segundos. A eso es a lo que nos anima Jesús; eso es ser hijos del Altísimo. Y esto se logra viviendo de un modo distinto al habitual: siendo como Dios es. El ser humano, imagen de Dios, es “capaz de Dios”. Es decir, puede albergar a Dios, pero no por ser perfecto, sino por ser humano. Cierto es, sin embargo, que la convivencia nos empuja a ser buenos solo con los nuestros y a juzgar con dureza a los enemigos. Enemigo es quien quiere tu mal, como Saúl quería el de David; o quien te juzga con dureza de corazón, como muchos juzgaron a Jesús. Tanto David como Jesús respetaron la vida de los adversarios porque eran como ellos; humanos e imagen de Dios. Aquel aspiraba a la misericordia divina mientras que éste la era hecha carne. Nuestra condición de humanos nos coloca en el mismo punto de partida. Sé el amor que esperas recibir y reconocerás a Dios como amor cuando finalmente os alcancéis.

 

Ama

 

  


 

sábado, 15 de febrero de 2025

JUNTO AL MANANTIAL. Domingo VI Ordinario

16/02/2025 – Domingo VI T.O.

Junto al manantial

Jer 17, 5-8

Sal 1, 1-4. 6

1 Cor 15, 12. 16-20

Lc 6, 17. 20-26

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En nuestras lecturas de hoy comienza Jeremías presentando con crudeza una alternativa que hoy puede resultarnos, por lo menos, chocante. A quien confía en el Señor se le compara con ese árbol que, enraizado junto al manantial, dispone de agua y nutrientes; no sufrirá los rigores del estío ni se apurará en la sequía y podrá dar fruto. Pero quien confía en el hombre no verá llegar el bien; será tan inútil como un cardo. El salmista recupera la imagen del árbol y detalla qué actitudes provocan esa esterilidad: la impiedad, el pecado y el cinismo. Lo importante, en ambos textos, es dar fruto. Esa es una idea central en la literatura profética. El ser humano no está puesto en el mundo para simplemente estar. Estar, están también los cardos pero esa estancia no parece muy provechosa. Ya desde los primeros tiempos el hombre y la mujer fueron colocados aquí para hacer de la tierra un hogar; una realidad provechosa para todos. El salmista tiene hoy el mérito de aclararnos que no todos los hombres son malos, tal como Jeremías parecía dar a entender. El ser humano es, en palabras del mismo Dios, “muy bueno” pero existe quien se empeña en no aceptar su propia bondad y se sitúa al margen. Existen el bien y el mal porque existen Dios y su ausencia, su negación. El mal no tiene entidad en sí mismo. Es el rechazo de Dios. Y eso es lo que profeta y salmista condenan.

Si recapacitamos por un momento en la advertencia del salmista podemos ver que la piedad habla tanto de la compasión como de la devoción. En el consejo de los impíos se han olvidado ambas cosas. Se han alejado tanto de Dios como de los hermanos. Solo el propio interés merece contemplación y esfuerzo. Su senda es la de los pecadores, la de quienes no se detienen ante el dolor causado a otros y se reúnen cínicamente para ponderar su vida honesta pues, en este mundo que vamos construyendo, suele irles mucho mejor que a otros. Contra este orden social habla Jesús y manifiesta con claridad que las víctimas, los pobres, los hambrientos y los que lloran serán privilegiados sobre sus victimarios. Pero hay que subrayar que ese futuro no está lejano. El reino de Dios no es un lugar escatológico; se vive ya en la comunidad que ha puesto su confianza en el Señor. La esperanza definitiva es para quienes viven en esa comunión que se ha plantado junto al manantial y en la que no hay lugar para el hambre, el llanto, ni el sufrimiento. Será perseguida y condenada pero podrá vencer cualquier adversidad, incluso a la muerte, tal como Jesús la venció.

Como el resucitó resucitaremos nosotros, dice Pablo. Esa resurrección se dará en la misma medida en que confiando en el Señor vivamos como él y no nos amilanemos por las consecuencias que esa nueva vida nos traiga. A los profetas siempre se les ha perseguido, ergo, sin persecución no hay profetas. ¿Cuál es la actualización de la advertencia del salmista? Ten cuidado, no sea que estés sentado ya en el consejo de los cínicos que no son capaces de ver a qué conduce y a quién perjudica su forma de vida. De todos ellos, de los ricos, de los saciados, de los que ahora ríen se nos dice, como se le dijo también a Epulón, que ya han recibido su paga. No es revancha; es respetar la elección de unos y desagraviar a otros. Los lujos terminarán reducidos a oropeles y esa ausencia de Dios terminará por revelar su verdadera dimensión maligna. Aunque no lo parezca, el infierno se vive hoy en medio de la comodidad, pero terminará por no vivirse en modo alguno.

 

Junto al manantial

 

 


 

 


 

sábado, 8 de febrero de 2025

PARA PESCAR. DOMINGO V Ordinario

09/02/2025 – Domingo V T.O.

