lunes, 5 de enero de 2026

REYEZUELOS Y DIOSECILLOS. Epifanía

 

06/01/2026 – Epifanía

Reyezuelos y diosecillos

Is 60, 1-6

Sal 71, 1-2. 7-13

Ef 3, 2-3a. 5-6

Mt 2, 1-12

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Etimológicamente una epifanía es una manifestación pública; es que algo o alguien brille (fanein) por encima (epi) de la superficie, sin que nada ni nadie pueda ocultarlo. Normalmente, la antigüedad clásica reservaba el término para un sujeto importante: una personalidad notable o algún dios. En este caso, ya no cabe duda: el rey de los judíos ha nacido. Mateo habla de magos (que no reyes) de oriente que venían buscando a ese nuevo rey y a los que, por esas sorpresas que nos da la historia, hay que identificar con estudiosos de los astros, posiblemente de origen persa, que combinaban lo que hoy conocemos como astrología y astronomía con funciones sacerdotales y teológicas propias del zoroastrismo. Eran hombres de fe, pero también científicos de su época pues ni entonces ni ahora ciencia y fe resultan lugares incompatibles. Por encima de eso, eran personas abiertas a la novedad, que sabían ver más allá del fenómeno concreto; eso pudo ser lo decisivo en su caso y podría serlo también hoy en día. Por un lado, identificaron a la estrella con el anuncio del nacimiento de alguien importante; por otro lado, no dudaron al descubrir la pobreza del recién llegado y obedecer el oráculo recibido en sueños, pues lo presenciado no podía tener otra explicación que la de su origen divino. Más que una manifestación pública fue un reconocimiento pese a las apariencias y nos dice que tanto la fidelidad a la tradición, representada por la profecía que ellos conocieran, fuera la que fuese, como la rigurosidad técnica y científica, exigen de nosotros la apertura a lo nuevo y la rendición ante la verdad oculta tras los simples hechos. Solo cabe, entonces, la contemplación.

Era de esperar un joven príncipe nacido en un palacio. Pararon en Jerusalén al desaparecer la estrella porque era lo lógico, pero encontraron lo que buscaban en otro lugar muy diferente. Mateo toma de Isaías los dones del oro y del incienso, adecuados para un rey y para Dios, pero añade la mirra, propia de los seres humanos y sus necesidades elementales. Esta es la innovación. Que una nación dijese que su rey era Dios no resultaba extraño en aquellos días, pero que ese Dios se hiciese humano era un sinsentido. Isaías imaginó un opulento desfile de autoridades acudiendo a Jerusalén, el centro del mundo, y el salmista nos recuerda que el rey verdadero se ocupará del pobre, del indigente y del desvalido. La tradición ha reservado para la mirra un papel destacado en el entierro de Jesús, pero no nos encaja bien esa imagen de Jesús, o de alguien de su entorno familiar, atesorando algo para el futuro, mejor podremos decir que él la había gastado ya con todos aquellos que se cruzaron en su camino y necesitaron sanación de cualquier tipo.

La carta a los efesios subraya el valor universal de esta vocación de Jesús, revelado ya definitivamente sin género de dudas. Quienes fueron llamados a postrarse ante él por el profeta son confirmados coherederos por el apóstol. No existen personas ni pueblos de segunda o tercera; todos ellos son merecedores de respeto y debe velarse por su integridad y seguridad sin que criterios supuestamente altruistas o justicieros puedan justificar intervenciones que surgen de intereses económicos o políticos. A todos debemos, como Jesús, acogerlos y ungirlos con la mirra de los magos. Con el oro y el incienso habrá que tener cuidado porque muchos esperan recibirlos en exclusiva suplantando papeles que no son suyos. 

 

Leonardo da Vini, Adoracioni dei magi (1481-1482)

 

 


 

 

sábado, 3 de enero de 2026

LA SABIDURÍA Y LA PALABRA. Domingo II Navidad

 04/01/2026 – Domingo II Navidad

La Sabiduría y la Palabra

Si 24,1-2. 8-12

Salmo 147, 12-15. 19-20

Ef 1, 3-6. 15-18

Jn 1, 1-18

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La Palabra se ha hecho carne. Este es el apretadísimo resumen de lo que venimos viviendo en estos días de Navidad. La Palabra ha nacido entre nosotros. Es el motivo de nuestra fiesta. Esta realidad se descubre en un proceso que ocupa su tiempo. No será descabellado afirmar que en medio del ritmo tan acelerado de nuestros días echamos de menos espacios en los que saborear el mundo de una forma distinta a la habitual. Cuando nos sentimos arrastrados por lo que hay reconocemos que nos hace falta un ancla que nos devuelva la firmeza y que nos ponga a salvo del naufragio. Es la Sabiduría de la que nos habla la tradición judía. Fue asistente de Dios en la obra de la creación; es distinta de él, pues también es creación suya, pero Dios mismo la envía como representante suya y ella echa raíces en el pueblo y reside en su congregación. Así nos lo dice el Sirácida y el salmista le da la razón mostrando lo bueno que Dios ha hecho por su pueblo presentando a Jerusalén como el marco en el que todo eso se hace real. Es la ciudad de la paz; el lugar donde no existe necesidad que alimente inquietud alguna. Es una paz “desarmada y desarmante” que da seguridad sin imponerse sobre los demás; que está deseando ponerse al alcance de todos; que se manifiesta en lo profundo del ser y se reconoce en una originalidad que no veta su acceso a nadie. Somos afortunados, pero eso no implica exclusividad.

La Palabra no es una realidad extraña a Dios sino que es Dios mismo haciéndose presente entre y en el ser humano asumiendo su misma naturaleza humana. Es lo nunca visto; lo absolutamente inesperado. Pero, nos dice Juan, esta absoluta novedad tiene el peligro de no ser tan perceptible como una manifestación de las de antes, de las buenas, de las de las películas…  se nos hace difícil reconocer lo que viene de Dios porque nuestras expectativas no son realmente las suyas, sino las que marca la realidad que nos rodea. Así es; será unas veces la búsqueda de lo nuevo frente a la esterilidad de lo antiguo y otras el eco de lo ya conocido que aporta seguridad, pero el caso es que la Palabra se nos escapa entre los dedos.

La sabiduría es el conocimiento; el amor de Dios en acción y se dispone a darle la vuelta a lo que vivimos para que realmente nuestro fundamento surja de lo interior sin depender de lo externo. Ese interior es la residencia de la Palabra; de la fuerza creadora que es también el modelo de la acción divina, por el que todo fue hecho. Para nosotros la Palabra es igual a Cristo; es condensación de lo divino en coordenadas concretas y es universalidad que abarca a todo ser humano, porque todos hemos sido bendecidos, elegidos y destinados a ser hijos. Nos lo afirma el autor de la carta a los efesios, que para todos nosotros pide sabiduría y revelación. Es lo mismo que pedir discernimiento; capacidad de reconocer al Dios que nace en cualquier pesebre sin que nos despiste ninguna otra cosa. Como somos humanos nos valdremos de los sentidos, porque es nuestro modo habitual de conocer, y porque todos le nombran, pero también de la solidez de esa vivencia íntima que nos desarme frente al extraño y al diferente, incluso frente al enemigo, de forma que sea también desarmante y reste utilidad a cualquier enfrentamiento. Y recordaremos que, pese a quien pese, re-velar no es dejar las cosas claras, sino volverlas a velar; presentarlas de modo que se aclare lo necesario para esta hora, pero sin que eso agote ese misterio insondable que nos da vida.

 


La Sabiduría y la Palabra