sábado, 29 de octubre de 2022

BAJA DEL ÁRBOL. Domingo XXXI Ordinario

 30/10/2022

Baja del árbol.

Domingo XXXI T.O.

Sab 11, 22 – 12, 2

Sal 144, 1-2. 8-11. 13cd-14

2 Tes 1, 11 – 2, 2

Lc 19, 1-10

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Estamos acostumbrados a realizar una lectura espiritualizada de los textos bíblicos. Pero estos textos no solo respondían a esta intención; encerraban también la fundamentación del antiguo Israel como país. La interpretación religiosa fue colocada, muchas veces, al servicio de la concreción política. Aquel pueblo elegido veía en aquellas líneas su propio origen y encontraba entre ellas la argamasa que le constituía en nación. Y esa nación era fruto de la voluntad de Dios. Por eso, ser traidor a ella era uno de los peores pecados. El publicano, a quien ya vimos como modelo la semana pasada, era un pecador público; un colaborador del invasor que se aprovechaba de su situación para enriquecerse arteramente. Sin embargo, este Zaqueo, cuyo nombre significa el puro o el inocente, que vive en el lujo con conciencia de pecador, tiene curiosidad por ver a Jesús, por oírle, pues le han dicho que se acerca incluso a los que son como él… Trepa a un árbol para verle porque él es bajito y necesita suplir su poquedad pero también porque el gentío que se agolpa es mucho y tiene a Jesús secuestrado, como si fuera propiedad suya. Todos quieren algo de él pero no parecen dispuestos a compartirlo. Jesús, sin embargo, es capaz de salvar cualquier obstáculo para llamar a cada uno por su nombre y hacerle poner los pies en la tierra. Hace comprender la situación a Zaqueo: “Pese a todo el mal que hayas hecho, Dios no deja de amarte, muy al contrario, viene a ti hoy personalmente, pero desciende a la vida real, y mira a ver en qué puedes echar una mano”. De ahí su espectacular conversión; una auténtica metamorfosis que repercute en todos los que le rodean y deja clara la falsedad de un cambio sin renuncia a la injusticia y sin reparación.

Puede que Zaqueo sea como el insignificante grano del que habla la primera lectura, ese que en la balanza puede vencer el fiel y hacerlo inclinarse en un sentido o en otro; como la diminuta gota de rocío que puede hacer rebosar la copa. Todos somos un mundo de relaciones y afectos; construimos universos a nuestro alrededor y mantenemos sistemas que no siempre  se acomodan al corazón de Dios, pero él está pendiente de todo y de todos, pues todo  y todos llevan su aliento y a nada ni nadie aborrece. Todo existe por obra suya y todo se mantiene porque él lo llama continuamente. Dios ama la vida. Por eso se compadece y corrige nuestros sistemas, no solo nuestros corazones, mostrando misericordia. Siempre espera que todas y todos se vuelvan hacia él. El salmista, que parece haber experimentado su misericordia, reconoce este carácter amigable de Dios y no cesa de darle gracias.

El autor de la segunda carta a los Tesalonicenses quiere recordarnos que ciertamente Dios viene a cada uno, pero no en la forma esperada. El día del Señor era un día de juicio, temido por sus consecuencias, el día de la decisión sobre el destino final de cada uno según sus actos. El Señor vendrá, pero no así; vendrá como llegó a la vida de Zaqueo, con la suavidad de quien te conoce en tu profunda esencia: puro e inocente, aunque maleado… A esa pureza diminuta pero capaz de todo es a la que Dios apela e invita a transformarse. Él se ofrece para acompañarnos en el viaje, para hacernos dignos, pero somos nosotros quienes debemos bajar del árbol y darle la vuelta a lo que en nuestro mundo se vivía a sus espaldas para que nada ni nadie se quede fuera.


Baja del árbol


sábado, 22 de octubre de 2022

EL CLAMOR. Domingo XXX Ordinario

 23/10/2022

El clamor

Domingo XXX T.O.

Si 35, 12-14. 16-18

Sal 33, 2-3. 17-19. 23

2Tm 4, 6-8. 16-18

Lc 18, 9-14

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Israel entra en la historia de la mano de un Dios particular, que tomándolos bajo su protección los convierte en un pueblo liberado. El Señor reparó en ellos y les concedió la libertad. La elección explicaba este favor gratuito. Aquél pueblo salvado de la esclavitud había sido ya elegido en la persona de su precursor: Abraham, el padre de una multitud. Así, no resultaba extraño que Dios se ocupase de ellos. Pero era un Dios diferente a los otros; estaba atento a la necesidad de los débiles. La tradición bíblica afirma que el clamor de los inocentes, de la sangre, asciende hasta él quien lo escucha y desciende para actuar en favor del ser humano que clama. Así nos lo confirma nuestra primera lectura de hoy que en la que vemos a la oración del humilde atravesar las nubes. Ni el oprimido, ni el huérfano, ni la viuda quedan desatendidos. El mismo mensaje nos transmite el salmista. Que los humildes se alegren porque el Señor está cerca de ellos, se enfrenta a los malhechores y libra a los atribulados de sus angustias.

El fariseo y el publicano de la parábola claman desde diferentes puntos de vista. El fariseo lo hace desde la posición de quien piensa que Dios debe amarle no solo porque él cumple los mandamientos, sino también porque no es como esos otros malvados. Y por esto da gracias; él está en el buen camino porque, de alguna manera, Dios le ha colocado allí. Dios, que es justo premiaba en vida las buenas acciones de los hombres buenos. Era la lógica tradicional. El publicano, en cambio, se acercaba a Dios como aquél que está convencido de que es amado aunque peque. Él clama pidiendo perdón pero no exhibe sus méritos porque deben ser ya conocidos por Dios, pese a que en la lógica del momento carezcan de fundamento: qué importa que hagas algo bien si eres un pecador, un traidor a tu pueblo, el elegido por Dios. Posiblemente, ni el uno era tan bueno ni el otro tan malo pero el ecosistema socio-religioso del momento no admitía reconciliación posible. Sin embargo, del fariseo afirma Jesús que no sería escuchado y del publicano que sí. Este segundo había interiorizado su situación y clamaba desde sus entrañas pues en su intimidad sabía que Dios era bueno. El primero, en cambio, vivía su vida desde fuera; había blanqueado su fachada y no llegaba a descubrir en el publicano el testimonio del Dios misericordioso que él le presentaba.