Para pescar

Is 6, 1-2a. 3-8

Sal 137, 1-5. 7c-8

1 Cor 15, 1-11

Lc 5, 1-11

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Si por mor de la brevedad nos propusiéramos comentar telegráficamente las lecturas de hoy diríamos que al acercarse a Dios Isaías descubre su limitación pero, al mismo tiempo, se siente sanado y capacitado por esa cercanía. Tanto es así que nada le refrena ya y recoge el guante que Dios lanza: Yo iré. El salmista, por su parte, agradece una y otra vez la misericordia de ese Dios sanador. Pablo insiste en recordar la tradición recibida y, así de pasada, como quien no dice nada, señala que esa Buena Noticia que nos transmite nos está sanando; no es algo que ocurrió y ya está. Sigue activa. Es un permanente gerundio que no cesa. Y Jesús, finalmente, nos dice que con él siempre tendremos éxito, pero cualquier triunfo se quedará abandonado en la arena porque el objetivo real no está en la prosperidad sino en ganar personas que puedan experimentar esa Buena Noticia y disfrutar de su vigencia.

La falsa modestia nos hace excusarnos argumentando que no estamos preparados. Isaías, en cambio, se contempla a sí mismo en Dios, como en un espejo. Conocer en verdad a Dios no nos cuelga medallas, sino que nos hace conscientes de nuestra verdad más profunda. Pero también nos hace anhelantes de plenitud. La humildad que surge de este encuentro no esgrime pretextos sino que nos lanza hacia adelante porque descubrimos que eso mismo es Dios: proyección permanente hacia lo distinto. A esa proyección le llamamos amor; surge de su entraña misericordiosa y nos impele a hacer lo mismo. No podemos no responder a su llamada pues en esa respuesta encontramos lo que nos falta. Lo nuestro, como lo del salmista, no es un simple agradecimiento, que no es poco hoy día, es una gratitud activa que se pone en camino.

En ese camino descubrimos que, en realidad, somos muchos; somos parte de una tradición que nos acoge, arropa y consuela, pero por encima de todo, nos lleva hacia los demás y en esa trayectoria y en el compartir con ellas y ellos es donde encontramos la salvación porque es así como nos mantenemos en lo anunciado y en lo esperado, por muy pequeños que, como Pablo, nos sintamos. Dónde descubrir vivo a Jesús sino es en el caminar juntos. Jesús, que habla y convoca multitudes pero siempre encuentra el momento adecuado para detenerse y mostrarnos que, si es necesario, Dios conseguirá que nuestro trabajo fructifique sin medida; como nunca imaginamos. Pero el éxito de Jesús tiene poco que ver con el éxito del mundo. La gloria que a veces perseguimos queda en evidencia cuando se descubre que solo valía para unos pocos. Es posible ganar países y aun continentes y expulsar a miles de personas como si fueran objetos molestos. Para hallar ejemplos pueden consultarse los telediarios y las hemerotecas; viene ya desde antiguo y no parece que vaya a terminarse pronto. La victoria verdadera y primera es sobre uno mismo; una misma: dejarse abrasar los labios, como Isaías, atreverse a desafiar al mundo pese a la propia pequeñez, como Pablo y consentir en hacer eso que ya sabes de otro modo, en otro lado, como Pedro. Los resultados serán insospechados, precisamente, porque nunca los hubiésemos imaginado. No sabemos hasta dónde llegaremos, pero lo haremos juntos; precisamente con esos que son desechados por otros. A esos hay que pescar y sostener. Que la corriente del mal no les arrastre. Por muy escatológica que sea nuestra esperanza puede ya comenzar a vivirse aquí, pero nos necesitamos mutuamente.    

 

Para pescar

 

 


 

sábado, 1 de febrero de 2025

HACIÉNDONOS PRESENTES. Presentación del Señor

02/02/2025 – Domingo IV Ordinario – Presentación del Señor

Haciéndonos presentes

Mlq 3, 1-4

Sal 23, 7-10

Heb 2, 14-18

Lc 2, 22-40

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Todos tenemos la experiencia de esperar la llegada de alguien. No siempre esperamos a alguien conocido, sino que, muchas veces, aguardamos a alguien nuevo: un vecino, un compañero de trabajo, la profesora, el párroco… las posibilidades son muchas. No es extraño esperar gente desconocida. Junto a la espera surgen las expectativas, también los temores y, por supuesto, los criterios con los que valorar al nuevo, o a la nueva. Malaquías nos habla de un enviado definitivo que va a pasarlo todo por el fuego y la lejía. A su paso todo va a quedar resplandeciente y la ofrenda de Judá y de los levitas será presentada como es debido. Judá es la unidad política que queda tras la catastrófica historia de invasiones y deportaciones que el pueblo ha sufrido y los levitas son los sacerdotes a quienes se encomendó el culto. Solo el Templo, después de haber sido reconstruido, permanece; no hay ya monarquía y gran parte de la tierra ha sido ocupada. Pero el enviado llegará de forma perfectamente reconocible y devolverá el sentido al culto al restaur la justicia de Dios, según dice el versículo 5, que hoy no leemos. El salmista subraya el carácter ceremonial de esa  llegada.

Siglos después, el pueblo seguía a la espera de ese enviado y había elaborado sus propios criterios. Pero parece que Simeón y Ana tenían otras pautas. Simeón es imagen del pueblo que esperaba el cumplimiento de la profecía; confiaba en conocer personalmente al mesías y algo en el niño que llega le hace reconocerlo. Inspiración de Ruah, afirma Lucas. Impulsado por ella acude al Templo. Podemos imaginar que el anciano estaba ya desengañado de la pompa vacía de tanto pretendiente a mesías. Podemos seguir imaginando que llegaría casi temeroso: a ver qué espectáculo tenemos hoy. Sin embargo, solo encuentra un niño que era introducido en el Templo sin ostentación alguna por su parte. El Señor de los ejércitos presentaba al enviado en la profecía de Miqueas, mientras que es la ofrenda propia de los beneficiados por la justicia divina la que hablaba por este niño. Eso sí que era diferente. Y esta diferencia encarnaba perfectamente lo que vislumbraba en el soplo de Ruah. Éste sí que marcará un antes y un después y el corazón de muchos será traspasado, como el de su madre, pues no es fácil dejar atrás la propia idea y aceptar lo que él trae.

