sábado, 13 de junio de 2026

ESCOGIDOS Y ENVIADOS. Domingo XI Ordinario

14/06/2026 – Domingo XI O.

Escogidos y enviados

Éx 19, 2-6a

Sal 99, 2. 3. 5

Rom 5, 6-11

Mt 9, 36 – 10,8

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Podemos leer hoy la Biblia porque mujeres y hombres concretos percibieron la presencia de Dios en sus vidas y terminaron poniendo esa experiencia por escrito. 

Aquel pueblo antiguo al que hoy reconocemos como hermano mayor, vivió en sus carnes la intervención de Dios en favor suyo y resaltó la iniciativa divina: nos ha llevado sobre alas de águila hasta él mismo; hasta ese lugar nuevo donde todo va a ser diferente. 

Aquel pueblo de esclavos podía, si así lo aceptaba, convertirse en “propiedad” de Dios. Cualquier padre o madre que realmente lo sea, comprenderá que no se habla aquí de mera posesión, sino de responsabilidad. Dios cuida y sostiene; se apartó para sí a aquel pueblo, pero no con afán de exclusividad, sino con intención de hacerle sacerdote para otras naciones. Es decir, de forma tal que pudiese ser puente entre él y todos los pueblos. 

Dios no busca esclavos ni favoritos; quiere encontrar nexos de unión con la humanidad ¿Quién mejor que otros humanos para ello? El testimonio y la historia de Israel serán, para todos los linajes, señal de su preocupación y dedicación. 

El salmista expresa este concepto universal e invita a toda la tierra a aclamar y servir al autor de la vida que es bueno y cuya misericordia y fidelidad son eternas.

Igual que Dios se compadeció de Israel, Jesús se conmovió ante sus gentes reales; sobre todo frente a las más extenuadas y abandonadas. El pueblo estaba pasando por un mal momento. Se encontraba aún muy lejos de ser el embajador universal que Dios deseaba; la vida pesa, las circunstancias no se lo ponen sencillo a nadie y muchas veces la flecha marra el blanco. 

Por eso Jesús habla de las ovejas descarriadas. Los perdidos experimentan la misericordia mejor que nadie y su restauración será signo para todos; incluidos ellos mismos. Están todavía en proceso de aceptación. El Señor se preocupa de su mies y delega en doce enviados que pongan en claro que Dios no les ha olvidado, que sigue empeñado en rescatar a los desheredados por causa de la impureza que los “píos” proclaman; él nunca quiso seres perfectos. 

Por eso envía colaboradores concretos, de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. Cuanto más vayamos sabiendo de ellos más claramente veremos que también ellos están en proceso, como todos. Se les pide dar gratis lo que gratis han recibido; que confíen como en ellos han confiado; que sanen y pongan en pie como ellos mismos han sido sanados y elevados sobre sus miserias. 

Los procesos se construyen diariamente y la aceptación que Jesús pide se renueva a cada paso. Todos estamos en construcción. Fue durante ese camino cuando Jesús dio su vida por ellos y por nosotros. No esperó a que fueran perfectos; tampoco aguardó a que lo fuéramos nosotros. Esa es, según Pablo, su mayor prueba de amor y es también garantía de salvación. 

Solo por su misericordia jugamos ya en otra liga y, gracias a su fuerza, estamos en condiciones de acercarnos a los demás y olvidar sus fallos tal como los nuestros han sido también preteridos. 

Salvación no es solo asegurarse un pasaje para otras latitudes trascendentes; es lógico, humano, justo y, por tanto, divino aspirar a una transformación que pueda materializarse ya aquí y esa realidad saludable, en cuanto es real, no depende del confort proporcionado por la materialidad de las condiciones de vida de cada uno. 

Su entidad propia reside en la capacidad de encontrar sentido a lo que se vive; en vivir la vida al estilo de Jesús que dio la suya apostando por los extraviados, para que ellos mismos se amen como son y puedan manifestar su experiencia ante samaritanos y gentiles. Así, la gloria de Dios se traduce en gustar la potencia humanizadora de su amor en nuestras carnes y en las de los demás.

 

Grigory Myasoyedov, Tiempo de cosecha (1887)

  

 


 

Con un recuerdo especial para Raúl 

y un abrazo en la esperanza para toda esa hermosa familia.