La esperanza del publicano es la misma que hizo clamar a los primeros israelitas en Egipto; la del salmista; la que han poseído siempre los pobres de Yahweh, que confían en él pese a cualquier circunstancia y la que se nos presenta en la carta a Timoteo: pese a que nadie estuvo a mi lado, el Señor me dio fuerzas; he proclamado a todas las naciones el mensaje de que Dios es misericordioso y he mantenido la fe. La tan aireada justicia de Dios exige de nosotros que detengamos nuestro caminar y que hagamos de la realidad un templo en el que podamos dar amor a quienes no lo reciben; que comulguemos con “los malos” que claman, con los no cumplidores. Dios quiere justicia, ciertamente, que todos sean amados como nosotros mismos lo hemos sido por él; que todos sepan, por nosotros, que su falta no es barrera para el amor que él les envía con nosotros. El Dios verdadero solo es perceptible en ese encuentro.


El clamor




sábado, 15 de octubre de 2022

PARA NO RENDIRSE JAMÁS. Domingo XXIX Ordinario

 16/10/2022

Para no rendirse jamás

Domingo XXIX T.O.

Ex 17, 8-13

Sal 120, 1-8

2 Tm 3, 14 – 4,2

Lc 18, 1-8

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En muchos casos, no tiene sentido intentar encontrar lógica en las parábolas que Jesús cuenta a la gente. No tiene ningún sentido abandonar 99 ovejas para salvar a una; ni hay lógica en aceptar, como si nada hubiese ocurrido, al hijo calavera; tampoco es razonable pedir frutos fuera de temporada ni es inteligente esparcir las semillas sin ningún control lo mismo por campos que por caminos o pedregales… y podríamos seguir. Pero esta falta de lógica es su principal virtud. Ni Dios ni el mundo que Jesús sueña y propone como fruto de su encuentro con el Padre son, según nuestros cánones, realidades lógicas y razonables. Si lo fuesen serían solo una proyección humana. Tampoco es lógico, ni prudente, que una pobre viuda de la Palestina del siglo I (léase: una mujer sola y desamparada, sin valedor alguno) incordiase continuamente a un juez que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. Menos lógico aún es que este juez se dejase incordiar por aquella pobre viuda y no se librase de ella por métodos más expeditivos. Jesús quiere presentar, por un lado, el contraste entre ese juez y el Padre que él conoce y sabe que vela por todos. Pero quiere también, en segundo lugar y sobre todo, presentar la fe de aquella mujer como un valor de transformación.     

La fe de la que él nos habla no es la de quien pide y pide esperando ver el cielo abrirse, sino la que mueve a los pequeños y ninguneados a defender sus derechos frente a quienes quieren pisotearlos. Es la fe de quienes no se dejan arrebatar la dignidad por grande que sea el opresor. Son esos pequeños los preferidos de Dios. Así nos lo dirá el propio Jesús en otros lugares y así lo entendían los israelitas errantes que se defendieron de los ataques de los amalecitas y otros pueblos, confiando en el auxilio de quien los había elegido (también puede leerse: preferido). Es cierto que ya plantados en el siglo XXI no terminamos de entender esa obsesión bíblica por aniquilar enemigos amparados bajo el manto de la protección divina, pero lo decisivo no es eso, sino la parcialidad de Dios que se pone del lado de quienes sufren a manos de los fuertes. Y  esto tampoco terminamos de entenderlo. Pensamos que Dios tendría que ser imparcial porque eso es lo políticamente correcto y que tendría que impartir una justicia comprensible, semejante a la nuestra. Pero no. Dios no es un juez de esos, ni siquiera un buen juez, tan distinto al de la parábola, Dios es el que está con quienes tienen el valor de defenderse; de vencer al miedo, a la pereza y a la desidia para cambiarse a sí mismos como primer paso en el camino hacia un mundo mejor. Este espíritu es el que inspiró al salmista.

Y es este Espíritu en el que Timoteo es instado a permanecer. No olvides lo que aprendiste ni a quien te lo enseñó. Todos somos maestros de todos y nos iluminamos unos a otros para comprender que toda Escritura es inspirada, no en su literalidad, sino en su capacidad de transmitir esta verdad acerca de la predilección de Dios por los combatientes. Insiste en ello a tiempo y a destiempo, argumenta según las Escrituras y el Espíritu que las anima (a todas), reprocha su olvido a quien se guie por su propio beneficio, exhorta a todos a levantar la cabeza y a no olvidar la doctrina principal: Eres hijo amado de Dios y la fe que Jesús te pide es la confianza suficiente en él y (como él) en el Padre para no ceder, para no abandonarte ni abandonar a nadie.


Para no rendirse jamás


sábado, 8 de octubre de 2022

¡SALVEMOS! Domingo XXVIII Ordinario

 09/10/2022

¡Salvemos!

Domingo XXVIII T.O.

2 R 5, 14-17

Sal 97, 1-4

2 Tm 2, 8-13

Lc 7, 11-19

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Aquellos diez leprosos se pusieron en camino por confianza en las palabras de Jesús. Creyeron, a su modo, pues obedecieron lo que el maestro les decía. Ir a ver a los sacerdotes estando enfermos o bien requería valor o bien exigía tener la completa seguridad de que ya se habían curado y podrían ser declarados puros. La confianza en Jesús que estos diez hombres demostraron no fue pequeña y eso les valió la sanación. Pero nueve de ellos, aferrados a su propia cosmovisión, pendientes de su tradicional versión de Dios, no pudieron ver en Jesús más que a un maestro. Tan solo uno fue capaz de descubrir que el restablecimiento de su salud fue obra de Dios y le reconoció en Jesús. Lucas puntualiza: era samaritano. Y esta es la segunda vez que Lucas coloca a los samaritanos, los peor considerados de todos los impuros extranjeros, como ejemplo para los demás. Solo quien renuncia a su estereotipada visión, renunciando así a la costumbre y a la obra de una liturgia vacía de una espiritualidad estéril, es capaz de descubrir a Dios revelándose de forma activa y liberadora. Diez creyeron pero solo uno reconoció y agradeció y fue ese extranjero quien se postró a los pies de Jesús, se puso a su disposición, cambió su perspectiva y, con ella, es de esperar, toda su vida. Ese fue el salvado. El que, liberándose del peso de su costumbre, fue capaz de reconocer a Dios actuando en Jesús.