De Ana solo sabemos que decía maravillas del niño. Una antigua tradición equipara al Templo de la profecía de Miqueas con la naturaleza humana de Jesús, con lo que el enviado sería Dios mismo asumiendo esa naturaleza. Por lo tanto, Ana es la imagen de tantas viudas y desfavorecidas acogidas por Jesús y su comunidad. Jesús, como nos recuerda el autor de la carta a los hebreos, participó de nuestra carne y sangre. Se presenta como uno de nosotros porque somos nosotros los que necesitamos su ayuda, no los ángeles o cualquier otra criatura. Él ha invalidado el poder de la muerte y nos ha liberado para siempre. No hay razón por la que debamos temer nada. Se nos presenta así nuestra salvación en persona. Aquella que nos ha desvelado el sentido definitivo y que, habiendo experimentado nuestra realidad hasta el final, puede acompañarnos en todo momento y animarnos a presentarnos nosotros también ante los otros como iguales a ellos, pero esperanzados, sin ceder ni un ápice a la desilusión ni al remordimiento. Así que, ahí vamos, haciéndonos presentes en su vida para alcanzarles esa justicia divina, con el corazón traspasado, pero acompañados por él en el camino. 

 

Presentación de Jesús

 

 


 

sábado, 25 de enero de 2025

DE TODOS Y PARA TODOS. Domingo III Ordinario

26/01/2025 -  Domingo III T.O.

De todos y para todos

Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10

Sal 18 , 8-10. 15

1 Cori 12, 12-30

Lc 1, 1-4; 4, 14-21

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Pese a lo que a veces pensamos las diferentes religiones no son bloques monolíticos que surgieron ya tal como las conocemos. También ellas experimentan cambios, se desarrollan y evolucionan. Así, tal cual, le ocurrió a la tradición que conocemos genéricamente como judaísmo. Propiamente hablando se puede decir que la famosa lectura de Nehemías que hoy contemplamos nos relata el momento fundacional de lo que hoy conocemos como judaísmo. Los desterrados han vuelto de Babilonia liberados por Ciro, se reconstruye el templo y se encuentra el libro de la Ley que es leído a todo el pueblo y aceptado por este. Se restituye la tierra a quien la perdió, se deshacen los matrimonios mixtos con extranjeros prohibiéndolos de ahora en adelante, las familias sacerdotales asumen el protagonismo, se termina la muralla de Jerusalén y Judea se otorga el título de único territorio fiel a Dios pues Galilea, y mucho más aún Samaría, están llenas de extranjeros que mantienen costumbres extrañas al pedigree jerosolimitano. Aún no habían surgido los fariseos y otros grupos bien conocidos de la época del Nuevo Testamento, pero lo fundamental estaba ya. La obsesión por la pureza fue la respuesta del pueblo que no quería volver a provocar la ira de Dios. Mientras seamos fieles e inmaculados el Señor será nuestra fortaleza. El salmista glosa las bondades de la Ley.

Hoy nos preguntamos cómo es posible que sea esto cierto si se exige a cambio el aislamiento total. En su intervención en la sinagoga de su pueblo Jesús da a entender que con él llega el definitivo año de gracia. Es el fin de cualquier daño y la liberación de toda esclavitud. Nuestra lectura no pasa de aquí, de modo que no muestra la airada reacción de los vecinos de Jesús cuando él siguió hablando y extendió este año a los extranjeros y paganos. Las bondades de la Ley que el salmista alababa habían quedado mermadas al restringirlas a un territorio y una población concreta. Serán cosas de la época, no digo que no. Pero ya pasaron esos tiempos. Habían pasado ya cuando Jesús lo dijo, pero no todos parecían dispuestos a escuchar. Tanto se había naturalizado la excepcionalidad que se convirtió en lo natural. No todos fueron capaces de ver que el proyecto de Jesús no era extraño a la voluntad de Dios.

También puede pasarnos a nosotros. No es extraño encontrar todavía planteamientos en los que hay quien se erige por encima de los demás como auténtico y fidelísimo. Tampoco es insólita la actitud combativa frente a lo diferente. Seguimos pensando en convertir infieles y en protegernos de los otros aunque esgrimimos la tolerancia como bandera. En realidad, no hay nada que tolerar. Lo que tendríamos que hacer es acoger todos los carismas y dones como elementos buenos para la construcción del único pueblo. El cuerpo definitivo tiene muchos miembros y todos contribuyen desde sí mismos. Nadie discute esto cuando se aplica a una iglesia o a una única tradición. Lo que Jesús viene a decirnos y lo que Pablo confirma es que el alcance de esta realidad es universal. Ya no hay pueblos, fronteras, clases ni géneros pues solo uno es el Espíritu. Toda la variedad está en función de la unidad total. Es evidente que tardará en llegar pero podemos empezar por ir creando las complicidades necesarias para caminar con la vista puesta en ese horizonte, de lo contrario seguiremos construyendo murallas y alabando a quienes las levantan culpando a los de fuera de todos los males que sufren dentro. Será mejor quitar tanto ladrillo y dejar que Ruah aletee libremente.