 

sábado, 6 de junio de 2026

LO INESPERADO. Corpus Christi

07/06/2026 – Corpus Christi

Lo inesperado

Dt 8, 2-3. 14b-16a

Sal 147, 12-15. 19-20

1 Cor 10, 16-17

Jn 6, 51-58

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El pueblo que vagaba por el desierto lo pasó mal e interpretó sus penurias como una prueba que Dios le enviaba. En Egipto tenían, al menos, comida con la que llenar sus cuerpos. Ahora se enfrentaban al hambre. Sin embargo, Dios tiene sus motivos y tras el hambre proveyó alimento para todos ofreciendo el maná, desconocido hasta entonces. 

Moisés tuvo que reconocer que no solo de pan vive el hombre, pero esta frase no indica desprecio por lo material, sino todo lo contrario. Si hay quien piensa que el pan es suficiente es porque podría vivir solo con él, pero la cuestión es que el alimento debe estar asegurado para poder afirmarse que “no solo” de él puede vivirse. 

Dios no pide imposibles; aprieta pero no ahoga, se dice. El pueblo podrá apreciar el alimento que él envía y a partir de ahí, acoger sin temor todo lo demás; lo verdaderamente desconocido e inesperado. El salmista se siente ya miembro de una nación privilegiada. Dios la ha protegido y bendecido, la ha saciado con flor de harina y le ha dado a conocer su voluntad más íntima.

Hace siglos que conocemos el sufrimiento que el hambre causa en el mundo. No siglos; milenios, ya. El hambre, cualquier hambre, es un problema de causas múltiples que podemos identificar. 

Jesús habla para un auditorio que tiene muchas hambres distintas. Él los abarca a todos al hacer de la necesidad física imagen de la espiritual. Juan pretende ser didáctico con sus metáforas. Tampoco él desprecia lo material, sino que recuerda como Jesús se presenta a sí mismo como la materia que hace vivir eternamente. Es lo absolutamente inusitado. 

Para cualquier judío piadoso o, simplemente, cabal, la idea de comer el cuerpo de otro ser humano sería tan repugnante como la de beber su sangre, cuyo consumo está expresamente prohibido por las reglas de Kashrut. No podría haberse elegido peor referencia alimenticia. 

Por eso mismo tendremos que entender que no puede tomarse al pie de la letra como, sin embargo, hicieron sus contemporáneos. Es difícil desprenderse de las costumbres y perspectivas cotidianas, pero eso es lo que Jesús nos pide. 

Así, nos colocamos en sintonía con él, tal como él mismo lo está con el Padre. Reproducimos en nuestra vida la propia vida trinitaria. Estamos en el Hijo y él en el Padre. Alimentarnos de Jesús es “hacer su voluntad”; es vivir como él; es relacionarse corporalmente con los demás: estar cercano, tocar, abrazar, besar, comer con ellos, compartir noches y días, alegrías y sufrimientos; es partirse en favor de ellos; es derramarse como se derrama él gastándose en favor de todos.

Pablo pone de manifiesto que una comunidad en la que sus miembros viven así, donándose unos en favor de otros, se transforma en un organismo; es un cuerpo en el que cada uno aporta su ser a la construcción del Bien Común. 

La unión en lo común no impone la uniformidad sino que imita la actitud vital de Jesús de ofrecerse a sí mismo como alimento para todos y perpetua su definitiva acampada entre nosotros. Pese a ser motivo de controversia, su presencia es real y se habla de su unión con cada uno como de un acto íntimo y personal. 

Con todo, la realidad es que este trance entrañable no es para el disfrute solitario, sino que está llamado a transformarse en fuente de vida para los demás tanto como para cada una o uno. Lo contrario sería un secuestro. 

Durante milenios ha habido quien lo quería solo para sí. Esa retención es la que causa el hambre. Custodiar a Dios mismo entre joyas devocionales no evita que sus ojos sigan pendientes de aquellos a quienes no alcanza el pan; a quienes él no llega por tenerlo recluido. 

Pero no se clausura así su presencia, pues el  Espíritu, Amor en acto, suscita comuniones liberadoras que donan vida verdadera a unos y otros. 

 

Lo inesperado