También Naamán, otro extranjero, creyó en Eliseo como hombre de Dios y comprendió que ese tenía que ser el Dios verdadero. El profeta, sin embargo, no quiso aceptar nada por haberle curado. La acción de Dios es tan gratuita como él mismo. Por eso Naamán pide llevarse tierra a su país. El tiene ya la cabeza, el corazón y los pies en otro sitio. Por eso podemos suponer que sobre esa tierra se colocará para rezar al Dios sanador; se descalzará y se postrará hasta que su cabeza toque la tierra sagrada para no olvidar a quién le debe la vida. Y esto aunque siga acompañando a su rey en sus cultos idólatras. La alabanza a los ídolos es tan vacía como ellos mismos, por eso Eliseo lo disculpa en los versículos siguientes a nuestra lectura. La verdadera alabanza es la que conduce a la vida. Así nos lo expresa el salmista y así lo constata también la carta a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos…”

A diferencia de Eliseo, el autor de la epístola recomienda un culto sincero también en la exterioridad. La mentalidad ha cambiado; no así la verdad que subyace: solo el culto que lleva a la vida es el verdadero y a Dios se le reconoce en esa vida nueva. El samaritano y el sirio Naamán, en cierto modo, resucitaron; cambiaron su perspectiva, encontraron un sentido nuevo para sus vidas. Posiblemente su condición de extranjeros les ayudó en esto. Les hizo comprender que no todo está ya dicho en su propia tradición, que Dios es incontenible y que no se le puede apresar en objetos ni prácticas. Morir a ese convencimiento es vivir con él y perseverar en la vida nueva que nos entrega es reinar con él. Negarle, en cambio, mantenerse en el culto vacío aún viendo los prodigios que vieron aquellos nueve, no nos colocará en el lado de la vida. Sin embargo y pese a todo, él se mantendrá siempre fiel porque no puede negarse a sí mismo. Generemos vida a nuestro alrededor para que, como Eliseo, mostremos la gratuidad de Dios. Esa será una buena reforma en esta cacareada crisis: acojamos, sanemos, impliquémonos en las luchas por la justicia, liberemos… salvemos.


¡Salvemos!
Bill Hoover, Diez leprosos (2013)


Para Miguel y familia, un fuerte abrazo.

sábado, 1 de octubre de 2022

GENTE EXTRAÑA. Domingo XXVII Ordinario.

 02/10/2022

Gente extraña.

Domingo XXVII T.O.

Hab 1, 2-3; 2, 2-4

Sal 94, 1-2. 6-9

1 Tm 1, 6-8. 13-14

Lc 17, 5-10

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Ya decíamos la semana pasada que lo sencillo se nos hace insuficiente. Todo lo que sea espectacular nos llama poderosamente la atención. Por eso nos fijamos mucho más en la posibilidad de que un árbol se enraíce en el mar que en cualquier otra cosa. Eso sí que sería digno de verse. Sin embargo, que cualquier siervo cumpla con su función sin esperar privilegio alguno a cambio, no tiene nada de espectacular. Nadie es felicitado por cumplir con su obligación. Por eso, subrayamos el valor de la fe como aquella virtud que nos capacita para lo imposible y, al hacérsenos tal imposibilidad inalcanzable, concluimos que no tenemos fe o que no tenemos la suficiente.

La lectura del profeta Habacuc nos revela que la fe tiene más que ver con la confianza que con ninguna otra cosa; que lo extraordinario está en mantener la convicción de que Dios intervendrá a favor de su pueblo incluso en las peores condiciones. Actualizando su mensaje tendríamos que pensar en un escenario tan espeluznante como fue la shoa, el tristemente célebre holocausto dirigido contra el pueblo judío que afectó también a otras minorías. Incluso en aquel escenario hubo quien fue capaz de encontrar a Dios en la solidaridad que los prisioneros vivían entre sí. Y ese rasgo de humanidad fue visto por unos cuantos como señal evidente de la presencia de Dios en medio de horror que el hombre puede crear. Fue posible seguir creyendo en Dios en medio de esa espeluznante realidad porque Dios mismo se hizo presente en ella. Lo mismo puede decirse al hablar del sufrimiento que las guerras, las reconocidas y las que no, siguen provocando en nuestros días o de cualquier situación de abandono, humillación o explotación. Esta confianza es la que testimonia el salmista que no pone a prueba a Dios, sino que lo reconoce en la adversidad; presente siempre entre los que sufren.

El don de Dios que Timoteo recibió por la imposición de las manos bien podría ser esta capacidad de mantener la fe de otros en la adversidad, porque no tenemos un espíritu de cobardía, sino de coraje, que nos impulsa a tomar parte en los padecimientos propios y ajenos guiados por la fuerza misma de Dios. Los siervos inútiles de los que habla Jesús son aquellos que han puesto a disposición de los demás la fuerza, entereza, decisión y energía que reciben del propio Dios. Sin ella no podrían hacer nada; gracias a ella son capaces de sostener la fe de muchos y servir de ánimo a quienes solo se sienten paralizados por el sufrimiento, ya sea propio o ajeno. En la profundidad de la tragedia más espeluznante es posible encontrar a Dios en la entrega de quienes lo sienten siempre cercano y saben que es precisamente entonces y allí donde deben hacerle presente. Ellos son la morera que se planta el mar. Son gente extraña que no tienta a Dios, sino que crea un rio de dignidad y testimonia que allí donde parecería imposible que se diese la vida esta sigue dando fruto y todo tiene un sentido final. Son quienes al volver de faenar se ciñen para servir al Señor presente en los sufrientes sin esperar recompensa alguna porque saben que glorificar a Dios es reconocerle en los demás como el mismo Señor que mora también en ellos. El depósito estanco de la fe se convierte así en una corriente que pone en claro el encuentro de todos los vivientes en Dios.