 

De todos y para todos

 
 




sábado, 18 de enero de 2025

PON LO QUE ERES. Domingo II Ordinario

19/01/2025 Domingo II T.O.

Pon lo que eres

Is 62, 1-5

Sal 95,1-3. 7-8a. 9-10a. c

1 Cor 12, 4-11

Jn 2, 1-11

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Isaías comienza hablando del amor que, en el ámbito del matrimonio, no nos resulta nada extraño, aunque parece que sí lo era en la época. Debían ser más habituales los enlaces acordados para consolidar acuerdos o reforzar alianzas. En el fondo, es de una alianza de lo que se habla hoy, pero en este caso los firmantes del pacto no entregan a nadie en prenda, sino que, de forma sorprendente, quien se compromete es quien se entrega. Según Isaías, Jerusalén, Sión, es la preferida por Dios y en este fragmento lo único que ella tiene que hacer es dejarse transformar hasta que la justicia de Dios resplandezca en ella como luz para toda la humanidad. Afirma el profeta que Dios se regocijará con ella como el marido con su esposa. Pese a que no nos guste usar estos términos, tendremos que entender que, en aquella sociedad, una mujer sola, sin marido, estaba abocada a lo peor. El hecho de que Dios tome el papel de pretendiente sin exigir dote a la novia, prometiéndole que, si se fía de él, terminará siendo la envidia de todas las demás y asegurándole que no buscará la felicidad en ningún otro lugar lejos de ella ni, por supuesto, con ninguna otra, era una verdadera revolución.

Jesús y sus amigos están de boda. Esa siempre es una buena fiesta. En esta ocasión no solo los novios se desposan; también Jesús, que ocupa el lugar de Dios. La otra parte no se ve por ningún lado. El simbolismo de Jerusalén ya ha pasado; no sabemos dónde se localizaría Caná de forma precisa pero, en cualquier caso, no era Sión. El círculo se ha abierto mucho. Esta nueva alianza va a tener alcance mucho más allá del territorio nacional y va a dejar atrás las normas de purificación que se habían llevado al extremo. La predilección de Dios había sido transformada en una separación que mantenía a raya todo lo impuro. Ahora, todo va a ser fiesta y celebración. El vino es símbolo de la sangre, de la vitalidad, de la alegría. Todos hemos de poner de nuestra parte para que la fiesta alcance a todos. Jesús pone el mejor vino, pero tenemos nuestra particular cosecha que ofrecer. Igual que Jerusalén debía fiarse de Dios, nosotros de Jesús; hacer lo que él diga.

Eso y dejar que los dones del Espíritu vayan aflorando desde nosotros mismos. Así lo afirma Pablo hablando a los corintios. Cada uno somos como somos y entre todos tenemos la facultad de hacerlo todo nuevo y diferente. La cuestión está en reconocer que nuestras propias habilidades no son una ventaja sobre otros, sino un don que se nos entrega en beneficio de todos. Respecto a ese don tenemos dos responsabilidades: la primera, ya lo hemos dicho, no quedárnoslo guardado en exclusiva como si fuera propiedad nuestra.  La segunda, hacerlo crecer. Por lo que sabemos, podríamos decir que Jesús tardó 30 años en aprender a convertir el agua en vino. No sabemos a dónde podrían llevarnos esos dones personales si los entrenáramos conscientemente. Ni siquiera imaginamos lo que podríamos aportar a la comunidad si trabajásemos en nosotros mismos y en nuestros dones. Algunos aún no hemos descubierto todos nuestros dones y los que vislumbramos nos cuesta reconocerlos y aceptarlos. El Espíritu es en nosotros el impulso que nos lleva a querer compartir la fiesta. Cuando el salmista propone que la tierra entera cante al Señor viene a decirnos que no existen ya fronteras, sino un único camino que podremos recorrer unidos gracias a lo bueno que cada uno es y pone a disposición de todos.

 

Pon lo que eres

 


 

sábado, 11 de enero de 2025

PARA EL CAMINO. Bautismo de Jesús

12/01/2025 – Bautismo de Jesús

Para el camino

Is 42, 1-4. 6-7

Sal 28, 1-4. 9b-10

Hech 10, 34-38

Lc 3, 15-16. 21-22

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El bautismo de Juan, como todos los movimientos bautistas de su época, tenía un marcado valor penitencial. Juan, además, acompañaba esta práctica con un mensaje ético que, desde la simplicidad, buscaba una importante renovación mientras anunciaba al que había de venir. Jesús baja al Jordán, como uno más, a bautizarse por Juan. También él estaba buscando esta renovación pero Dios le llevó más lejos de la comprensión de Juan. En el río Jesús recibió su propia unción y con ella, como había sido habitual a lo largo de la historia bíblica, su propia misión. Él es el Hijo, el amado. El buen hijo no desdeña aquello que su padre le enseñó, sino que lo actualiza y lo pone al servicio de la nueva situación. Cada tiempo tiene su sed y cada sed requiere formas y sabores nuevos en la misma agua. La complacencia que expresa la voz del cielo se debe al reconocimiento del Padre en la intención del Hijo. Ve claro su propósito y conoce su determinación. Sabe que lo dará todo. El bautismo de Jesús es empeño en darle la vuelta al mundo recalando en las cosas que no van bien; en las personas concretas a las que hay que sanar; en tanta sed que sigue gritando.