Gente extraña


sábado, 24 de septiembre de 2022

CUANDO LA SENCILLEZ SE NOS HACE INSUFICIENTE. Domingo XXVI Odinario

 25/09/2022

Cuando la sencillez se nos hace insuficiente.

Domingo XXVI T.O.

Am 6, 1a. 4-7

Sal 145, 7-10

1Tm 6, 11-16

Lc 16, 19-31

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Jesús toma el relevo del profeta Amós que ya ocho siglos antes que él había criticado el lujo y la indolencia en que vivían los ricos de su época, dando la espalda a las necesidades de sus conciudadanos y sin conmoverse por la ruina del país. Por ello, merecen el destierro que en breve tiempo sufrirán. Jesús ve que poco ha cambiado desde entonces y asume como propia la crítica del profeta. Ya no hay amenazas de destierro, pero habla de la otra vida como el lugar en el que toda injusticia será enmendada. No es el suyo un mensaje que aliente la resignación ni una conminación que recurra al miedo de la condenación eterna. Es, más bien, la constatación de que las cosas no van a cambiar y esta misma idea se la vemos expresar en otras ocasiones.  No es tampoco pesimismo, sino esperanza en que aunque todos fallen y la realidad parezca, para muchos, no tener sentido alguno, Dios no falla y está atento para ponerle un final apropiado; acorde a su intención primera: vida para todos.

Así lo expresa también el salmista, pero las buenas obras que, según él, Dios realiza serán, finalmente, más obra de la buena gente y no arbitrarias intervenciones divinas. Esta convicción surge al apreciar la evolución que, en los libros bíblicos, experimentan a través de los siglos conceptos como la retribución por las buenas o malas acciones o la responsabilidad personal. Cuando aún no existía una fe firme en la vida eterna, cualquier recompensa o sanción era recibida en el transcurso de  la vida terrena del sujeto o, si él escapaba, en la de sus descendientes. El descubrimiento de la responsabilidad personal sofocó las penas heredadas y proyectó cualquier repercusión sobre la existencia definitiva en la que Dios mismo instauraría su justicia. Por eso, los ricos a los que Amós critica sufrirán el destierro en breves días mientras que el rico de la parábola, Epulón, según la tradición, recibe el pago por su actitud penando en el infierno y Lázaro se ve resarcido por los males sufridos una vez ha llegado al seno de Abraham. Por su parte, el pasaje que hoy leemos de la carta a Timoteo explicita, precisamente, la importancia de que cada uno asuma las responsabilidades derivadas del compromiso que profesó ante muchos testigos. No sabemos a qué compromiso se refiere el texto, pero si la afirmación tenía valor para Timoteo, también lo tiene para nosotros.

La cuestión es que ese testimonio personal se equipara al del propio Jesús ante Pilato y el combate de la fe es personal.  Siglos después, hemos venido a considerar que la salvación es fruto del merecimiento de cada uno y en ese mérito se incluía el padecimiento en este mundo. Esta es una interpretación interesada auspiciada por los empachados de bienestar, que esperaban camuflar su desidia bajo un manto de espiritualismo similar al de aquellos ricos a los que Amós veía seguros en Sión y Samaría, capitales políticas y focos del cisma religioso. La crítica de Jesús, como la de Amós, se centra en haber olvidado a los demás, ya sea por comodidad económica o por tranquilidad espiritual; que ambas pueden asfixiar al Espíritu. Y para subsanar este desfase no sirven los prodigios ni las resurrecciones. Todo está ya dicho y escrito pero nos empeñamos en negarlo por considerar insuficiente la sencillez en la que se expresa. La manifestación definitiva de Jesús manifestará la gloria de Dios, inaccesible para quien se insensibiliza ante el dolor de los demás.


Lázaro y Epulón (1130).
Abadía de Saint Pierre de Moissac
Tarn-et-Garonne, Francia.



sábado, 17 de septiembre de 2022

IMPLICÁNDONOS. Domingo XXV Ordinario

18/09/2022

Implicándonos

Domingo XXV T.O.

Am 8, 4-7

Sal 112, 1-2. 4-8

1Tm 2, 1-8

Lc 16, 1-13

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La primera lección que podríamos sacar hoy, pero que dejamos pasar sin reparar plenamente en ella, es que Jesús estaba enterado de las cuestiones menos prosaicas de su época. Su interés por el ser humano concreto le llevaba a estar al día de las prácticas económicas. Su propia experiencia como obrero tuvo que ser un buen espacio de aprendizaje. Poco había en él de espiritualismo tránsfuga que sirviese de refugio para no afrontar las dificultades de la vida. ¿Cómo ayudar a los pobres de los que tanto hablaba si no conocía sus preocupaciones y problemas? La costumbre de la época permitía que el administrador concediese préstamos de los fondos de su señor cobrándose su comisión a cuenta del prestatario. El administrador de la parábola había derrochado los bienes del señor y frente a las acusaciones decide renunciar a su propia ganancia para que todos fuesen capaces de pagar su deuda. Esto no aclara si el Señor logra resarcirse así de las pérdidas que la malversación de su siervo le originó, pero alaba su astucia. En este marco, Jesús introduce su enseñanza. No para defender la corrupción sino para ensalzar la conducta de quien sabe ganarse amigos con el dinero de iniquidad; es decir, de quien sabe liberar al pobre de pagos injustos y desorbitados a costa de su propio beneficio. Esta conducta le granjeará amigos en los tiempos de adversidad que se le avecinan. Conocer los mecanismos del mundo puede ayudar a los demás a la vez que te reporta beneficios personales. Por eso Jesús reconoce la astucia de los hijos de este mundo; con ello expone claramente que conocer los mecanismos que operan en él es necesario para desenvolverse y promover soluciones eficaces. De lo contrario, solo quedan la confianza en la magia o la llamada a la resignación.

Pero la cuestión de fondo sigue siendo el porqué de la propia acción, la calidad última de la implicación. Quien es capaz de renunciar a sus propios intereses a favor de los demás está en sintonía con Dios mismo quien, tal como nos dice el salmista, habitando en las alturas se abaja para ensalzar al pobre. Pobre, en el lenguaje y la comprensión de Jesús, es aquel que es fiel en lo poco; aquel que sabe vivir pendiente de lo necesario y de lo justo no solo para sí mismo, sino, especialmente, para quienes son dejados de lado por los demás, renunciando así a todo aquello que los aparte de esa actitud divina de abajamiento. De ese estar pendiente de todos. Esa kénosis permanente que Dios es, es la misma desposesión que de sí mismo vive Jesús y la misma a la que nos invita a todos. Ser fieles en lo poco es permanecer ajeno a la tentación de aprovecharse de los demás. Es situarse en el polo opuesto a los mercaderes  que presenta el profeta Amós. Aquellos que ansiaban que pasase el sábado y la luna nueva, día festivo importante en el calendario judío, para seguir con sus abusos, cumplían con la ley pero abusaban de su posición de poder y se enriquecían con engaños. No es este el camino querido por Dios y puesto en práctica en la vida de Jesús. Quien escribiese a Timoteo nos recuerda hoy que fue esta vida excepcional, de un hombre excepcional: Jesús el Cristo, la que consiguió la salvación para toda la humanidad. Junto a las oraciones que elevó con manos limpias y corazón sincero supo y pudo transmitir un sentido para la vida de quienes se cruzaron con él y para la de todos los demás. Esa es también nuestra vocación.


Implicándonos


sábado, 10 de septiembre de 2022

IMÁGENES DIVINAS. Domigo XXIV Ordinario

11/09/2022

Imágenes divinas.

Domingo XXIV  T.O.

Ex 32,7-11. 13-14

Sal 50, 3-4. 12-13. 17. 19

1Tm 1, 12-17

Lc 15, 1-32

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Existe, por un lado, Dios tal como es y existen, por otro lado, las múltiples imágenes que de él tenemos. Durante siglos se impuso en occidente esa antigua imagen que nos pinta un Dios severo e inflexible, centrado en la exigencia. Ya algunos de los autores que recopilaron el Génesis quisieron desmontarla y nos presentaron un Dios capaz de ceder ante los ruegos de Abraham. Desde aquellos tiempos remotos, percibieron y pusieron en valor esa faceta de Dios, alejada de la impasibilidad, para hablarnos de un ser divino que se dejaba influenciar por la bondad del corazón humano. El autor o autores del Éxodo, por su parte, insisten en el mismo mensaje: la severidad de Dios no es mayor que el amor que sus palabras y sus acciones pasadas mostraron. Se puede tratar con él; es posible, en el mejor de los sentidos, negociar con él y aun convencerle. Así, Abraham intercedió en su día por quien desconocía la más elemental hospitalidad y fraternidad humana y vemos hoy a Moisés hacerlo por el pueblo impaciente que da la espalda a Dios después que éste le ha alcanzado la liberación.

Lucas presenta el mismo argumento, pero desde el otro lado; desde el corazón amoroso de Dios que Jesús ha entrevisto claramente al acercarse a las tradiciones de su pueblo. Los autores veterotestamentarios subrayaban la necesidad del arrepentimiento y del compromiso en el propio cambio. Así nos lo resume claramente el salmista. Para que Dios mostrase su clemencia era necesario ese cambio de actitud. Del reconocimiento al perdón pasando por la humillación. La recapacitación está también presente en la célebre parábola conocida como la del hijo pródigo. Este hijo se plantea volver cuando su situación le permite percibir la magnitud de su error. La diferencia está en la actitud del padre que tiene aquí un papel proactivo. Igual que el pastor sale en busca de la centésima oveja, este padre, también pródigo, pero en amores,  otea contantemente el horizonte para poder salir corriendo hacia el hijo en cuanto lo vea venir, no sea que le pueda la vergüenza y dé marcha atrás.

            De este modo, igual que la vecina ilumina la casa y la barre para eliminar cuanta suciedad dificulte encontrar lo perdido, nos dice la carta a Timoteo que, por encima de cualquier otra cosa, sobreabundó la gracia del Señor que transformó al perseguidor en testigo. Porque la gracia y el perdón no están destinados a proporcionarnos una tranquilidad que nos aísle de todo lo demás. Muy al contrario, el más pecador será enviado como modelo para todos del mismo modo que Jesús hizo capaz a Pablo, se fió de él y le confió ese ministerio, ese servicio, para bien de todos. Del mismo modo, se nos invita también a nosotros a limpiar todo aquello que impida al ser humano, especialmente a los hijos mayores, acercarse cada vez más a la madurez religiosa. Esa madurez se mide, primero, por la capacidad de dialogar con Dios abandonando los miedos infantilizantes, segundo, por reconocer que la imagen que tenemos de él no es ni la única ni la mejor y, tercero, por responsabilizarse de todos los demás. Así pues, nuestro ministerio tendrá que ver con Iluminar y limpiar mutuamente nuestros corazones para encontrar la moneda, el talento, que fomente  nuestra capacidad de acogida y de construcción de nuevas realidades, espacios y formas de relacionarnos con Dios junto con otros muchos; sin dejar fuera a nadie ni exigir lo que nosotros mismos no daríamos. 


Imágenes divinas




sábado, 3 de septiembre de 2022

ONÉSIMO Y FILEMÓN. Domingo XXIII Ordinario

 04/09/2022

Onésimo y Filemón.

Domingo XXIII T.O.