Así lo confirma Pedro en la voz de Lucas: Jesús pasó haciendo el bien. Ratifica así y pone al alcance de todos lo que algunos experimentaron en vida y Dios sabía ya, tal vez desde el principio, pero sin duda desde el momento de la unción; de ahí su alabanza. Digamos llanamente que hacer el bien es dar vida. No hay más. A esto se refería Isaías: a ese enviado a quien Dios mismo formó cogiéndole de la mano le enseñó a practicar su justicia para que él hiciera lo mismo y él, dejándose guiar por el Espíritu, curó cegueras y liberó cautivos como expresión de esa justicia y contenido esencial de la alianza con el pueblo. Así es como Dios prueba su fidelidad y muestra la conveniencia de suscribir con él el pacto que propone. Jesús mismo, el bien que es y obra, es el contenido del acuerdo. Jesús ni gritó, ni quebró, ni apagó, sino que a todos los puso en pie y a todo lo puso en marcha. Y como Dios, dice también Pedro, no hace acepción de personas, de todas espera lo mismo. De los de aquí y de los de allí. Por eso el salmista afirma que todos los hijos de Dios aclaman a Dios. No habrá liturgia completa, ni vida verdadera, mientras no sea unánime el grito de Gloria.

Así pues, retomando la fiesta y el símbolo del bautismo habrá que decir que va llegando el momento de darle al sacramento el valor que Jesús le dio e ir dejando atrás el concepto de Juan. Deberá ser más expresión consciente de adhesión y de compromiso real en la transfiguración de la realidad inmediata y cercana que acto pasivo por el que se nos limpian manchas de las que no somos conscientes. Debería pesar más la salvación que Jesús obró ya que el pecado que nos liga a un pasado desconocido pero transformado en lastre que, ese sí, quiebra y apaga. Sin negar la gracia, el amor, que se recibe, sino justamente por ella, el bautismo es punto de salida para un camino que iniciamos de la mano de Jesús y en el que todos nos acompañamos mutuamente; no es un recorrido para hacer en intimidad privativa. Es camino del pueblo, para el pueblo y con el pueblo. No hay que esperar a estar limpio. Hay que salir de casa para entrar en la de Dios de la mano de todos los compañeros.  Es personal porque cada uno elegimos, o deberíamos, ejercitando nuestra libertad, pero es comunitario, sinodal, porque todos estamos invitados a pasar haciendo el bien.

 

Andrea del Verrocchio y Leonardo da Vinci, Bautismo de Cristo (ca. 1470-1475)

 


 

lunes, 6 de enero de 2025

EL FIN DEL AISLAMIENTO. Epifanía

06/04/2025 – Epifanía – El fin del aislamiento

Is 60, 1-6

Sal 71, 1-2. 7-13

Ef 3, 2-3a. 5-6

Mt 2, 1-12

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Para todo judío piadoso Jerusalén era el centro de la nación. Era lo más alto, lo más cercano al cielo, porque en ella se encontraba el Templo y allí residía la gloria de Dios. Era también un centro magnético pues hacia ella iban a ser atraídos todos los pueblos. Que Jerusalén se pusiera en pie solo podía significar que la presencia de Dios se aproximaba de forma real y definitiva. Y ella traería consigo el retorno de todos sus hijos e hijas. A partir de ese momento será luz para todos los pueblos y se llenará de riquezas. Incluso los de la legendaria Saba llegarán con oro e incienso. El salmista concreta que esa presencia residirá en el rey de la ciudad, en quien el mismo Dios pondrá su confianza. En sus días florecerán la paz y la justicia y tanto prosperará con él Jerusalén, y con ella el reino, que todos los otros reyes de la tierra vendrán a postrarse y reconocerle como soberano.

Mateo, pese a la tradición que nos ha llegado, no habla de reyes, pero sí de magos. En esta categoría cabría hablar de sacerdotes, astrónomos o teólogos. En el fondo, personajes que estaban atentos al movimiento de los astros y lo interpretaban según reglas religiosas. Mateo quiere dar por cumplida la antigua profecía del rey que hace presente a Dios en el seno de su pueblo y presenta a estos personajes venidos del extremo del mundo, que ya no es Tarsis, ni Saba, ni Arabia, sino el enigmático Oriente, todavía libre del poder romano. Añade, sin embargo, dos detalles de vital importancia. Los reyes que nombra Isaías traían oro e incienso. El oro era un presente apropiado para un rey, y el incienso era adecuado para Dios. De eso nos habla Isaías, de Dios reinando entre su pueblo y sobre el mundo. Sin embargo, Mateo añade mirra, que era un perfume caro que, entre otros usos, se utilizaba para embalsamar a los difuntos. Luego el rey definitivo será Dios pero también humano. El segundo detalle es hacerle nacer en Belén, la ciudad de David. Este rey continuará la dinastía que Dios inició para darle a su pueblo identidad e independencia políticas. Dios va a reinar de nuevo en su tierra, pero en forma humana. A los efesios se les dice, además, que esta nueva realidad, esta gracia, es extensible también para los gentiles; para todos los extranjeros. Pablo, a quien se atribuye la carta, es judío de los pies a la cabeza. Conoce la tradición y las profecías, pero ha sido enviado más allá de las fronteras, porque estas ya no tienen ningún sentido.