Sab 9, 13-18

Sal 89, 3-6. 12-14. 17

Flm 9b-10. 12-17

Lc 14, 25-33

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Existe un modo de hacer las cosas que es propio del ser humano en cuanto ser que convive con otros en este fragmento de realidad que conocemos como mundo. Existe, además, otro modo, diverso, pero propio también de los seres humanos cuando se abren a una experiencia mucho más amplia de lo real. Ese modo más espacioso es, en realidad, un despliegue de esa misma naturaleza suya al dejar de contemplarse a sí misma para abrirse a todo y todos los demás. A esa dilatación, el Antiguo Testamento la llama Sabiduría y la considera un don de Dios que va unido al espíritu. Sin ese regalo, el hombre es incapaz de conocer nada más que no sea lo inmediato. Sólo la Sabiduría es portadora de salvación y es capaz de enderezar las sendas y proporcionar un sentido que permita superar las estrecheces cotidianas. Cualquier persona, incluso la más inteligente, podría, si dispusiera de ellos,  pasar los mil años de los que habla el salmista intentando adquirir un corazón sensato, pero todo su esfuerzo será en vano si no se abre a la intervención de Dios. Él nos sacia de misericordia por la mañana y, en esa amanecida, siembra en los surcos de nuestras manos la semilla de bondad que puede hacer prósperas nuestras obras.

Jesús comprendió que esa semilla, pese a estar ya colocada en una buena tierra, tan sólo crecería oxigenándola convenientemente. Será necesario dejarle espacio y desbrozar el terreno renunciando a tres magnitudes que, para corazones no acostumbrados a saborear esa espaciosidad que Dios regala,  parecerán indeclinables. Es preciso abandonar, en primer lugar, aquello que nos justifique la excusa de abrirnos al despliegue definitivo, aunque sea tan  bueno como la familia que, para aquellos oyentes de Jesús, era un ámbito fundamental del que, sin embargo, por consagrarse al servicio del Señor, ya Leví y los levitas se habían apartado. Es preciso, en segundo lugar, desposeerse de sí mismo; ser capaz de entregar la vida en el día a día aceptando la cruz que la fidelidad pueda, como a Jesús y los profetas anteriores, reportarle. Y es preciso, finalmente, prescindir de los bienes materiales cuando nos distancian de los demás; cuando son obstáculos que señalan diferencias y denuncia que evidencia injusticias.

Y esta renuncia a los parapetos, a la comodidad y a la acumulación nos pondrá en disposición de saborear el mundo nuevo que se abra ante nosotros. Gracias a ella podremos reflexionar con calma cómo edificar una torre para todos o cómo desistir de plantear batalla para buscar una solución buena para todas las partes. Del mismo modo que Filemón fue aleccionado para acoger a Onésimo, el esclavo huido, sin castigarle por haberle avergonzado y tal como Onésimo fue invitado a volver a casa de Filemón, ha llegado el momento en el que ya nada puede ser como era antes; en el que la precipitación propia de la impulsividad tiene que dejar paso a una planificación que no es excusa sino búsqueda de consenso; cuando ya no hay lugar para el acatamiento, sino que urge la sinodalidad en mutua referencia. Estamos llamados a vivir ese momento sapiencial en el que todos nos recobremos y nos pertenezcamos a todos en la misma medida en la que nos vivamos y dejemos mutuamente libres y sepamos aceptarnos en una amplitud sin dominio.


Onésimo y Filemón. Papiro 87 (Numeración de Gregory-Aland).
Fragmento de la carta a Filemón (13-15. 24-25)


sábado, 27 de agosto de 2022

LA HUMILDAD. Domingo XXII Ordinario

 28/08/2022

La humildad.

Domingo XXII T.O.

Si 3, 17-18. 20. 28-29

Sal 67, 4-5a. c. 6-7ab. 10-11

Hb 12, 18-19. 22-24a

Lc 14, 1. 7-14

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La vida es una fiesta; es como una boda a la que somos invitados. La gran novedad es que nosotros también podemos invitar a otros al festejo. En una fiesta normal hay quien enseguida quiere ocupar los primeros puestos. En realidad, todos lo queremos. La cuestión  es que para llegar hasta esos lugares de prevalencia hay que pasar por encima de otros que quedan en desventaja. No hay otro camino. Y suelen ser siempre aquellos que menos posibilidades tienen quienes se ven relegados a los últimos rincones: allí donde se hace realmente difícil romper las condiciones que les convierten en esos que no importan. Así, cada uno es menos tenido en cuenta cuanto más alejado de la cabecera termina. Mientras tanto, quienes llegaron primero a los asientos preferentes, van negociando y enriqueciéndose y, unos a otros, se convencen de que esa posición es mérito suyo.

Ocurre, sin embargo, que no estamos convocados por un anfitrión cualquiera. El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda que es Jesús quien nos llama y a quien nos acercamos. Y Jesús no nos reúne en torno a sí para que sigamos esa mecánica tan oportunista, sino para que adoptemos su mismo modo de vida, optando por aquellos a los que nadie reconocería merecedores de su atención y a quienes nadie nunca invitaría a su casa porque nunca tendrán la posibilidad material de devolver el gesto. Otras posibilidades o agradecimientos no parecen interesar, pero son bien reales. Jesús siempre le da la vuelta a todo. Afirma, además, que llegará un momento en que el dueño de la casa, sin mucha explicación, invierta el orden en el que sus invitados se han ido colocando. Según afirmaba ya el salmista, la categoría que ese dueño valora tiene poco que ver con ese pragmatismo tan utilitarista que reduce a las personas a herramientas; útiles para nuestros propósitos o no.

La humildad es fundamental para comprender este mensaje, pero tiene poco que ver con esa versión simplista e interesada (y muy pía) en la que nos hacemos de menos esperando que alguien más poderoso pueda beneficiarnos haciéndonos de más.  Humildad es conocerse y valorar nuestra realidad en su justa medida; es poner nuestras capacidades a disposición del Señor en los demás dejando que entre él y ellos vayan extendiendo el espacio de nuestra tienda. Sólo quien se reconoce necesitado puede descubrir el bien que los otros le hacen y el bien que él mismo puede hacer. Mejor que la generosidad es la humildad, nos dice hoy el Sirácida pues sólo a los humildes revela el Señor sus secretos. Humilde es quien se acerca al humus que es y lo acepta sin desdoro; quien olvida el orden habitual e instituido para dejar a Dios morar en él y abre su puerta a todos para crecer juntos. En la misma medida en la que nos despojamos de esa falsa sabiduría que cree conocerlo ya todo, de ese cinismo que no ve mal despreciar a los sencillos, de esa arrogancia de pensar que poseemos ya la verdad y creer que nadie puede enseñarnos nada, vamos encontrando el rostro de Dios entre nosotros. Lo contrario, situarnos ya en una certeza que siempre nos justifica y sucumbir al impulso de trepar a cualquier coste, es negar la verdad. La verdad que somos nosotros mismos y la verdad que Dios nos presenta como propuesta edificante. En nuestra mano está no impedir que la vida sea, para todos, la fiesta que Dios soñó.


Manuel Bayeu (1740 - 1809), Alegoría de la humildad. Cartuja de Ntra. Sra de las Fuentes. Sariñena (Huesca)





sábado, 20 de agosto de 2022

DE LA PUERTA HACIA EL SENTIDO. Domingo XXI Ordinario

21/08/2022

De la puerta hacia el sentido.

Domingo XXI T.O.

Is 66, 18-21

Sal 116, 1-2

Hb 12, 5-7. 11-13

Lc 13, 22-30

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Existen, al menos, dos modos de hacer las cosas: atentos al número y a la espectacularidad que son el lenguaje propio del éxito o, en segundo lugar, dándole importancia al cómo y al discernimiento entre las opciones, que son la clave de la veracidad. Aquella primera es la que más se baraja en nuestra sociedad contemporánea, incluso dentro de nuestra Iglesia, donde hay quien valora la cantidad, la forma y el relumbrón por encima de todo. Esta otra segunda es la que Jesús propone. Cuando la gente le pregunta por el número de aquellos que han de salvarse, él cambia la perspectiva y les hace caer en la cuenta de la manera en que esa  salvación será real: entrando por la puerta estrecha, sin que importe mucho que se haya comido y bebido con él y se haya escuchado su enseñanza. En el ambiente cristiano en el que se escribieron estas páginas, así como hoy mismo, estas referencias son una evidente alusión a la dimensión celebrativa de la comunidad. Dicho en román paladino, no tiene nada que ver eso de “ir a Misa” con la salvación que Jesús propone.  De hecho, afirma también que muchos quedarán fuera viendo cómo van llegando gentes de oriente y occidente a ocupar el sitio que ellos creían estar ganándose a pulso. De esta reunión universal hablaba ya Isaías. Esto de la salvación y no es, como a veces se piensa, una realidad acotada por normas estrictas e inapelables. Basta con reconocer a Dios y ponerse en movimiento hacia él.

Basta con eso… para empezar. Porque Jesús habla también de una puerta estrecha por la que no todos podrán pasar. De ese angosto paso el autor de la carta a los Hebreos habla en clave de corrección pedagógica por parte de Dios, identificándolo con un padre que vela por el bien de sus hijos. En la tradición judía Dios lo obraba todo e intervenía directamente cuando el pueblo o cualquier individuo necesitaba ser reprendido. En este caso, la lección es que muchas veces nuestras ideas de Dios tiene poco que ver con el Dios real que abre las puertas a todos. Lo que importa es la sinceridad en la búsqueda, la decisión de tomar el camino llano que sana el pie renqueante, la determinación de atravesar la puerta estrecha por la que no entran imágenes y concepciones de Dios hechas a imagen del usuario que se traducen en iniquidad para con los extraños, los que no son como nosotros, los buenos, los elegidos.

Dios es Dios y tenemos que dejarle ser Dios; no imponerle nuestras propias ideas y demandas. La salvación tiene mucho que ver con el sentido. Y el sentido se descubre viviendo la realidad de Dios en cualquier circunstancia, por negativa o dolorosa que sea. No existe sentido alguno para el dolor, si es que tiene alguno, que no sea la posibilidad de encontrar en él a Dios sosteniéndonos, acompañándonos. Lo que tiene sentido es, primero, vivir la vida con esa convicción, por muy dura que esa vida sea y, segundo, vivir dedicados a que la vida no sea dolorosa para nadie. Porque un sentido solipsista tampoco es sentido. Esta es la clave para interpretar la vida de cientos de mujeres y hombres que en nuestra tradición llamamos santos; seguro que todos ellos, si realmente lo fueron, vivieron una vida con sentido. Y seguro que en todas las tradiciones y culturas han existido personas que han descubierto ese sentido; que se han salvado comunitariamente; que han pasado por la puerta estrecha para depurar sus propias imágenes de Dios y descubrir al único Amor verdadero que nos convoca a todos.


De la puerta hacia el sentido


sábado, 13 de agosto de 2022

ARDER Y ARDER. Domingo XX Ordinario.

 14/08/2022

Arder y arder.

Domingo XX T. O.

Jer 38, 4-6. 8-10

Sal 39, 2-4. 18

Hb 12, 1-4

Lc 12, 49-53

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Jeremías es castigado por transmitir el mensaje de Dios para la ciudad. El rey se apiada de él cuando un funcionario de la corte, un eunuco etíope (aunque este detalle lo omite nuestra lectura), le hace ver que el castigo es excesivo. Son los riesgos de la carrera profética que, sin embargo, se asumen con la entereza y esperanza que el salmista nos expresa. Y se asumen también con determinación. Con la misma determinación que presenta Jesús. Él tenía claro en su corazón cómo quería Dios que fuese el mundo y veía también lo lejos que esa intención estaba de realizarse. El celo de los profetas no se refería tan sólo al Templo sino que abarcaba toda la creación y, de forma especial, al modo en que el ser humano custodia esa creación.