Tenemos así a un Dios que se ha hecho hombre, no precisamente en un palacio, de modo que llega casi inadvertidamente y que viene a legitimar un reino que se revela ahora proyectado hacia el exterior. Por una parte, se completa el sentido de ser pueblo elegido, pues todos los demás contemplarán en él la gloria de Dios, y por otra parte se precisa el sentido de esa elección: acoger y cuidar a todos. En el fondo, cada ser humano es un pueblo escogido. En todos nace un Dios que suavemente va pidiendo permiso para ocupar su puesto. Es tan discreta su presencia que muchas veces han de venir de fuera para hacérnoslo ver y, sin embargo, nos va colocando, si nos dejamos, en disposición de derribar muros y dejar entrar a todos. Dios se manifiesta en este derruir y en el encuentro con quienes nos aportan sus propios dones. Esta realidad puede contemplarse en el terreno personal, pero, especialmente en estos tiempos, es también imposible no hacerlo en el social, estatal o continental. De fuera vendrán, cierto es, pero no para echarte, sino para descubrirte quién eres y alumbrar junto a ti algo nuevo. Ya no es posible construirse de forma aislada.

 

James Tissot, El viaje de los Magos (1886-1894)

 

 


 

sábado, 4 de enero de 2025

SIN DISTANCIAS. Domingo II Navidad

05/01/2025 - Domingo II Navidad

No hay distancias

Si 24. 1-2. 8-12

Salmo 147, 12-15. 19-20 (R.: Jn 1,14)

Ef 1, 3-6. 15-18

Jn 1, 1-18

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El libro de Jesús Ben Sirá, que abre hoy la liturgia de la palabra no pertenece a la ortodoxia judía, sino que se cuenta entre los llamados deuterocanónicos. No todos los judíos los tenían en consideración. Por eso, la imagen que proponen de la Sabiduría habitando en medio del pueblo como un personaje de la corte celestial directamente enviado por Dios no era bien recibida por todos. Los primeros cristianos, en cambio, enseguida vieron en este personaje una prefiguración de Jesús. El salmista recuerda el papel principal del pueblo escogido como sede de la palabra de Dios. Jerusalén es la gran beneficiada, pero es un lugar cerrado para los demás. Esa palabra les trae bendiciones pero no parece que salga de sus murallas. También esta palabra será importante en la posterior experiencia cristiana. 

Ambas realidades, sabiduría y palabra se unificaron en el término Logos, propio del evangelio de Juan. La Palabra de la que habla Juan es igual a Dios y es enviada para que habite en medio de su pueblo ocupando el lugar mismo de Dios. Puso su morada entre ellos; allí acampó, tal como Dios acampaba en la tienda del encuentro. Pero vino haciéndose carne; asumió la condición propia de la humanidad. Así, la fragilidad pasó a ser una nueva condición divina, pero con esta debilidad acogió también la capacidad de crecer. Dios vive en permanente salida de sí. Eso es el amor. Por amor crea lo distinto de sí mismo en un proceso del que el ser humano es su más alta realización hasta la fecha. El amor no tiene fin, es decir, no se conforma con lo ya hecho. Cualquier pareja de humanos que se mantienen verdaderamente unidos a pesar de las dificultades y trajines de los días sabe que su amor no es ni mucho menos como el del principio. Tampoco Dios se conforma con el inicial enamoramiento floral sino que se entrega más aún y se hace uno como su obra. Siendo humano, crece como humano mientras que, como Dios, adquiere perspectivas nuevas. La divinidad no es una condición estática e inalterable. Dios es gerundio. De alguna manera, también él está creciendo; ve el mundo con nuestros ojos para enseñarnos a verlo con los suyos.

El autor de la carta a los Efesios insiste en que todo debe redundar en alabanza de Dios. Él nos bendijo, eligió y destinó, pero nosotros hemos creído durante mucho tiempo que lo hizo en exclusiva. Cometimos con ello el mismo error que podemos leer en la comprensión del salmista  o percibir en el rechazo del Sirácida. Por eso se ora por los efesios, para que el Padre de la gloria les dé espíritu de sabiduría y revelación para reconocer la presencia de la Palabra incluso en los lugares  más insospechados. Como ellos, nosotros somos llamados a una esperanza que reconozca la luz verdadera. Posiblemente quienes no la recibieron habían quedado presos de su propio modelo de Dios. También nos pasa a nosotros, que si no es como nuestros libros, estampas, películas o ideas nos lo presentan nos cuesta reconocerlo. Quien ha borrado la distancia entre él y nosotros no va a dejarse apresar en una imagen, sino que esperará que le encontremos en el mismo gerundio que él es y que anula cualquier separación o dualidad. Solo podremos encontrarle en el amor sencillo de lo cotidiano hacia todos aquellos con los que nos encontramos porque solo en ellos nuestra propia y más íntima verdad podrá reconocerse. En nuestro encuentro con ellos Dios se encuentra a sí mismo y nos hace uno solo.   

 

Oswaldo Guayasimín, El abrazo (1988-1989)

 

 


 

 

martes, 31 de diciembre de 2024

VIVIENDO EL CAMBIO. Año Nuevo. María, Madre de Dios

01/01/2025 – Año Nuevo. María, Madre de Dios

Viviendo el cambio

Nm 6,22-27

Sal 66

Gál 4, 4-7

Lc 2, 16-21

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Ya sabemos todos que el ciclo litúrgico comienza con el Adviento. Habíamos, pues, inaugurado el año hace ya unos días. Sin embargo, aunque no seamos del mundo, vivimos inmersos en él y no podemos descolgarnos de sus ritmos. Al contrario, procuramos acompasar nuestras cadencias a las suyas en imitación del propio Dios que en todo se acomodó a nuestra humanidad. Por eso es bueno recordar el año pasado y recibir al que llega, pero no como periodos que pasan sino como momentos importantes en los que Dios se hizo presente y en los que volverá a mostrarse en nuestras vidas. El mundo es lo que nosotros construimos, pero Dios no está ausente. No es que se plante aquí para corregir o remendar. Tenemos que dejar ya de lado esa visión tan intervencionista. Viene para acompañar, para consolar, para preguntarnos dónde hemos dejado a tantas y tantos hermanas y hermanos y viene también para celebrar con nosotros, para reír, para amar.

Siempre hay un antes y un después. Pablo nos dice hoy que aquellos que estaban sujetos bajo la Ley han pasado a la libertad para no volver a dejarse apresar. Si pertenecías al pueblo la Ley que ya no te afectaba es la de Moisés; si no, es la ley del mundo, la de los muchos ídolos que encadenan a la nada, la que ya no ejerce poder sobre ti. A partir de este momento todos somos hijos pues recibimos el espíritu que nos hace decir Abba. Desde hoy, la oración del salmista es nuestra también: pedimos que el Señor ilumine su rostro sobre nosotros y todas las naciones lo conozcan. La antigua bendición que los Números guardaban para el pueblo escogido tiene ahora validez universal. El señor nos bendice y nos concede la paz, pero no para recluirla sino para derrocharla; para ser nosotros mismos paz.

Tendremos que comenzar por reconocer, aceptar y agradecer el bien que Dios nos procuró en este año pasado y el que continúa procurándonos. Frente a ese bien, no hay norma que nos retenga. Así lo vivió Jesús, que había nacido con nuestra misma sujeción, pero supo eludirla. Todos somos hijos. No nos vale aquí argumentar que él tenía ventaja; nació como todos, de mujer, según la carne. María, a quien la Iglesia recuerda hoy especialmente, es nuestra garantía de que Jesús era ciertamente humano. María alumbró, crió y educó al hombre que, saliendo de sí y poniéndose en todo a disposición de los demás, dejó en libertad a Dios desde la profundidad de su humanidad. No tuvo que resultarle fácil pero Lucas solo dice que todo lo guardaba, meditándolo en su corazón. Todo pasaba por ahí y ahí se confrontaba con sus propias creencias y esperanzas. La liberación de la humanidad cumplió el ritual de dejarse marcar en su piel la pertenencia al pueblo y recibió allí el nombre que le definiría: “Dios salva”, y al hacer efectivo ese nombre dio vida a una Nueva Alianza que invalidaba cualquier otra. También nosotros pasamos de estar sujetos a ratificar esa misma Alianza. Somos pastores que han descubierto nuevos prados a los que conducir a los demás. Somos Marías, madres, que vamos dejando atrás la ley antigua para educar a nuestros hijos desde esta nueva visión de la realidad. Estamos en un momento de cambio. Lo importante es darnos cuenta de lo que dejamos atrás y no acarrearlo de nuevo sobre nosotros; tenemos que abrirnos a nuevos horizontes que sean capaces de hacernos poner la vida en juego liberando a Dios en el mundo, que no llega para vigilarnos sino para vivirlo todo con todos. 

 

Viviendo el cambio. Isabel Guerra, Confío en tu Palabra.

 

 


 

MUY FELIZ AÑO NUEVO A TODOS. 



sábado, 28 de diciembre de 2024

DÍA DE LA FAMILIA

29/12/2024

Día de la Familia.

Si 3, 2-6. 12-14

Sal 127,1-5

Col 3, 12-21

Lc 2, 41-52

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Jesús Ben Sirá nos trae hoy el convencimiento de que existe una relación directa entre el cuidado que procuramos a los miembros de nuestra familia y las bendiciones, incluso el perdón, que Dios derrama sobre nosotros. Para el salmista la familia es, junto al trabajo y la prosperidad, una parte importante de esa bendición. Y en su propio bienestar y felicidad, quien teme al Señor y sigue sus caminos, conocerá también los de Jerusalén. En el caso de Israel la plenitud personal va siempre ligada a la política, y viceversa. El hombre aislado no es nada, como nada es un país sin habitantes felices. Así, los caminos del Señor tienen mucho que ver con el cuidado de los demás y con la vida familiar. Sin embargo, es frecuente señalar que estas unidades familiares nucleares en las que prevalece la hegemonía del varón nos resultan hoy extrañas y que hay que comprenderlas y ubicarlas en su contexto, poco dado al reconocimiento del valor de las mujeres y los niños. Esto es cierto pero podemos, además, señalar que las imágenes de la parra fecunda y los brotes de olivo son representaciones del pueblo que, en esta comprensión, se emparenta con el mismo Dios en una relación original hasta ese momento.