Jesús quiere hacer arder al mundo; quiere purificarlo para que surjan nuevos contextos que permitan una vida que verdaderamente esté en sintonía con el querer de Dios. Lejos de ser una receta pía y “religiosa”, el mensaje de Jesús, como el de los profetas, es una norma clara para la vida concreta de forma que ésta se convierta en lugar de encuentro y crecimiento para todos; en fuente de prosperidad que no deje a nadie fuera y respete la común casa universal. Jesús espera su bautismo y hasta que no se produzca vive en la angustia. Este bautismo, distinto del que ya recibió ritualmente de Juan, hace referencia a la conversión que tiene que ir viviendo para que su entrega personal en el día a día vaya haciéndose real. Pese a su naturaleza divina, Jesús no lo tuvo más fácil que los demás. También él necesitó depurar actitudes propias del judaísmo de su tiempo y reencontrarse con el rostro amoroso de Dios en las tradiciones que sus paisanos y él mismo cultivaban. Sólo así pudo llegar a vivirse como el Hijo. Muchas veces, sin embargo, escamoteamos esta condición de Jesús imaginándolo como un dios en miniatura que ya lo tenía todo previsto: un diosecillo.

Jesús conoce lo que le falta al mundo y lo que a él mismo le falta. Para el mundo, esa deficiencia se traduce en guerra y enfrentamiento; para Jesús, es una angustia vital. Esta es una experiencia universal que expresa también el autor de la carta a los hebreos. En este caso, el apóstol sustituye la visión interior que Jesús tenía por el ejemplo que todos podemos ver en él. Así, si nos cuesta reconocer cuál es la voluntad de Dios, tenemos la vida de Jesús como guía, precisamente, por no ser un diosecillo, sino un ser humano real. En todo caso, es una aventura interior que florece reventando el orden de las cosas para transformar el mundo llevándolo más allá de falsas armonías hasta un estado de paz definitiva acorde al corazón de Dios. Esta paz se construye a partir de la claridad, del reconocimiento de lo incompleto que necesita ser transfigurado, del anuncio de esas circunstancias y de la denuncia de las causas. Este ejercicio produce crispación y propicia el enfrentamiento, acarrea la ignominia y pone en dirección a la cruz. Jesús no se paró ante esta realidad y la asumió conscientemente. Existe una guerra interior contra la propia comodidad, contra el asentamiento en posturas que perjudican o desatienden al ser humano, y una  guerra exterior que deriva de la honestidad que no cede frente a esas condiciones y las expone a la vista de todos. Existen un incendio exterior y otro interior.


Arder y arder


sábado, 6 de agosto de 2022

NO HAY TRES SIN DOS. Domingo XIX Ordinario.

 07/08/2022

No hay tres sin dos

Domingo XIX T.O.

Sb 18, 6-9

Sal 32, 1. 12. 18-20. 22

Hb 11, 1-2. 8-19

Lc 12, 32-48

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Según el libro de la Sabiduría la esperanza aporta unidad e identidad. Los fieles comparten los mismos bienes y peligros y cantan las alabanzas de los antepasados. Por ella nos reconocemos y en ella nos agrupamos en una misma tradición. Ni nos ancla en un pasado tan idealizado como tramposo ni nos proyecta hacia un futuro tan irrealizable que se reserve para tiempos y geografías ultramundanas, sino que nos hace vivir ya aquí de forma diferente a todos los demás. Es precisamente aquí donde nos son útiles modelos como los de Sara y Abraham que confiaron plenamente en Dios y enseñaron a sus hijos a tener esa misma confianza y por ella no desesperaron de una promesa cuyo cumplimiento siempre se aplazaba hasta un horizonte que parecía cada vez más lejano.

Esa tradición que nos hace diferentes ha cristalizado en la realidad que llamamos Reino y que Dios ha puesto ya en nuestras manos, por pequeños que seamos. Somos el pueblo heredad del Señor no por sangre ni por rituales, sino por la esperanza que depositamos en él y por el confiado actuar que esa esperanza nos inspira. A la confianza la llamamos fe, que fundamenta la esperanza, tal como ésta la cimenta a ella.

Jesús nos habla hoy de estar atentos para no dejar que la costumbre se nos apodere y olvidemos la novedad que el Reino viene a sembrar en nuestras vidas. En esa novedad es el amo el que sirve a los sirvientes y la espera definitiva tiene por objeto al hijo del hombre; a un personaje concreto, pero también a la verdad interior que habita en todos nosotros. No somos meros espectadores. Se nos invita a ir dando vida al Reino, a encarnarlo de forma audaz, sin esperar a recibir indicaciones. Bienaventurado el siervo a quien su Señor encuentre alimentando ya a los demás sin que él tenga que señalárselo. De sobra sabemos lo que el Señor quiere de nosotros. No hace falta que esté siempre recordándonoslo, ni que nos dé instrucciones para cada vez. Realicemos lo que le agrada con la confianza de Sara y Abraham. No nos atemos a nuestras obras como si fuesen riquezas que nos consiguiesen méritos sino pongámoslas en las manos de Dios. No nos dejemos engañar por el ambiente que se acomoda a lo que hay como si todo estuviese bien así, como si nada tuviera alternativa, como si el Señor que habita en nuestro corazón no hubiese de volver nunca a emerger entre el mar de nuestra cotidianidad en cuanto tenga ocasión o encuentre resquicio. En estos tiempos se aquilatan trabajos y medallas y los vamos amontonando como resguardo canjeable por futuras recompensas y consideración. No parecemos muy conscientes de que todo eso va ocupando espacio precisamente en nuestro corazón, que poco a poco se nos llena y va pasando así de tálamo a trastero. Se nos ha dado mucho; parece normal que se nos pida en la misma proporción. No somos como aquellos que no han percibido aún el amor de Dios en sus vidas. Nosotros sí lo hemos conocido; podríamos hacer un inventario con todos esos dones ¿Cómo esperar que sean todos de uso privado, que sean riqueza exclusiva que nos coloque por encima de los demás? Es justo al contrario. Toda la fe y la esperanza que hemos recibido nos han sido dadas para ser entregadas y compartidas con todos. Eso es el amor que nos mantiene siempre alertas. Si este no se da, las otras dos no eran ciertas.


James C. Christensen (1942-2017) Fe, Esperanza y Caridad