El autor de la carta a los colosenses no termina de desprenderse de ese modelo familiar, pero plantea exigencias para todos sus miembros después de ofrecer un marco en el que todo el pueblo es interpelado, pues todos son santos y amados. A este pueblo se le pide que el amor sea el vínculo de la unidad, que la paz y la palabra de Cristo reinen en sus corazones, que sean agradecidos, que se enseñen y exhorten unos a otros y alaben a Dios. La familia no está exenta de esta petición, sino que es una de sus concreciones y puede, también aquí, entenderse como imagen de la unión entre Dios y su pueblo. Lucas, por su parte, nos presenta un relato con pocos visos de historicidad. Tres días pasa Jesús perdido, como Jonás en el vientre del pez, o él mismo en el sepulcro… tres días es el tiempo que se toma Dios para obrar en nuestro mundo. Sus padres no entendieron nada pero María lo fue guardando todo en su corazón dándole vueltas y viviendo su propio proceso de conversión. Jesús, después de esto, permaneció sujeto a sus padres, como un buen hijo, creciendo en sabiduría, que ya debía ser grande si en verdad tanto impresionó a los doctores, en estatura, como cualquier otro niño y en gracia ante Dios y ante todos, pues, como todos, también Jesús aprendió de ellos: de Dios y de los demás.

La vida es un proceso que se construye a partir del amor y en el amor, como ya se les dijo a los colosenses. Es el amor el que define las relaciones que se dan entre las personas. La familia ha sido tradicionalmente considerada un nido amoroso donde las personas pueden crecer y desarrollarse, como Jesús hizo en la suya, pero hay que entender que esto no siempre es así. Existen heridas que deben sanarse. Por otra parte, la familia es una realidad llamada a trascenderse. Si el amor es su origen, no puede ser un coto cerrado que se agote en sí mismo; existen muchos modelos y posibilidades para crear espacios que se cimenten sobre el amor y permitan a sus miembros crecer y convertirse, como Jesús y María. Por último, la familia es imagen del pueblo, del Estado, que se construye atendiendo a Dios. La unión con Dios solo puede vivirse en concreción política; en seguimiento del camino del Señor.

 

William Holman Hunt, El hallazgo del Salvador en el Templo (1854-1860)

 


 

martes, 24 de diciembre de 2024

NAVIDAD

25/12/2024

Navidad

Is 52, 7-10

Sal 97, 1-6

Hb 1, 1-6

Jn 1, 1-18

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Nos habla Isaías de la belleza de los pies del mensajero. Incluso sus pies, esa parte que suele dejarse para el final, son bellos. Traen el mensaje de la llegada definitiva de la paz y la justicia; nos transmiten la buena noticia que las ruinas de Jerusalén cantan y todas las naciones han presenciado. Esos pies son bellos porque nos alcanzan la bendición definitiva que fructifica en un nuevo ecosistema en el que todo el pueblo vive. El salmista lo confirma punto por punto. Esta vez, al ir de la mano de la justicia, la paz estalló de veras. La una sin la otra es una aberración.

Siglos más tarde el autor de la carta a los Hebreos y el anciano Juan profundizarán en la identidad de este mensajero definitivo de bellos pies. El primero dirá que es el Hijo mismo de Dios. Es heredero, pero jugó también un importante papel en la creación de todo. Es distinto de Dios, pero superior a cualquier otra criatura y, sin embargo, ha sido introducido en el mundo; no permanece ajeno a él. Esa paz y justicia que llegan las trae personalmente. Juan nos dirá que su nombre y su ser son Verbo. Es la Palabra de Dios que en su decirse lo origina todo. Que dice y hace a un tiempo. De ella es testigo el bautista, que anuncia a la luz que llega. Luz que reside en el mundo pero a la que el mundo no reconoce, excepto los que creyendo en ella se hacen hijos de Dios. La Palabra, la luz, se ha hecho carne y en su debilidad es reconocida como la gran novedad. De ella dice el bautista que es la esperada. Así, esta Palabra resulta ser el Dios unigénito que da a conocer al Dios Padre creador.

La debilidad de la carne no indica imperfección sino que desvela el hecho de que está en permanente construcción. No es una realidad inacabada, ni le es inherente la corrupción sino que en ese proceso de permanente evolución está abierta a todas las posibilidades. Su carne es como la nuestra. La nuestra es tal cual la suya, pero necesita asentarse en una cimentación sólida. La historia humana de Dios nos brinda ese sustento. Él nace en la absoluta vulnerabilidad para estar cercano a todos y que nadie quede fuera. Desde el primer instante se hace uno con los que padecen, con los sencillos, con los que saben vaciarse y acoger. En su decirse nos hace un hueco; nos propone un destino y, en él, un sentido: “Ve y haz tú lo mismo”, dirá cuando años después le pregunten. Es decir: nace, plántate, colócate, ve allí donde seas necesario, olvidándote de tus privilegios; actúa desde esa fragilidad, creciendo a la par con los demás; revitaliza sus ánimos y esfuerzos; ilusiónales, que no pierdan la esperanza; edifica de nuevo, no te contentes con reconstruir; transforma lo que no os deje avanzar, no destruyas y, finalmente, dignifica, da por buenos, sus esfuerzos y sus victorias. La escena del nacimiento no es un relato acabado, sino la exposición de las bases de lo que está por venir. Quien siéndolo todo se presenta como el último es estrella que señala la nueva ruta. La sencillez que asume no aplaca su potencial divino sino que lo expresa de modo humano; lo hace perceptible y alcanzable. Jesús es la humanidad actuando y relacionándose como Dios mismo lo hace. Navidad es nacer para otros; es hacer presente a un Dios descalzo allí donde parece no hallarse; acompañar y sostener con nuestra propia fragilidad fortalecida; hacer del desastre un lugar de encuentro y rimar en asonante más allá de fechas y citas que encapsulan e imponen la felicidad de espaldas a la justicia y la paz.

 

Navidad 2024

  


MUY FELIZ NAVIDAD PARA TODOS.